domingo, 19 de marzo de 2017

Año Cristiano Franciscano




DÍA 20 DE MARZO

 

SANTA MARÍA JOSEFA DEL CORAZÓN DE JESÚS SANCHO DE GUERRA. Nació en Vitoria (España) en 1842. En 1860 estuvo a punto de entrar en las Concepcionistas de Aranjuez; una enfermedad se lo impidió. A los 22 años ingresó en las Siervas de María, donde fue recibida por santa Soledad Torres. El Señor quiso llevarla por otros caminos, y, tras consultar a santa Soledad y a san Antonio María Claret, dejó su congregación para fundar otra, parecida pero distinta, la de las Siervas de Jesús, dedicada a atender a los enfermos y a los pobres en sus domicilios. Murió en Bilbao el 20 de marzo de 1912. De ella dijo Juan Pablo II cuando la canonizó (1-X-2000): «Su estilo asistencial buscaba conjugar la atención material con la espiritual, procurando por todos los medios la salvación de las almas... Se entregó sin límites al servicio caritativo del enfermo en un clima de espíritu contemplativo, recordando que la asistencia no consiste sólo en dar medicinas y alimentos al enfermo; hay otra clase de asistencia y es la del corazón, procurando acomodarse a la persona que sufre».




SAN JOSÉ BILCZEWSKI. Nació en Wilamowice (Polonia) el año 1860 en el seno de una familia campesina. En 1880 ingresó en el seminario de Cracovia y, ordenado de sacerdote, perfeccionó sus estudios en Viena, Roma y París. Ya en su diócesis, se dedicó a la pastoral y a la docencia universitaria. En 1900 fue nombrado arzobispo de Lvov de los latinos. Con gran fervor se entregó a la cristianización de las costumbres y a la formación doctrinal del clero y del pueblo de rito latino. La compleja situación social, económica, étnica y religiosa hizo difícil el gobierno pastoral de la archidiócesis, y los conflictos bélicos multiplicaron los problemas. Fue pastor celoso y padre de los pobres. Se distinguió por su bondad, comprensión, humildad, piedad. Murió en Lvov (Ucrania) el 20 de marzo de 1923. Lo canonizó Benedicto XVI en el 2005.



BEATO HIPÓLITO GALANTINI. Nació en Florencia el año 1565. Artesano, tejedor de paños, se dedicó a la vez, junto con otros, a la educación cristiana de los jóvenes, especialmente de los muchachos de la calle, mereciendo la aprobación y apoyo de la autoridad eclesiástica. El cardenal Alejandro de Médicis, futuro papa León XI, lo nombró maestro de la doctrina cristiana para la archidiócesis de Florencia. Repartió su tiempo entre su trabajo de tejedor y la instrucción religiosa de niños y adultos pobres. Su delicada salud no le permitió ingresar en los capuchinos. Tomó el hábito de terciario franciscano y, para potenciar su apostolado, fundó la Congregación de San Francisco de Asís para la Doctrina Cristiana, a la que imprimió su propio método pedagógico. Su obra le valió la ayuda de mucha gente pudiente para ayudar a los pobres, pero también la persecución de enemigos que lo acusaron incluso ante el Papa. Murió en su ciudad natal el 20 de marzo de 1619.

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San Arquipo. Fue discípulo y colaborador del Apóstol san Pablo, que lo cita en sus cartas a Filemón (v. 2) y a los Colosenses (4,17).

San Cutberto. Nació en Northumbria (Inglaterra) hacia el año 634; fue primero pastor y luego abrazó la vida monástica, en la que fue prior. Cumplía sus obligaciones monacales a la vez que predicaba por los pueblos y atendía a los necesitados. Llevó vida solitaria algunos años en la isla de Farne. Elegido obispo de Lindisfarne, predicó y enseñó, edificó iglesias, fomentó la vida monástica, cuidó al pueblo y atendió a los pobres, armonizó la austeridad y el estilo de vida de los Celtas con las costumbres romanas. Murió en Farne el año 687.

San Juan Nepomuceno. Nació en Nepomuk (Bohemia) y fue sacerdote secular que ejerció el ministerio parroquial y tuvo cargos diocesanos en Praga. Cuando estalló el conflicto entre el obispo Janstein y el rey Wenceslao IV, él se puso de parte de su obispo y defendió los derechos de la Iglesia. Además, según dice la tradición, el rey quiso que Juan le revelara lo que su esposa le decía en confesión, a lo que Juan se opuso rotundamente. Por orden del rey, Juan fue sometido a torturas y suplicios y, ya agonizante, lo arrojaron al río Moldava a su paso por Praga. Era el año 1383.

San Martín de Braga o de Dumio. Nació en Panonia (Hungría) hacia el año 510. Peregrinó a Tierra Santa. Luego, pasando por Constantinopla y Roma, llegó a Galicia, donde fundó el monasterio de Dumio, cerca de Braga, y fue el gran apóstol y evangelizador del pueblo suevo, a cuyo rey acogió en la Iglesia. Lo eligieron obispo de Dumio y después metropolitano de Braga. Según san Isidoro, levantó iglesias, fundó monasterios, puso en marcha muchas instituciones para el progreso de la fe, creó la diócesis de Lugo, dejó escritos que revelan su gran cultura y su vena poética. Murió en Braga (Portugal) el año 579.

Santos Mártires de San Sabas. El año 797 lo musulmanes, en una de sus incursiones, asaltaron la laura palestina de San Sabas, cerca de Jerusalén, y en su iglesia de la Santa Madre de Dios ahogaron con fuego y humo a veinte monjes.

San Nicetas. Obispo de Apolonia en Macedonia que, por defender el culto de las sagradas imágenes, fue desterrado por un emperador bizantino iconoclasta. Murió el año 733.

Santos Pablo, Cirilo y compañeros. Fueron martirizados en Antioquía de Siria en fecha desconocida.

San Urbicio. Fue obispo de Metz (Francia), donde murió hacia el año 450.

San Vulframo o Wolfram. Fue primero monje en el monasterio de Fontellene en la antigua Neustria (Francia) y después lo eligieron obispo de Sens. Trabajó mucho en la conversión del pueblo frisón a la fe católica. Murió en su monasterio el año 700.

Beato Ambrosio Sansedoni. Nació en Siena (Italia) en 1220. De joven ingresó en la Orden de Predicadores y estudió en París, donde tuvo de maestro a san Alberto Magno y de condiscípulo a santo Tomás de Aquino. Ordenado de sacerdote, se dedicó al ministerio de la predicación, que ejerció por Italia, Alemania y Francia con mucho fruto. La Santa Sede le encomendó diversas misiones. Murió en Siena el año 1287.

Beato Bautista Spagnoli. Nació en Mantua (Italia) el año 1447; su padre era oriundo de Córdoba (España). Vistió el hábito de los carmelitas en 1463. Estudió en Bolonia y, ordenado de sacerdote, ejerció diversos cargos en su Orden, hasta el de prior general por voluntad del Papa para que reformara la Orden; participó en el Concilio de Letrán de 1513 y recibió de León X la misión de restablecer la paz entre el rey de Francia y el duque de Milán. Dejó muchos escritos en los que emerge su preocupación social y su vena poética. Murió en su ciudad natal el año 1516.

Beato Félix José Trilla Lastra. Nació en Lérida el año 1908. Tomó el hábito de los Hermanos de las Escuelas Cristianas en 1925. Terminado el escolasticado ejerció el ministerio en sucesivos destinos, y en 1934 lo enviaron a Monistrol de Montserrat. Allí estaba cuando se desató la persecución religiosa. Se refugió en casa de sus padres. El 11 de marzo fue a encontrarse con un señor a quien espiaban los milicianos, que detuvieron a ambos. Lo torturaron cruelmente para obligarlo a renegar de su religión, cosa que no lograron. El 19 de marzo de 1937, en Monistrol (Barcelona), lo echaron aún vivo a los cerdos o lo quemaron.

Beato Francisco de Jesús, María y José (Palau y Quer). Nació en Aytona (Lleida, España) en 1811 y tuvo una vida agitada. Ingresó en el seminario de Lleida, pasó a los carmelitas descalzos, le afectó la exclaustración de 1835, se ordenó de sacerdote en Barbastro, se dedicó a las misiones populares en el territorio dominado por los carlistas, fue desterrado a Francia donde llevó vida de anacoreta once años, en 1851 regresó a España pero los anticlericales consiguieron su destierro a Ibiza, en 1860 fue amnistiado y predicó por toda España. En Menorca fundó su carmelo misionero con dos ramas, hombres y mujeres. Aún pasó un año en la cárcel y murió en Tarragona en 1872.

Beata Juana Veron. De joven, deseosa de consagrarse a Dios y servir a los pobres, ingresó en la Congregación de Hermanas de la Caridad, dedicada a la enseñanza de los niños y al cuidado de los enfermos. Cuando la Revolución Francesa exigió a los maestros el juramento de fidelidad a la constitución civil del clero, ella se negó a prestarlo, y redujo su tarea a cuidar enfermos y dar catecismo a los niños. Pronto fue arrestada y, por negarse a prestar el mencionado juramento y por haber apoyado a sacerdotes refractarios, la guillotinaron en Ernée el año 1794.



PARA TENER EL ESPÍRITU DE ORACIÓN Y DEVOCIÓN

Pensamiento bíblico:

Dijo Jesús a sus discípulos: «Yo soy el camino, la verdad y la vida. Nadie va al Padre sino por mí. Si me conocierais a mí, conoceríais también a mi Padre. Ahora ya lo conocéis y lo habéis visto». Felipe le dice: «Señor, muéstranos al Padre y nos basta». Jesús le replica: «Hace tanto que estoy con vosotros, ¿y no me conoces, Felipe? Quien me ha visto a mí ha visto al Padre. ¿Cómo dices tú: "Muéstranos al Padre"? ¿No crees que yo estoy en el Padre y el Padre en mí?» (Jn 14,6-10).

Pensamiento franciscano:

San Francisco proclamaba: -El Padre habita en una luz inaccesible, y Dios es espíritu, y a Dios nadie lo ha visto jamás. Por eso no puede ser visto sino en el espíritu, porque el Espíritu es el que vivifica; la carne no aprovecha para nada. Pero ni el Hijo, en lo que es igual al Padre, es visto por nadie de otra manera que el Padre, de otra manera que el Espíritu Santo (Adm 1,5-7).

Orar con la Iglesia:

En este tiempo de Cuaresma roguemos a Dios nuestro Padre que nos ilumine para reconocerlo más y mejor en su Hijo y en nuestros hermanos.

-Para que purifique a la Iglesia en la sangre de Cristo y le conceda el don de la unidad.

-Para que dé la paz, la justicia, la libertad y el amor fraterno a quienes han sido iluminados por la luz de Jesucristo su Hijo.

-Para que los ciegos que no reconocen al Padre en la persona de Cristo y en su mensaje, sean iluminados por la luz de la fe.

-Para que los creyentes, llamados a dar testimonio de la luz de Cristo, clarifiquemos su noticia entre los hombres.

Oración: Señor, Dios nuestro, que nos has enviado a Jesucristo, luz del mundo, para iluminar las tinieblas de nuestra mente y de nuestro corazón, escúchanos y cura nuestra ceguera. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.

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CURACIÓN DEL CIEGO DE NACIMIENTO
Benedicto XVI, Ángelus del 2 de marzo de 2008

Queridos hermanos y hermanas:

En estos domingos de Cuaresma, a través de los pasajes del evangelio de san Juan, la liturgia nos hace recorrer un verdadero itinerario bautismal: el domingo pasado, Jesús prometió a la samaritana el don del «agua viva»; hoy (Domingo IV), curando al ciego de nacimiento, se revela como «la luz del mundo»; el domingo próximo, resucitando a su amigo Lázaro, se presentará como «la resurrección y la vida». Agua, luz y vida: son símbolos del bautismo, sacramento que «sumerge» a los creyentes en el misterio de la muerte y resurrección de Cristo, liberándolos de la esclavitud del pecado y dándoles la vida eterna.

Detengámonos brevemente en el relato del ciego de nacimiento (cf. Jn 9,1-41). Los discípulos, según la mentalidad común de aquel tiempo, dan por descontado que su ceguera es consecuencia de un pecado suyo o de sus padres. Jesús, por el contrario, rechaza este prejuicio y afirma: «Ni este pecó ni sus padres; es para que se manifiesten en él las obras de Dios» (Jn 9,3). ¡Qué consuelo nos proporcionan estas palabras! Nos hacen escuchar la voz viva de Dios, que es Amor providencial y sabio. Ante el hombre marcado por su limitación y por el sufrimiento, Jesús no piensa en posibles culpas, sino en la voluntad de Dios que ha creado al hombre para la vida. Y por eso declara solemnemente: «Tengo que hacer las obras del que me ha enviado. (...) Mientras estoy en el mundo, soy la luz del mundo» (Jn 9,4-5).

Inmediatamente pasa a la acción: con un poco de tierra y de saliva hace barro y lo unta en los ojos del ciego. Este gesto alude a la creación del hombre, que la Biblia narra con el símbolo de la tierra modelada y animada por el soplo de Dios (cf. Gn 2,7). De hecho, «Adán» significa «suelo», y el cuerpo humano está efectivamente compuesto por elementos de la tierra. Al curar al hombre, Jesús realiza una nueva creación. Pero esa curación suscita una encendida discusión, porque Jesús la realiza en sábado, violando, según los fariseos, el precepto festivo. Así, al final del relato, Jesús y el ciego son «expulsados» por los fariseos: uno por haber violado la ley; el otro, porque, a pesar de la curación, sigue siendo considerado pecador desde su nacimiento.

Al ciego curado Jesús le revela que ha venido al mundo para realizar un juicio, para separar a los ciegos curables de aquellos que no se dejan curar, porque presumen de sanos. En efecto, en el hombre es fuerte la tentación de construirse un sistema de seguridad ideológico: incluso la religión puede convertirse en un elemento de este sistema, como el ateísmo o el laicismo, pero de este modo uno queda cegado por su propio egoísmo.

Queridos hermanos, dejémonos curar por Jesús, que puede y quiere darnos la luz de Dios. Confesemos nuestra ceguera, nuestra miopía y, sobre todo, lo que la Biblia llama el «gran pecado» (cf. Sal 19,14): el orgullo. Que nos ayude en esto María santísima, la cual, al engendrar a Cristo en la carne, dio al mundo la verdadera luz.

[Después del Ángelus] Siguiendo el itinerario cuaresmal, invito a todos a dejarse iluminar por Cristo y hacer que, con el testimonio de vida y las buenas obras, resplandezca su luz ante los hombres.

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EL PADRE ES CONOCIDO
POR LA MANIFESTACIÓN DEL HIJO
Del tratado de san Ireneo contra las herejías (4,6,3.5.6.7)

Nadie puede conocer al Padre sin el Verbo de Dios, esto es, si no se lo revela el Hijo, ni conocer al Hijo sin el beneplácito del Padre. El Hijo es quien cumple este beneplácito del Padre; el Padre, en efecto, envía, mientras que el Hijo es enviado y viene. Y el Padre, aunque invisible e inconmensurable por lo que a nosotros respecta, es conocido por su Verbo, y, aunque inexplicable, el mismo Verbo nos lo ha expresado. Recíprocamente, sólo el Padre conoce a su Verbo; así nos lo ha enseñado el Señor. Y, por esto, el Hijo nos revela el conocimiento del Padre por la manifestación de sí mismo, ya que el Padre es conocido por la manifestación del Hijo: todo es manifestado por obra del Verbo.

Para esto el Padre reveló al Hijo, para darse a conocer a todos a través de él, y para que todos los que creyesen en él mereciesen ser recibidos en la incorrupción y en el lugar del eterno consuelo (porque creer en él es hacer su voluntad).

Ya por el mismo hecho de la creación, el Verbo revela a Dios creador; por el hecho de la existencia del mundo, al Señor que lo ha fabricado; por la materia modelada, al Artífice que la ha modelado y, a través del Hijo, al Padre que lo ha engendrado. Sobre esto hablan todos de manera semejante, pero no todos creen de manera semejante. También el Verbo se anunciaba a sí mismo y al Padre a través de la ley y de los profetas; y todo el pueblo lo oyó de manera semejante, pero no todos creyeron de manera semejante. Y el Padre se mostró a sí mismo, hecho visible y palpable en la persona del Verbo, aunque no todos creyeron por igual en él; sin embargo, todos vieron al Padre en la persona del Hijo, pues la realidad invisible que veían en el Hijo era el Padre, y la realidad visible en la que veían al Padre era el Hijo.

El Hijo, pues, cumpliendo la voluntad del Padre, lleva a perfección todas las cosas desde el principio hasta el fin, y sin él nadie puede conocer a Dios. El conocimiento del Padre es el Hijo, y el conocimiento del Hijo está en poder del Padre y nos lo comunica por el Hijo. En este sentido decía el Señor: Nadie conoce al Hijo más que el Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar. Las palabras se lo quiera revelar no tienen sólo un sentido futuro, como si el Verbo hubiese empezado a manifestar al Padre al nacer de María, sino que tienen un sentido general que se aplica a todo tiempo. En efecto, el Padre es revelado por el Hijo, presente ya desde el comienzo en la creación, a quienes quiere el Padre, cuando quiere y como quiere el Padre. Y, por esto, en todas las cosas y a través de todas las cosas, hay un solo Dios Padre, un solo Verbo, el Hijo, y un solo Espíritu, como hay también una sola salvación para todos los que creen en él.

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CLARA DE ASÍS, MUJER VIGOROSA Y TIERNA
por Miguel Ángel Lavilla Martín, OFM

La salud física de Clara, estuvo enferma casi la mitad de su vida, parece desmentir o poner en tela de juicio que ella fuese una mujer fuerte. Sin embargo, su biografía nos revela a una mujer de personalidad vigorosa, firme, madura, decidida, cálida y entrañable.

La biografía de Clara es la historia de su lucha por afirmarse como mujer y como creyente cristiana, con convicciones y criterios propios, en medio de una sociedad y de una Iglesia regidas por varones y por normas que se suponían inamovibles.

Así, cuando tenía unos 18 años abandona la casa paterna, de rango nobiliario, para reunirse con un grupo de hombres mendicantes y desarrapados, liderado por un tal Francisco, que si bien ya no tenían mala fama en Asís, no se entendía muy bien de qué iban por la vida. Clara deja su casa para vivir según el Evangelio de Jesús, pero sin saber qué programa, qué proyecto iba a seguir para encarnar el Evangelio.

Su decisión, consciente y libre, implicaba no sólo dejar una vida cómoda y segura, sino también elegir un futuro incierto, es decir: rechazar un matrimonio y, por lo tanto, hasta la más mínima presión del exterior para escoger marido; enfrentarse a la propia familia, que se opuso con fuerza a su decisión; renunciar a la herencia a la que tenía derecho; pasar a otra categoría social, más baja, muy inferior de la que le correspondía por nacimiento, que avergonzaba a sus familiares por el desprestigio que les acarreaba ante toda la comarca.

La voluntad de Clara por afirmarse en sus anhelos más profundos, también se manifiesta en su búsqueda para concretar su vocación de seguir las huellas de Jesús. Ni la vida monástica con las benedictinas de San Pablo (cerca de Asís), ni la vida en la comunidad de mujeres penitentes de Santo Ángel de Panzo, le convencen, y, tras una breve estancia, abandona ambos lugares, para pasar a San Damián, en Asís. Allí, con un pequeño grupo de mujeres, empezó una vida inspirada en el Evangelio, que se concretaba en una vida familiar con Dios (Padre, Hijo y Espíritu Santo) y con las hermanas, inmersa en la oración y contemplación y en la más extrema pobreza. La «Forma de vida», muy breve, que les dio Francisco, iluminaba este género de vida.

Cuando los diferentes papas que se fueron sucediendo en la sede de Pedro y los cardenales «protectores» presionaron a Clara para que aceptase propiedades, porque ellos entendían que unas mujeres que vivían entregadas a la oración y la contemplación, entre cuatro paredes, no podían sobrevivir ni servir a Dios si no poseían unos recursos materiales con los que mantenerse, Clara permaneció firme en su propósito de vivir pobre y sin privilegios, y así se lo hizo saber en diferentes ocasiones al Santo Padre y al cardenal. Imagínense los diálogos entre una mujer y un papa o un cardenal. Los interlocutores tan desiguales por tantas razones: varón - mujer, sacerdote - laica, un instruido «universitario» - «una bachiller», la suma autoridad de la Iglesia - una fiel convencida...

No conocemos esos diálogos en detalle, pero sí sabemos que Clara, en su propósito de seguir a Cristo pobre, consiguió arrancarle el Privilegio de la pobreza a Inocencio III (1216) y después su confirmación a Gregorio IX (1228). Se trata de un monstruo jurídico, es decir, una institución jurídica extraña, nunca vista, y que provoca el asombro: el privilegio de no tener privilegios, ni estar obligadas a aceptarlos. El mismo Inocencio quedó perplejo ante la petición insistente de Clara. Gregorio IX, que tenía en gran estima a Clara, no estaba para nada convencido de este Privilegio, así «al intentar convencerla de que se aviniese a tener algunas posesiones, que él mismo le ofrecía con liberalidad en previsión de eventuales circunstancias y de los peligros de los tiempos, Clara se le resistió con ánimo esforzadísimo y de ningún modo accedió. Y cuando el Pontífice le responde: "Si temes por el voto, Nos te desligamos del voto". Le dice ella: "Santísimo Padre, a ningún precio deseo ser dispensada del seguimiento indeclinable de Cristo"» (LCl 14).

La resistencia de Clara, su firmeza y su lucha, también se desplegó para conseguir una Regla propia, una forma de vida que recogiese el carisma que les había concedido Dios por medio de Francisco de Asís. Fue una batalla larga y no exenta de dolor. Tuvo que aceptar la profesión de la Regla de San Benito, hasta que, después de muchos años, consiguió que pudiesen profesar la Regla de San Francisco, aunque debían seguir unas normas establecidas por el Papa; y no dejó de luchar por sus convicciones, hasta que, el 9 de agosto de 1253, dos días antes de su muerte, consiguió la aprobación de su Regla.

Clara de Asís es la primera mujer en la historia de la Iglesia que escribe una Regla, y además consigue que le sea aprobada con una bula papal, un dato que lo dice todo acerca de su autonomía, vigor, entereza, madurez y capacidad de iniciativa.

La capacidad de esta mujer para afirmarse en medio de los varones y ante la jerarquía eclesiástica, no nace de una falsa autosuficiencia, o de un inútil narcisismo, ni mucho menos de una determinada ideología de género, rasgos de nuestra época, muy distantes de Clara. Tampoco se trata de empecinamiento o cabezonería por parte de Clara.

Su vigor y su decidida afirmación nacen del convencimiento de sentirse llamada por Dios a vivir entregada totalmente a él. Vocación discernida, contrastada con el parecer de otras personas, de los hermanos: Francisco, León, Elías... No es capricho o sugestión de una alocada, ni tampoco interés de imponer sus propias ideas.

El vigor de Clara y su afirmación no desembocan en tiranía o fanatismo sino que, todo lo contrario, generan amor y servicio. Ella era maternal, tierna, cariñosa, bondadosa, consoladora, compasiva con las hermanas, especialmente para con las enfermas y necesitadas. Se preocupaba por todas y a todas servía. No le gustaba mandar, le costaba dar órdenes, prefería hacer ella las cosas antes que mandarlas; sólo aceptó el oficio de abadesa después de muchos ruegos de Francisco, que casi tuvo que obligarla. Su pedagogía, como la de Francisco, se guía por el principio del ejemplo. En su Regla, las situaciones de necesidad «no conocen ley», no se regulan por unas normas rígidas.

[Cf. el texto completo en Selecciones de Franciscanismo n. 116, 2010, 271-280]

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