lunes, 20 de marzo de 2017

Año Cristiano Franciscano


DÍA 21 DE MARZO

 

SAN BENITO, fundador de la Orden Benedictina y Patrono de Europa. Nació en Nursia, región de la Umbría italiana, hacia el año 480. Después de recibir en Roma una adecuada formación, comenzó a practicar la vida eremítica en el Subiaco, donde reunió algunos discípulos. Más tarde se trasladó a Casino, donde fundó el célebre monasterio de Montecasino y escribió su Regla, cuya difusión le valió el título de patriarca del monaquismo en Occidente, pues pronto se extendió por Europa una red de monasterios. La dedicación principal de los benedictinos es «la obra de Dios», o sea, la celebración de los misterios cristianos, y su lema «orar y trabajar». Así evangelizaron durante siglos a los pueblos, a los que llevaron también la cultura. Murió el 21 de marzo del año 547. El papa Pablo VI, en 1966, lo proclamó patrono de Europa. Su fiesta se celebra el 11 de julio- Oración: Señor, Dios nuestro, que hiciste del abad san Benito un esclarecido maestro en la escuela del divino servicio, concédenos, por su intercesión, que, prefiriendo tu amor a todas las cosas, avancemos por la senda de tus mandamientos con libertad de corazón. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.



SAN NICOLÁS DE FLUE. Nació en Sachseln (Suiza) el año 1417. Contrajo matrimonio y tuvo diez hijos. Gobernó su ciudad, ejerció cargos civiles cantonales y militares. Llevaba vida de piedad y penitencia y cumplía sus deberes con espíritu cristiano. En 1467, a los 50 años y con permiso de su esposa, buscando la soledad y la mayor unión posible con Dios, se retiró a llevar vida eremítica en el desfiladero de Ranft, cercano a su pueblo. Le construyeron una ermita y, junto a ella, una celdita. A partir de entonces se le llamó «Hermano Klaus». Allí pasó el resto de sus años, entregado a la vida contemplativa, experimentando dones místicos extraordinarios, sujeto a rigurosa penitencia, sufriendo y venciendo tentaciones, dando consuelo y sabios consejos a los muchos que le visitaban. Sólo en una ocasión salió de su retiro, ante el peligro de una guerra civil y para reconciliar a los Representados de los Cantones enfrentados. Murió el 21 de marzo de 1487. Pío XII lo proclamó patrono de Suiza y decía de él: «Encarna, con una plenitud admirable, la unión de la libertad terrestre y la libertad celeste».




SANTA BENITA CAMBIAGIO FRASSINELLO. Nació en 1791 en Langasco (Génova, Italia). Mujer sencilla de pueblo, contrajo matrimonio en 1816, pero dos años después, ambos esposos decidieron hacer voto de castidad e ingresar en religión. Benita entró en las Ursulinas, a las que tuvo que dejar por una grave enfermedad. Vuelta a Pavía, san Jerónimo Emiliani, en una visión, le indicó su campo de acción: las niñas abandonadas. Al necesitar ayuda, el obispo llamó al esposo de ella, el cual le prestó su colaboración, manteniendo ambos el voto de castidad que habían hecho. A consecuencia de unas calumnias, dejó Pavía y continuó su obra en Ronco Scrivia (Liguria). Las autoridades eclesiásticas aprobaron su obra: el instituto de las Benedictinas de la Providencia, dedicado a la educación de las niñas pobres y abandonadas. Murió, acompañada de su marido, en Ronco Scrivia el 21 de marzo de 1858. Juan Pablo II la canonizó el 2002.

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San Agustín Zhao Rong. Sacerdote secular chino, mártir. Nació en 1746 de familia pagana. Era guarda comunal y se convirtió a la fe cristiana oyendo en la cárcel a un sacerdote que exhortaba a sus fieles a permanecer firmes ante el martirio. Se bautizó, se ordenó de sacerdote y ejerció años el apostolado, hasta que lo apresaron. Lo torturaron cruelmente para que apostatara, sin conseguirlo. Al final lo dejaron languidecer en la cárcel, hasta la muerte, que ocurrió en 1815.

San Endeo. Nació en el Ulster, hijo del señor de Oriel. A la muerte de su padre, gobernó el señorío hasta que, a instancias de su hermana, abadesa de un monasterio, dejó el mundo y abrazó la vida monástica. Peregrinó a Roma para visitar las tumbas de los Apóstoles, y allí recibió la ordenación sacerdotal. Cuando regresó, Aengus, rey de Munster, le concedió las islas de Aran, en la bahía de Gallway (Irlanda), donde fundó el primer monasterio propiamente dicho de Irlanda, que alcanzó gran prestigio y fue cuna de santos. Murió hacia el año 542 y fue sepultado en la iglesia de Inishmore, la isla mayor del archipiélago.

San Juan de Valence. Fue canónigo y, a raíz de una peregrinación a Santiago de Compostela, vistió el hábito cisterciense en el mismo Cîteau. Lo enviaron para la fundación de la abadía de Bonnevaux, de la que fue el primer abad en 1117. El año 1141 fue elegido obispo de Valence (Francia). Sufrió muchas adversidades y puso empeño con gran caridad en la defensa de los derechos de los campesinos, de los pobres y de los comerciantes arruinados por las deudas. Murió el año 1145.

San Lupicinio. Cuando quedó viudo, se unió a su hermano san Román, que vivía en soledad en las laderas del Jura, diócesis de Lyón (Francia). Fundaron dos monasterios, el de Condat, ahora Saint-Claude, y el de Lauconne, luego Saint-Lupicin, de los que fueron abades. Lupicinio impuso un régimen más austero, y se ocupó mucho del bienestar de la población. Murió el año 480 y fue enterrado en el monasterio de Lauconne.

Santos Mártires de Alejandría. En tiempo del emperador Constanzo y del prefecto Filagrio, una turba de arrianos y paganos irrumpieron en una iglesia de Alejandría y asesinaron a los cristianos que estaban celebrando el Viernes Santo. Era el año 339.

San Santiago el Confesor. Defendió con firmeza el culto de las imágenes sagradas frente a los iconoclastas, y por ello fue martirizado en Constantinopla el año 824.

San Serapión de Thmuis. Anacoreta que vivió en Egipto, discípulo de san Antonio Abad y amigo de san Atanasio. Murió probablemente poco después del año 362.

Beato Mateo Flathers. Nació en Inglaterra, estudió en Oxford y, a los 44 años de edad, para seguir la vocación sacerdotal, marchó a estudiar al colegio inglés de Douai (Francia), se ordenó de sacerdote en Arras y regresó a su patria como misionero. Arrestado y expulsado, volvió bajo un sobrenombre y trabajó en la clandestinidad. Arrestado de nuevo y condenado a muerte por traidor, se le ofreció la vida y la libertad si juraba el acatamiento de la supremacía religiosa de la corona, lo que rehusó. Fue ahorcado y descuartizado en York el año 1607.

Beato Miguel Gómez Loza. Nació en Tepatitlán (Jalisco, México) el año 1886 en una familia campesina. De joven militó en la Asociación Católica de las Juventudes Mexicanas. Hizo la carrera de derecho con muchos sacrificios. En el ejercicio de su profesión defendió a los desamparados, lo que le costó muchos disgustos. Casado y con hijos, se unió a la liga defensora de la libertad religiosa y aceptó el nombramiento de gobernador de Jalisco conferido por los católicos de la resistencia. Las tropas federales le acribillaron a tiros cerca de Atotonilco el Alto en 1928. Fue beatificado el año 2005.

Beatos Tomás Pilchard y Guillermo Pike. Los dos fueron martirizados en Dorchester (Inglaterra), ahorcados y despedazados, en tiempo de la reina Isabel I. Tomás había estudiado en Oxford y, cuando decidió seguir la vocación sacerdotal, marchó a estudiar a Reims (Francia). Se ordenó de sacerdote en Laon en 1583 y regresó a su tierra. Fue arrestado y expulsado en 1585, pero dos años después volvió clandestinamente. De nuevo fue detenido, condenado y ejecutado en 1587 sólo por ser sacerdote católico. Guillermo era carpintero y fue delatado por haberse reconciliado con la Iglesia Romana. Su conversión se debió a Tomás, a quien en el juicio llamó su maestro y del que dijo que era un dignísimo sacerdote. Fue ejecutado en una fecha que no concretan las fuentes.



PARA TENER EL ESPÍRITU DE ORACIÓN Y DEVOCIÓN

Pensamiento bíblico:

Estando Jesús en la casa de Mateo, sentado a la mesa, muchos publicanos y pecadores, que habían acudido, se sentaban con Jesús y sus discípulos. Los fariseos, al verlo, preguntaron a los discípulos: «¿Cómo es que vuestro maestro come con publicanos y pecadores?». Jesús lo oyó y dijo: «No tienen necesidad de médico los sanos, sino los enfermos. Andad, aprended lo que significa "Misericordia quiero y no sacrificios": que no he venido a llamar a justos, sino a pecadores» (Mt 9,10-13).

Pensamiento franciscano:

De la carta de san Francisco a un ministro: «En esto quiero conocer si amas al Señor y a mí, siervo suyo y tuyo: que no haya hermano alguno en el mundo que haya pecado todo cuanto haya podido pecar, que, después de ver tus ojos, se marche sin tu misericordia, si pide misericordia. Y si él no pidiera misericordia, que tú le preguntes si quiere misericordia. Y si mil veces pecara después delante de tus ojos, ámalo más que a mí para esto, para que lo atraigas al Señor; y ten siempre misericordia de tales hermanos» (CtaM 9-11).

Orar con la Iglesia:

Oremos a Dios nuestro Padre, que espera y acoge a los hijos que, después de haberse extraviado, vuelven al hogar.

-Por la Iglesia, que ha recibido de Cristo la misión de reconciliar: para que, aun en situaciones de odio o desamor, sea fermento de unidad y de paz.

-Por nuestro mundo, dividido en ricos y pobres, dominadores y dominados, vencedores y vencidos...: para que sea posible la paz, fruto de la justicia y del amor.

-Por los que se indignan contra los que perdonan y los que son perdonados: para que depongan su actitud intransigente y aprendan la misericordia de Dios Padre.

-Por todos los que hacemos nuestra la actitud de conversión del hijo menor de la parábola y esperamos la misericordia y el perdón de Dios: para que apreciemos el sacramento de la penitencia y la reconciliación eclesial con Cristo.

Oración: Dios Padre nuestro, que hiciste expiar nuestros pecados a tu Hijo Jesús, escucha nuestras súplicas y alégranos con el gozo de su salvación. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.

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LA PARÁBOLA DEL HIJO PRÓDIGO
Benedicto XVI, Ángelus del 14 de marzo de 2010

Queridos hermanos y hermanas:

El cuarto domingo de Cuaresma se proclama el Evangelio del padre y de los dos hijos, más conocido como parábola del «hijo pródigo» (Lc 15,11-32). Este pasaje de san Lucas constituye una cima de la espiritualidad y de la literatura de todos los tiempos. En efecto, ¿qué serían nuestra cultura, el arte, y más en general nuestra civilización, sin esta revelación de un Dios Padre lleno de misericordia? No deja nunca de conmovernos, y cada vez que la escuchamos o la leemos tiene la capacidad de sugerirnos significados siempre nuevos.

Este texto evangélico tiene, sobre todo, el poder de hablarnos de Dios, de darnos a conocer su rostro, mejor aún, su corazón. Desde que Jesús nos habló del Padre misericordioso, las cosas ya no son como antes; ahora conocemos a Dios: es nuestro Padre, que por amor nos ha creado libres y dotados de conciencia, que sufre si nos perdemos y que hace fiesta si regresamos. Por esto, la relación con él se construye a través de una historia, como le sucede a todo hijo con sus padres: al inicio depende de ellos; después reivindica su propia autonomía; y por último -si se da un desarrollo positivo- llega a una relación madura, basada en el agradecimiento y en el amor auténtico.

En estas etapas podemos ver también momentos del camino del hombre en la relación con Dios. Puede haber una fase que es como la infancia: una religión impulsada por la necesidad, por la dependencia. A medida que el hombre crece y se emancipa, quiere liberarse de esta sumisión y llegar a ser libre, adulto, capaz de regularse por sí mismo y de hacer sus propias opciones de manera autónoma, pensando incluso que puede prescindir de Dios. Esta fase es muy delicada: puede llevar al ateísmo, pero con frecuencia esto esconde también la exigencia de descubrir el auténtico rostro de Dios. Por suerte para nosotros, Dios siempre es fiel y, aunque nos alejemos y nos perdamos, no deja de seguirnos con su amor, perdonando nuestros errores y hablando interiormente a nuestra conciencia para volvernos a atraer hacia sí.

En la parábola los dos hijos se comportan de manera opuesta: el menor se va y cae cada vez más bajo, mientras que el mayor se queda en casa, pero también él tiene una relación inmadura con el Padre; de hecho, cuando regresa su hermano, el mayor no se muestra feliz como el Padre; más aún, se irrita y no quiere volver a entrar en la casa. Los dos hijos representan dos modos inmaduros de relacionarse con Dios: la rebelión y una obediencia infantil. Ambas formas se superan a través de la experiencia de la misericordia. Sólo experimentando el perdón, reconociendo que somos amados con un amor gratuito, mayor que nuestra miseria, pero también que nuestra justicia, entramos por fin en una relación verdaderamente filial y libre con Dios.

Queridos amigos, meditemos esta parábola. Identifiquémonos con los dos hijos y, sobre todo, contemplemos el corazón del Padre. Arrojémonos en sus brazos y dejémonos regenerar por su amor misericordioso. Que nos ayude en esto la Virgen María, Mater misericordiae, Madre de la misericordia.

[Después del Ángelus] La liturgia nos propone la parábola del hijo pródigo y, con ella, una invitación a la conversión para todos, que saben haberse alejado de Dios por el pecado, y toman con humildad y valentía la decisión de volver a él, experimentando la misericordia y la ternura insospechada del Padre, que los recibe con los brazos abiertos. Que la santísima Virgen María nos acompañe en este camino hacia la Pascua.

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ME ALEJÉ MUCHO, Y TÚ ESTABAS AQUÍ
San Agustín, Comentario sobre el salmo 138 (5-6)

De lejos penetras mis pensamientos; distingues mi camino y mi descanso, todas mis sendas te son familiares. ¿Qué significa de lejos? Mientras todavía estoy en camino, antes de llegar a la patria, tú penetras mis pensamientos. Atiende a aquel hijo menor, pues también él se ha convertido en cuerpo de Cristo, Iglesia procedente de la gentilidad. Y es que el hijo menor había emigrado a un país lejano. Porque había un hombre que tenía dos hijos: el mayor no había ido lejos, sino que trabajaba en el campo, y simboliza a los santos que, en tiempo de la ley, cumplían las obras y preceptos de la ley.

En cambio, el género humano, que había derivado hacia el culto a los ídolos había emigrado a un país lejano. ¿Qué más lejano de aquel que te hizo, que la hechura que tú mismo te hiciste? Así, pues, el hijo menor emigró a un país lejano, llevando consigo toda su fortuna y -según nos informa el evangelio- la derrochó viviendo perdidamente. Y empezando a pasar necesidad, fue y se ajustó con un hombre principal de aquella región, quien lo mandó a guardar cerdos. Le entraban ganas de llenarse el estómago de las algarrobas que comían los cerdos; y nadie le daba de comer.

Después de tanto trabajo, estrechez, tribulación y necesidad, se acordó de su padre, y decidió volver a casa. Se dijo: Me pondré en camino adonde está mi padre. Reconoce ahora su voz que dice; me conoces cuando me siento o me levanto. Me senté en la indigencia, me levanté por el deseo de tu pan. De lejos penetras mis pensamientos. Por eso dice el Señor en el evangelio que el padre echó a correr al encuentro del hijo que regresaba. Realmente, como de lejos había penetrado sus pensamientos, distingues mi camino y mi descanso. «Mi camino», dice. ¿Cuál, sino el malo, el que él había recorrido, apartándose del padre, como si pudiera ocultarse a los ojos del vengador, o como si hubiera podido ser humillado por aquella extrema necesidad o ser ajustado para guardar cerdos, sin la voluntad del padre que quería flagelarlo lejano, para recibirlo cercano?

Así pues, como un fugitivo capturado, perseguido por la legítima venganza de Dios, que nos castiga en nuestros afectos, por cualquier sitio que vayamos y en cualquier lugar adonde hubiéramos llegado; como un fugitivo capturado -repito- dice: Distingues mi camino y mi descanso. ¿Qué significa «mi camino»? Aquel por el que anduve. ¿Qué significa «mi descanso»? El término de mi peregrinación. Distingues mi camino y mi descanso. Aquella mi meta lejana no era lejana a tus ojos: me alejé mucho, y tú estabas aquí. Distingues mi camino y mi descanso.

Todas mi sendas te son familiares. Las conocías antes de que yo las anduviera, antes de que yo caminara por ellas, y permitiste que yo anduviera en la fatiga mis propios caminos para que, si en un momento dado decidiera abandonar ese trabajoso camino, regresara a tus sendas. Porque no hay dolo en mi lengua. ¿Por qué dijo esto? Porque, te lo confieso, anduve por mis sendas, me alejé de ti; me aparté de ti, con quien me iba bien, y mi propio bien fue un mal para mí sin ti. Pues de haberme ido bien sin ti, quizá no hubiera querido volver a ti. Por lo cual, confesando éste sus pecados, declarando que el cuerpo de Cristo está justificado no por sí mismo, sino por la gracia de Cristo, dijo: No hay dolo en mi lengua.

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CLARA DE ASÍS, LA MUJER DE LO ESENCIAL
Y DE LA AUTENTICIDAD
por Miguel Ángel Lavilla Martín, OFM

Algunas prácticas de Clara son poco actuales y para nada imitables, como es el caso de sus extremas penitencias corporales. Pero en su forma de vivir el Evangelio encontramos elementos muy válidos para hoy, y no sólo para las hermanas clarisas, sino para todos los cristianos.

Algunos de esos aspectos son: su fidelidad a la vocación recibida, su autenticidad y su preocupación por centrarse siempre en lo esencial. Me pregunto si nuestro mundo, dominado por el relativismo, lo efímero, la dispersión, la realidad virtual (lo que cuenta son las apariencias), no está necesitado de referentes como el de Clara. Los cristianos deberán redescubrir cuál es su centro y tratar de vivir desde él, sin dejarse arrastrar por las modas ideológicas impuestas desde los centros de poder y difundidas por sus medios de comunicación.

Para Clara, lo esencial es seguir el camino de Cristo pobre y crucificado, y en ello pone todo su ser y todas sus fuerzas; el resto está en función de ese seguimiento o no cuenta nada para ella. Así se explica su opción por la pobreza, o mejor, la desapropiación, para quitar todo estorbo que impida o dificulte estar radicada en su centro, en su espejo: Cristo.

Su opción por la contemplación y por la unión esponsal con Cristo, persigue el mismo fin: vivir en Cristo, unida a él, para reinar con él.

A este respecto, dos notas teológicas: Clara contempla la pobreza de Jesucristo no sólo como condición de su vida histórica (Belén-Calvario), sino como rasgo esencial de todo el misterio de Cristo, desde su encarnación hasta su muerte en la cruz y resurrección. La pobreza de Cristo como expresión máxima de su entrega y servicio a los hombres, y manifestación cumbre del amor de Dios Padre. Así, para Clara, vivir como pobres no sólo es carencia de cosas, sino sobre todo entrega y servicio a Dios y a los hermanos. Su servicio a las hermanas, su oración intensa por los hombres, especialmente los más necesitados en el cuerpo y en el alma ("los miembros débiles de la Iglesia"), por su ciudad en medio del peligro (LCl 23), son inseparables de su concepción y vivencia de la pobreza.

El segundo apunte teológico se refiere al cristocentrismo de Clara; debe recordarse que no se trata de un cristomonismo; es decir, su espiritualidad no se reduce a una contemplación única y exclusiva de Cristo, sino que es trinitaria, como ya he aludido. La Trinidad, el Dios, que es Padre, Hijo y Espíritu Santo, alimenta la fe de Clara y es el modelo de vida en San Damián; ella y sus hermanas se reconocen en relación con cada una de las Tres Personas divinas, eso es lo que quieren traducir en las relaciones interpersonales. Esto Clara lo ha aprendido en el Evangelio y, según ella, por medio de Francisco de Asís. Ella, como éste, mantiene un maravilloso equilibrio en su fe cristiana, no fácil de encontrar.

Sobre la autenticidad de Clara, no creo que sea necesario insistir después de haber visto su interés y esfuerzos por mantenerse fiel a la vocación que ha recibido de Dios. Para ella, de nada servían los subterfugios, los atajos, los sucedáneos, aunque se presentasen con envoltorios dignos y apetecibles. Resistirse a abrazar otros caminos, algunos loables y asumibles para otras personas, requiere convicciones y coraje, lo que no le faltaba a Clara, y que nuestra sociedad parece necesitar.

[Cf. el texto completo en Selecciones de Franciscanismo n. 116, 2010, 271-280]

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