jueves, 16 de marzo de 2017

Año Cristiano Franciscano


DÍA 17 DE MARZO

 

SAN PATRICIO. Nació en Gran Bretaña hacia el año 385. Muy joven fue llevado cautivo por unos piratas a Irlanda, vendido como esclavo y obligado a guardar ovejas. Recobrada la libertad, abrazó el estado monástico y clerical. Recibió la ordenación sacerdotal y fue monje en la abadía de Lérins. Marchó a Roma a estudiar y el papa Celestino lo consagró obispo y le encomendó la misión de evangelizar Irlanda. Desplegando sus extraordinarias dotes de misionero y catequista, convirtió a la fe a numerosas gentes, e instauró la Iglesia en Irlanda. A su muerte había consagrado varios cientos de obispos y ordenado varios miles de sacerdotes. La grandeza de su obra evangelizadora puede apreciarse en la historia cristiana de Irlanda. Murió el año 461, cerca de Down, llamado en su honor Downpatrik (Irlanda).- Oración: Oh Dios, que elegiste a tu obispo san Patricio para que anunciara tu gloria a los pueblos de Irlanda, concede, por su intercesión y sus méritos, a cuantos se glorían de llamarse cristianos, la gracia de proclamar siempre tus maravillas delante de los hombres. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.





SAN JUAN SARKANDER, mártir del secreto de la confesión. Nació en 1576 en Skoczów (Silesia, hoy Polonia). En 1609 fue ordenado de sacerdote en Brno y desempeñó su ministerio sacerdotal en diversos lugares de la diócesis de Olomouc. Siendo párroco en la ciudad de Holesov, sede del lugarteniente católico de Moravia, Ladislao Popel de Lobkovic, de quien fue consejero y confesor, el príncipe de Moravia, protestante, lo mandó encarcelar con la acusación de traición a la patria. En calidad de confesor y consejero de Lobkovic, fue acusado de estar al tanto de la invasión militar de Moravia. Él se defendió diciendo que nada sabía y que en ningún supuesto habría revelado lo sabido en confesión. En los interrogatorios lo sometieron a numerosos tormentos, entre ellos el suplicio de la rueda. Malherido y arrojado a un calabozo, después de un mes de sufrimientos a causa de los suplicios, murió el 17 de marzo de 1620.



SAN GABRIEL LALEMANT Y COMPAÑEROS, MÁRTIRES DE AMÉRICA DEL NORTE. Entre los años 1642 y 1649, ocho miembros de la Compañía de Jesús, todos ellos franceses, que evangelizaban la parte septentrional de América en los confines de Canadá y Estados Unidos, fueron martirizados de manera atroz por los indígenas hurones e iroqueses. Estos son sus nombres, el lugar de su nacimiento y la fecha de su martirio: Juan de Brébeuf, de Condé, sacerdote, fue martirizado en territorio de los hurones de Canadá el 16 de marzo de 1649; Isaac Jogues, de Orleáns, sacerdote, fue martirizado por los iroqueses en Ossernenon, después de haberlo reducido a esclavitud y haberlo mutilado, el 18 de octubre 1647; Gabriel Lalemant, de París, sacerdote, fue martirizado en territorio de los hurones de Canadá el 17 de marzo de 1649; Antonio Daniel, de Dieppe, sacerdote, fue martirizado por los hurones de Canadá, asaeteado y quemado vivo, el 4 de julio de 1648; Carlos Garnier, de París, sacerdote, fue martirizado en la región canadiense de Ontario mientras bautizaba el 7 de diciembre de 1649; Renato Goupil, de Anjou, coadjutor, médico, fue martirizado en Ossernenon, Canadá, el 29 de septiembre de 1642; Juan de La Lande, de Dieppe, coadjutor, fue decapitado en Ossernenon, Canadá, por los iroqueses el 19 de octubre de 1647; Natalio Chavanel, de Mende, sacerdote, fue martirizado por los hurones en la región canadiense de Ontario el 8 de diciembre de 1649. La memoria litúrgica de todos ellos se celebra el 19 de octubre- Oración: Oh Dios, tú quisiste que los comienzos de tu Iglesia en América del Norte fueran santificados con la predicación y la sangre de san Juan y san Isaac y sus compañeros, mártires, haz que, por su intercesión, crezca, de día en día y en todas las partes del mundo, una abundante cosecha de nuevos cristianos. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.



BEATA MARÍA BÁRBARA DE LA SANTÍSIMA TRINIDAD. Nació en Viena (Austria) el año 1818. Desde niña sufrió mucho por su falta de salud y por los problemas económicos de su familia. De joven reunió en torno a sí a otras jóvenes con las que estuvo ayudando a mujeres extraviadas o desamparadas. Perseguida por el contexto político-económico de Viena, en 1848 emigró a Brasil con 21 compañeras y allí fundó la Congregación de las Hermanas del Inmaculado Corazón de María para la educación y protección de la mujer y de las niñas, especialmente las huérfanas y pobres. Atenta a las necesidades de la época, se hizo cargo de asilos y pensionados, y atendió dispensarios y hospitales. La fe profunda y la ardiente caridad con que seguía a Cristo la llevaron a entregarse a los más pobres y necesitados. Murió en Río de Janeiro el 17-III-1873. Beatificada en 2010.

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San Agrícola. Nació el año 498 de familia senatorial y recibió una educación esmerada. En el 532 fue elegido obispo de Chalons-sur-Saone (Francia), y gobernó su diócesis casi medio siglo. Era austero en su vida personal y diligente en el apostolado, enseñando al pueblo, construyendo edificios sagrados y velando por la fe y costumbres del clero y de los fieles. San Gregorio de Tours le dedica grandes elogios. Murió el año 580.

Santa Gertrudis. Nació en Nivelles, provincia de Brabante (Bélgica), de una noble y santa familia. Cuando murió su padre, ingresó en el monasterio de Nivelles que había fundado su madre, a la que más tarde sucedería en el cargo de abadesa. Se granjeó la estima de todos por la prudencia y sabiduría con que gobernó el monasterio, y por su caridad para con los pobres y peregrinos. Llamó de Irlanda a monjes doctos en S. Escritura y envió gente a Roma para traer a la comunidad libros litúrgicos. Además, consiguió reconciliar a familias señoriales enfrentadas. Murió a los 33 años de edad el 659.

Santos Mártires de Alejandría en Egipto. Siendo emperador Teodosio I, hacia el año 392, cuando en Egipto florecían las conversiones al cristianismo, hubo en Alejandría una revuelta de los adoradores del dios Serapis contra los cristianos. Quisieron que éstos adoraran a su ídolo, pero fueron muchos los cristianos que, a pesar de la coacción y las amenazas, rechazaron con firmeza el dar culto a un ídolo pagano, y por ello fueron asesinados cruelmente.

San Pablo de Chipre. Fue un monje de Chipre que defendió el culto de las imágenes sagradas contra los iconoclastas, y por ello fue quemado vivo hacia el año 770.

Beato Conrado. Era hijo del duque de Baviera y se educó en los canónigos de Colonia. Atraído por la fama de san Bernardo, marchó a Claraval y le pidió el hábito. Algún tiempo después marchó a Palestina para llevar allí vida eremítica. Pasados unos años, volvió a Europa con intención de visitar a san Bernardo, pero una enfermedad lo detuvo en Bari. Recuperada la salud, visitó el sepulcro de San Nicolás y se retiró a una gruta de Modugno (Apulia, Italia), donde murió el año 1154.

Beato José Mestre. Nació en Dosaigües (Tarragona) en 1899. Ordenado sacerdote para la diócesis de Tarragona en 1924, ejerció su ministerio en varias parroquias; después lo nombraron capellán del asilo de San José, de Tarragona, donde demostró su gran piedad y su amor a los niños. Cuando estalló la revolución permaneció junto a los niños sin mayor problema, pero la situación era cada vez más peligrosa, por lo que se trasladó a Barcelona; permaneció meses en una pensión ejerciendo el sacerdocio en la clandestinidad, hasta que los milicianos lo detuvieron y lo llevaron a la checa de San Elías de Barcelona, donde lo asesinaron el 17 de marzo de 1937. Beatificado el 13-X-2013.

Beato Juan Nepomuceno Zegrí Moreno. Nació el año 1831 en Granada (España), donde recibió la ordenación sacerdotal en 1855. Ejerció cargos parroquiales y diocesanos en Granada, Jaén y Orihuela. En 1869 pasó a la diócesis de Málaga, en la que fue canónigo, visitador de religiosas, formador de seminaristas. Pero atendió sobre todo a los pobres, para los que fundó la Congregación de Hermanas Mercedarias de la Caridad; las calumnias e incomprensiones de dentro y de fuera lo tuvieron apartado de su obra temporalmente. Murió el año 1905 en Málaga. Fue beatificado el 2003.



PARA TENER EL ESPÍRITU DE ORACIÓN Y DEVOCIÓN

Pensamiento bíblico:

Escribía san Pablo a los Tesalonicenses: «Cuando estábamos entre vosotros, os mandábamos que si alguno no quiere trabajar, que no coma. Porque nos hemos enterado de que algunos viven desordenadamente, sin trabajar, antes bien metiéndose en todo. A esos les mandamos y exhortamos, por el Señor Jesucristo, que trabajen con sosiego para comer su propio pan. Por vuestra parte, hermanos, no os canséis de hacer el bien» (2 Tes 3,10-13).

Pensamiento franciscano:

Loado seas, mi Señor, por nuestra hermana la madre tierra,
la cual nos sustenta y gobierna,
y produce diversos frutos con coloridas flores y hierba.
Loado seas, mi Señor, por aquellos que perdonan por tu amor,
y soportan enfermedad y tribulación.
Bienaventurados aquellos que las soporten en paz,
porque por ti, Altísimo, coronados serán (Cánt 9-11).

Orar con la Iglesia:

Invoquemos a Dios, el Padre de quien toma nombre toda familia en el cielo y en la tierra.

-Padre santo, que te revelaste en el Verbo encarnado, haz que conozcamos mejor a tu Hijo, Dios y hombre verdadero.

-Padre celestial, que alimentas a las aves del cielo y engalanas la hierba del campo, da a todos los hombres el pan de cada día.

-Creador de todas las cosas, que nos has encomendado tu obra, concede a los trabajadores disfrutar dignamente del fruto de su trabajo.

-Dios de bondad, que quieres la santificación y felicidad de todos tus hijos, concede abundante paz y misericordia a cuantos sufren.

Oración: Dios todopoderoso, que confiaste los primeros misterios de la salvación a la fiel custodia de san José, haz que bajo su patrocinio la Iglesia los conserve y los lleve a su plenitud entre los hombres. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.

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LA REALIDAD DEL TRABAJO
De la Homilía de S. S. Benedicto XVI
en la fiesta de San José (19 de marzo de 2006)

Queridos hermanos y hermanas, esta celebración eucarística, que a la meditación de los textos litúrgicos del tercer domingo de Cuaresma une el recuerdo de san José, nos ofrece la oportunidad de considerar, a la luz del misterio pascual, otro aspecto importante de la existencia humana. Me refiero a la realidad del trabajo, que hoy está en el centro de cambios rápidos y complejos.

En numerosas páginas la Biblia muestra cómo el trabajo pertenece a la condición originaria del hombre. Cuando el Creador plasmó al hombre a su imagen y semejanza, lo invitó a trabajar la tierra (cf. Gén 2,5-6). A causa del pecado de nuestros primeros padres, el trabajo se transformó en fatiga y sudor (cf. Gén 3,6-8), pero el proyecto divino mantiene inalterado su valor. El mismo Hijo de Dios, haciéndose semejante en todo a nosotros, se dedicó durante muchos años a actividades manuales, hasta el punto de que lo conocían como el «hijo del carpintero» (cf. Mt 13,55). La Iglesia ha mostrado siempre, especialmente durante el último siglo, interés y solicitud por este ámbito de la sociedad, como testimonian las numerosas intervenciones sociales del Magisterio y la acción de múltiples asociaciones de inspiración cristiana, algunas de las cuales han venido hoy aquí a representar a todo el mundo de los trabajadores.

El trabajo reviste una importancia primaria para la realización del hombre y el desarrollo de la sociedad, y por eso es preciso que se organice y desarrolle siempre en el pleno respeto de la dignidad humana y al servicio del bien común. Al mismo tiempo, es indispensable que el hombre no se deje dominar por el trabajo, que no lo idolatre, pretendiendo encontrar en él el sentido último y definitivo de la vida. Al respecto, es oportuna la invitación de la primera lectura: «Fíjate en el sábado para santificarlo. Durante seis días trabaja y haz tus tareas, pero el día séptimo es un día de descanso dedicado al Señor, tu Dios» (Ex 20,8-9). El sábado es día santificado, es decir, consagrado a Dios, en el que el hombre comprende mejor el sentido de su existencia y también de la actividad laboral. Por tanto, se puede afirmar que la enseñanza bíblica sobre el trabajo culmina en el mandamiento del descanso. Al respecto, el Compendio de la doctrina social de la Iglesia observa oportunamente: «El descanso abre al hombre, sujeto a la necesidad del trabajo, la perspectiva de una libertad más plena, la del sábado eterno (cf. Heb 4,9-10). El descanso permite a los hombres recordar y revivir las obras de Dios, desde la creación hasta la Redención, reconocerse a sí mismos como obra suya (cf. Ef 2,10), y dar gracias por su vida y su subsistencia a él, que de ellas es el Autor» (n. 258).

La actividad laboral debe contribuir al verdadero bien de la humanidad, permitiendo «al hombre individual y socialmente cultivar y realizar plenamente su vocación» (Gaudium et spes, 35). Para que esto suceda no basta la preparación técnica y profesional, por lo demás necesaria; ni siquiera es suficiente la creación de un orden social justo y atento al bien de todos. Es preciso vivir una espiritualidad que ayude a los creyentes a santificarse a través de su trabajo, imitando a san José, que cada día debió proveer con sus manos a las necesidades de la Sagrada Familia, y por eso la Iglesia lo propone como patrono de los trabajadores. Su testimonio muestra que el hombre es sujeto y protagonista del trabajo. Quisiera encomendarle a él a los jóvenes que con esfuerzo logran insertarse en el mundo del trabajo, a los desempleados y a todos los que sufren las dificultades debidas a la crisis laboral generalizada. Que junto con María, su esposa, san José vele sobre todos los trabajadores y obtenga serenidad y paz para las familias y para toda la humanidad. Que al contemplar a este gran santo, los cristianos aprendan a testimoniar en todos los ámbitos laborales el amor de Cristo, manantial de solidaridad verdadera y de paz estable. Amén.

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MUCHOS PUEBLOS RENACIERON A DIOS POR MÍ
De la Confesión de san Patricio (Caps. 14-16)

Sin cesar doy gracias a Dios que me mantuvo fiel en el día de la prueba. Gracias a él puedo hoy ofrecer con toda confianza a Cristo, quien me liberó de todas mis tribulaciones, el sacrificio de mi propia alma como víctima viva, y puedo decir: ¿Quién soy yo, y cuál es la excelencia de mi vocación, Señor, que me has revestido de tanta gracia divina? Tú me has concedido exultar de gozo entre los gentiles y proclamar por todas partes tu nombre, lo mismo en la prosperidad que en la adversidad. Tú me has hecho comprender que cuanto me sucede, lo mismo bueno que malo, he de recibirlo con idéntica disposición, dando gracias a Dios que me otorgó esta fe inconmovible y que constantemente me escucha. Tú has concedido a este ignorante el poder realizar en estos tiempos esta obra tan piadosa y maravillosa, imitando a aquellos de los que el Señor predijo que anunciarían su Evangelio para que llegue a oídos de todos los pueblos.

¿De dónde me vino después este don tan grande y tan saludable: conocer y amar a Dios, perder a mi patria y a mis padres y llegar a esta gente de Irlanda, para predicarles el Evangelio, sufrir ultrajes de parte de los incrédulos, ser despreciado como extranjero, sufrir innumerables persecuciones hasta ser encarcelado y verme privado de mi condición de hombre libre, por el bien de los demás?

Si Dios me juzga digno de ello, estoy dispuesto a dar mi vida gustoso y sin vacilar por su nombre, gastándola hasta la muerte. Mucho es lo que debo a Dios, que me concedió gracia tan grande de que muchos pueblos renacieron a Dios por mí. Y después les dio crecimiento y perfección. Y también porque pude ordenar en todos aquellos lugares a los ministros para el servicio del pueblo recién convertido; pueblo que Dios había llamado desde los confines de la tierra, como lo había prometido por los profetas: A ti vendrán los paganos, de los extremos del orbe, diciendo: «Qué engañoso es el legado de nuestros padres, qué vaciedad sin provecho». Y también: Te hago luz de las naciones, para que mi salvación alcance hasta el confín de la tierra.

Allí quiero esperar el cumplimiento de su promesa infalible, como afirma en el Evangelio: Vendrán de Oriente y Occidente y se sentarán con Abrahán, Isaac y Jacob. Como lo afirma nuestra fe, los creyentes vendrán de todas partes del mundo.

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MEDITACIÓN SOBRE EL
«CÁNTICO DEL HERMANO SOL» (II)
por Thadée Matura, OFM

Fraternidad y gloria de la creación

Dios es el único al que le corresponde la alabanza, reconocimiento, mediante la acción de gracias asombrada y entusiasta, de su manifestación en el mundo. Pues todas las criaturas muestran algo de la gloria esplendorosa de Dios. Francisco enumera seis elementos constitutivos de nuestro universo familiar: el día y la noche, con sus luces diurna (el sol) y nocturnas (la luna y las estrellas); el aire, con sus diferentes estados (viento, nublado y sereno); el agua; el fuego; la tierra, con su vegetación: hierbas, flores y frutos. (Se advierte la ausencia de animales). Estas realidades están asociadas por parejas de ambos sexos: sol-luna, aire-agua, fuego-tierra.

A cada una de estas criaturas se le da, según su sexo simbólico, el nombre de hermano, hermana, madre. ¿Qué genial intuición impulsó a Francisco a descubrir, por primera vez en la historia, una especie de parentesco de sangre entre el hombre y los seres inanimados? En efecto, los términos «hermano-hermana», «madre» implican, además de familiaridad y de cierta ternura, la base de una misma naturaleza y de un mismo origen. Los elementos celebrados están amasados con la misma misteriosa materia que nosotros y provienen del mismo impulso creador. Entre ellos y nosotros no hay discontinuidad radical, sino lazos que deben ser resaltados.

El poema describe la belleza, el esplendor, la claridad, la utilidad, la pureza, la robustez y fuerza, el carácter alegre y precioso de estos hermanos y hermanas. El aire y la tierra no reciben calificativos -aunque a esta última se le llama, misteriosamente, «madre»-, pero Francisco detalla la movilidad incesante del primero y la armoniosa fecundidad de la segunda.

Y todo ello con una simplicidad y sobriedad extremas. Palabras de cada día, ordinarias, no rebuscadas expresan, con una especie de inmediatez, lo que existe y tal como el hombre lo ve. Todo está lleno de armonía: el mundo está reconciliado, pacificado. No hay ninguna alusión al carácter nocivo, desenfrenado o destructor del viento, del agua, del fuego, de las quemaduras del sol, realidades que Francisco no podía ignorar. El Santo se sitúa, deliberadamente sin duda, en una perspectiva paradisíaca, como si exorcizara el lado negativo y el miedo a lo creado. En el mundo presente, todavía desordenado, ve ya ahora y celebra la tierra nueva y los cielos nuevos.

Transmutación del lado negativo de la existencia humana

¡Qué contraste ofrecen las estrofas siete y ocho, tras el asombro ante la belleza de la creación reflejado en las seis anteriores! Del mundo de los objetos se pasa al hombre. Y no al hombre en su gloria, sino al hombre herido por la ofensa, aquejado por la enfermedad y atormentado por la angustia, abandonado a las garras de la muerte, «de la cual ningún hombre viviente puede escapar». Frente y en oposición a la luminosa armonía de las cosas, se yergue un reino de negatividad: el sufrimiento humano y la muerte, su desenlace ineludible. Las estrofas siete y ocho son un testimonio patente de esa travesía de la noche que Francisco ha tenido que recorrer. La revelación del amor divino es lo único que capacita al hombre para perdonar las ofensas y sobrellevar en paz la enfermedad y el abatimiento. Al final del camino del dolor se perfila la corona, trofeo de victoria.

La misma muerte, a la que se designa con el tierno nombre de hermana, es presentada como amansada. Puesto que es imposible librarse de ella, vale la pena penetrar en su oscuro misterio, entregarse a la voluntad de Dios con la seguridad de que, una vez franqueado el umbral, se penetra en un lugar donde ya no existe la muerte. Por eso, con el mismo impulso de antes, Francisco puede alabar a Dios desde el lado negativo del ser humano que, una vez asumido, desemboca en la esperanza.

Una armonía insólita

A primera vista, el Cántico parece simple y lleno de unidad. Una lectura atenta revela bien pronto su complejidad e incluso algunas cisuras. Como hemos dicho, su centro no radica en lo creado, sino en el Dios sin nombre. La actitud que se exige a las criaturas, cósmicas o humanas, para con Él es la pura alabanza de Dios, cuya realidad todos los seres transparentan. Es una doxología cantada en alta voz por todo cuanto existe.

El carácter luminoso y glorioso del encabezamiento y de las seis primeras estrofas del Cántico parece romperse de golpe. Surge entonces el mundo humano, evocado en su dimensión trágica: heridas relacionales, enfermedad, angustia y muerte. Pero sobre ese campo de batalla resuena una melodía sosegada que canta el amor, el perdón, la paz, la corona de gloria, la voluntad santísima de Dios. Como un eco de la bienaventuranza de los afligidos y de los perseguidos, aparece dos veces la palabra «bienaventurados».

La unidad del Cántico, su armonía en el contraste, proviene del hecho de ensamblar y reconciliar los dos rostros de la realidad. Dios se manifiesta en el esplendor de la creación, y también se manifiesta en el seno de la noche humana, cuando el hombre la asume. No puede suprimirse ninguna de estas dos caras de la realidad. La alabanza a Dios puede brotar tanto de la contemplación del orden admirable de la creación, como de las más hondas profundidades del sufrimiento humano, si se percibe y asume su sentido secreto.

En este año de san Juan de la Cruz (1991), uno no puede menos que aproximar esos dos cantos, aparentemente diferentes pero en realidad parecidos, que son el Cántico del Hermano Sol y el Cántico de la noche oscura.

También Francisco, «¡Oh, dichosa ventura!», salió de él mismo, para encontrar y cantar al Innombrable, «en una noche oscura… estando ya su casa sosegada».

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