jueves, 2 de marzo de 2017

Año Cristiano Franciscano


DÍA 3 DE MARZO

 

SANTA TERESA EUSTOQUIO VERZERI. Nació en Bérgamo (Italia) el año 1801, de familia noble y piadosa. Recibió una educación exquisita, y desde su juventud siguió un intenso proceso de purificación interior, que le hizo vivir con angustia la experiencia mística de la ausencia de Dios. Superadas sus dudas y ansiedades, pasó un tiempo con las benedictinas, pero comprendió que su camino hacia Dios era otro. Se dedicó a la enseñanza, y así llegó a fundar en 1831 la Congregación de las Hijas del Sagrado Corazón, en medio de una sociedad atribulada por las revueltas de Italia, el jansenismo y las secuelas de la Revolución Francesa. Sensible a las necesidades de su tiempo, la caridad la llevó a ella y a sus religiosas a cuidarse incluso de situaciones graves y arriesgadas: atienden a las jóvenes en peligro, a los hogares deshechos, a los niños sin familia; enseñan en las escuelas públicas, dan catecismo, asisten a los enfermos. Murió en Brescia el 3 de marzo de 1852. Fue canonizada por Juan Pablo II en 2001.




SANTA CATALINA MARÍA DREXEL. Nació el año 1858 en Filadelfia (Estados Unidos), de familia muy rica y muy religiosa, que le enseñó desde niña que la riqueza se les daba en préstamo y tenían que compartirla con los demás. Pronto percibió el estado abyecto y degradado en que vivían muchos indios y negros, y ayudó generosamente a los misioneros que los atendían. En 1887 pidió a León XIII más misioneros, y el Papa le sugirió que se hiciera ella misma misionera. Se entregó totalmente a Dios, y fue dando pasos para fundar una congregación que tuviera por finalidad la adoración al Santísimo Sacramento y la evangelización de los americanos de color y los indios: las Religiosas del Santísimo Sacramento para los Indios y los Negros, en la que ella profesó. Creó también la «Xavier University», abierta a los negros y a los indios. Cuando por su enfermedad no pudo tener cargos de gobierno, se dedicó plenamente a la contemplación. Murió el 3 de marzo de 1955 en Cornwells Heights (Pensilvania). Juan Pablo II la canonizó el año 2000.



BEATOS LIBERATO WEISS, SAMUEL MARZORATI Y MIGUEL PÍO FASOLI, franciscanos, sacerdotes y mártires de Gondar (Etiopía). La Iglesia católica trataba de restablecer la comunión plena con la Iglesia copta. En 1697, la Santa Sede abrió la misión de Etiopía y la encomendó a los franciscanos. El Ministro general pidió voluntarios. Nuestros beatos, entre grandes dificultades y tras repetidos fracasos, consiguieron llegar a Gondar en julio de 1712. Fueron bien recibidos. Llevaban una vida sencilla y pobre, vivían de su trabajo, curaban a los enfermos y aprendían las lenguas locales. Pero se difundieron calumnias contra ellos y, por otra parte, sobrevino una revuela política. Los misioneros fueron detenidos, acusados de herejía contra la Iglesia Copta de Etiopía. Ellos declararon su fe católica y se negaron a abrazar las creencias de los coptos monofisitas. Fueron condenados a muerte y lapidados el 3 de marzo de 1716. Liberato , prefecto de la misión, nació en Konnersreuth (Baviera), en 1675, y tomó el hábito franciscano en Graz (Austria). Samuel nació en Biumo Inferiore, hoy Varese (Italia), en 1670, y se hizo franciscano en Lugano (Suiza). Miguel nació en Zerbo (Pavía, Italia), en 1676, e ingresó en la Provincia de San Diego de Insubria (Milán).



BEATO INOCENCIO DE BERZO. Nació en Niardo (Brescia, Italia) el año 1844, de familia campesina, modesta y religiosa. Fue sacerdote secular en la diócesis de Brescia, en la que desarrolló un fecundo apostolado hasta que, en 1874, ingresó en la Orden Capuchina. Se distinguió siempre por su austeridad, simplicidad, caridad para con los pobres, penitencia y vida contemplativa. La Eucaristía y la Virgen María fueron sus devociones más acentuadas. Murió en Bérgamo el 3 de marzo de 1890. Lo beatificó en 1961 Juan XXIII, quien dijo: "La vida de este beato se desenvuelve en el espacio de sólo 46 años, de los cuales casi 30 pasados día a día en el Seminario de Brescia, luego en la cura de almas y como vicerrector del mismo Seminario, seguidamente, escuchando los pulsos interiores de la gracia, en la vida religiosa como capuchino. Una existencia completamente dedicada a Dios, en una continua ascesis de santificación heroica, de mortificación de sí mismo, de humildad y de sacrificio".

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San Anselmo de Nonantola. Fue duque de Friuli, pero el año 749 abandonó la vida política y fundó un monasterio y una hospedería para peregrinos en el Valle del Panaro (Emilia-Romaña). Hacia el 752 construyó con sus monjes la iglesia y el monasterio de Nonantola, cerca de Módena, que puso bajo la Regla de San Benito. Durante sus cincuenta años de abad convirtió el monasterio en un centro muy notable de ascesis, cultura, trabajo y acogida hospitalaria. Impulsó la asistencia espiritual y social a los humildes, y fue mediador de paz en la guerra franco-lombarda. Murió el año 803.

Santa Artelaida. Virgen que huyó de Constantinopla para librarse de las pretensiones deshonestas de un emperador. Se estableció en Benevento (Italia), donde murió hacia el año 570.

Santos Cleónico y Eutropio. A principios del siglo IV, sufrieron el martirio en Amasea, región del Ponto (en la actual Turquía), durante la persecución del emperador Maximiano y bajo el gobernador Ascleopiodato.

Santa Cunegunda. Nació hacia el año 980 de familia noble. A los veinte años contrajo matrimonio con san Enrique II, duque de Baviera, quien, al saber que ella era estéril, no la repudió, sino que, por sus virtudes, prefirió vivir con ella. Luego, en el 1002, fueron coronados reyes de Alemania y, en el 1014, recibieron en Roma, de manos del papa Benedicto VIII, la corona imperial. Acompañó a su marido en sus obras y actividades religiosas y caritativas. Al quedar viuda en el 1024, se retiró al monasterio de Kaufungen (Esse), que ella misma había fundado, y allí vivió como una religiosa más hasta su muerte el año 1033 ó 1039.

Santos Emeterio y Celedonio. Eran soldados de la legión romana que tenía su base en León (España). A finales del siglo III o principios del IV, en la depuración de cristianos del ejército imperial, fueron detenidos por haberse confesado cristianos y conducidos a Calahorra (La Rioja), donde fueron decapitados. El poeta Aurelio Prudencio, en el himno que les dedica, narra un milagro: al ser decapitados, se vieron volar al cielo el anillo de uno y el pañuelo blanco del otro.

Santos Marino y Asterio. Sufrieron el martirio en Cesarea de Palestina, en tiempo del emperador Galieno, hacia el año 260. Marino era soldado del ejército romano y, con motivo de un ascenso, un compañero envidioso lo denuncio como cristiano. Llevado ente el juez, confesó abiertamente su fe, por lo que fue decapitado. Asterio, que era senador y cristiano, aun consciente del riesgo que corría, recogió el cuerpo del mártir y lo envolvió con su capa para darle sepultura, por lo que fue detenido y ejecutado de inmediato.

San Ticiano. Fue obispo de Brescia (Italia), y murió en torno al año 536.

San Winwaleo. Fue discípulo del abad san Budoc en la isla de Lavret, y después el fundador y primer abad del monasterio de Landevennec en Cornualles. Murió el año 533.

Beato Federico. Nació en Hallum (Frisia), estudió en Münster y, ordenado de sacerdote, ejerció el ministerio en su pueblo hasta que ingresó en la Orden Premonstratense. Ya profeso, fundó el monasterio de Mariengaarde (Huerto de María). Puso gran empeño en promover, con su enseñanza y su ejemplo, la espiritualidad y observancia propias de su Orden tanto en su monasterio como en otros muchos. Murió en su ciudad natal el año 1175.

Beato Jacobino de Canepacci. Hermano profeso carmelita. Había nacido en Crevacuore (Piamonte) y su vida religiosa se desarrolló en el convento de Vercelli, en el que ejerció el oficio de limosnero: pedía limosna para los frailes y era pródigo en dar a los pobres hasta la propia comida. Murió contagiado de la peste el año 1508.

Beato Pedro Geremía. Nació en Palermo el año 1399, y siendo estudiante de derecho en Bolonia ingresó en la Orden de Predicadores. Hecha la profesión y completados los estudios, recibió la ordenación sacerdotal. Se dedicó a la oración y al estudio. Se acreditó como predicador. Promovió la renovación interna de su Orden. Fue teólogo en el Concilio de Florencia. El papa Eugenio IV le encomendó la reforma del clero siciliano. Murió en su ciudad natal el año 1452.

Beato Pedro Renato Rogue. Nació en Vannes (Francia) en 1758. A los 16 años entró en el seminario diocesano y, ya ordenado de sacerdote, ingresó en la Congregación de la Misión. Trabajó con mucho celo en varios seminarios. Al llegar la Revolución Francesa, se negó a prestar el juramento impuesto al clero, y pasó a la clandestinidad. Una de las veces en que llevaba la comunión a un enfermo, fue detenido y encarcelado. Ante el juez reafirmó su fe y su fidelidad a la Iglesia. Condenado a la guillotina, fue ejecutado el 3 de marzo de 1796.



PARA TENER EL ESPÍRITU DE ORACIÓN Y DEVOCIÓN

Pensamiento bíblico:

Dice el apóstol Santiago: -Tened paciencia, hermanos, hasta la venida del Señor. El labrador aguarda paciente el fruto valioso de la tierra, mientras recibe la lluvia temprana y tardía. Tened paciencia también vosotros, manteneos firmes, porque la venida del Señor está cerca (St 5,7-8).

Pensamiento franciscano:

Así meditaba san Francisco el Padrenuestro: -Hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo: para que te amemos con todo el corazón, pensando siempre en ti; con toda el alma, deseándote siempre a ti; con toda la mente, dirigiendo todas nuestras intenciones a ti, buscando en todo tu honor; y con todas nuestras fuerzas, gastando todas nuestras fuerzas y los sentidos del alma y del cuerpo en servicio de tu amor y no en otra cosa; y para que amemos a nuestro prójimo como a nosotros mismos, atrayéndolos a todos a tu amor según nuestras fuerzas, alegrándonos del bien de los otros como del nuestro y compadeciéndolos en sus males y no dando a nadie ocasión alguna de tropiezo (ParPN 5).

Orar con la Iglesia:

Oremos a Cristo, nuestro Redentor, que viene cada día a dar la Buena Nueva a los pobres y a los humildes.

-Manifiéstate, Señor Jesús, a todos los que no te conocen para que también ellos vean tu salvación.

-Que tu nombre, Señor, se manifieste hasta el confín de la tierra y que todos los hombres descubran el camino que conduce a ti.

-Tú que viniste por primera vez para salvar al mundo, ven de nuevo para salvar a los que en ti creen.

-Conserva, Señor, y defiende siempre aquella libertad de espíritu que tu venida trajo a los redimidos.

Oración: Dios todopoderoso, te pedimos que tu Hijo, que se encarnó en las entrañas de santa María Virgen, nos haga partícipes de su abundante misericordia. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.

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LA PACIENCIA DEL AGRICULTOR
Benedicto XVI, Ángelus del 12 de diciembre de 2010

Queridos hermanos y hermanas:

En este tercer domingo de Adviento, la liturgia propone un pasaje de la carta de Santiago, que comienza con esta exhortación: «Tened, pues, paciencia, hermanos, hasta la venida del Señor» (Sant 5,7). Me parece muy importante, en nuestros días, subrayar el valor de la constancia y de la paciencia, virtudes que pertenecían al bagaje normal de nuestros padres, pero que hoy son menos populares en un mundo que, más bien, exalta el cambio y la capacidad de adaptarse a situaciones siempre nuevas y distintas. Sin quitar nada a estos aspectos, que también son cualidades del ser humano, el Adviento nos llama a potenciar la tenacidad interior y la resistencia del alma que nos permiten no desesperar en la espera de un bien que tarda en venir, sino esperarlo, es más, preparar su venida con confianza activa.

«Mirad al labrador -escribe san Santiago-; espera el fruto precioso de la tierra aguardándolo con paciencia hasta recibir las lluvias tempranas y tardías. Tened también vosotros paciencia; fortaleced vuestros corazones porque la venida del Señor está cerca» (Sant 5,7-8). La comparación con el campesino es muy expresiva: quien ha sembrado en el campo, tiene ante sí algunos meses de espera paciente y constante, pero sabe que mientras tanto la semilla cumple su ciclo, gracias a las lluvias de otoño y de primavera. El agricultor no es fatalista, sino modelo de una mentalidad que une de modo equilibrado la fe y la razón, porque, por una parte, conoce las leyes de la naturaleza y hace bien su trabajo y, por otra, confía en la Providencia, puesto que algunas cosas fundamentales no están en sus manos, sino en manos de Dios. La paciencia y la constancia son precisamente síntesis entre el empeño humano y la confianza en Dios.

«Fortaleced vuestros corazones», dice la Escritura. ¿Cómo podemos hacerlo? ¿Cómo podemos fortalecer nuestros corazones, que ya de por sí son frágiles y que resultan todavía más inestables a causa de la cultura en la que estamos sumergidos? La ayuda no nos falta: es la Palabra de Dios. De hecho, mientras todo pasa y cambia, la Palabra del Señor no pasa. Si las vicisitudes de la vida hacen que nos sintamos perdidos y parece que se derrumba toda certeza, contamos con una brújula para encontrar la orientación, tenemos un ancla para no ir a la deriva. Y aquí se nos ofrece el modelo de los profetas, es decir, de esas personas a las que Dios ha llamado para que hablen en su nombre. El profeta encuentra su alegría y su fuerza en la Palabra del Señor y, mientras los hombres buscan a menudo la felicidad por caminos que resultan equivocados, él anuncia la verdadera esperanza, la que no falla porque tiene su fundamento en la fidelidad de Dios. Todo cristiano, en virtud del Bautismo, ha recibido la dignidad profética; y cada uno debe redescubrirla y alimentarla, escuchando asiduamente la Palabra divina.

Que nos lo obtenga la Virgen María, a quien el Evangelio llama bienaventurada porque creyó en el cumplimiento de las palabras del Señor (cf. Lc 1,45).

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EL DESEO DE CONTEMPLAR A DIOS
Del libro "Proslógion" de San Anselmo (Cap. 1)

Ea, hombrecillo, deja un momento tus ocupaciones habituales; entra un instante en ti mismo, lejos del tumulto de tus pensamientos. Arroja fuera de ti las preocupaciones agobiantes; aparta de ti tus inquietudes trabajosas. Dedícate algún rato a Dios y descansa siquiera un momento en su presencia. Entra en el aposento de tu alma; excluye todo, excepto Dios y lo que pueda ayudarte para buscarle; y así, cerradas todas las puertas, ve en pos de él. Di, pues, alma mía, di a Dios: «Busco tu rostro; Señor, anhelo ver tu rostro».

Y ahora, Señor, mi Dios, enseña a mi corazón dónde y cómo buscarte, dónde y cómo encontrarte.

Señor, si no estás aquí, ¿dónde te buscaré, estando ausente? Si estás por doquier, ¿cómo no descubro tu presencia? Cierto es que habitas en una claridad inaccesible. Pero ¿dónde se halla esa inaccesible claridad? ¿Cómo me acercaré a ella? ¿Quién me conducirá hasta ahí para verte en ella? Y luego, ¿con qué señales, bajo qué rasgo te buscaré? Nunca jamás te vi, Señor, Dios mío; no conozco tu rostro.

¿Qué hará, altísimo Señor, éste tu desterrado tan lejos de ti? ¿Qué hará tu servidor, ansioso de tu amor, y tan lejos de tu rostro? Anhela verte, y tu rostro está muy lejos de él. Desea acercarse a ti, y tu morada es inaccesible. Arde en el deseo de encontrarte, e ignora dónde vives. No suspira más que por ti, y jamás ha visto tu rostro.

Señor, tú eres mi Dios, mi dueño, y con todo, nunca te vi. Tú me has creado y renovado, me has concedido todos los bienes que poseo, y aún no te conozco. Me creaste, en fin, para verte, y todavía nada he hecho de aquello para lo que fui creado.

Entonces, Señor, ¿hasta cuándo? ¿Hasta cuándo te olvidarás de nosotros, apartando de nosotros tu rostro? ¿Cuándo, por fin, nos mirarás y escucharás? ¿Cuándo llenarás de luz nuestros ojos y nos mostrarás tu rostro? ¿Cuándo volverás a nosotros?

Míranos, Señor; escúchanos, ilumínanos, muéstrate a nosotros. Manifiéstanos de nuevo tu presencia para que todo nos vaya bien; sin eso todo será malo. Ten piedad de nuestros trabajos y esfuerzos para llegar a ti, porque sin ti nada podemos.

Enséñame a buscarte y muéstrate a quien te busca; porque no puedo ir en tu busca a menos que tú me enseñes, y no puedo encontrarte si tú no te manifiestas. Deseando te buscaré, buscando te desearé, amando te hallaré y hallándote te amaré.

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«ADORAR AL SEÑOR DIOS»
Actitud contemplativa de Francisco de Asís
por Julio Micó, OFMCap

c) Contemplar a Dios

El talante contemplativo colorea también las relaciones con Dios. En este sentido, contemplar es percibir intuitivamente lo que es Dios y lo que es el hombre y el lugar que ocupa cada uno en este encuentro personal. La expresión de Francisco: «¿Quién eres tú, dulcísimo Dios mío? Y, ¿quién soy yo, gusano vilísimo e inútil siervo tuyo?» (Ll 3), después de recibir las llagas, es el exponente de lo que significaba para él la contemplación.

En la contemplación Francisco condensa toda su teología, pero también su antropología. Respecto a su concepto de Dios ya hablamos anteriormente en el cap. II, por lo que no hace falta volver sobre él. Lo que pensaba del hombre, aunque no lo hiciera en forma sistemática, también está bastante claro en sus Escritos, y a ellos nos vamos a remitir.

A diferencia de nuestra cultura, que es más bien antropocéntrica, Francisco tiene un concepto teocéntrico del mundo. Lo primero y lo último, lo más importante y principal, lo único y definitivo, es decir, el centro de todo, es Dios, de cuyo amor brota todo lo demás, y en Él encuentra su meta y su destino. De ahí que el hombre sea un ser relacional, cuya plenitud y realización está referida al cumplimiento de la voluntad de Dios su Creador.

Ese oscuro pecado original que anida en el fondo del hombre y de su historia rompió esa actitud de referencia, ahogando al hombre en el círculo estrecho de su egoísmo y falsa autosuficiencia. Esta rotura dramática es la que reparó Jesús con su vida, muerte y resurrección; pero el hombre quedó herido en su voluntad para reconocer la realidad original de sus relaciones con Dios. Por eso busca mil razones y subterfugios para escapar de ese diálogo que le constituye en su propio ser, dilatándolo mas allá de sí mismo.

Dentro de esta visión antropológica de Francisco, contemplar a Dios es aceptar al Otro como Absoluto y a sí mismo como relativo, esforzándose por mantener esta relación que constituye la propia realización y destino. Este encuentro con la Presencia no es ningún salario que pague nuestro esfuerzo: eso seria encerrar a Dios en el ámbito de la magia con el fin de dominarle. A este encuentro se va desde la gratuidad agradecida y confiada del que sabe que Dios colma nuestra menesterosidad.

Así fue, al parecer, la relación de Francisco con su Dios; una relación abierta, respetuosa, deslumbrante, gratificante, en la que su ser se iba empapando de Dios a medida que consentía en la realización de su voluntad. Las Alabanzas al Dios Altísimo, escritas después de recibir las llagas, expresan de forma gráfica lo que era para Francisco la contemplación de Dios.

Además de contemplativo, Francisco era un místico sin ningún tipo de fenómenos extraordinarios ni método doctrinal concreto que le sirviera en su experiencia y pudiera expresar su ascenso espiritual. Pero así y todo, vivió su relación con Dios de una forma intuitiva y directa que los estudiosos definen como mística. Su presencia era para él casi física. Indudablemente contribuía a ello el ambiente religioso medieval, pero no lo explica del todo.

Después de su conversión, Dios era para él algo que le subyugaba, le seducía, le llenaba y le ocupaba; algo de lo que necesitaba y de lo que no podía prescindir. Parecía como enganchado en Dios; y esta dependencia le liberaba, puesto que en su presencia aprendía en qué consiste ser hombre. Una presencia y una contemplación que, lejos de ser estériles, producían su fruto, pues Francisco no sólo acogía a Dios sino que lo practicaba, traduciéndolo en hechos que materializaran su voluntad. De ahí que en Francisco sorprenda su profunda oración mística y su gran actividad evangelizadora. Una actividad que brota de la necesidad de compartir su hallazgo invitando a los demás a que intenten acoger el Misterio como una forma de recobrar el sentido de sus vidas.

[Cf. el texto completo en Selecciones de Franciscanismo n. 56, 1990, 177-212]

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