viernes, 24 de marzo de 2017

Año Cristiano Franciscano



DÍA 25 DE MARZO

 

LA ANUNCIACIÓN DEL SEÑOR. Fiesta conjunta de Cristo y de la Virgen: la Encarnación del Hijo del eterno Padre en el seno de la Virgen por obra del Espíritu Santo. El Verbo se hace hijo de María y ésta se convierte en Madre de Dios. San Lucas refiere que el ángel Gabriel, enviado por Dios a la Virgen María, se le presentó en Nazaret y le dijo: «Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo». Ella se conturbó, pero al ángel añadió: «No temas, María, porque has hallado gracia delante de Dios; vas a concebir y a dar a luz un hijo, a quien pondrás por nombre Jesús, que será llamado Hijo del Altísimo». María aclaró que no conocía varón, y el ángel le respondió: «El Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el que ha de nacer será santo y será llamado Hijo de Dios». Entonces María dijo: «He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra». San Juan cierra así la escena: «Y la Palabra se hizo carne, y acampó entre nosotros».- Oración: Señor, tú has querido que la Palabra se encarnase en el seno de la Virgen María; concédenos, en tu bondad, que cuantos confesamos a nuestro Redentor, como Dios y como hombre verdadero, lleguemos a hacernos semejantes a él en su naturaleza divina. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.




SANTA LUCÍA FILIPPINI. Nació en Tarquinia (Lazio) el año 1672 y pronto quedó huérfana. Se educó primero en las benedictinas y luego, durante cuatro años, en las clarisas de Montefiascone. A los 16 años se encontró con el Card. Marco Antonio Barbarigo, obispo de Montefiascone, que sería en adelante su director espiritual. Comenzó educando a la juventud femenina en una escuela fundada por el cardenal, y en 1704 fundó, con la beata Rosa Venerini, el Instituto de Maestras Pías Filipinas en el monasterio de Santa Clara de Montefiascone, en el que se había educado; las clarisas se adhirieron a la nueva fundación, que más tarde se independizó por completo. La tarea de las Maestras era la enseñanza cristiana de jóvenes y mujeres, especialmente las pobres. Aparte su dedicación a la enseñanza, Lucía daba conferencias a mujeres e incluso les predicaba retiros y ejercicios espirituales de ocho días. No todos la comprendieron en aquel tiempo, y tuvo que afrontar acusaciones infundadas. Murió en Montefiascone (Lazio, Italia) el año 1732.



BEATA MARÍA ROSA FLESCH, fundadora de las Franciscanas de Santa María de los Ángeles (de Waldbreitbach). Nació en Shönstatt (Alemania) el año 1826 de familia modesta. Pronto murió su madre y su padre contrajo segundas nupcias. En su infancia y juventud tuvo que sufrir mucho y asumir responsabilidades superiores a su edad. Cuando sus hermanos se hicieron mayores, se entregó de lleno a los pobres, ancianos y huérfanos. Se trasladó a una ermita anexa a la capilla de la Santa Cruz, cerca de Waldbreitbach y pronto se le unieron compañeras con las que dio inicio a su Instituto, que fue aprobado por el obispo de Tréveris. En 1861 empezó la construcción de una casa para huérfanos y un hospital para enfermos. El Señor la puso a prueba: el capítulo de 1878 eligió a otra superiora general, que la persiguió sin motivo y la trasladó a la casa más lejana, Niederwenigern. Ella lo aceptó con humildad, perdonó a quienes le causaban tantas penas y allí murió el 25 de marzo de 1906. Fue beatificada el 4 de mayo de 2008.

* * *

San Dimas, el Buen Ladrón. Dimas o Dismas es el nombre que la tradición ha dado al Buen Ladón, a quien Jesús en la cruz prometió el paraíso. Los evangelios nos dicen que con Jesús crucificaron a dos malhechores, uno a su derecha y otro a su izquierda. A uno de ellos, que lo insultaba, el otro, el Buen Ladrón, le reprochó su proceder, y dijo a Jesús: «Acuérdate de mí cuando vengas con tu Reino». Jesús le respondió: «Hoy estarás conmigo en el Paraíso».

San Dula. Sufrió el martirio en Nicomedia (en la actual Turquía) en una fecha incierta de la antigüedad cristiana.

San Hermelando. Dejó la corte del rey para abrazar la vida monástica en el monasterio de Fontenelle (Francia). Después fundó un monasterio en la isla de Aindre, cerca de Nantes, del que fue primer abad y en el que murió hacia el año 720.

San Isaac, Patriarca del Antiguo Testamento. El Martirologio Romano del año 2001 no lo incluye; con anterioridad lo mencionaba el 25 de marzo. Es un personaje importante en la historia sagrada, figura de Jesucristo, a quien el Padre ofrece en sacrificio. Fue hijo de Abrahán y de Sara, y a su vez padre de Esaú y de Jacob. Era el hijo heredero de las divinas promesas. El capítulo 22 del Génesis relata el «sacrificio de Isaac».

Santa Margarita Clitherow. Nació en York (Inglaterra) de familia anglicana. Contrajo matrimonio con un protestante, con anuencia del cual abrazó la fe católica y educó en ella a los hijos. La denunciaron y arrestaron varias veces por no acudir al culto protestante. Más tarde la detuvieron porque había alojado en su casa a sacerdotes católicos. A la hora de ser juzgada renunció al jurado para que sus miembros no cargaran con la responsabilidad de su sentencia de muerte. Fue condenada a un tormento refinado: vestida con una túnica blanca, preparada por ella misma, se tendió en el suelo, le pusieron debajo de la espalda una piedra puntiaguda y sobre su cuerpo una puerta de madera sobre la que fueron amontonando piedras hasta aplastarla mortalmente. Era el año 1586.

Santa María Alfonsina Danil Ghattas. Nació en Jerusalén el año 1843. Muy pronto descubrió su vocación religiosa y, superadas las dificultades iniciales que le planteó su familia, ingresó en las Hermanas de San José. Su vida estuvo condicionada por la presencia mística de la Virgen, la cual la impulsó a fundar la congregación de las Hermanas del Rosario, formada sólo por mujeres árabes del lugar, con la finalidad de la enseñanza religiosa, para vencer el analfabetismo y elevar las condiciones de la mujer. Murió en Ain-Karen el 25-III-1927. Canonizada el 17-V-2015.

Santa Matrona. Era una esclava cristiana que practicaba su religión y profesaba su fe en Cristo a escondidas. Cuando lo supo su ama, que era una dama judía, lo llevó muy a mal y la castigó con severos suplicios; por último la hizo azotar hasta la muerte. Esto sucedía en Tesalónica de Macedonia (en la actual Grecia) en una fecha desconocida de la antigüedad cristiana.

San Mona de Milán. Fue obispo de Milán y murió hacia el año 300.

San Nicodemo de Mammola. Nació en Cirò, al sur de Italia, a comienzos del siglo X. Tras repetidas negativas, porque no se le consideraba apto para la vida monástica, fue admitido en el monasterio de Mercurion (Calabria). A edad avanzada dejó este monasterio y se hizo ermitaño en el Monte Cellerano, de donde pasó a otro lugar apartado, junto a Mammola (Calabria), y allí murió el año 990. Fue un maestro de vida monástica, célebre por la austeridad de vida y por sus virtudes.

San Procopio. Nació en Bohemia hacia el año 975 de origen noble. Contrajo matrimonio y tuvo un hijo. Ingresó en uno de los monasterios benedictinos de su tierra y poco después, con el permiso de sus superiores, se retiró a llevar vida eremítica en una cueva cercana al río Zásava (Bohemia). El año 1032, el duque Oldric, que había trabado amistad con Procopio, levantó un monasterio para éste y los demás ermitaños que se le habían unido, y del que fue su primer abad. En él se celebraban las divinas alabanzas en rito griego y lengua eslava. Murió en año 1053.

San Quirino. Sufrió el martirio en Roma durante una de las persecuciones del Imperio romano en fecha desconocida. Fue enterrado en el cementerio de Ponciano en la Vía Portuense.

Beato Emiliano Kovc. Nació en Ucrania el año 1884. Estudió en Roma, se ordenó de sacerdote y se incardinó en la diócesis de Stanislaviv. Durante la I Guerra Mundial fue capellán militar. Se pasó luego a la diócesis de Lvov, en la que ejerció su ministerio con gran dedicación. En 1941 fue detenido por los comunistas, pero al llegar las tropas alemanas lo dejaron libre. Sin embargo, al año siguiente lo acusaron los nazis de haber ayudado a los judíos, por lo que lo deportaron al campo de concentración de Majdanek, junto a Lublín (Polonia), donde murió en 1944.

Beato Everardo de Nellenburg. Era conde de Nellenbrug en Suabia cuando decidió abrazar la vida monástica en el cenobio de Todos los Santos que él mismo había construido en Schaffhausen, donde murió el año 1078.

Beato Hilario Januszewski. Nació en Polonia y, a los 20 años, vistió el hábito de los carmelitas descalzos. Completó los estudios teológicos en Roma, donde se ordenó de sacerdote en 1934. De regreso en su patria, lo destinaron a la enseñanza y al gobierno del convento de Cracovia. Cuando los nazis arrestaron a algunos religiosos, él se ofreció a ser arrestado el lugar de un anciano, lo que le aceptaron. Lo internaron en el campo de concentración de Dachau (Alemania), en el que procuró animar a los presos y confortarlos en la fe. Cuando se declaró el tifus en el campo, el se ofreció para atender a los enfermos en su barracón, y, contagiado, moría pocos días después. Era el año 1945.

Beata Josafata (Micaela) Hordáshevska. Nació en Lviv (Ucrania) el año 1869. De jovencita tuvo que ponerse a trabajar y fue una apóstol muy activa. Guiada por un sacerdote basiliano fundó una congregación femenina de rito bizantino-ucraniano de vida activa, el Instituto de las Siervas de María Inmaculada, para atender las necesidades de los más indigentes. La fundadora tuvo que sufrir mucho a causa de malentendidos, calumnias y ambiciones de otros, así como por los dolores atroces de su tuberculosis ósea. Murió en Chervonohrad, cerca de Lviv (Ucrania), el año 1919.

Beato Santiago Bird. Nació en Winchester (Inglaterra) en 1574 en el seno de una familia protestante. A los 15 años se convirtió al catolicismo, lo que mantuvo en secreto. Arrestado como sospechoso, confesó ante el juez que era católico. El juez le ofreció la libertad y la vida si acudía a una iglesia protestante. Su familia le presionó para que lo hiciera, pero él le dijo a su padre que si bien le había obedecido siempre, ahora no podía hacerlo porque ofendería a Dios cuya ley está por encima. Fue ahorcado y descuartizado en su ciudad natal el año 1593, a sus 19 años de edad.

Beato Tomás de Costacciaro. Nació hacia la mitad del siglo XIII de una de las familias nobles de Umbría (Italia). Visitó el eremitorio de Camaldoli y quedó impresionado. Poco después ingresó en la abadía de Santa María de Sitria, fundada en la diócesis de Nocera por san Romualdo. Pasados unos años obtuvo permiso de los superiores para llevar vida solitaria en una cueva cercana a Monte Cucco. Allí permaneció 65 años entregado a la contemplación, en una vida muy austera y penitente. Fue maestro de muchos anacoretas. Murió el año 1337.



PARA TENER EL ESPÍRITU DE ORACIÓN Y DEVOCIÓN

Pensamiento bíblico:

El ángel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea llamada Nazaret, a una virgen desposada con un hombre llamado José, de la casa de David; el nombre de la virgen era María. El ángel, entrando en su presencia, dijo: «Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo». Ella se turbó grandemente ante estas palabras y se preguntaba qué saludo era aquél. El ángel le dijo: «No temas, María, porque has encontrado gracia ante Dios. Concebirás en tu vientre y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús». María contestó: «He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra» (cf. Lc 1,26-31.38).

Pensamiento franciscano:

Del Saludo de san Francisco a la Virgen: «Salve, Señora, santa Reina, santa Madre de Dios, María, que eres virgen hecha iglesia y elegida por el santísimo Padre del cielo, consagrada por Él con su santísimo amado Hijo y el Espíritu Santo Paráclito, en la cual estuvo y está toda la plenitud de la gracia y todo bien. Salve, palacio suyo; salve, tabernáculo suyo; salve, casa suya. Salve, vestidura suya; salve, esclava suya; salve, Madre suya...» (SalVM 1-5).

Orar con la Iglesia:

Los que celebramos hoy el principio de nuestra salvación en la Anunciación del Señor, oremos jubilosos a Dios Padre.

-Haz que, como la Virgen María recibió con gozo el anuncio del ángel, nosotros recibamos siempre de buen grado a nuestro Salvador.

-Tú que miraste la humildad de tu esclava, acuérdate y compadécete de nosotros, siervos e hijos tuyos.

-De igual manera que María, la nueva Eva, se sometió a tu palabra divina, haz que nosotros acojamos y cumplamos contentos tu voluntad.

-Que santa María, Virgen y Madre, socorra a los pobres, conforte a los débiles, consuele a los tristes, ruegue por el pueblo, interceda por el clero.

Oración: Dios Padre nuestro, haz que, como tu Hijo al entrar en el mundo, te digamos: «Aquí estoy para hacer tu voluntad», y como María en la Anunciación y en toda su vida, te respondamos: «Hágase en mí según tu palabra». Te lo pedimos por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.

* * *

MARÍA EN LA ANUNCIACIÓN DEL SEÑOR
Benedicto XVI, Ángelus del 20 de julio de 2008
XXIII Jornada Mundial de la Juventud (Sydney, Australia)

Queridos jóvenes amigos:

Nos disponemos ahora a recitar juntos la hermosa oración del Ángelus. En ella reflexionaremos sobre María, mujer joven que conversa con el ángel, que la invita, en nombre de Dios, a una particular entrega de sí misma, de su vida, de su futuro como mujer y madre. Podemos imaginar cómo debió sentirse María en aquel momento: totalmente estremecida, completamente abrumada por la perspectiva que se le ponía delante.

El ángel comprendió su ansiedad e inmediatamente intentó calmarla: «No temas, María… El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y la fuerza del Altísimo te cubrirá con su sombra» (Lc 1,30.35). El Espíritu fue quien le dio la fuerza y el valor para responder a la llamada del Señor. El Espíritu fue quien la ayudó a comprender el gran misterio que iba a cumplirse por medio de ella. El Espíritu fue el que la rodeó con su amor y la hizo capaz de concebir en su seno al Hijo de Dios.

Esta escena es quizás el momento culminante de la historia de la relación de Dios con su pueblo. En el Antiguo Testamento, Dios se reveló de modo parcial y gradual, como hacemos todos en nuestras relaciones personales. Se necesitó tiempo para que el pueblo elegido profundizase en su relación con Dios. La Alianza con Israel fue como un tiempo de hacer la corte, un largo noviazgo. Luego llegó el momento definitivo, el momento del matrimonio, la realización de una nueva y eterna alianza. En ese momento María, ante el Señor, representaba a toda la humanidad. En el mensaje del ángel, era Dios el que brindaba una propuesta de matrimonio con la humanidad. Y en nombre nuestro, María dijo sí.

En los cuentos, los relatos terminan en este momento: «Y desde entonces vivieron felices y contentos». En la vida real no es tan fácil. Fueron muchas las dificultades que María tuvo que superar al afrontar las consecuencias de aquel «sí» al Señor. Simeón profetizó que una espada le traspasaría el corazón. Cuando Jesús tenía doce años, ella experimentó las peores pesadillas que los padres pueden tener, cuando tuvo a su hijo perdido durante tres días. Y después de su actividad pública, sufrió la agonía de presenciar su crucifixión y muerte. En las diversas pruebas ella permaneció fiel a su promesa, sostenida por el Espíritu de fortaleza. Y por ello tuvo como recompensa la gloria.

Queridos jóvenes, también nosotros debemos permanecer fieles al «sí» con que acogimos el ofrecimiento de amistad por parte del Señor. Sabemos que Él nunca nos abandonará. Sabemos que Él nos sostendrá siempre con los dones del Espíritu. María acogió la propuesta del Señor en nombre nuestro. Dirijámonos, pues, a ella y pidámosle que nos guíe en las dificultades para permanecer fieles a esa relación vital que Dios estableció con cada uno de nosotros. María es nuestro ejemplo y nuestra inspiración; ella intercede por nosotros ante su Hijo, y con amor materno nos protege de los peligros.

* * *

EL MISTERIO DE NUESTRA RECONCILIACIÓN
San León Magno, Carta 28, a Flaviano (3-4)

La majestad asume la humildad, el poder la debilidad, la eternidad la mortalidad; y, para saldar la deuda contraída por nuestra condición pecadora, la naturaleza invulnerable se une a la naturaleza pasible; de este modo, tal como convenía para nuestro remedio, el único y mismo mediador entre Dios y los hombres, Cristo Jesús, hombre también él, pudo ser a la vez mortal e inmortal, por la conjunción en él de esta doble condición.

El que es Dios verdadero nace como hombre verdadero, sin que falte nada a la integridad de su naturaleza humana, conservando la totalidad de la esencia que le es propia y asumiendo la totalidad de nuestra esencia humana. Y, al decir nuestra esencia humana, nos referimos a la que fue plasmada en nosotros por el Creador, y que él asume para restaurarla.

Esta naturaleza nuestra quedó viciada cuando el hombre se dejó engañar por el maligno, pero ningún vestigio de este vicio original hallamos en la naturaleza asumida por el Salvador. El, en efecto, aunque hizo suya nuestra misma debilidad, no por esto se hizo partícipe de nuestros pecados.

Tomó la condición de esclavo, pero libre de la sordidez del pecado, ennobleciendo nuestra humanidad sin mermar su divinidad, porque aquel anonadamiento suyo -por el cual, él, que era invisible, se hizo visible, y él, que es el Creador y Señor de todas las cosas, quiso ser uno más entre los mortales- fue una dignación de su misericordia, no una falta de poder. Por tanto, el mismo que, permaneciendo en su condición divina, hizo al hombre es el mismo que se hace él mismo hombre, tomando la condición de esclavo.

Y, así, el Hijo de Dios hace su entrada en la bajeza de este mundo, bajando desde el trono celestial, sin dejar la gloria que tiene junto al Padre, siendo engendrado en un nuevo orden de cosas.

En un nuevo orden de cosas, porque el que era invisible por su naturaleza se hace visible en la nuestra, el que era inaccesible a nuestra mente quiso hacerse accesible, el que existía antes del tiempo empezó a existir en el tiempo, el Señor de todo el universo, velando la inmensidad de su majestad, asume la condición de esclavo, el Dios impasible e inmortal se digna hacerse hombre pasible y sujeto a las leyes de la muerte.

El mismo que es Dios verdadero es también hombre verdadero, y en él, con toda verdad, se unen la pequeñez del hombre y la grandeza de Dios.

Ni Dios sufre cambio alguno con esta dignación de su piedad, ni el hombre queda destruido al ser elevado a esta dignidad. Cada una de las dos naturalezas realiza sus actos propios en comunión con la otra, a saber, el Verbo realiza lo que es propio del Verbo, y la carne lo que es propio de la carne.

En cuanto que es el Verbo, brilla por sus milagros; en cuanto que es carne, sucumbe a las injurias. Y así como el Verbo retiene su gloria igual al Padre, así también su carne conserva la naturaleza propia de nuestra raza.

La misma y única persona, no nos cansaremos de repetirlo, es verdaderamente Hijo de Dios y verdaderamente hijo del hombre. Es Dios, porque en el principio ya existía el Verbo, y el Verbo estaba junto a Dios, y el Verbo era Dios; es hombre, porque el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros.

* * *

LA DEVOCIÓN MARIANA DE SAN FRANCISCO
MARÍA Y CRISTO
por Kajetan Esser, ofm

«Rodeaba de amor indecible a la madre de Jesús, por haber hecho hermano nuestro al Señor de la majestad» (2 Cel 198), «y por habernos alcanzado misericordia» (LM 9,3). Estas sencillas palabras de sus biógrafos expresan el motivo más profundo de la devoción de san Francisco a la Virgen.

Puesto que la encarnación del Hijo de Dios constituía el fundamento de toda su vida espiritual, y a lo largo de su vida se esforzó con toda diligencia en seguir en todo las huellas del Verbo encarnado, debía mostrar un amor agradecido a la mujer que no sólo nos trajo a Dios en forma humana, sino que hizo «hermano nuestro al Señor de la majestad». Esto hacía que ella estuviera en íntima relación con la obra de nuestra redención; y le agradecemos el que por su medio hayamos conseguido la misericordia de Dios.

Francisco expresa esta gratitud en su gran Credo, cuando, al proclamar las obras de salvación, dice: «Omnipotente, santísimo, altísimo y sumo Dios, Padre santo y justo, Señor rey del cielo y de la tierra, te damos gracias por ti mismo... Por el santo amor con que nos amaste, quisiste que Él, verdadero Dios y verdadero hombre, naciera de la gloriosa siempre Virgen beatísima santa María» (1 R 23,1-3).

Aquí, «el homenaje que el hombre rinde a la majestad divina desde lo más profundo de su ser», característica de la antigua edad media, se funde en desbordante plenitud con el amor reconocido del hombre atraído a la intimidad de Dios. Otro tanto sucede en el salmo navideño que Francisco, a tono con la piedad sálmica de la primera edad media, compuso valiéndose de los himnos redactados por los cantores del Antiguo Testamento: «Glorificad a Dios, nuestra ayuda; cantad al Señor, Dios vivo y verdadero, con voz de alegría... Porque el santísimo Padre del cielo... envió a su amado Hijo de lo alto, y nació de la bienaventurada Virgen santa María» (OfP 15,1-3).

Con alabanza desbordante de alegría, Francisco da gracias al Padre celestial por el don de la maternidad divina concedido a María. Este es el primero y más importante motivo de su devoción mariana: «Escuchad, hermanos míos; si la bienaventurada Virgen es tan honrada, como es justo, porque lo llevó en su santísimo seno...» (CtaO 21). En aquella época campeaba por sus respetos la herejía cátara, que, aferrada a su principio dualista, explicaba la encarnación del Hijo de Dios en sentido docetista y, por consiguiente, anulaba la participación de María en la obra de la salvación. Para manifestar su oposición a la herejía, Francisco, devoto de María, no se cansaba de proclamar, con extrema claridad, la verdad de la maternidad divina real de María: «Este Verbo del Padre, tan digno, tan santo y glorioso, anunciándolo el santo ángel Gabriel, fue enviado por el mismo altísimo Padre desde el cielo al seno de la santa y gloriosa Virgen María, y en él recibió la carne verdadera de nuestra humanidad y fragilidad» (2CtaF 4). Y en el Saludo a la bienaventurada Virgen María celebra esta verdadera y real maternidad con frases siempre nuevas, dirigiéndose a ella de un modo exquisitamente concreto y expresivo, llamándola: «palacio de Dios», «tabernáculo de Dios», «casa de Dios», «vestidura de Dios», «esclava de Dios», «Madre de Dios».

No estará de más recordar aquí que el santo no trató de combatir la herejía con la lucha o la confrontación, sino con la oración. Tal vez también en esto seguía el mismo principio que estableció respecto al honor de Dios: «Y si vemos u oímos decir o hacer mal o blasfemar contra Dios, nosotros bendigamos, hagamos bien y alabemos a Dios, que es bendito por los siglos» (1 R 17,19).

Cosa sorprendente: la mayor parte de las afirmaciones de Francisco sobre la Madre de Dios se encuentran en sus oraciones y cantos espirituales. A su aire, sigue con sencillez y simplicidad la exhortación del Apóstol: «No os dejéis vencer por el mal, sino venced el mal con el bien» (Rm 12,21).

Tal vez esto explique su exquisita predilección por la fiesta de navidad y su amor al misterio navideño: «Con preferencia a las demás solemnidades, celebraba con inefable alegría la del nacimiento del niño Jesús; la llamaba fiesta de las fiestas, en la que Dios, hecho niño pequeñuelo, se crió a los pechos de madre humana» (2 Cel 199).

[Cf. el texto completo en Devoción de san Francisco a María]

No hay comentarios:

Publicar un comentario