jueves, 23 de marzo de 2017

Año Cristiano Franciscano



DÍA 24 DE MARZO

 

BEATO DIEGO JOSÉ DE CÁDIZ. Nació en Cádiz (España) el 30 de marzo de 1743. De joven entró en la Orden Capuchina y, terminados los estudios, recibió la ordenación sacerdotal en 1766. El decenio siguiente lo dedicó a la predicación por toda Andalucía, y luego extendió su campo de apostolado a toda España y Portugal. Fue un predicador asombroso, incansable misionero popular, que reunía a multitudes de toda clase y condición para escucharle. Sus dotes oratorias iban acompañadas de singulares gracias del cielo, y su lenguaje era llano y directo. Combatió los peligros que traía consigo la "Ilustración", lo que le ocasionó enemistades y persecución. Fue hombre de oración y penitente, muy devoto de la Virgen, la "Divina Pastora". Se le consideraba apóstol de la misericordia. Escribió numerosas obras. Murió en Ronda (Málaga) el 24 de marzo de 1801.- Oración: Oh Dios, que has concedido al beato Diego José la sabiduría de los santos, y le has encomendado la salvación de su pueblo; concédenos, por su intercesión, discernir lo que es bueno y justo, y anunciar a todos los hombres la riqueza insondable que es Cristo. Él, que vive y reina por los siglos de los siglos. Amén.




BEATA MARÍA KARLOWSKA. Nació en Karlowo (Polonia) el año 1865 de una familia acomodada, muy religiosa y devota del Corazón de Jesús, lo que influyó en su espiritualidad. Muertos sus padres en 1882, hizo voto de castidad para vivir consagrada al Señor. Diez años después, el encuentro ocasional con una prostituta la decidió a trabajar en la recuperación de las que compartían su suerte, para lo que no dudó en ponerse en contacto con tales muchachas y mujeres, especialmente en los hospitales. Encontró muchas dificultades de todo género para llevar adelante sus propósitos. Trabajó en diversas ciudades de Polonia. Comenzó abriendo un centro de acogida. Luego buscó una congregación religiosa que se hiciera cargo del mismo y, al no encontrarla, fundó en 1895 la Congregación del Buen Pastor de la Divina Providencia, en la que ella misma profesó. Su principal actividad es ayudar a recuperar la dignidad de hijas de Dios a las jóvenes y mujeres pobres caídas en la corrupción de costumbres, y cuidar a las enfermas. Murió el 24 de marzo de 1935 en Pniewite, cerca de Gdansk (Polonia).

Oscar Romero

Oscar RomeroBEATO ÓSCAR ROMERO. Nació en 1917 en Ciudad Barrios, El Salvador. De joven ingresó en el seminario y estudió en Roma, donde fue ordenado sacerdote en 1942. De vuelta en su tierra, ejerció el ministerio parroquial, fue rector del seminario interdiocesano, director de revistas pastorales y secretario de la Conferencia Episcopal. Era hombre de oración y estudio, y se le tenía por conservador y tradicionalista. En 1970 fue nombrado obispo auxiliar de San Salvador, en 1974 obispo de Santiago de María y en 1977 arzobispo de San Salvador. Sus virtudes y su amor a los pobres, y al parecer la violencia ejercida sobre el pueblo, le llevaron a cambiar radicalmente su postura frente al poder establecido. En la radio, pastorales, homilías y demás medios a su alcance, denunció la violación de los derechos humanos sufrida por la población, y llegó a pedir a soldados y policías que desobedecieran la orden injusta de matar a inocentes. El 24 de marzo de 1980, mientras celebraba la misa, en el momento del ofertorio, lo mataron a tiros. Beatificado como mártir el 23-V-2015.

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Santa Catalina de Suecia. Nació en Suecia el año 1331, hija de la mística y fundadora santa Brígida de Suecia. Muy joven fue dada en matrimonio al noble Edgar Lydersson; ambos esposos acordaron vivir consagrados al Señor y en continencia. A los 19 años marchó a Roma y compartió allí con su madre una intensa vida religiosa; también la acompañó en su peregrinación a Tierra Santa. Cuando falleció Brígida, Catalina trasladó sus restos a Suecia y los depositó en el monasterio de Vadstena, de la Orden del Santísimo Salvador fundada por la madre, en el que Catalina misma ingresó al quedar viuda. En 1380 la eligieron abadesa y en 1381 murió.

San Maccartemo. Se le considera discípulo de san Patricio. Fue obispo de Clogher (Irlanda) en el siglo V.

San Secúndulo. Sufrió el martirio en Mauritania (África) en una fecha desconocida de la antigüedad cristiana.

San Severo de Catania. Fue obispo de Catania (Sicilia) entre los años 802 y 814.

Santos Timolao y compañeros mártires. Los santos Timolao, Dionisio, Páusides, Rómulo, Alejandro, otro Alejandro, Agapio y otro Dionisio, fueron decapitados en Cesarea de Palestina durante la persecución del emperador Diocleciano. Los condujeron maniatados ante el prefecto Urbano, confesaron que eran cristianos y, pocos días después, merecieron la corona de la vida eterna. Era el año 303.

Beata María Serafina del Sagrado Corazón. Nació en Imèr (Trento, Italia) el año 1849, de una familia pobre, muy cristiana. En 1867 la Virgen le manifestó el deseo de que fundara un instituto religioso dedicado a la adoración de la Santísima Trinidad. Buscando cómo cumplir el encargo de la Virgen, viajó de un lugar a otro. En 1885 ingresó en las Hermanas de la Caridad Hijas de la Inmaculada. Finalmente, en 1891, con la ayuda del obispo de Caserta, fundó su congregación: Hermanas de los Ángeles, Adoratrices de la Santísima Trinidad, para la adoración de la Trinidad a través del culto de la Eucaristía y de un generoso servicio al prójimo. Murió en Faicchio (Benevento) el 24-III-1911. Beatificada en 2011.



PARA TENER EL ESPÍRITU DE ORACIÓN Y DEVOCIÓN

Pensamiento bíblico:

En la Anunciación, el ángel dijo a la Virgen: «No temas, María, porque has encontrado gracia ante Dios. Concebirás en tu vientre y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús. Será grande, se llamará Hijo del Altísimo, el Señor Dios le dará el trono de David, su padre, reinará sobre la casa de Jacob para siempre, y su reino no tendrá fin» (Lc 1,30-33).

Pensamiento franciscano:

Oración de san Francisco: «Omnipotente, santísimo, altísimo y sumo Dios, Padre santo y justo, te damos gracias porque, así como por tu Hijo nos creaste, así, por el santo amor con que nos amaste, hiciste que Él, verdadero Dios y verdadero hombre, naciera de la gloriosa siempre Virgen la beatísima santa María, y que nosotros fuéramos redimidos por su cruz y sangre y muerte» (1 R 23,3).

Orar con la Iglesia:

Presentemos nuestras súplicas al Padre, recordando el momento en que el Verbo de Dios se hizo carne y habitó entre nosotros.

-Por la Iglesia santa de Dios: para que reciba en su corazón y en su mente al Verbo divino a ejemplo de María, la Virgen creyente.

-Por todos aquellos a los que todavía no ha sido anunciado el Evangelio: para que Dios les envíe mensajeros de su palabra.

-Por los enfermos y los que sufren por cualquier causa: para que reciban con esperanza el anuncio de la encarnación del hijo de Dios.

-Por todos los creyentes: para que, atentos a la palabra de Dios, estemos siempre dispuestos a hacer su voluntad.

Oración: Dios Padre nuestro, acuérdate con bondad de tu Iglesia y de cuantos confiamos en la intercesión de aquélla que fue anunciada como Madre virginal de tu Hijo Jesucristo. Él que vive y reina por los siglos de los siglos. Amén.

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LA ENCARNACIÓN DEL HIJO DE DIOS
De la homilía de S. S. Benedicto XVI en la concelebración
de la solemnidad de la Anunciación del Señor (25-III-2006)

Es para mí motivo de gran alegría presidir esta concelebración con los nuevos cardenales, después del consistorio de ayer, y considero providencial que se realice en la solemnidad litúrgica de la Anunciación del Señor y bajo el sol que el Señor nos da. En efecto, en la encarnación del Hijo de Dios reconocemos los comienzos de la Iglesia. De allí proviene todo. Cada realización histórica de la Iglesia y también cada una de sus instituciones deben remontarse a aquel Manantial originario.

Deben remontarse a Cristo, Verbo de Dios encarnado. Es él a quien siempre celebramos: el Emmanuel, el Dios-con-nosotros, por medio del cual se ha cumplido la voluntad salvífica de Dios Padre. Y, sin embargo (precisamente hoy contemplamos este aspecto del Misterio) el Manantial divino fluye por un canal privilegiado: la Virgen María. Con una imagen elocuente san Bernardo habla, al respecto, de acueducto. Por tanto, al celebrar la encarnación del Hijo no podemos por menos de honrar a la Madre. A ella se dirigió el anuncio angélico; ella lo acogió y, cuando desde lo más hondo del corazón respondió: «He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra» (Lc 1,38), en ese momento el Verbo eterno comenzó a existir como ser humano en el tiempo.

De generación en generación sigue vivo el asombro ante este misterio inefable. San Agustín, imaginando que se dirigía al ángel de la Anunciación, pregunta: «¿Dime, oh ángel, por qué ha sucedido esto en María?». La respuesta, dice el mensajero, está contenida en las mismas palabras del saludo: «Alégrate, llena de gracia». De hecho, el ángel, «entrando en su presencia», no la llama por su nombre terreno, María, sino por su nombre divino, tal como Dios la ve y la califica desde siempre: «Llena de gracia (gratia plena)», y la gracia no es más que el amor de Dios; por eso, en definitiva, podríamos traducir esa palabra así: «amada» por Dios (cf. Lc 1,28).

Orígenes observa que semejante título jamás se dio a un ser humano y que no se encuentra en ninguna otra parte de la sagrada Escritura. Es un título expresado en voz pasiva, pero esta «pasividad» de María, que desde siempre y para siempre es la «amada» por el Señor, implica su libre consentimiento, su respuesta personal y original: al ser amada, al recibir el don de Dios, María es plenamente activa, porque acoge con disponibilidad personal la ola del amor de Dios que se derrama en ella. También en esto ella es discípula perfecta de su Hijo, el cual realiza totalmente su libertad en la obediencia al Padre y precisamente obedeciendo ejercita su libertad.

En la segunda lectura hemos escuchado la estupenda página en la que el autor de la carta a los Hebreos interpreta el salmo 39 precisamente a la luz de la encarnación de Cristo: «Cuando Cristo entró en el mundo dijo: (...) "Aquí estoy, oh Dios, para hacer tu voluntad"» (Heb 10,5-7). Ante el misterio de estos dos «Aquí estoy», el «Aquí estoy» del Hijo y el «Aquí estoy» de la Madre, que se reflejan uno en el otro y forman un único Amén a la voluntad de amor de Dios, quedamos asombrados y, llenos de gratitud, adoramos.

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LA MATERNIDAD DE MARÍA
EN LA ECONOMÍA DE LA GRACIA
Concilio Vaticano II, Const. «Lumen gentium» (nn. 61-63)

La Santísima Virgen, predestinada desde la eternidad como Madre de Dios junto con la encarnación del Verbo de Dios por decisión de la divina Providencia, fue en la tierra la excelsa Madre del divino Redentor, la compañera más generosa de todas y la humilde esclava del Señor. Concibiendo a Cristo, engendrándolo, alimentándolo, presentándolo al Padre en el templo, sufriendo con su Hijo que moría en la cruz, colaboró de manera totalmente singular a la obra del Salvador por su fe, esperanza y ardiente amor, para restablecer la vida sobrenatural de los hombres. Por esta razón es nuestra madre en el orden de la gracia.

Esta maternidad de María perdura sin cesar en la economía de la gracia, desde el consentimiento que dio fielmente en la Anunciación, y que mantuvo sin vacilar al pie de la cruz, hasta la realización plena y definitiva de todos los escogidos. En efecto, con su asunción a los cielos, no abandonó su misión salvadora, sino que continúa procurándonos con su múltiple intercesión los dones de la salvación eterna. Con su amor de Madre cuida de los hermanos de su Hijo que todavía peregrinan y viven entre angustias y peligros hasta que lleguen a la patria feliz. Por eso la Santísima Virgen es invocada en la Iglesia con los títulos de Abogada, Auxiliadora, Socorro, Mediadora. Lo cual, sin embargo, se entiende de tal manera que no quite ni añada nada a la dignidad y a la eficacia de Cristo, único Mediador.

En efecto, ninguna criatura puede ser puesta nunca en el mismo orden con el Verbo encarnado y Redentor. Pero, así como en el sacerdocio de Cristo participan de diversa manera tanto los ministros como el pueblo creyente, y así como la única bondad de Dios se difunde realmente en las criaturas de distintas maneras, así también la única mediación del Redentor no excluye, sino que suscita en las criaturas una colaboración diversa que participa de la única fuente.

La Iglesia no duda en atribuir a María esta misión subordinada, la experimenta sin cesar y la recomienda al corazón de sus fieles para que, apoyados en su protección maternal, se unan más íntimamente al Mediador y Salvador.

La Bienaventurada Virgen, por el don y la función de ser Madre de Dios, por la que está unida al Hijo Redentor, y por sus singulares gracias y funciones, está también íntimamente unida a la Iglesia. La Madre de Dios es figura de la Iglesia, como ya enseñaba San Ambrosio: en el orden de la fe, del amor y de la unión perfecta con Cristo. Ciertamente, en el misterio de la Iglesia, que también es llamada con razón madre y virgen, la Santísima Virgen María fue por delante mostrando en forma eminente y singular el modelo de virgen y madre. En efecto, por su fe y su obediencia engendró en la tierra al Hijo mismo del Padre, ciertamente sin conocer varón, cubierta con la sombra del Espíritu Santo, como nueva Eva, prestando fe no adulterada por ninguna duda al mensaje de Dios, y no a la antigua serpiente. Dio a luz al Hijo, al que Dios constituyó el mayor de muchos hermanos (Rom 8,29), es decir, de los creyentes, a cuyo nacimiento y educación colabora con amor de madre.

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EL TEMA MARIANO
EN LOS ESCRITOS DE FRANCISCO DE ASÍS (y II)
por Sebastián López, OFM

En las oraciones y textos de san Francisco se encuentran trece títulos o nombres de la Virgen. La imagen que dichos títulos o nombres esbozan de María acentúa sobre todo lo que Dios ha hecho en ella y con ella; lo que ella es desde la acción de Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo, y desde su relación con ellos, más que su actitud acogedora y responsiva. Imagen que está en línea con la primacía y anterioridad de la acción de Dios, de lo objetivo sobre lo subjetivo, que Francisco confiesa tantas veces en sus escritos. En ellos, como es sabido, el Señor es el que da la gracia de hacer penitencia, el que conduce a los leprosos, el que da la fe, o el que hace y dice todo bien.

Francisco proclama, como hace la Iglesia en su liturgia, la gloria, la bienaventuranza y la santidad de la Virgen por su referencia a Jesucristo bienaventurado, santo y glorioso, y, desde Él y por Él, a Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo que sin principio ni fin es bendito y glorioso. Sólo desde la fe en Jesús, Hijo de Dios e Hijo de María, se llega a descubrir la grandeza y dignidad de María, su Madre, viene a decir Francisco.

El Padre santo y justo..., que quiso que su Hijo naciera de la gloriosa siempre Virgen beatísima santa María (1 R 23,3), no se sirvió de ella como si fuese sólo un mero instrumento útil para sus fines salvadores. «El santísimo Padre del cielo la eligió y la consagró con su santísimo Hijo amado y el Espíritu Santo Paráclito» (SalVM 2), pero también habló con ella: «Esta Palabra del Padre, tan digna, tan santa y gloriosa, la anunció el altísimo Padre desde el cielo, por medio de su santo ángel Gabriel, en el seno de la santa y gloriosa Virgen María, de cuyo seno recibió la verdadera carne de nuestra humanidad y fragilidad» (2CtaF 4). Y María respondió, nos dice la revelación en palabras de Lucas 1,38. Hubo por tanto un diálogo entre el Padre y la Virgen, revelador del respeto de Dios frente a la libertad de María y de la respuesta consciente y responsable de ella a Dios.

Así lo ha destacado desde el principio la reflexión de la fe de la Iglesia. El tema de la Virgen, nueva Eva, subraya precisamente, desde san Justino y san Ireneo, la fe y obediencia de María frente a la desobediencia de Eva. Y el tema de la Virgen que concibe la carne de Cristo en la fe, tan repetido por san Agustín y otros, proclama lo mismo. Temas que encontramos también, ampliamente desarrollados, en los autores del siglo XII, entre ellos san Bernardo.

El Concilio Vaticano II recoge ambos temas, consagrándolos con su autoridad y proclamando en consecuencia la importancia de la fe de María que acoge y consiente, libre y conscientemente, a la Palabra de Dios, en este estupendo texto: «Pero el Padre de la misericordia quiso que precediera a la encarnación la aceptación de la Madre predestinada... Así María, hija de Adán, al aceptar el mensaje divino, se convirtió en Madre de Jesús, y al abrazar de todo corazón y sin entorpecimiento de pecado alguno la voluntad salvífica de Dios, se consagró totalmente como esclava del Señor a la persona y a la obra de su Hijo, sirviendo con diligencia al misterio de la redención con Él y bajo Él, con la gracia de Dios omnipotente. Con razón, pues, piensan los santos padres que María no fue un instrumento puramente pasivo en las manos de Dios, sino que cooperó a la salvación de los hombres con fe y obediencia libres» (LG 56).

Los escritos de Francisco no son demasiado explícitos en señalar el asentimiento y consentimiento de María al anuncio del Padre. Ciertamente lo apuntan al llamarla esclava e hija del Padre, madre del Hijo y esposa del Espíritu Santo (OfP Ant), teniendo en cuenta, sobre todo, los lugares paralelos de 2CtaF 48-53 y FVCl, en los que la respuesta del hombre a la acción de Dios se indica con toda claridad; también al presentar a María vinculada y comprometida en la vida y destino de pobreza de su Hijo, con lo que extiende y alarga expresamente su consentimiento más allá del momento de la anunciación. Toda la vida de María es comunión con la persona y la vida de la Palabra del Padre que recibió en su seno la verdadera carne de nuestra humanidad y fragilidad. Pero, además, pocas cosas ha acentuado Francisco tanto en la vida del Evangelio de sus hermanos como la respuesta en adoración, alabanza, fe-esperanza-caridad y en operación, a la comunicación salvadora de Dios Trino en Jesucristo, que tiene en los temas fundamentales de la vida del Evangelio su expresión mayor: el seguimiento, la observancia del Evangelio y el deseo del Espíritu del Señor y su santa operación.

[Cf. el texto completo en Selecciones de Franciscanismon. 47, 1987, 171-186]

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