miércoles, 15 de marzo de 2017

Año Cristiano Franciscano


DÍA 16 DE MARZO

 

SAN JUAN DE BRÉBEUF Y COMPAÑEROS, MÁRTIRES DE AMÉRICA DEL NORTE. Entre los años 1642 y 1649, ocho miembros de la Compañía de Jesús, todos ellos franceses, que evangelizaban la parte septentrional de América en los confines de Canadá y Estados Unidos, fueron martirizados de manera atroz por los indígenas hurones e iroqueses. Estos son sus nombres, el lugar de su nacimiento y la fecha de su martirio: Juan de Brébeuf, de Condé, sacerdote, fue martirizado en territorio de los hurones de Canadá el 16 de marzo de 1649; Isaac Jogues, de Orleáns, sacerdote, fue martirizado por los iroqueses en Ossernenon, después de haberlo reducido a esclavitud y haberlo mutilado, el 18 de octubre 1647; Gabriel Lalemant, de París, sacerdote, fue martirizado en territorio de los hurones de Canadá el 17 de marzo de 1649; Antonio Daniel, de Dieppe, sacerdote, fue martirizado por los hurones de Canadá, asaeteado y quemado vivo, el 4 de julio de 1648; Carlos Garnier, de París, sacerdote, fue martirizado en la región canadiense de Ontario mientras bautizaba el 7 de diciembre de 1649; Renato Goupil, de Anjou, coadjutor, médico, fue martirizado en Ossernenon, Canadá, el 29 de septiembre de 1642; Juan de La Lande, de Dieppe, coadjutor, fue decapitado en Ossernenon, Canadá, por los iroqueses el 19 de octubre de 1647; Natalio Chavanel, de Mende, sacerdote, fue martirizado por los hurones en la región canadiense de Ontario el 8 de diciembre de 1649. La memoria litúrgica de todos ellos se celebra el 19 de octubre- Oración: Oh Dios, tú quisiste que los comienzos de tu Iglesia en América del Norte fueran santificados con la predicación y la sangre de san Juan y san Isaac y sus compañeros, mártires, haz que, por su intercesión, crezca, de día en día y en todas las partes del mundo, una abundante cosecha de nuevos cristianos. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.


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Santa Eusebia. Siendo muy joven y huérfana de padre, abrazó junto con su santa madre en la vida monástica. Aún joven fue elegida abadesa del monasterio de Hamay-sur-la-Scarpe en la región de Artois en Neustria (en la actual Francia), sucediendo en el cargo a su abuela santa Gertrudis. Gobernó santamente el monasterio hasta su temprana muerte el año 680.

San Heriberto de Colonia. Nació hacia el año 970. Era hijo del conde Hugo de Worms y se educó en la escuela catedralicia de Worms y en la abadía de Gorza. Otón III de Alemania lo nombró el año 994 canciller suyo para Italia, y cuatro años después para Alemania. El 995 se ordenó de sacerdote y el 999 fue elegido contra su voluntad arzobispo de Colonia. Acompañó al nuevo emperador Enrique II a Roma el año 1004. Renunció a la cancillería y volvió a su diócesis. Iluminó al pueblo y al clero con el ejemplo de sus virtudes, a las que exhortaba en la predicación; en especial cultivó la caridad con los pobres. Murió el año 1021.

San Hilario y San Taciano. Hilario, obispo de Aquileya en el Friuli (Italia), y Taciano, diácono, fueron martirizados en aquella ciudad hacia el año 284.

San Julián. Joven cristiano de 18 años, nacido en Istria, que fue detenido en la persecución del emperador Decio por el gobernador Marciano, en Anazarbo de Cilicia (en la actual Turquía). Después de torturarlo largo tiempo, lo metieron en un saco de serpientes y arena y lo arrojaron al mar, hacia el año 249.

San Papas. Era originario de Licaonia y había difundido la fe cristiana entre sus conciudadanos. A principios del siglo IV, denunciado por ser cristiano, lo obligaron a correr al lado de caballos con el calzado lleno de clavos hasta llegar a Seleucia (Persia), donde lo mataron.

Beatos Juan Amias y Roberto Dalby. Sacerdotes ingleses mártires en la persecución de Isabel I. Juan nació en York, estuvo casado y era fabricante de telas. Al quedar viudo, marchó a Reims para estudiar y recibir la ordenación sacerdotal, lo que obtuvo en 1581. Roberto fue ministro protestante; sufrió una crisis religiosa, en la que llegó al intento de suicidio. Lo socorrió y confortó un sacerdote católico, y él decidió estudiar en Reims y ordenarse de sacerdote, y así fue en 1588. Vueltos a su patria, fueron apresados y, por el solo hecho de ser sacerdotes católicos, los ahorcaron cerca de York el año 1589. Antes de ser ejecutados, exhortaron al pueblo y perdonaron a sus perseguidores.

Beato Juan Sordi o Cacciafronte. Nació en Cremona (Italia) el año 1125. Fue abad del monasterio benedictino de San Lorenzo de su ciudad natal. En el conflicto por la legítima sucesión del papa, se puso de parte de Alejandro III, y el emperador Federico Barbarroja lo desterró a Mantua, de la que fue nombrado obispo. Trasladado a la sede de Vicenza, por defender los derechos de la Iglesia lo asesinó un delincuente el año 1181. La Iglesia lo considera mártir.



PARA TENER EL ESPÍRITU DE ORACIÓN Y DEVOCIÓN

Pensamiento bíblico:

Esto dice el Señor: «El cielo es mi trono, y la tierra, el estrado de mis pies: ¿Qué templo podréis construirme o qué lugar para mi reposo? Todo esto lo hicieron mis manos, todo es mío -oráculo del Señor-. En ese pondré mis ojos: en el humilde y abatido que se estremece ante mis palabras» (Is 66,1-2).

Pensamiento franciscano:

Altísimo, omnipotente, buen Señor,
tuyas son las alabanzas, la gloria
y el honor y toda bendición.
A ti solo, Altísimo, corresponden,
y ningún hombre es digno de hacer de ti mención. 
Loado seas, mi Señor, con todas tus criaturas... (Cánt 1-3).

Orar con la Iglesia:

Bendigamos a Cristo, el «Dios-con-nosotros», que nació de María Virgen por obra del Espíritu Santo, y dirijámosle nuestras plegarias con fraterna confianza.

-Señor Jesús, príncipe de la paz, concede al mundo entero una paz justa y estable.

-Rey y Dios nuestro, que al venir al mundo dignificaste al hombre, haz que te honremos con nuestra fe y nuestras obras.

-Tú que te hiciste semejante a nosotros, concédenos ser en nuestra vida semejantes a ti.

-Tú que te hiciste ciudadano de nuestro mundo, haz que vivamos también como ciudadanos de tu reino.

Oración: Muéstrate propicio, Señor Jesús, a los deseos y plegarias de tus hermanos los hombres; danos luz para conocer tu voluntad y la fuerza necesaria para cumplirla. Tú que vives y reinas por los siglos de los siglos. Amén.

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ENCUENTRO DE LA ETERNIDAD CON EL TIEMPO
Benedicto XVI, de la Homilía en las vísperas de la
solemnidad de Santa María, Madre de Dios (31-XII-2010)

Queridos hermanos y hermanas:

Al finalizar el año, nos encontramos esta tarde en la basílica vaticana para celebrar las primeras vísperas de la solemnidad de María Santísima Madre de Dios y elevar un himno de acción de gracias al Señor por las innumerables gracias que nos ha dado, pero además y sobre todo por la Gracia en persona, es decir, por el Don viviente y personal del Padre, que es su Hijo predilecto, nuestro Señor Jesucristo. Precisamente esta gratitud por los dones recibidos de Dios en el tiempo que se nos ha concedido vivir nos ayuda a descubrir un gran valor inscrito en el tiempo: marcado en sus ritmos anuales, mensuales, semanales y diarios, está habitado por el amor de Dios, por sus dones de gracia; es tiempo de salvación. Sí, el Dios eterno entró y permanece en el tiempo del hombre. Entró en él y permanece en él con la persona de Jesús, el Hijo de Dios hecho hombre, el Salvador del mundo. Es lo que nos ha recordado el apóstol san Pablo en la lectura breve que acabamos de proclamar: «Cuando llegó la plenitud de los tiempos, Dios envió a su Hijo... para que recibiéramos la filiación adoptiva" (Gál 4,4-5).

Por tanto, el Eterno entra en el tiempo y lo renueva de raíz, liberando al hombre del pecado y haciéndolo hijo de Dios. Ya «al principio», o sea, con la creación del mundo y del hombre en el mundo, la eternidad de Dios hizo surgir el tiempo, en el que transcurre la historia humana, de generación en generación. Ahora, con la venida de Cristo y con su redención, estamos «en la plenitud» del tiempo. Como pone de relieve san Pablo, con Jesús el tiempo llega a su plenitud, a su cumplimiento, adquiriendo el significado de salvación y de gracia por el que fue querido por Dios antes de la creación del mundo. La Navidad nos remite a esta «plenitud» del tiempo, es decir, a la salvación renovadora traída por Jesús a todos los hombres. Nos la recuerda y, misteriosa pero realmente, nos la da siempre de nuevo.

Nuestro tiempo humano está lleno de males, de sufrimientos, de dramas de todo tipo -desde los provocados por la maldad de los hombres hasta los derivados de las catástrofes naturales-, pero encierra ya, y de forma definitiva e imborrable, la novedad gozosa y liberadora de Cristo salvador. Precisamente en el Niño de Belén podemos contemplar de modo particularmente luminoso y elocuente el encuentro de la eternidad con el tiempo, como suele expresar la liturgia de la Iglesia. La Navidad nos hace volver a encontrar a Dios en la carne humilde y débil de un niño. ¿No hay aquí una invitación a reencontrar la presencia de Dios y de su amor que da la salvación también en las horas breves y fatigosas de nuestra vida cotidiana? ¿No es una invitación a descubrir que nuestro tiempo humano -también en los momentos difíciles y duros- está enriquecido incesantemente por las gracias del Señor, es más, por la Gracia que es el Señor mismo?

Queridos hermanos y hermanas, se nos invita a mirar al futuro, y a mirarlo con la esperanza que es la palabra final del Te Deum: «En ti, Señor, confié, no me veré defraudado para siempre». Quien nos entrega a Cristo, nuestra esperanza, es siempre ella, la Madre de Dios: María santísima. Como hizo con los pastores y a los magos, sus brazos y aún más su corazón siguen ofreciendo al mundo a Jesús, su Hijo y nuestro Salvador. En él está toda nuestra esperanza, porque de él han venido para todo hombre la salvación y la paz. Amén.

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JESUCRISTO ORA POR NOSOTROS,
ORA EN NOSOTROS Y ES INVOCADO POR NOSOTROS
De los comentarios de san Agustín sobre los salmos (Sal 85,1)

No pudo Dios hacer a los hombres un don mayor que el de darles por cabeza al que es su Verbo, por quien ha fundado todas las cosas, uniéndolos a Él como miembros suyos, de forma que Él es Hijo de Dios e Hijo del hombre al mismo tiempo, dios uno con el Padre y hombre con el hombre, y así, cuando nos dirigimos a Dios con súplicas, no establecemos separación con el Hijo, y cuando es el cuerpo del Hijo quien ora, no se separa de su cabeza, y el mismo salvador del cuerpo, nuestro Señor Jesucristo, Hijo de Dios, es el que ora por nosotros, ora en nosotros y es invocado por nosotros.

Ora por nosotros como sacerdote nuestro, ora en nosotros por ser nuestra cabeza, es invocado por nosotros como Dios nuestro. Reconozcamos, pues, en Él nuestras propias voces y reconozcamos también su voz en nosotros.

Por lo cual, cuando se dice algo de nuestro Señor Jesucristo, sobre todo en profecía, que parezca referirse a alguna humillación indigna de Dios, no dudemos en atribuírsela, ya que Él tampoco dudó en unirse a nosotros. Todas las criaturas le sirven, puesto que todas las criaturas fueron creadas por Él.

Y así, contemplemos su sublimidad y divinidad, cuando oímos: En el principio ya existía el Verbo, y el Verbo estaba junto a Dios, y el Verbo era Dios. El Verbo en el principio estaba junto a Dios. Por medio del Verbo se hizo todo, y sin él no se hizo nada de lo que se ha hecho; pero, mientras consideramos esta divinidad del Hijo de Dios, que sobrepasa y excede toda la sublimidad de las criaturas, lo oímos también en algún lugar de las Escrituras como si gimiese, orase y confesase su debilidad.

Y entonces dudamos en referir a Él estas palabras, porque nuestro pensamiento, que acababa de contemplarlo en su divinidad, retrocede ante la idea de verlo humillado; y, como si fuera injuriarlo el reconocer como hombre a aquel a quien nos dirigíamos como a Dios, la mayor parte de las veces nos detenemos y tratamos de cambiar el sentido; y no encontramos en la Escritura otra cosa sino que tenemos que recurrir al mismo Dios, pidiéndole que no nos permita errar acerca de Él.

Despierte, por tanto, y manténgase vigilante nuestra fe; comprenda que aquel al que poco antes contemplábamos en la condición divina aceptó la condición de esclavo, asemejado en todo a los hombres e identificado en su manera de ser a los humanos, humillado y hecho obediente hasta la muerte; pensemos que incluso quiso hacer suyas aquellas palabras del salmo, que pronunció colgado de la cruz: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?

Por tanto, es invocado por nosotros como Dios, pero Él ruega como siervo; en el primer caso, le vemos como creador, en el otro como criatura; sin sufrir mutación alguna, asumió la naturaleza creada para transformarla y hacer de nosotros con Él un solo hombre, cabeza y cuerpo. Oramos, por tanto, a Él, por Él, y en Él, y hablamos junto con Él, ya que Él habla junto con nosotros.

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MEDITACIÓN SOBRE EL
«CÁNTICO DEL HERMANO SOL» (I)
por Thadée Matura, OFM

Las biografías antiguas y modernas de Francisco de Asís son innumerables. Ellas nos presentan y comentan ampliamente, aunque con frecuencia sin espíritu crítico, su figura y los acontecimientos de su vida. Menos conocida es su obra escrita, poco extensa, es verdad, pero lo bastante consistente como para revelar un mensaje rico y coherente, distinto a veces de la imagen que se tiene de Francisco. Su escrito más conocido por el público en general es el Cántico del Hermano Sol, objeto de nuestra meditación. Esta presentación y breve comentario querrían ayudar a intuir las profundas perspectivas sobre la relación entre Dios y el mundo de las criaturas que el Cántico contiene.

Un poema muy estructurado

El Cántico, pronunciado y redactado en dialecto umbro, es uno de los primeros textos literarios de la lengua italiana. Una simple ojeada a su presentación tipográfica descubre una articulación muy elaborada: una estrofa introductoria, dirigida a Dios; ocho estrofas que empiezan con la aclamación «Loado seas, mi Señor» y que se reagrupan, a su vez, en cuatro pares (masculino-femenino los tres primeros); un estribillo final, que es una llamada a las criaturas. Aunque las circunstancias en que el Cántico fue dictado hacen que parezca una creación espontánea, hay sin embargo motivos para pensar que fue madurando y perfilándose lentamente en el consciente-inconsciente de su autor, cuya dimensión poética revela.

Un canto surgido al final de la noche

Es un tópico bastante corriente presentar a Francisco como un juglar alegre, despreocupado, músico y bailarín. El Cántico del Hermano Sol sería expresión de su forma ligera de ser. Ahora bien, los testimonios más antiguos y fiables sobre el origen de este poema fijan el momento de su composición al término de una noche oscura. Estamos en el año 1225, uno antes de la muerte de Francisco. Éste yace gravemente enfermo y casi totalmente ciego. En el jardín del monasterio de San Damián, donde Clara lo ha acogido, llega a tocar, durante el transcurso de una mala noche, el fondo físico y psíquico del sufrimiento. Sumido como en agonía, compadecido de sí mismo -escribe el biógrafo (LP 83d)-, se vuelve mediante la oración a Dios y, en un arranque de esperanza, se abre a la certeza de la vida futura que le espera. El Cántico que va a dictar Francisco a continuación es un canto de victoria sobre la desesperación que acaba de superar, una mirada todavía bañada en lágrimas, pero ya sosegada, a la bondad y armonía que Dios crea en el universo.

Alabanza a Aquel que nadie puede nombrar

El título que se da comúnmente al Cántico (de las Criaturas o del Hermano Sol) puede inducir a error y dar a entender que es un canto de alabanza a la creación. La verdad es que todo el texto está completamente centrado en Dios. Salvo el estribillo final, todos los versículos se dirigen a Dios, no a las criaturas. Los paralelos bíblicos con los que se compara este poema, el salmo 148 y el Cántico de las criaturas (Dan 3,57-90), se dirigen a las criaturas, a las que invitan a la alabanza. Francisco, en cambio, habla directamente a Dios.

Y Dios es invocado ante todo en su supereminencia, en su distancia (¡transcendencia!): es Señor (diez veces se le designa con este nombre), Altísimo y omnipotente, suyas son la alabanza, la gloria, el honor y toda bendición (enumeración inspirada en Ap 4,9-11); la creación debe alabarlo, bendecirlo, darle gracias y servirlo. Su grandeza no excluye, sin embargo, la cercanía y la ternura, pues es «buen Señor». Con todo, tras atribuirle esos cuatro títulos, consciente de la inaccesibilidad de Dios y de la incapacidad del hombre de adueñarse de Él nombrándolo, Francisco concluye con la afirmación: «ningún hombre es digno de hacer de ti mención». Esta frase traza un límite. Todo, en la creación y en el hombre, apunta y muestra a Dios, todo habla de Él, todo lo revela, pero nada puede jamás abarcarlo en una palabra, en una imagen o un concepto. Dios está siempre allende, más lejos, en la otra ribera.

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