martes, 21 de marzo de 2017

Año Cristiano Franciscano




DÍA 22 DE MARZO

 

SAN BIENVENIDO DE ANCONA. Nació en Ancona (Italia) hacia el año 1188. Estudió derecho en Bolonia y, ordenado de sacerdote, fue arcediano de su diócesis nativa. En 1263 fue nombrado administrador apostólico de la diócesis de Ósimo y, al año siguiente, obispo de la misma. Lo primero que hizo fue serenar los ánimos y promover la reconciliación de sus fieles, después de los enfrentamientos entre los partidarios del papado y los del imperio. El papa le encomendó también el gobierno civil de la Marca de Ancona. Procuró la reforma de costumbres en el clero y en el pueblo, cuidó la buena administración de los bienes eclesiásticos, reorganizó el cabildo y las celebraciones litúrgicas. Vivió de modo ejemplar, con gran austeridad y una intensa vida interior, y, siguiendo el espíritu de los Hermanos Menores, quiso morir sobre la tierra desnuda, lo que sucedió en Ósimo el 22 de marzo de 1282. Fue muy devoto de san Francisco, cuyo hábito vestía siendo obispo, pero no consta con seguridad que profesara en su Orden.



BEATO CLEMENTE AUGUSTO VON GALLEN. Nació el año 1878 en Oldenburg (Alemania) de familia noble. Se ordenó de sacerdote en Münster el año 1904 y estuvo desempeñando ministerios parroquiales hasta que, en 1933, fue elegido obispo de Münster. Reprodujo ante el clero y el pueblo la imagen evangélica del Buen Pastor. Luchó abiertamente contra los errores nazis y denunció las violaciones de los derechos de la persona y de la Iglesia. Por su valentía lo llamaron «El león de Münster». Fue uno de los obispos que colaboraron con Pío XI en la preparación de la encíclica Mit Brennender Sorge, en la que el Papa acusó al régimen nacionalsocialista ante la opinión pública. Durante la II Guerra Mundial denunció los atropellos de los nazis. Terminada la guerra, pidió a las autoridades de ocupación que actuaran de acuerdo con la justicia. Pío XII lo creó cardenal en 1946, como reconocimiento a su actitud intrépida durante el período del nacionalsocialismo. Murió en Münster el 22 de marzo de 1946. Fue beatificado el año 2005. Era hombre de fe, piadoso, de inquebrantable resistencia a la injusticia, devoto de la Virgen.

* * *

San Basilio de Ancira. Nació en Ancira, hoy Ankara (Turquía), y allí murió hacia el año 362. Fue un sacerdote que, durante todo el mandato del emperador Constanzo, defendió con entereza la divinidad de Jesucristo, proclamada en el Concilio de Nicea, y se opuso con radicalidad a los arrianos. Cuando llegó el gobierno de Juliano el Apóstata, que apoyó a los paganos con peligro para los cristianos débiles en la fe, Basilio atacó el culto a los ídolos y exhortó a los cristianos a mantenerse firmes en su fe. Por ello lo encarcelaron, lo atormentaron cruelmente para que apostatara, sin conseguirlo, y falleció a consecuencia de las repetidas torturas.


San Calínico y Santa Basilisa. Sus obras de caridad para con los cristianos encarcelados pusieron de manifiesto su fe en Jesucristo. Por ello fueron detenidos y martirizados en Galacia (en la actual Turquía) en fecha incierta de la antigüedad cristiana.

San Epafrodito. Discípulo y colaborador de san Pablo. De él habla el Apóstol en su Carta a los Filipenses y lo llama «mi hermano, colaborador y compañero de armas» (Flp 2,25; 4,18). Sirvió de correo entre la comunidad paulina de Filipos y el propio Pablo que se encontraba cautivo en Roma.

Santa Lea. Era una matrona romana que, muerto su marido, decidió consagrarse a Dios, por lo que rehusó contraer nuevas nupcias con otro noble romano. A su vez, santa Marcela, también matrona romana, había convertido su residencia del Aventino en una especie de monasterio, en el que oraban y estudiaban la S. Escritura un grupo de mujeres, que vivían en castidad y pobreza. Lea se retiró a vivir con su servidumbre a una casa de campo y se integró en el grupo de Marcela, la cual le encargó la formación de las jóvenes. San Jerónimo, que las visitaba cuando iba a Roma, es quien nos informa de su vida. Murió en Roma el año 384.

San Nicolás Owen. Nació en Inglaterra y en su vida civil fue carpintero y maestro de obras. En 1581 profesó secretamente en la Compañía de Jesús en calidad de hermano coadjutor. Ante la persecución de que era objeto la Iglesia católica, se dedicó a construir escondites para los sacerdotes, hasta que, detenido por segunda vez (en la primera lo torturaron para que revelara el paradero de los sacerdotes, cosa que no hizo, pero recuperó la libertad), lo encerraron en la Torre de Londres. Allí lo torturaron sin piedad para que delatara a sus correligionarios. Murió a consecuencia de haberlo sometido a la tortura del potro, en 1606.

San Pablo de Narbona. Fue obispo de Narbona (Francia) y lo martirizaron a las afueras de la ciudad en el siglo III.

Beato Francisco Luis Chartier. Nació en Marigné (Países del Loira, Francia) el año 1762. Ordenado de sacerdote, ejerció el ministerio parroquial. Detenido por las autoridades de la Revolución Francesa, confesó que había escondido el cáliz de la parroquia y no pensaba entregarlo, que había ejercido clandestinamente el apostolado, que la Constitución civil del clero se oponía a la verdad de la Iglesia y que no la juraba. Fue guillotinado en Angers el año 1794.

Beatos Mariano Gorecki y Bronislao Komorowski. Son dos sacerdotes polacos de la diócesis de Gdansk, que fueron fusilados por los nazis en el campo de concentración de Stutthof, cerca de Gdansk en Polonia, el Viernes Santo de 1940, por odio a la fe que profesaban con firmeza los mártires.



PARA TENER EL ESPÍRITU DE ORACIÓN Y DEVOCIÓN

Pensamiento bíblico:

Cristo es imagen del Dios invisible, primogénito de toda criatura; porque en él fueron creadas todas las cosas; todo fue creado por él y para él. Él es anterior a todo, y todo se mantiene en él. Él es también la cabeza del cuerpo: de la Iglesia. Él es el principio, el primogénito de entre los muertos, y así es el primero en todo. Porque en él quiso Dios que residiera toda la plenitud. Y por él y para él quiso reconciliar todas las cosas, haciendo la paz por la sangre de su cruz (cf. Col 1,15-20).

Pensamiento franciscano:

De la Carta de san Francisco a los fieles: «El altísimo Padre anunció desde el cielo, por medio de su santo ángel Gabriel, que enviaría su Palabra, tan digna, tan santa y gloriosa, al seno de la Virgen María, y de él recibió la verdadera carne de nuestra humanidad y fragilidad. Él, siendo rico, quiso elegir, con la bienaventurada Virgen, su Madre, la pobreza en el mundo» (2CtaF 4-5).

Orar con la Iglesia:

Oremos a Dios Padre, que entregó a Jesucristo, su Hijo, el poder, el honor y el reino.

-Por la Iglesia: para que sea testigo de la verdad de Cristo y conciencia de la humanidad que camina hacia la plenitud del reino de Dios.

-Por todos los pueblos: para que no caigan en la tentación del endiosamiento, de la exclusión de los demás y de la prepotencia.

-Por los gobernantes de todas las naciones: para que, trabajando por la paz, fruto de la justicia, colaboren en la realización del reino de Dios.

-Por nosotros, que confesamos a Cristo, Señor: para que realicemos la verdad de Cristo en el amor fraterno.

Oración: Escucha, Señor, las súplicas que te dirigimos confiados en la mediación de Jesucristo, que vive y reina por los siglos de los siglos. Amén.

* * *

EL HIJO «PRIMOGÉNITO»
De la homilía de S. S. Benedicto XVI
en la misa de Nochebuena (24-XII-2010)

«María dio a la luz a su hijo primogénito» (Lc 2,7). Con esta frase, sin énfasis alguno, san Lucas describe el gran acontecimiento que habían vislumbrado con antelación las palabras proféticas en la historia de Israel.

San Lucas designa al niño como «primogénito». En el lenguaje que se había ido formando en la Sagrada Escritura de la Antigua Alianza, «primogénito» no significa el primero de una serie de otros hijos. «Primogénito» es un título de honor, independientemente de que después sigan o no otros hermanos y hermanas. Así, en el libro del Éxodo (cf. Ex 4,22), Dios llama a Israel «mi hijo primogénito», expresando de este modo su elección, su dignidad única, el amor particular de Dios Padre.

La Iglesia naciente sabía que esta palabra en Jesús había recibido una nueva profundidad; que en él se resumen las promesas hechas a Israel. Así, la carta a los Hebreos llama a Jesús simplemente «el primogénito», para identificarlo como el Hijo que Dios envía al mundo después de los preparativos en el Antiguo Testamento (cf. Hb 1,5-7). El primogénito pertenece de modo particular a Dios, y por eso -como en muchas religiones- debía ser entregado de manera especial a Dios y ser rescatado mediante un sacrificio sustitutivo, como relata san Lucas en el episodio de la Presentación de Jesús en el templo. El primogénito pertenece a Dios de modo particular; por decirlo así, está destinado al sacrificio. El destino del primogénito se cumple de modo único en el sacrificio de Jesús en la cruz. Él ofrece en sí mismo la humanidad a Dios, y une al hombre y a Dios de tal modo que Dios sea todo en todos.

San Pablo, en las cartas a los Colosenses y a los Efesios, amplió y profundizó la idea de Jesús como primogénito: Jesús, nos dicen esas cartas, es el Primogénito de la creación, el verdadero arquetipo del hombre, según el cual Dios ha formado la criatura hombre. El hombre puede ser imagen de Dios porque Jesús es Dios y hombre, la verdadera imagen de Dios y del hombre. Él es el primogénito de los muertos, nos dicen además esas cartas. En la Resurrección él derribó el muro de la muerte para todos nosotros. Abrió al hombre la dimensión de la vida eterna en la comunión con Dios. Por último, se nos dice: Él es el primogénito de muchos hermanos. Sí, con todo, él es ahora el primero de una serie de hermanos, es decir, el primero que inaugura para nosotros el estar en comunión con Dios. Él crea la verdadera fraternidad: no la fraternidad deteriorada por el pecado, la de Caín y Abel, de Rómulo y Remo, sino la fraternidad nueva en la que somos la misma familia de Dios.

Esta nueva familia de Dios comienza en el momento en el que María envuelve en pañales al «primogénito» y lo acuesta en el pesebre. Pidámosle: Señor Jesús, tú que quisiste nacer como el primero de muchos hermanos, danos la verdadera fraternidad. Ayúdanos para que nos parezcamos a ti. Ayúdanos a reconocer tu rostro en el otro que me necesita, en los que sufren o están desamparados, en todos los hombres, y a vivir contigo como hermanos y hermanas, para convertirnos en una familia, tu familia.

* * *

EL NACIMIENTO DE CRISTO FUE DE ESTA MANERA
San Juan Crisóstomo, Homilía 2
sobre el evangelio de san Mateo (2)

Su generación, ¿quién la explicará? No voy a hablaros ahora de la divina generación, sino de la de aquí abajo, de la que tuvo lugar en la tierra, de la que tenemos infinidad de testimonios. Y aun de ésta sólo os hablaré en la medida en que me lo permita la gracia del Espíritu Santo. Y no penséis que es cuestión de poca monta oír hablar de la generación temporal; levantad más bien vuestras almas y estremeceos cuando oís decir que Dios ha venido a la tierra. Es este un acontecimiento tan maravilloso y sorprendente, que los mismos coros angélicos dieron testimonio de ello haciendo resonar por toda la tierra un himno de gloria, y los antiguos profetas quedaron estupefactos al ver que Dios apareció en el mundo y vivió entre los hombres.

Verdaderamente es algo inaudito que un Dios inefable, inexplicable, incomprensible e igual al Padre se dignara descender a unas entrañas virginales, nacer de una mujer y tener en su árbol genealógico a David y a Abrahán. Al oír esto, levantad el ánimo y, desechando ruines pensamientos, maravillaos más bien de que, siendo Hijo e Hijo natural del Dios eterno, se dignó ser llamado asimismo Hijo de David para haceros a vosotros Hijos de Dios; se dignó tener un padre esclavo, para daros a vosotros, que erais esclavos, al Señor por Padre.

¿Ves cómo desde el principio se nos presentan los evangelios? Si dudas de lo que a ti te concierne, cree lo tuyo por lo que a él se refiere. Pues desde el punto de vista humano, es más difícil comprender a un Dios hecho hombre, que a un hombre hecho hijo de Dios. Cuando oigas, pues, que el Hijo de Dios se ha hecho hijo de David y de Abrahán, no te quepa la menor duda de que tú, hijo de Adán como eres, puedes llegar a ser hijo de Dios. En efecto, no sin motivo se humilló él hasta tal extremo, si no hubiera querido exaltarnos a nosotros. Nace él según la carne para que tú nazcas según el espíritu; nació de mujer, para que tú dejes de ser meramente hijo de mujer.

Hay, pues, dos generaciones en Cristo: la humana igual que la nuestra y la divina superior a la nuestra. Nacer de mujer es algo que compartió con nosotros; pero no haber nacido de sangre, ni de amor carnal, ni de amor humano, sino del Espíritu Santo, era un anuncio anticipado del nacimiento que supera nuestra naturaleza y que él nos ha de dar por la gracia del Espíritu Santo.

* * *

CLARA DE ASÍS, LA MUJER EVANGÉLICA,
QUE VIVE DESDE LA GRATUIDAD
por Miguel Ángel Lavilla Martín, OFM

La Palabra de Dios atraviesa todos los escritos de Clara, marcándolos de manera indeleble. Y en su vida la Palabra de Dios era su alimento diario.

El evangelismo de Clara es patente. Su lectura del Evangelio no se reducía a una lectura material-literal, sino que, inspirada por el Espíritu, perseguía su encarnación en lo cotidiano.

Éste es uno de los rasgos que convierte a Clara en actual. La Palabra de Dios, el Evangelio, nunca pasa de moda, siempre es actual. Clara no sólo escuchó la Palabra, sino que decidida respondió a lo escuchado, en las circunstancias concretas en que vivió. Para todo creyente en el Señor Jesús, su vocación es escuchar esa Palabra viva y poner en acto lo escuchado, la obediencia a la Palabra. Para obedecer a la Palabra, para encarnarla en el aquí y ahora, se requiere una implicación de todas las dimensiones de la persona: sentimientos, inteligencia, memoria y voluntad. En esta encarnación de la Palabra en el presente, también Clara puede ayudarnos como referente.

Hoy parece valorarse lo gratuito, en una flagrante contradicción, pues, aparte de raras excepciones, la eficacia y el mercantilismo son lo que prima en el fondo: ahí están las noticias sobre la corrupción en instituciones y operaciones que el día anterior se presentaban como altruistas en grado sumo.

Aparte de estas contradicciones, nuestros contemporáneos aspiran a unas relaciones más gratuitas; así lo revela la labor de tantas personas anónimas a favor de sus semejantes, que no recogen los medios de comunicación.

En la respuesta a este anhelo, Clara también puede iluminar, especialmente a los cristianos, pues en nuestro mundo tan tecnificado, ¿qué lugar ocupa la gracia divina para nosotros? ¿Cómo conjugamos la providencia divina con la técnica y la ciencia, tan necesarias? ¿En la lectura de nuestra historia personal y comunitaria, dejamos entrar a la gracia de Dios?

Clara de Asís, al final de su vida, en su Testamento, ya nos da la clave para entender su coraje, su firmeza, su fidelidad, en definitiva su biografía: «Entre los otros beneficios que hemos recibido y recibimos cada día de nuestro espléndido benefactor el Padre de las misericordias, y por los que más debemos dar gracias al Padre glorioso de Cristo, está el de nuestra vocación, por la que, cuanto más perfecta y mayor es, más y más deudoras le somos» (TestCl 2-3).

La primera preocupación o urgencia de Clara es reconocer y agradecer a Dios Padre, que todo lo bueno a lo largo de su vida lo ha recibido gratuitamente de Dios, en primer lugar el regalo de la vocación. Confesión taxativa de que su trayectoria personal y comunitaria no ha sido una carrera prometéica, el resultado de sus cualidades y esfuerzos personales (de su tozudez); tampoco el resultado de su bondad natural, ni mucho menos el fruto de un ascetismo extremo que doblega y orienta la voluntad. Ella no atribuye a sus muchas penitencias lo que ha sido y ha hecho a lo largo de su historia, sino a Dios Padre, y no sólo en los principios, sino hasta el final, incluida la buena fama de las hermanas, hoy diríamos el éxito de la experiencia de las hermanas en San Damián: «Después que el altísimo Padre celestial se dignó iluminar con su misericordia y su gracia mi corazón para que, siguiendo el ejemplo y la enseñanza de nuestro bienaventurado padre Francisco, yo hiciera penitencia, poco después de su conversión, junto con las pocas hermanas que el Señor me había dado poco después de mi conversión, le prometí voluntariamente obediencia, según la luz de su gracia que el Señor nos había dado por medio de su admirable vida y enseñanza [...]» (TestCl 24-26).

Y más adelante, por si no había quedado claro que para ella la gracia de Dios lo es todo y que pide la colaboración del hombre, se lo recuerda con insistencia a las hermanas, para que, no olvidándolo nunca, vivan centradas en lo esencial: «Amonesto y exhorto en el Señor Jesucristo a todas mis hermanas, las que están y las que han de venir, que se apliquen siempre con esmero a imitar el camino de la santa simplicidad, humildad, pobreza, y también la rectitud de la vida religiosa en común, tal como desde el inicio de nuestra conversión nos lo han enseñado Cristo y nuestro bienaventurado padre Francisco. A causa de lo cual, no por nuestros méritos, sino por la sola misericordia y gracia del espléndido bienhechor, el mismo Padre de las misericordias esparció el olor de la buena fama, tanto entre los que están lejos como entre los que están cerca. Y amándoos mutuamente con la caridad de Cristo, mostrad exteriormente por las obras el amor que tenéis interiormente, para que, estimuladas por este ejemplo, las hermanas crezcan siempre en el amor de Dios y en la mutua caridad» (TestCl 56-60).

Estas palabras de Clara de Asís podrían servir de conclusión. No querría terminar sin recordar que la biografía de Clara y su experiencia cristiana nos enseñan, entre otras cosas, que el Amor de Dios y el amor entre los hombres, destello del primero, son fuerza y vigor, que afirman la personalidad y la autorrealización de cada uno, sin negar la afirmación y la realización del otro, y permiten la construcción del «nosotros». ¿Acaso nuestro mundo no pide esto a gritos?

[Cf. el texto completo en Selecciones de Franciscanismo n. 116, 2010, 271-280]

No hay comentarios:

Publicar un comentario