domingo, 12 de marzo de 2017

Año Cristiano Franciscano



DÍA 13 DE MARZO



SAN LEANDRO DE SEVILLA. Nació en la provincia romana de Cartagena hacia el año 540. Es hermano de los santos Fulgencio, Florentina e Isidoro. Su familia, expulsada de Cartagena, tuvo que refugiarse en Sevilla, donde él se hizo religioso. El año 578 fue nombrado arzobispo de Sevilla. Sufrió persecución y destierro por su empeño en la conversión a la fe católica del pueblo visigodo que profesaba la herejía arriana. Presidió el Concilio III de Toledo (año 589), en el que se logró la conversión del rey visigodo Recaredo y la unidad católica de la nación. Murió en Sevilla el 13 de mayo del 599. San Isidoro, su hermano y sucesor en la sede hispalense, hace de él esta semblanza: «Leandro era hombre de condición apacible, de extraordinaria inteligencia y de preclarísima prudencia. La conversión de los visigodos, de la herejía arriana a la fe católica, fue fruto de su constancia y prudencia».- Oración: Oh Dios, que por medio de tu obispo san Leandro mantuviste en tu Iglesia la integridad de la fe, concede a tu pueblo permanecer siempre libre de todos los errores. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.




SAN RODRIGO Y SAN SALOMÓN DE CÓRDOBA. Rodrigo era sacerdote y tenía dos hermanos, uno cristiano y otro musulmán. En una pelea entre los dos hermanos, Rodrigo intervino para poner paz, pero recibió un golpe que lo dejó sin sentido. El hermano musulmán, dándolo por muerto, dijo que se había hecho musulmán. Cuando Rodrigo se recuperó, vio lo peligrosa que iba a ser su situación, por lo que se retiró a la serranía, donde vivió cinco años en paz. Un día que fue a Córdoba, se topó con su hermano musulmán, el cual lo acusó de haber vuelto al cristianismo. Ante el juez, Rodrigo se mantuvo firme en su fe cristiana, por lo que fue encarcelado. En la prisión se encontró con Salomón, un seglar que se había convertido de musulmán en cristiano, por lo que había sido condenado a muerte. Ambos se apoyaban y confortaban mutuamente para afrontar el martirio. Enterado el juez de esa fraternidad, mandó que los separaran. Volvió a llamarlos a juicio y, al no conseguir que renegaran de Cristo y se convirtieran al Islam, mandó ejecutarlos. Camino del lugar de la ejecución, ambos mártires se dieron el ósculo de paz y se animaron a dar la vida por Cristo; el juez intentó una vez más que apostataron, pero no lo consiguió. Fueron decapitados en Córdoba (España) a orillas del río Guadalquivir el 13 de marzo del año 857. San Eulogio de Córdoba es quien nos narra este martirio en su Apologeticus.



BEATO AGNELO DE PISA (a veces llamado Ángel de Pisa). Nació hacia el año 1194 en Pisa, donde se unió a san Francisco en 1211 cuando el Santo estuvo predicando en la ciudad. Pronto se ganó la confianza y aprecio del Santo, que le confió tareas de responsabilidad. Primero lo envió con Fr. Pacífico a Francia, y llegó a ser custodio de París. Más tarde, en 1224, cuando todavía era diácono (recibiría la ordenación sacerdotal posteriormente), le confió que, como provincial, estableciera en Inglaterra la provincia franciscana. Fue un gran promotor de los estudios en la Orden y quien invitó en 1228 al canciller R. Grosseteste a dar clases a los frailes en el convento de Oxford. Asistió al Capítulo general celebrado en Asís el año 1230, tan importante para la vida de la Orden después del fallecimiento de san Francisco. Destacó por su vida de pobreza suma, asidua oración y gran celo apostólico. Murió el año 1235 ó 1236 en Oxford, donde se le tuvo en gran veneración. León XIII confirmó su culto en 1892.



BEATA DULCE LOPES PONTES. Nació en Salvador (Bahía, Brasil) en 1914. A los 13 años visitó con una tía suya las áreas más pobres de su ciudad, hecho que le despertó una gran sensibilidad, y a los 18 ingresó en la Congregación de las Hermanas Misioneras de la Inmaculada Concepción. En 1936 fundó la Unión de Trabajadores de San Francisco, primer movimiento cristiano de obreros en Bahía. Empezó a acoger a enfermos en edificios abandonados, hasta tener que hospedarlos en el convento, convertido en hospital improvisado; después llegó el Hospital San Antonio. Otras fundaciones suyas fueron el Círculo Obrero de Bahía, para fomentar las cooperativas, y el Colegio San Antonio, destinado a los obreros y a sus hijos. Fue candidata al Premio Nobel de la Paz en 1988. Recibió la visita de Juan Pablo II en 1980 y 1991. Murió en Salvador el 13-III-1992. En su vida armonizó la vida de oración intensa y la práctica asidua y generosa de las obras de misericordia.

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San Ansovino. Se educó en la escuela catedralicia de Pavía (Italia). Fue confesor y consejero del rey Ludovico II. El año 850 fue elegido obispo de Camerino, su ciudad natal. Se mostró generoso con los pobres y amante de la paz; no aceptó el episcopado hasta que Ludovico le aseguró que no sería llamado a empuñar las armas. Murió en Camerino el año 868.

Santa Cristina. Por ser cristiana fue azotada con varas hasta expirar, en Persia, el año 559, en tiempo del rey Cosroas I.

San Eldrado. Nació en el seno de una familia provenzal perteneciente a la aristocracia guerrera de los francos. Lo dejó todo para ir en peregrinación a Santiago de Compostela. Después se dirigió al Piamonte (Italia) e ingresó en el monasterio benedictino de Novalesa, cerca de Susa, del que más tarde fue elegido abad. Era un apasionado del culto divino y de la liturgia, revisó el salterio y promovió la construcción de iglesias. Murió hacia el año 840.

Santos Macedonio, Patricia y Modesta de Nicomedia. Macedonio era sacerdote, Patricia era su mujer, y Modesta hija de ambos. Fueron martirizados en Nicomedia de Bitinia (Turquía) en fecha incierta de principios del siglo IV.

San Piencio. Fue obispo de Poitiers (Francia) en el siglo VI, y colaboró en la fundación de monasterios.

San Sabino. Fue un noble egipcio de Hermópolis que, durante la persecución de Diocleciano, tuvo que sufrir muchos tormentos para finalmente ser ahogado en el río Nilo, a causa de su fe. Su muerte se sitúa a finales del siglo III o principios del IV.

Beata Francisca Tréhet. De joven ingresó en la Congregación de Hermanas de Caridad y, de acuerdo con el carisma de la misma, se dedicó a la educación de la infancia y al cuidado de los enfermos. Era de carácter firme y organizador. Llegada la Revolución Francesa, se negó a jurar la constitución civil de clero. Perdió el cargo de maestra, pero siguió trabajando como catequista y visitando enfermos, hasta que la detuvieron, junto a la beata Juana Véron. La condenaron por haber acogido a sacerdotes refractarios y negarse a jurar fidelidad a la patria. La guillotinaron en Ernée (Francia) el año 1794. Subió al patíbulo cantando la "Salve Regina".

Beato Pedro II de Cava. Fue abad del monasterio de Cava dei Tirreni (Campania, Italia). Murió el año 1208.



PARA TENER EL ESPÍRITU DE ORACIÓN Y DEVOCIÓN

Pensamiento bíblico:

Jesús dijo esta parábola: «Uno tenía una higuera plantada en su viña, y fue a buscar fruto en ella, y no lo encontró. Dijo entonces al viñador: "Ya ves, tres años llevo viniendo a buscar fruto en esta higuera, y no lo encuentro. Córtala. ¿Para qué va a perjudicar el terreno?". Pero el viñador respondió: "Señor, déjala todavía este año y mientras tanto yo cavaré alrededor y le echaré estiércol, a ver si da fruto en adelante. Si no, la puedes cortar"» (Lc 13,6-9).

Pensamiento franciscano:

Santa Clara dice de su conversión: -Después que el altísimo Padre celestial se dignó iluminar con su misericordia y su gracia mi corazón para que, siguiendo el ejemplo y la enseñanza de nuestro bienaventurado padre Francisco, yo hiciera penitencia, poco después de su conversión, junto con las pocas hermanas que el Señor me había dado, le prometí voluntariamente obediencia, según la luz de la gracia que el Señor nos había dado por medio de su admirable vida y enseñanza (TestCl 24-27).

Orar con la Iglesia:

Demos gloria y alabanza a Dios Padre que, por medio de su Hijo, nos concede estos días de gracia y de perdón.

-Escucha, Dios de misericordia, nuestra oración en favor de tu Iglesia, y concede a tus fieles desear tu palabra más que el alimento del cuerpo.

-Enséñanos a amar de verdad y con obras a nuestros hermanos los hombres, y a trabajar por su bien y por la concordia mutua.

-Pon tus ojos en los catecúmenos y en quienes avanzan por el camino de la fe, para que no desfallezcan y lleguen a poseerte en plenitud.

-Danos un corazón dócil a la palabra de tu Hijo que nos invita a la penitencia y la conversión.

Oración: Padre de ternura y generosidad, mira con amor a tu pueblo penitente, perdona nuestras culpas y fortalece nuestra débil voluntad. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.

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«CONVERTÍOS..., ESTÁ CERCA EL REINO DE LOS CIELOS»
Benedicto XVI, Homilía en la Parroquia
de San Juan de la Cruz (7-III-2010)

Queridos hermanos y hermanas:

«Convertíos, dice el Señor, porque está cerca el reino de los cielos» hemos proclamado antes del Evangelio de este tercer domingo de Cuaresma, que nos presenta el tema fundamental de este «tiempo fuerte» del año litúrgico: la invitación a la conversión de nuestra vida y a realizar obras de penitencia dignas. Jesús, como hemos escuchado, evoca dos sucesos: una represión brutal de la policía romana dentro del templo (cf. Lc 13,1) y la tragedia de dieciocho muertos al derrumbarse la torre de Siloé (v. 4). La gente interpreta estos hechos como un castigo divino por los pecados de sus víctimas, y, considerándose justa, cree estar a salvo de esa clase de incidentes, pensando que no tiene nada que convertir en su vida. Pero Jesús denuncia esta actitud como una ilusión: «¿Pensáis que esos galileos eran más pecadores que todos los demás galileos, porque han padecido estas cosas? No, os lo aseguro; y si no os convertís, todos pereceréis del mismo modo» (vv. 2-3). E invita a reflexionar sobre esos acontecimientos, para un compromiso mayor en el camino de conversión, porque es precisamente el hecho de cerrarse al Señor, de no recorrer el camino de la conversión de uno mismo, que lleva a la muerte, la del alma.

En Cuaresma, Dios nos invita a cada uno de nosotros a dar un cambio de rumbo a nuestra existencia, pensando y viviendo según el Evangelio, corrigiendo algunas cosas en nuestro modo de rezar, de actuar, de trabajar y en las relaciones con los demás. Jesús nos llama a ello no con una severidad sin motivo, sino precisamente porque está preocupado por nuestro bien, por nuestra felicidad, por nuestra salvación. Por nuestra parte, debemos responder con un esfuerzo interior sincero, pidiéndole que nos haga entender en qué puntos en particular debemos convertirnos.

La conclusión del pasaje evangélico retoma la perspectiva de la misericordia, mostrando la necesidad y la urgencia de volver a Dios, de renovar la vida según Dios. Refiriéndose a un uso de su tiempo, Jesús presenta la parábola de una higuera plantada en una viña; esta higuera resulta estéril, no da frutos (cf. Lc 13,6-9). El diálogo entre el dueño y el viñador, manifiesta, por una parte, la misericordia de Dios, que tiene paciencia y deja al hombre, a todos nosotros, un tiempo para la conversión; y, por otra, la necesidad de comenzar en seguida el cambio interior y exterior de la vida para no perder las ocasiones que la misericordia de Dios nos da para superar nuestra pereza espiritual y corresponder al amor de Dios con nuestro amor filial.

También san Pablo, en el pasaje que hemos escuchado, nos exhorta a no hacernos ilusiones: no basta con haber sido bautizados y comer en la misma mesa eucarística, si no vivimos como cristianos y no estamos atentos a los signos del Señor (cf. 1 Cor 10,1-4).

Queridos hermanos y hermanas, el tiempo fuerte de la Cuaresma nos invita a cada uno de nosotros a reconocer el misterio de Dios, que se hace presente en nuestra vida, como hemos escuchado en la primera lectura. Moisés ve en el desierto una zarza que arde, pero no se consume. En un primer momento, impulsado por la curiosidad, se acerca para ver este acontecimiento misterioso y entonces de la zarza sale una voz que lo llama, diciendo: «Yo soy el Dios de tu padre, el Dios de Abraham, el Dios de Isaac, el Dios de Jacob» (Ex 3,6). Y es precisamente este Dios quien lo manda de nuevo a Egipto con la misión de llevar al pueblo de Israel a la tierra prometida, pidiendo al faraón, en su nombre, la liberación de Israel. En ese momento Moisés pregunta a Dios cuál es su nombre, el nombre con el que Dios muestra su autoridad especial, para poderse presentar al pueblo y después al faraón. La respuesta de Dios puede parecer extraña; parece que responde pero no responde. Simplemente dice de sí mismo: «Yo soy el que soy». «Él es» y esto tiene que ser suficiente. Por lo tanto, Dios no ha rechazado la petición de Moisés, manifiesta su nombre, creando así la posibilidad de la invocación, de la llamada, de la relación. Revelando su nombre Dios entabla una relación entre él y nosotros. Nos permite invocarlo.

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DICHOSOS LOS LIMPIOS DE CORAZÓN,
PORQUE ELLOS VERÁN A DIOS
San Teófilo de Antioquía, Libro a Autólico (Lib 1, 2. 7)

Si tú me dices: «Muéstrame a tu Dios», yo te diré a mi vez: «Muéstrame tú al hombre que hay en ti», y yo te mostraré a mi Dios. Muéstrame, por tanto, si los ojos de tu mente ven, y si oyen los oídos de tu corazón.

Pues de la misma manera que los que ven con los ojos del cuerpo perciben con ellos las realidades de esta vida terrena y advierten las diferencias que se dan entre ellas -por ejemplo, entre la luz y las tinieblas, lo blanco y lo negro, lo deforme y lo bello, lo proporcionado y lo desproporcionado, lo que está bien formado y lo que no lo está, lo que es superfluo y lo que es deficiente en las cosas--, y lo mismo se diga de lo que cae bajo el dominio del oído -sonidos agudos, graves o agradables-, eso mismo hay que decir de los oídos del corazón y de los ojos de la mente, en cuanto a su poder para captar a Dios.

En efecto, ven a Dios los que son capaces de mirarlo, porque tienen abiertos los ojos del espíritu. Porque todo el mundo tiene ojos, pero algunos los tienen oscurecidos y no ven la luz del sol. Y no porque los ciegos no vean ha de decirse que el sol ha dejado de lucir, sino que esto hay que atribuírselo a sí mismos y a sus propios ojos. De la misma manera, tienes tú los ojos de tu alma oscurecidos a causa de tus pecados y malas acciones.

El alma del hombre tiene que ser pura, como un espejo brillante. Cuando en el espejo se produce el orín, no se puede ver el rostro de una persona; de la misma manera, cuando el pecado está en el hombre, el hombre ya no puede contemplar a Dios.

Pero puedes sanar, si quieres. Ponte en manos del médico, y él punzará los ojos de tu alma y de tu corazón. ¿Qué médico es éste? Dios, que sana y vivifica mediante su Palabra y su sabiduría. Pues por medio de la Palabra y de la sabiduría se hizo todo. Efectivamente, la Palabra del Señor hizo el cielo, el aliento de su boca, sus ejércitos. Su sabiduría está por encima de todo: Dios, con su sabiduría, puso el fundamento de la tierra; con su inteligencia, preparó los cielos, con su voluntad, rasgó los abismos, y las nubes derramaron su rocío.

Si entiendes todo esto y vives pura, santa y justamente, podrás ver a Dios; pero la fe y el temor de Dios han de tener la absoluta preferencia de tu corazón, y entonces entenderás todo esto. Cuando te despojes de lo mortal y te revistas de la inmortalidad, entonces verás a Dios de manera digna. Dios hará que tu carne sea inmortal junto con el alma, y entonces, convertido en inmortal, verás al que es inmortal, con tal de que ahora creas en él.

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VOCACIÓN FRANCISCANA
por Lázaro Iriarte, OFMCap

Itinerario penitencial de santa Clara

En un contexto social y familiar diferente del de Francisco, Clara de Favarone recorre su camino de conversión y de descubrimiento progresivo de la vida, a la que Dios la llama, que no dista mucho sustancialmente de los pasos dados por el Santo. Hay una diferencia: ella cuenta con un guía en su respuesta al plan divino: el ejemplo y la palabra del mismo Francisco, experimentado ya en las vías evangélicas y en el seguimiento del Cristo pobre y crucificado. También ella habla de conversión y de vida de penitencia, de los sufrimientos e incertidumbres de los primeros pasos, del «don de las hermanas», de la forma de vida trazada por el Santo; y afirma con énfasis el compromiso asumido de seguir a Cristo en pobreza y humildad, en virtud de la promesa hecha «a Dios y al padre san Francisco».

En su Testamento Clara reconoce haberse encontrado, antes de la conversión, entre las vanidades del mundo. No habla, como Francisco, de pecados: alma transparente, enemiga de hipérboles, no se presenta como una pecadora; por los datos del Proceso y de la Leyenda cabe concluir que ni siquiera condescendió con tales vanidades. Al contrario, educada en la escuela de su madre, Ortolana, en un clima familiar de fe y de piedad cristiana, «cuando comenzó a advertir los primeros estímulos del amor santo, miró como despreciable la flor efímera y falsa de la mundanidad; la unción del Espíritu Santo le daba luz para atribuir escaso valor a las cosas que valen poco».

Precisamente porque en ella no existía el obstáculo de los «pecados» para sentir la compasión por los pobres, ya desde la infancia se preocupaba de la suerte de los mismos; de la mesa bien provista de la casa paterna guardaba manjares, que después hacía llegar secretamente a los pobres.

Quizá fue la única persona de Asís en grado de comprender la locura del joven Francisco después del episodio de la renuncia en presencia del obispo. Contaba unos trece años cuando tuvo noticia de que un grupo de pobres trabajaba en la reconstrucción de Santa María de la Porciúncula y dio a Bona de Guelfuccio, su confidente, una suma de dinero con el encargo de llevarlo a aquellos trabajadores, «para que comprasen carne».

¿Se trataba de Francisco y de sus colaboradores? Es muy probable. En tal caso sería, tal vez, la primera noticia que tuvo el convertido de la hija de los Favarone. Este conocimiento se hizo interés de afinidad espiritual en 1210, cuando Rufino, primo de Clara, entró a formar parte de la fraternidad y Francisco predicó en la catedral, con la cual hacía ángulo la casa de los Favarone.

Algo más tarde, hacia 1211, Francisco se decidió a «arrancarla del mundo» y dieron comienzo aquellas citas secretas, en las cuales la exhortaba a «despreciar el mundo». Parece que la iniciativa de aquellos encuentros, con el riesgo que suponían para una joven de familia noble si el hecho llegaba a conocimiento de los suyos, partió de la misma Clara, la cual, «al oír hablar de Francisco, al punto tuvo deseos de verlo y de escucharle; y no era menor el deseo de él de encontrarla y de hablarle».

Enfervorizada cada día más con esos coloquios, Clara, «inflamada en fuego celeste, dio un adiós tan resuelto a la vanagloria terrena, que en adelante ningún halago mundano pudo pegarse a su corazón... Le resultaba insoportable el hastío de la pompa y ornamento secular y despreciaba como basura todo lo que atrae externamente la admiración, a fin de ganar a Cristo».

Francisco había encontrado en la generosa doncella la condición fundamental, enseñada por él a los hermanos, para acoger «el espíritu del Señor» y abrirse a su acción: «un corazón limpio y una mente pura».

Sabedor de que la familia estaba ya en los preparativos de la boda, Francisco dispuso personalmente el plan de la fuga nocturna. Y Clara acogió sin vacilar semejante locura, que la obligaría, también a ella, a romper con todos los convencionalismos sociales. La fuga tuvo lugar, con pleno éxito, en la noche del 18 al 19 de marzo de 1212. Francisco y los hermanos, «que velaban en oración, la recibieron con antorchas encendidas» en la Porciúncula. Allí, ante el altar de la Virgen, Clara prometió obediencia a Francisco; y él, personalmente, le cortó la cabellera en señal de renuncia al mundo y de consagración a Dios. Siguió la lucha con los familiares.

[Cf. el texto completo en Vocación Franciscana, esp. pp. 42-45]




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