lunes, 13 de marzo de 2017

Año Cristiano Franciscano



DÍA 14 DE MARZO

 

BEATA EVA DE LIEJA. Nació en Lieja (Bélgica) a principios del siglo XIII. En su juventud no sabía si abrazar la vida civil o la religiosa. Tanto en su opción como en su espiritualidad influyó mucho su amiga santa Juliana del monasterio de Monte Cornillón. Por fin tomó la resolución de hacerse reclusa, y fue a pedir consejo a Juliana. Ambas se abrieron el espíritu, se consolaron y animaron mutuamente. Eva se recluyó en una dependencia de la iglesia de San Martín, de Lieja. Juliana la visitaba y la entusiasmaba en la empresa de conseguir la institución de una fiesta en honor del Sacramento de la Eucaristía. Juliana murió sin ver cumplido su deseo. Eva continuó en el empeño y consiguió que el obispo de Lieja, Enrique Gueldre, interesase al papa Urbano IV en el proyecto. El 8 de septiembre de 1264 el Papa le envió una bula en la que le anunciaba la extensión de la fiesta del Corpus Christi a la Iglesia universal. Murió el 14 de marzo de 1265.




BEATA MARÍA JOSEFINA DE JESÚS CRUCIFICADO CATANEA. Nació en Nápoles el año 1894, hija de los marqueses Grimaldi. Desde su niñez mostró predilección por los pobres y los más necesitados. Tuvo particular devoción a la Eucaristía y a la Virgen María, especialmente con el rezo del rosario. En 1918, después de estudiar comercio, entró en el Carmelo de Santa María, en "Ponti Rossi" (Nápoles). Su vida estuvo marcada por una forma grave de tuberculosis en la espina dorsal, de la que, por intercesión de S. Francisco Javier, curó milagrosamente en 1922. Más tarde otras enfermedades la redujeron a la silla de ruedas. Supo unirse a Cristo y amarlo en el sufrimiento, y prestó consuelo y consejo a cuantos la visitaban en el locutorio del convento, para encontrarse con el amor de Dios. Por obediencia escribió su "Autobiografía" y su "Diario", así como cartas y exhortaciones para las religiosas. Murió el 14-III-1948. Beatificada en 2008.

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San Alejandro. Fue decapitado a causa de su fe en Pidna (Macedonia) hacia el año 310, en la persecución de Maximiano.

San Lázaro. A mediados del siglo V fue elegido obispo de Milán. Destacó por su celo en la defensa de la doctrina y la moral cristianas.

San Leobino. Nació en la región de Poitou (Francia) y de joven fue pastor. Después, deseoso de saber, abrazó la vida monástica, de la que pasó a la soledad de la vida eremítica. El obispo de Chartres lo ordenó de diácono y le encomendó un monasterio. Cuando el obispo murió, Leobino fue elegido para sucederle. Murió hacia el año 557.

Santa Matilde. Nació hacia el año 895 de una noble familia sajona. Se educó en el monasterio de Herford (Westfalia), del que era abadesa una abuela suya. Contrajo matrimonio con Enrique I que fue sucesivamente duque de Sajonia y rey de Alemania. Tuvieron 5 hijos, que ocuparon altos puestos en la Iglesia y en la sociedad. De acuerdo con su esposo pudo llevar vida de devoción y de caridad, y fundar monasterios. Cuando murió Enrique, le sucedió su hijo Otón. Matilde vivió volcada en la causa de los pobres y la ayuda a la Iglesia. Se retiró primero al monasterio de Nordhausen y luego al de Quedlinburgo (Sajonia, Alemania), donde murió el año 968.

Santa Paulina. Era de familia noble y llevó primero vida matrimonial. Al enviudar de su segundo marido, se dedicó a la vida de oración y de penitencia. Se retiró con algunas compañeras a un bosque de Turingia, donde fundó un monasterio, que luego cedió a unos monjes, para retirarse ellas más adentro del bosque. De camino hacia Hirsau, para hacerse cargo de un grupo de monjes reformados, enfermó y murió en Münsterschwarsach (Fulda) el año 1107.

Beato Santiago Cusmano. Nació en Palermo (Sicilia) el año 1834. Desde niño fue sensible a los sufrimientos ajenos. Estudió medicina, y pronto se convirtió en el "médico de los pobres". . Abrazó más tarde el estado eclesiástico y en 1860 recibió la ordenación sacerdotal. Se entregó a la evangelización y atención de los pobres: daba limosnas, acogía a huérfanos, muchachas en peligro, ancianos, enfermos. A la vez fundó las Congregaciones de las Siervas de los Pobres, de los Hermanos de los Pobres y de los Misioneros Siervos de los Pobres. Su lema era: "caridad sin límites". Murió en Palermo el año 1888.



PARA TENER EL ESPÍRITU DE ORACIÓN Y DEVOCIÓN

Pensamiento bíblico:

San Pablo advirtió a los Corintios: -Los judíos exigen signos, los griegos buscan sabiduría; pero nosotros predicamos a Cristo crucificado: escándalo para los judíos, necedad para los gentiles; pero para los llamados -judíos o griegos-, un Cristo que es fuerza de Dios y sabiduría de Dios. Pues lo necio de Dios es más sabio que los hombres; y lo débil de Dios es más fuerte que los hombres (1 Cor 1,22-25).

Pensamiento franciscano:

San Francisco escribió a los fieles: «Todos los que aman al Señor con todo el corazón, con toda el alma y con toda la mente, con todas las fuerzas, y aman a sus prójimos como a sí mismos, y odian a sus cuerpos con sus vicios y pecados, y reciben el cuerpo y la sangre de nuestro Señor Jesucristo, y hacen frutos dignos de penitencia: ¡Oh cuán bienaventurados y benditos son ellos y ellas, mientras hacen tales cosas y en tales cosas perseveran!, porque descansará sobre ellos el espíritu del Señor y hará en ellos habitación y morada» (1CtaF 1-6).

Orar con la Iglesia:

Bendigamos a Jesús, nuestro Salvador, que por su muerte y resurrección nos ha abierto el camino de la salvación.

-Señor de misericordia, que en el bautismo nos diste una vida nueva, haznos cada día más conformes a ti.

-Enséñanos, Señor, a ser alegría para los que sufren, y haz que sepamos servirte en cada uno de ellos.

-Ayúdanos, Señor, a hacer frutos dignos de penitencia y a buscar tu rostro con sinceridad de corazón.

-Perdona las faltas que hemos cometido contra la armonía y unidad de tu familia, y haz que tengamos un solo corazón y un solo espíritu.

Oración: Purifica y protege, Señor, a tu Iglesia, dirígela y sostenla siempre. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.

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EL DECÁLOGO, CONFIRMACIÓN DE LA LIBERTAD
Benedicto XVI, Homilía en la fiesta de San José (19-III-06)

Queridos hermanos y hermanas:

Hemos escuchado una famosa y bella página del libro del Éxodo, en la que el autor sagrado narra la entrega del Decálogo a Israel por parte de Dios. Un detalle llama enseguida la atención: la enumeración de los diez mandamientos se introduce con una significativa referencia a la liberación del pueblo de Israel. Dice el texto: «Yo soy el Señor, tu Dios, que te saqué de Egipto, de la esclavitud» (Ex 20,2). Por tanto, el Decálogo quiere ser una confirmación de la libertad conquistada. En efecto, los mandamientos, si se analizan en profundidad, son el instrumento que el Señor nos da para defender nuestra libertad tanto de los condicionamientos internos de las pasiones como de los abusos externos de los maliciosos. Los «no» de los mandamientos son otros tantos «sí» al crecimiento de una libertad auténtica.

Conviene subrayar también una segunda dimensión del Decálogo: con la Ley dada por medio de Moisés el Señor revela que quiere establecer con Israel una alianza. Por consiguiente, la Ley, más que una imposición, es un don. Más que mandar lo que el hombre debe hacer, quiere manifestar a todos la elección de Dios: él está de parte del pueblo elegido; lo liberó de la esclavitud y lo rodeó con su bondad misericordiosa. El Decálogo es testimonio de un amor de predilección.

La liturgia de hoy (III Domingo de Cuaresma, Ciclo B) nos ofrece un segundo mensaje: la Ley mosaica se cumplió plenamente en Jesús, que reveló la sabiduría y el amor de Dios mediante el misterio de la cruz, «escándalo para los judíos, necedad para los griegos -como nos dice san Pablo en la segunda lectura-; pero para los llamados (...), judíos o griegos, fuerza de Dios y sabiduría de Dios« (1 Cor 1,23-24). Precisamente a este misterio se refiere la página evangélica que se acaba de proclamar: Jesús expulsa del templo a los vendedores y a los cambistas. El evangelista ofrece la clave de lectura de este significativo episodio en el versículo de un salmo: «El celo por tu casa me devora» (cf. Sal 69,10). A Jesús lo «devora» este «celo» por la «casa de Dios», utilizada con un fin diferente de aquel para el que estaba destinada. Ante la petición de los responsables religiosos, que pretenden un signo de su autoridad, en medio del asombro de los presentes, afirma: «Destruid este templo, y en tres días lo levantaré» (Jn 2,19). Palabras misteriosas, incomprensibles en aquel momento, pero que san Juan vuelve a formular para sus lectores cristianos, observando: «Él hablaba del templo de su cuerpo» (Jn 2,21).

Sus adversarios destruirán este «templo», pero él, al cabo de tres días, lo reconstruirá mediante la resurrección. La muerte dolorosa y «escandalosa» de Cristo se coronará con el triunfo de su gloriosa resurrección. Mientras en este tiempo cuaresmal nos preparamos para revivir en el triduo pascual este acontecimiento central de nuestra salvación, contemplamos al Crucificado vislumbrando ya en él el resplandor del Resucitado.

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EL SACRIFICIO ESPIRITUAL
Tertuliano, Tratado sobre la oración (Caps. 28-29)

La oración es el sacrificio espiritual que abrogó los antiguos sacrificios. ¿Qué me importa el número de vuestros sacrificios? -dice el Señor-. Estoy harto de holocaustos de carneros, de grasa de cebones, la sangre de toros, corderos y machos cabríos no me agrada. ¿Quién pide algo de vuestras manos? Lo que Dios desea, nos lo dice el evangelio: Se acerca la hora -dice- en que los que quieran dar culto verdadero adorarán al Padre en espíritu y verdad. Porque Dios es espíritu, y desea un culto espiritual.

Nosotros somos, pues, verdaderos adoradores y verdaderos sacerdotes cuando oramos en espíritu y ofrecemos a Dios nuestra oración como una víctima espiritual, propia de Dios y acepta a sus ojos.

Esta víctima, ofrecida del fondo de nuestro corazón, nacida de la fe, nutrida con la verdad, intacta y sin defecto, íntegra y pura, coronada por el amor, hemos de presentarla ante el altar de Dios, entre salmos e himnos, acompañada del cortejo de nuestras buenas obras, seguros de que ella nos alcanzará de Dios todos los bienes.

¿Podrá Dios negar algo a la oración hecha en espíritu y verdad, cuando es él mismo quien la exige? ¡Cuántos testimonios de su eficacia no hemos leído, oído y creído!

Ya la oración del antiguo Testamento liberaba del fuego, de las fieras y del hambre, y, sin embargo, no había recibido aún de Cristo toda su eficacia.

¡Cuánto más eficazmente actuará, pues, la oración cristiana! No coloca un ángel para apagar con agua el fuego, ni cierra las bocas de los leones, ni lleva al hambriento la comida de los campesinos, ni aleja, con el don de su gracia, ningún sufrimiento; pero enseña la paciencia y aumenta la fe de los que sufren, para que comprendan lo que Dios prepara a los que padecen por su nombre.

En el pasado, la oración alejaba las plagas, desvanecía los ejércitos de los enemigos, hacía cesar la lluvia. Ahora, la verdadera oración aleja la ira de Dios, implora a favor de los enemigos, suplica por los perseguidores. ¿Y qué tiene de sorprendente que pueda hacer bajar del cielo el agua del bautismo, si pudo también impetrar las lenguas de fuego? Solamente la oración vence a Dios; pero Cristo la quiso incapaz del mal y todopoderosa para el bien.

La oración sacó a las almas de los muertos del mismo seno de la muerte, fortaleció a los débiles, curó a los enfermos, liberó a los endemoniados, abrió las mazmorras, soltó las ataduras de los inocentes. La oración perdona los delitos, aparta las tentaciones, extingue las persecuciones, consuela a los pusilánimes, recrea a los magnánimos, conduce a los peregrinos, mitiga las tormentas, aturde a los ladrones, alimenta a los pobres, rige a los ricos, levanta a los caídos, sostiene a los que van a caer, apoya a los que están en pie.

Los ángeles oran también, oran todas las criaturas, oran los ganados y las fieras, que se arrodillan al salir de sus establos y cuevas y miran al cielo, pues no hacen vibrar en vano el aire con sus voces. Incluso las aves, cuando levantan el vuelo y se elevan hasta el cielo, extienden en forma de cruz sus alas, como si fueran manos, y hacen algo que parece también oración.

¿Qué más decir en honor de la oración? Incluso oró el mismo Señor, a quien corresponde el honor y la fortaleza por los siglos de los siglos.

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VOCACIÓN FRANCISCANA
por Lázaro Iriarte, OFMCap

Vivir y anunciar la penitencia

«Penitentes de Asís» fue la denominación adoptada por el primer grupo de franciscanos para responder a la pregunta «¿Quiénes sois?». No tardaron en escoger luego un nombre de inspiración evangélica, «hermanos menores», que los distinguiera de los demás grupos de penitentes. Pero el compromiso penitencial quedaría como programa básico de la vida evangélica.

El sentido de la expresión hacer penitencia, usada frecuentemente por san Francisco, corresponde aproximativamente al de la metanoia bíblica, esto es al de penitencia-conversión. A los ojos del creyente todas las situaciones humanas son iluminadas por el designio salvífico de Dios y por la respuesta de cada persona al mismo. Los hombres, por lo tanto, según la visual de Francisco, se hallan divididos en dos categorías: los que «hacen penitencia» y los que «no hacen penitencia» (1CtaF). Sabe él que, si pertenece a los primeros, es por pura gracia de Dios, habiendo pertenecido antes al número de los que no hacen penitencia. Don de Dios es también el perseverar en la penitencia.

La vocación penitencial configura la vida entera del hermano menor, una vocación que se puede vivir dondequiera, como garantía de libertad y de inserción en cualquier realidad histórica: «Cuando no fueren recibidos en alguna parte, márchense a otra tierra a vivir en penitencia, con la bendición de Dios» (Test 26).

La conversión inicial sincera y la voluntad sostenida de conversión renovada es el postulado insustituible de la vida fraterna. En efecto, la misma tensión que impulsa al hermano menor constantemente a descubrir en sí mismo y a destruir toda forma de egoísmo alienante, de orgullo, de apropiación, lo dispone al propio tiempo a abrirse al amor de Dios y a acoger al hermano. Puede decirse que aquí radica toda la ascética personal y toda la pedagogía del Poverello como fundador: en establecer el contraste entre el propio yo con sus tendencias -carne- y el espíritu del Señor, como más adelante veremos.

Actitud penitencial supone el reconocimiento humilde y minorítico de la propia limitación y fragilidad, aun moral, verse pobre ante Dios, atribuirle a Él todo bien, «teniendo por cierto que no nos pertenecen a nosotros sino los vicios y los pecados», soportar pacientemente toda adversidad y aflicción de alma y de cuerpo, toda persecución... (1 R 17,7-8). Así es como se alcanza la pureza de corazón, que dispone a la contemplación de Dios, la pobreza interior, la «santa y pura sencillez», la «verdadera alegría».

Una vida así se convierte en testimonio y mensaje, interpela y al propio tiempo reclama la atención de los que no viven en penitencia. Tal apareció Francisco cuando, como él dice, «salió del siglo». Y así apareció el grupo de sus seguidores. El relato de los Tres Compañeros pone de relieve, con insistencia, los pareceres encontrados y las reacciones que suscitaban entre la gente: algunos los tomaban por locos, otros por charlatanes o imbéciles, y no faltaban quienes los trataban de ladrones y malhechores; pero quien los observaba de cerca se llenaba de admiración y pasaba luego a la veneración (TC 33-41).

La predicación franciscana nació así como mensaje exclusivamente penitencial. Cuando alcanzaron el número de ocho, «Francisco los reunió a todos y, después de hablarles detenidamente del reino de Dios, del desprecio del mundo, de la renuncia a la propia voluntad, del dominio de sí mismos, los dividió en cuatro parejas y les dijo: Id, carísimos, de dos en dos por las diversas partes del mundo y anunciad a los hombres la paz y la penitencia» (1 Cel 29).

El fundador escuchó con gratitud profunda las palabras dirigidas al grupo por el papa Inocencio III después de la aprobación de la regla: «Id con Dios, hermanos, y predicad a todos la penitencia, como El se digne inspiraros» (1 Cel 33).

El anuncio del reino de Dios llevaba consigo dos elementos inseparables: la paz y la penitencia; o mejor, dos expresiones del binomio salvífico paz-reconciliación: «El valerosísimo soldado de Cristo pasaba por ciudades y aldeas anunciando el reino de Dios: la paz, el camino de la salvación, la penitencia para el perdón de los pecados» (1 Cel 36).

La vida y el mensaje de Francisco, hombre penitencial, provocó en todos los estratos sociales un despertar inusitado. Y fueron, sobre todo, las diversas agrupaciones de la Orden de la Penitencia, venida a menos después de la difusión de los movimientos laicales de tendencias heterodoxas, las que más experimentaron el influjo vivificante del reclamo franciscano a la conversión. Consta históricamente que Francisco se interesó activamente por los penitentes. Hombres y mujeres, sin dejar la propia familia ni el propio oficio o la propia posición social, entraban en la corriente de vida evangélica, que miraba como dechado las opciones de la fraternidad de los menores y de las hermanas pobres de San Damián. La penitencia-conversión vino a constituir, no sólo un cambio de conducta, sino una forma de compromiso cristiano, dando origen al franciscanismo seglar.

[Cf. el texto completo en Vocación Franciscana, esp. pp. 45-48]

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