martes, 14 de marzo de 2017

Año Cristiano Franciscano



DÍA 15 DE MARZO

 

SANTA LUISA DE MARILLAC. Nació en París el año 1591, hija natural de un noble de la familia Marillac. Cuando murió su padre la sacaron del colegio de nobles y la confiaron a una "señorita pobre". Quiso ser religiosa, pero la casaron en 1613 con un noble, del que tuvo un hijo. Los encuentros con san Francisco de Sales, a partir de 1618, la ayudaron a superar sus penas. Después, en 1624, inició una larga relación con san Vicente de Paúl, que la convertiría en cofundadora de las "Paúles". Al año siguiente, 1625, muerto el marido y habiendo entrado el hijo en el seminario, acogió en su casa a las primeras jóvenes que querían ponerse al servicio de los pobres. San Vicente le encomendó la animación de los grupos de Damas de la Caridad, primer núcleo del nuevo instituto, y en 1633 el Santo dejó en sus manos la dirección del que sería el Instituto de las Hijas de la Caridad, a cuya formación se entregó la Santa por completo, dando ejemplo de atención amorosa a los más pobres; llegó a abrir cuarenta casas por toda Francia. Murió en París el año 1660.



BEATO PLÁCIDO RICCARDI. Nació en Trevi (Italia) el año 1844. Cuando estudiaba filosofía en Roma, con los dominicos, se sintió llamado a la vida religiosa e ingresó en la abadía benedictina de San Pablo Extramuros de Roma, donde emitió la profesión religiosa en 1868. En 1871 recibió la ordenación sacerdotal. Fue ejemplar en la observancia monástica y en la enseñanza y dirección de los jóvenes alumnos. Confesaba en la basílica e iba a confesar a religiosas. Lo enviaron, como vicario abacial, a restaurar la observancia religiosa al monasterio femenino de San Magno en Amelia, lo que consiguió con mucha caridad y un gran discernimiento de espíritus. En 1894 lo enviaron al monasterio de Farfa (Sabina), donde permaneció hasta que, en 1912, por motivos de salud, volvió a San Pablo. Fue un alto ejemplo de espiritualidad y celo apostólico, de sencillez y austeridad, y muchos lo buscaban como confesor y director espiritual. Sufrió con gran paciencia las fiebres y la parálisis que lo inmovilizó. Murió en 1915.




BEATO ARTÉMIDES ZATTI. Nació en Boretto (Reggio Emilia, Italia) el año 1880 de familia pobre que emigró a Argentina en 1897. En Bahía Blanca entró en contacto con los salesianos y a los 20 años ingresó en su aspirantado. Cuidando a un enfermo contrajo la tuberculosis. Gracias a María Auxiliadora obtuvo la curación, y prometió dedicarse al cuidado de los tuberculosos. Hecha la profesión como hermano coadjutor, lo destinaron al hospital de Viedma. Llevó primero la farmacia, después asumió responsabilidades como vicedirector, administrador, enfermero, siendo muy apreciado por los enfermos y por el personal sanitario. También atendía a enfermos fuera del hospital. Fiel al espíritu salesiano, desarrolló una actividad prodigiosa con habitual prontitud de ánimo, con heroico espíritu de sacrificio, con despego absoluto de toda satisfacción personal, sin tomarse nunca vacaciones ni reposo. Veía en los enfermos a Jesús mismo. En 1950 se manifestaron los síntomas de un cáncer. Murió en Viedma (Argentina) el año 1951. Fue beatificado el 2002.

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San Clemente María Hofbauer. Nació en Moravia de familia numerosa y tuvo que trabajar de panadero desde muy joven. En Roma conoció a los Redentoristas, en cuya Congregación ingresó y recibió la ordenación sacerdotal. Fundó casas de su Congregación en Polonia, Suiza, Alemania, Rumanía. Realizó un apostolado intenso en la predicación, el confesonario, las obras sociales. Fomentó la frecuencia de sacramentos e hizo frente al jansenismo. Atrajo a la Iglesia a muchos científicos y artistas. Expulsado de Varsovia, se trasladó a Viena, donde murió el año 1820.

Santa Lucrecia (o Leocricia). Nació en Córdoba (España) en el seno de una noble familia musulmana. Se convirtió a Cristo en secreto. Cuando quiso hacer pública su conversión, sus padres quisieron impedirlo e intentaron que volviera al Islam. Por consejo de san Eulogio, dejó la casa paterna y se puso bajo su protección. Pero fueron detenidos los dos y llevados a juicio. Primero decapitaron a san Eulogio, y días después, tras no conseguir con halagos ni amenazas que ella apostatara, la decapitaron. Era el año 859.

San Menigno. Era batanero de oficio y fue martirizado el año 250 en Pario del Helesponto (en la actual Turquía), en tiempo del emperador Decio.

San Sisebuto. Fue abad del monasterio de San Pedro de Cardeña, cerca de Burgos (España). Participó en la fundación del monasterio de Santa María la Mayor, de Valladolid, en el que puso monjes bajo la Regla de San Benito. El monasterio de San Pedro hizo grandes progresos bajo su mandato y se vio favorecido por reyes, nobles y pueblo. Se le suele identificar con el abad Sancho que acogió al Cid Campeador y tomó la tutela de su mujer e hijas durante su destierro. Murió el año 1086.

San Zacarías, papa del año 741 al 752. Nació en Calabria (Italia) de familia griega. Fue un hombre de paz y mostró un temple excepcional al frente de la Iglesia, que gobernó con suma prudencia y solicitud. Cuatro veces detuvo la marcha impetuosa de Luitprando y de Rachis, reyes longobardos. Animó a Pipino el Breve a asumir el título de rey. Aprobó la tarea reformadora de san Bonifacio en la Iglesia germana. Mantuvo a salvo la unidad con la Iglesia de Oriente. Murió en Roma el año 752.

Beato Guillermo Hart. Nació en el condado de Somerset (Inglaterra) en 1558. Optó por el sacerdocio y tuvo que emigrar a Francia e Italia para cursar la carrera eclesiástica. Se ordenó de sacerdote en Roma y volvió a su patria en 1581. Estuvo atendiendo a los católicos encarcelados. En su apostolado consiguió que algunos anglicanos abrazaran la fe católica. Por ello fue arrestado y condenado a muerte. Lo ahorcaron y descuartizaron en York el año 1583.

Beato Juan Adalberto Balicki. Sacerdote de la diócesis de Przemysl (Polonia). Se doctoró en teología en la Universidad Gregoriana de Roma. Fue luego profesor, prefecto de estudios y rector del seminario diocesano. A la vez desarrolló tareas pastorales directas: confesonario, dirección espiritual, misiones populares, ejercicios, conferencias. Se le encargó la atención religiosa en el Hospital Civil, donde encontró a muchas jóvenes que se habían extraviado; para ellas abrió un centro de acogida. Durante la II Guerra Mundial socorrió a prófugos y perseguidos, incluidos los judíos. Murió en Przemysl el año 1948.

Beato Pío Conde Conde. Nació en Portela (Ourense, España) el año 1887. Hizo el noviciado en los salesianos de Sarriá-Barcelona y profesó en 1906. Ordenado de sacerdote, ejerció su apostolado en los colegios de Sarriá, Madrid, Valencia, Béjar, Salamanca y Santander. Se distinguió por el exacto cumplimiento de sus deberes. Cuando estalló la persecución religiosa, los milicianos lo maltrataron repetidamente en Madrid, hasta que lo asesinaron cuando lo llevaban al tribunal de Valencia. Era el año 1937. Fue beatificado en el 2007.



PARA TENER EL ESPÍRITU DE ORACIÓN Y DEVOCIÓN

Pensamiento bíblico:

De la Carta a los Colosenses: «Que la paz de Cristo reine en vuestro corazón: a ella habéis sido convocados en un solo cuerpo. Sed también agradecidos. La Palabra de Cristo habite entre vosotros en toda su riqueza; enseñaos unos a otros con toda sabiduría; exhortaos mutuamente. Cantad a Dios, dando gracias de corazón, con salmos, himnos y cánticos inspirados. Y todo lo que de palabra o de obra realicéis, sea todo en nombre de Jesús, dando gracias a Dios Padre por medio de él» (Col 3,15-17).

Pensamiento franciscano:

Dice san Francisco en su Carta a la Orden: «¡Tiemble el hombre entero, que se estremezca el mundo entero, y que el cielo exulte, cuando sobre el altar, en las manos del sacerdote, está Cristo, el Hijo del Dios vivo! ¡Oh admirable celsitud y asombrosa condescendencia! ¡Oh humildad sublime! ¡Oh sublimidad humilde, pues el Señor del universo, Dios e Hijo de Dios, de tal manera se humilla, que por nuestra salvación se esconde bajo una pequeña forma de pan!» (CtaO 26-27).

Orar con la Iglesia:

Oremos a Dios Padre que, por su gran amor hacia nosotros, nos ha enviado a su Hijo.

-Dios de amor, que te compadeces de los que viven en tinieblas, escucha las súplicas que te dirigimos por la salvación de todos los hombres.

-Acuérdate de tu Iglesia extendida por toda la tierra, bendice al pueblo cristiano y concédele abundancia de tu paz y amor.

-Padre de todos los hombres, encamina a los pueblos al conocimiento de Jesucristo y da a los gobernantes la luz de tu Espíritu.

-Tú que, en el nacimiento y manifestación de tu Hijo, hiciste proclamar la paz en la tierra, da a todos tu amor y llénanos de tu bondad.

Oración: Concedenos, Señor, a los que gozamos de la luz de tu Palabra hecha carne, que resplandezca en nuestras obras la fe que haces brillar en nuestro espíritu. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.

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EL MISTERIO DE LA EPIFANÍA
Benedicto XVI, Ángelus del 6 de enero de 2011

Queridos hermanos y hermanas:

Hemos celebrado en la basílica la fiesta de la Epifanía. Epifanía quiere decir manifestación de Jesús a todos los pueblos, representados hoy por los Magos, que llegaron a Belén desde Oriente para rendir homenaje al Rey de los judíos, cuyo nacimiento habían conocido por la aparición de una nueva estrella en el cielo (cf. Mt 2,1-12). En efecto, antes de la llegada de los Magos, el conocimiento de este hecho apenas había superado el círculo familiar: además de María y José, y probablemente de otros parientes, sólo era conocido por los pastores de Belén, los cuales, al oír el gozoso anuncio, habían acudido a ver al Niño mientras aún se hallaba recostado en el pesebre. Así, la venida del Mesías, el esperado de las naciones, anunciado por los profetas, inicialmente permanecía en el ocultamiento.

Precisamente hasta que llegaron a Jerusalén aquellos personajes misteriosos, los Magos, solicitando noticias acerca del «Rey de los judíos» recién nacido. Obviamente, tratándose de un rey, se dirigieron al palacio real, donde residía Herodes. Pero este no sabía nada de dicho nacimiento y, muy preocupado, convocó inmediatamente a los sacerdotes y los escribas, los cuales, basándose en la célebre profecía de Miqueas (cf. 5,1), afirmaron que el Mesías debía nacer en Belén. Y, de hecho, tras reanudar su camino en esa dirección, los Magos vieron de nuevo la estrella, que los guió hasta el lugar donde se encontraba Jesús. Al entrar, se postraron y lo adoraron, ofreciendo dones simbólicos: oro, incienso y mirra. He aquí la epifanía, la manifestación: la venida y la adoración de los Magos es el primer signo de la identidad singular del Hijo de Dios, que también es Hijo de la Virgen María. Desde entonces comenzó a propagarse la pregunta que acompañará toda la vida de Cristo y que de diversas maneras atraviesa los siglos: ¿quién es este Jesús?

Queridos amigos, esta es la pregunta que la Iglesia quiere suscitar en el corazón de todos los hombres: ¿quién es Jesús? Este es el anhelo espiritual que impulsa su misión: dar a conocer a Jesús, su Evangelio, para que todos los hombres puedan descubrir en su rostro humano el rostro de Dios, y ser iluminados por su misterio de amor. La Epifanía anuncia la apertura universal de la Iglesia, su llamada a evangelizar a todos los pueblos. Pero la Epifanía nos dice también de qué modo la Iglesia realiza esta misión: reflejando la luz de Cristo y anunciando su Palabra. Los cristianos están llamados a imitar el servicio que prestó la estrella a los Magos. Debemos brillar como hijos de la luz, para atraer a todos a la belleza del reino de Dios. Y a todos los que buscan la verdad debemos ofrecerles la Palabra de Dios, que lleva a reconocer en Jesús «el Dios verdadero y la vida eterna» (1 Jn 5,20).

Una vez más, sentimos en nosotros un profundo agradecimiento a María, la Madre de Jesús. Ella es la imagen perfecta de la Iglesia que da al mundo la luz de Cristo: es la Estrella de la evangelización. «Respice Stellam», nos dice san Bernardo: mira la Estrella, tú que andas buscando la verdad y la paz; dirige tu mirada a María, y ella te mostrará a Jesús, luz para todos los hombres y para todos los pueblos.

[Después del Ángelus] Siguiendo el ejemplo de la Virgen María, que acogió con fe a su Hijo, abrid vuestros corazones a la Palabra divina para que, guiados por su luz, salgáis al encuentro de quienes están necesitados de amor y misericordia.

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EFICACIA DE LA ORACIÓN
San Juan Crisóstomo, Homilía 2 sobre la II Corintios (4-5)

Muchísimas veces, cuando Dios contempla a una muchedumbre que ora en unión de corazones y con idénticas aspiraciones, podríamos decir que se conmueve hasta la ternura. Hagamos, pues, todo lo posible para estar concordes en la plegaria, orando unos por otros, como los corintios rezaban por los apóstoles. De esta forma, cumplimos el mandato y nos estimulamos a la caridad. Y al decir caridad, pretendo expresar con este vocablo el conjunto de todos los bienes; debemos aprender, además, a dar gracias con un más intenso fervor.

Pues los que dan gracias a Dios por los favores que los otros reciben, lo hacen con mayor interés cuando se trata de sí mismos. Es lo que hacía David, cuando decía: Proclamad conmigo la grandeza del Señor, ensalcemos juntos su nombre; es lo que el Apóstol recomienda en diversas ocasiones; es lo que nosotros hemos de hacer, proclamando a todos los beneficios de Dios, para asociarlos a todos a nuestro cántico de alabanza.

Pues si cuando recibimos un favor de los hombres y lo celebramos, disponemos su ánimo a ser más solícitos para merecer nuestro agradecimiento, con mayor razón nos granjearemos una mayor benevolencia del Señor cada vez que pregonamos sus beneficios. Y si, cuando hemos conseguido de los hombres algún beneficio, invitamos también a otros a unirse a nuestra acción de gracias, hemos de esforzarnos con mucho mayor ahínco por convocar a muchos que nos ayuden a dar gracias a Dios. Y si esto hacía Pablo, tan digno de confianza, con más razón habremos de hacerlo nosotros también.

Roguemos una y otra vez a personas santas que quieran unirse a nuestra acción de gracias, y hagamos nosotros recíprocamente lo mismo. Esta es una de las misiones típicas del sacerdote, por tratarse del más importante bien común. Disponiéndonos para la oración, lo primero que hemos de hacer es dar gracias por todo el mundo y por los bienes que todos hemos recibido. Pues si bien los beneficios de Dios son comunes, sin embargo tú has conseguido la salvación personal precisamente en comunidad. Por lo cual, debes por tu salvación personal elevar una común acción de gracias, como es justo que por la salvación comunitaria ofrezcas a Dios una alabanza personal. En efecto, el sol no sale únicamente para ti, sino para todos en general; y sin embargo, en parte lo tienes todo: pues un astro tan grande fue creado para común utilidad de todos los mortales juntos. De lo cual se sigue, que debes dar a Dios tantas acciones de gracias, como todos los demás juntos; y es justo que tú des gracias tanto por los beneficios comunes, como por la virtud de los otros.

Muchas veces somos colmados de beneficios a causa de los otros. Pues si se hubieran encontrado en Sodoma al menos diez justos, los sodomitas no habrían incurrido en las calamidades que tuvieron que soportar. Por tanto, con gran libertad y confianza, demos gracias a Dios en representación también de los demás: se trata de una antigua costumbre, establecida en la Iglesia desde sus orígenes. He aquí por qué Pablo da gracias por los romanos, por los corintios y por toda la humanidad.

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HACIENDO MEMORIA GRATA DEL PASADO
por Fr. José Rodríguez Carballo, Min. Gen. OFM
De la Carta de Navidad, 1 de noviembre de 2010

El año 2010 nos ha traído a la memoria tres acontecimientos importantes: el VI Centenario de la implantación de la jerarquía católica en China, siendo nombrado primer arzobispo de Pequín Juan de Montecorvino, el V Centenario de la muerte de San Francisco Solano, y el 150 aniversario de la muerte de los Mártires de Damasco, Beato Manuel Ruiz y Compañeros.

Juan de Montecorvino deja Italia para ir a evangelizar en el Extremo Oriente. Nos deja el ejemplo de una evangelización inculturada. Hombre apasionado por la causa del Evangelio, lo que le llevó a traducir al chino el Nuevo Testamento y los Salmos, a construir numerosas iglesias y casas para la población, a enseñar latín y griego, y a formar a los jóvenes para fuesen el futuro del clero de Oriente. Se hizo chino con los chinos.

San Francisco Solano deja España, su tierra natal, para anunciar la Buena Noticia en América. El Solano nos deja un ejemplo de misión itinerante, creativa y popular. Durante 14 años recorrió a pie el Chaco Paraguayo, Uruguay, Río de la Plata, Santa Fe, Córdoba (Argentina) y Perú, donde muere. Aprendió las lenguas de los nativos, y para ganarse el corazón de los guaraníes evangelizaba con el canto, la guitarra y el violín. Predicaba inter gentes: en los talleres, en las calles, en las iglesias y en los corrales de teatro.

Los Mártires de Damasco, en su mayoría españoles, movidos por el Espíritu no dudaron en ir entre «sarracenos» (cf. 1 R 16), y llegado el momento testificaron, como fraternidad, su fe, derramando su sangre por Cristo. Ellos nos dejan el testimonio de una misión autentificada con el martirio. Éste sigue siendo todavía hoy el culmen de toda misión evangélica y franciscana, pues, como dice Jesús en el Evangelio, «nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus propios amigos» (Jn 15,13).

Por esos hermanos nuestros que gastaron su vida por el anuncio del Evangelio lejos de sus tierras y de sus culturas de origen, y por su testimonio heroico de vida cristiana y franciscana, «damos gracias al altísimo Señor Dios, de quien procede todo bien» (Adm 7,4), mientras tenemos muy presente la admonición del Padre san Francisco que nos pone en guardia contra la tentación de querer recibir gloria por lo que otros han hecho (cf. Adm 6,3).

Y para no caer en esa tentación, hemos de dejarnos cuestionar por su vida, acogiendo, con corazón abierto y disponible, el ejemplo que nuestros hermanos nos han dejado. Sólo así podremos cantar sus glorias. En este momento en que miramos con gratitud el pasado, poniendo los ojos en el futuro hacia el cual nos empuja el Espíritu (cf. VC, 110), para abrazarlo con esperanza, queremos acoger con profunda gratitud lo mejor de nuestro glorioso pasado para actualizarlo y «nutrir desde dentro, con la oferta liberadora del Evangelio, a nuestro mundo fragmentado, desigual y hambriento de sentido, tal como hicieron en su tiempo Francisco y Clara de Asís» (El Señor os dé la paz, 2).

Y lo primero que hemos de acoger del testimonio de estos hermanos es la llamada a la santidad. Si hoy los recordamos es precisamente por eso, porque han tomado en serio el Evangelio. Su vida nos recuerda, ante todo, que también nosotros somos llamados a ser santos. El Vaticano II en el Capítulo V de la Constitución dogmática Lumen Gentium sobre la Iglesia nos recuerda la llamada universal a la santidad, entendida «en su sentido fundamental de pertenecer a Aquel que por excelencia es el Santo, el tres veces Santo» (Juan Pablo II, NMI 30). Pienso que la afirmación de Pablo «ésta es la voluntad de Dios: vuestra santificación» (cf. 1 Tes 4,3), dirigida a todos los cristianos, ha de ser asumida como una llamada personal y urgente por quienes, como nosotros, hemos optado por «seguir más de cerca a Cristo» (CCGG 5,2). Nuestra vocación no se entiende si no es desde una renovada y generosa respuesta a conseguir la perfección del amor (cf. LG 40), es decir: a la santidad.


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