sábado, 11 de marzo de 2017

Año Cristiano Franciscano


DÍA 12 DE MARZO



SAN GREGORIO MAGNO, papa y doctor de la Iglesia. Nació en Roma hacia el año 540. Desempeñó primero diversos cargos públicos, y llegó luego a ser prefecto de la Urbe. Más tarde, distribuyó su patrimonio a los monasterios y se dedicó a la vida monástica bajo la regla benedictina. Fue ordenado diácono por el papa Pelagio II y nombrado legado pontificio en Constantinopla. El 3 de septiembre del año 590 fue elegido papa, cargo que ejerció como verdadero pastor, en su modo de gobernar, en su ayuda a los pobres, en la reforma de la sagrada liturgia, en su actividad misionera y evangelizadora entre los pueblos bárbaros, en la consolidación de la fe del pueblo cristiano. Dejó escritas muchas obras sobre teología moral y dogmática. Murió el 12 de marzo del año 604.- Oración: Oh Dios, que cuidas a tu pueblo con misericordia y lo gobiernas con amor, concede el don de sabiduría, por intercesión del papa san Gregorio Magno, a quienes confiaste la misión del gobierno en tu Iglesia, para que el progreso de los fieles sea el gozo eterno de sus pastores. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.




SAN LUIS ORIONE. Nació en Pontecurone (Piamonte, Italia) el año 1872. Muy joven ingresó en el convento franciscano de Voghera, que al año tuvo que dejar por motivos de salud. Fue alumno de san Juan Bosco en Turín hasta que en 1889 entró en el seminario diocesano de Tortona; se ordenó de sacerdote en 1895. A lo largo de su vida fundó numerosos oratorios, colegios, instituciones, congregaciones, entre los que cabe destacar la Pequeña Obra de la Divina Providencia, dedicada al ejercicio de la caridad, y los Pequeños Cottolengos, para los que sufren y los abandonados, surgidos en la periferia de las grandes ciudades. Su vida estuvo marcada por un gran amor a Cristo y a la Virgen, a la Iglesia y al Papa, y también al hombre, cuerpo y alma. Fue un gran apóstol, valiente e infatigable, lleno de bondad y ternura, entregado en particular a la causa de los que sufren, los marginados, las viudas y los huérfanos, y todos los pobres y desamparados. Falleció en San Remo el 12 de marzo de 1940. Lo canonizó Juan Pablo II el año 2004.



BEATA ÁNGELA SALAWA. Nació en Siepraw (Cracovia, Polonia) en 1881, de familia numerosa, pobre y piadosa. A los 16 años se trasladó a Cracovia para trabajar como empleada de hogar. Dos años después tomó la decisión de buscar la santidad en ese tipo de vida humilde y pobre, el servicio doméstico, permaneciendo en el estado de castidad virginal. Ejerció un apostolado activo entre las demás empleadas de hogar, numerosas entonces. Alimentaba su vida espiritual en la oración, y participaba con fe viva en las celebraciones sagradas, especialmente en la Eucaristía y el Vía crucis. Veneraba a la Madre de Dios con un amor filial. En 1911 sufrió una dolorosa enfermedad y la muerte de su madre y de la señora para quien trabajaba; se vio abandonada por sus compañeras, a las que ya no podía reunir en la casa. En 1912 descubrió que su espíritu de humildad y pobreza tenían una gran afinidad con san Francisco, por lo que decidió profesar la vida de la Orden Franciscana Seglar. Pasó los últimos cinco años de su vida, enferma, en una habitación alquilada. Murió en el hospital de Santa Zita de Cracovia el 12 de marzo del año 1922.

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Sal Elfego el Viejo. Obispo de Winchester (Inglaterra) que, siendo monje benedictino, se había aplicado intensamente a la renovación de la vida monástica. Murió el año 951.

San Inocencio I, papa del año 401 al 417. Gobernó la Iglesia en circunstancias bastante difíciles. Condenó la herejía de Pelagio; con este motivo dijo san Agustín: "Roma locuta, causa finita est". Ante la invasión de los godos, trató de salvar la ciudad de Roma, pero no pudo evitar que Alarico la saquease el año 410. Escribió importantes cartas a muchos obispos para fortalecer la fe y la disciplina. Defendió a san Juan Crisóstomo cuando fue depuesto y desterrado. Murió el año 417.

S. José Zhang Dapeng. Seglar chino, pasó por el budismo y el taoísmo hasta llegar, por influencia de un convertido, al cristianismo. Hizo el catecumenado y recibió el bautismo en 1800. A partir de entonces, y superando situaciones de peligro, abrió su casa a los misioneros y a los catequistas, y colaboró en su apostolado; ayudó cuanto pudo a pobres, enfermos y niños. Fue detenido y, al no lograr su apostasía, lo condenaron a morir crucificado; a él le saltaron las lágrimas de emoción por no considerarse digno de morir así por Cristo. Lo ejecutaron en Guiyang (Guangxi, China) el año 1815.

San Maximiliano. Era un joven de 21 años, hijo de un veterano del ejército, que tenía que seguir la carrera de su padre y enrolarse en la milicia. Pero alegó ante el procónsul Dione que no podía ser soldado porque era cristiano: a un fiel de Cristo no le está permitido derramar sangre. Se negó a prestar el juramento como legionario y a sacrificar a los dioses. Por todo ello fue decapitado en Tebeste de Numidia (en la actual Argelia) el año 295.

Santos Migdón, Eugenio, Máximo, Domna, Mardonio, Pedro, Emaragdo e Hilario. El primero era sacerdote, los demás seglares. Todos ellos fueron martirizados en Nicomedia de Bitinia (en la actual Turquía) el año 303, pero no el mismo día, sino uno por día, a fin de aterrorizar a quienes esperaban su turno y que apostataran.

San Pablo Aureliano. Primer obispo de Saint-Pol-de-Léon, en Bretaña (Francia). Murió el año 573.

Santos Pedro, Doroteo y Gorgonio. El emperador Diocleciano, cuando estuvo en Nicomedia de Bitinia (Turquía) el año 303, se enteró de que en su corte había cristianos y quiso eliminarlos. Mandó que toda su servidumbre sacrificara a los dioses. Pedro, que era mayordomo de la casa imperial, fue el primero en negarse. Entonces el mismo emperador mandó que, llevado a un lugar público, fuera desnudado, suspendido en el aire, azotado, rociadas sus heridas con sal y vinagre, etc., para acabar asado sobre una parrilla. Doroteo y Gorgonio, que también eran domésticos del emperador, protestaron y confesaron su fe cristiana, por lo que fueron sometidos a suplicios parecidos antes de ser ahorcados.

San Teófanes el Cronógrafo. Nació en Constantinopla el año 758 de familia noble y muy rica. Le prepararon el matrimonio, pero él acordó con su esposa vivir en castidad e ingresar cada uno en un monasterio. Distribuyó sus bienes a los pobres y se dedicó a la oración y la penitencia como ermitaño un tiempo y como monje otro. Recibió la ordenación sacerdotal. Escribió la "Cronografía" que le valió el sobrenombre. Defendió el culto de las imágenes sagradas frente a los iconoclastas. Por ello estuvo un par de años en la cárcel y el emperador León el Armenio lo desterró a la isla de Samotracia, donde murió el año 817.

Beata Fina de San Geminiano. Nació en San Geminiano (Toscana) en 1238, y murió allí mismo en 1253. Tuvo una vida breve, pero espiritualmente muy intensa, en medio de graves enfermedades y desgracias. Quedó paralítica a los diez años, perdió a su madre, el cuerpo se le llenó de llagas. Todo lo afrontó con paciencia, con plena entrega a la voluntad de Dios, uniéndose a la pasión de Cristo. Era un ejemplo de vida cristiana para cuantos la visitaban.

Beato Jerónimo Gherarducci. Sacerdote de la Orden de Ermitaños de San Agustín. Aparte su vida de oración, fue característica de su apostolado su entrega a la pacificación de los ánimos y de los pueblos en tiempo de luchas fratricidas. Murió en su ciudad natal, Recanati (Marcas, Italia), el año 1350. En memoria suya, sus conciudadanos elegían cada año a personas que mediaran como pacificadoras en los conflictos ciudadanos.

Beata Justina Francucci Bezzoli. De joven ingresó en un monasterio benedictino de Arezzo (Toscana, Italia), su pueblo natal. Estuvo algún tiempo llevando vida eremítica fuera del monasterio, pero no tardó en regresar a la vida claustral para progresar en su entrega al Señor. Murió el año 1319.



PARA TENER EL ESPÍRITU DE ORACIÓN Y DEVOCIÓN

Pensamiento bíblico:

«El Verbo vino al mundo. En el mundo estaba; el mundo se hizo por medio de él, y el mundo no lo conoció. Vino a su casa, y los suyos no lo recibieron. Pero a cuantos lo recibieron, les dio poder de ser hijos de Dios... Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros, y hemos contemplado su gloria: gloria como del Unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad... Pues de su plenitud todos hemos recibido, gracia tras gracia» (cf. Jn 1,9-16).

Pensamiento franciscano:

Dice san Francisco en su Testamento: -Después que el Señor me dio hermanos, nadie me ensañaba qué debería hacer, sino que el Altísimo mismo me reveló que debería vivir según la forma del santo Evangelio. Y yo hice que se escribiera en pocas palabras y sencillamente, y el señor Papa me lo confirmó (Test 14-15).

Orar con la Iglesia:

Adoremos a Cristo, que se despojó de su rango y se hizo en todo igual a nosotros menos en el pecado.

-Tú que al entrar en el mundo has inaugurado el tiempo nuevo anunciado por los profetas, haz que tu Iglesia se renueve sin cesar.

-Tú que asumiste las debilidades de los hombres, dígnate ser luz para los ciegos, fuerza para los débiles, consuelo para los tristes.

-Tú que naciste pobre y humilde, mira con amor a los pobres y dígnate consolarlos.

-Tú que por tu nacimiento terreno anuncias a todos la alegría de una vida feliz, conforta a los que sufren y a cuantos los atienden.

Oración: Concédenos, Señor, que ahora acojamos gozosos a tu Hijo como redentor, y que también podamos recibirlo confiados cuando venga como juez. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.

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«EL VERBO SE HIZO CARNE» (Jn 1,14)
Benedicto XVI, Mensaje de Navidad (25-XII-2010)

Queridos hermanos y hermanas: Dios se hizo hombre, vino a habitar entre nosotros. Dios no está lejano: está cerca; más aún, es el Emmanuel, Dios-con-nosotros. No es un desconocido: tiene un rostro, el de Jesús.

Es un mensaje siempre nuevo, siempre sorprendente, porque supera nuestras esperanzas más audaces. Especialmente porque no es sólo un anuncio: es un acontecimiento, un suceso, que testigos fiables vieron, oyeron y tocaron en la Persona de Jesús de Nazaret. Al estar con él, observando lo que hacía y escuchando sus palabras, reconocieron en Jesús al Mesías; y, viéndolo resucitado, después de haber sido crucificado, tuvieron la certeza de que él, verdadero hombre, era al mismo tiempo verdadero Dios, el Hijo unigénito venido del Padre, lleno de gracia y de verdad (cf. Jn 1,14).

«El Verbo se hizo carne». Ante esta revelación, vuelve a surgir una vez más en nosotros la pregunta: ¿Cómo es posible? El Verbo y la carne son realidades opuestas; ¿cómo puede convertirse la Palabra eterna y omnipotente en un hombre frágil y mortal? No hay más que una respuesta: el Amor. El que ama quiere compartir con el amado, quiere estar unido a él; y la Sagrada Escritura nos presenta precisamente la gran historia del amor de Dios por su pueblo, que culmina en Jesucristo.

En realidad, Dios no cambia: es fiel a sí mismo. El que creó el mundo es el mismo que llamó a Abraham y que reveló su Nombre a Moisés: Yo soy el que soy... el Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob... Dios misericordioso y compasivo, rico en amor y fidelidad (cf. Ex 3,14-15; 34,6). Dios no cambia. Desde siempre y por siempre es Amor. Es en sí mismo comunión, unidad en la Trinidad, y cada una de sus obras y palabras tienden a la comunión. La encarnación es la cumbre de la creación. Cuando en el seno de María, por la voluntad del Padre y la acción del Espíritu Santo, se formó Jesús, Hijo de Dios hecho hombre, la creación alcanzó su cima. El principio ordenador del universo, el Logos, comenzó a existir en el mundo, en un tiempo y en un lugar.

«El Verbo se hizo carne». La luz de esta verdad se manifiesta a quien la acoge con fe, porque es un misterio de amor. Sólo los que se abren al amor son envueltos por la luz de la Navidad. Así fue en la noche de Belén, y así es también hoy. La encarnación del Hijo de Dios es un acontecimiento que ocurrió en la historia, pero que al mismo tiempo la supera. En la noche del mundo se enciende una nueva luz, que se deja ver por los ojos sencillos de la fe, por el corazón manso y humilde de quien espera al Salvador. Si la verdad fuera sólo una fórmula matemática, en cierto sentido se impondría por sí misma. Pero si la Verdad es Amor, exige la fe, el «sí» de nuestro corazón.

En efecto, ¿qué busca nuestro corazón sino una Verdad que sea Amor? La busca el niño, con sus preguntas tan desconcertantes y estimulantes; la busca el joven, que necesita encontrar el sentido profundo de su vida; la buscan el hombre y la mujer en su madurez, para orientar y apoyar el compromiso en la familia y en el trabajo; la busca la persona anciana, para dar cumplimiento a la existencia terrena.

«El Verbo se hizo carne». El anuncio de la Navidad también es luz para los pueblos, para el camino conjunto de la humanidad. El Emmanuel, Dios-con-nosotros, ha venido como Rey de justicia y de paz. Como sabemos, su reino no es de este mundo; sin embargo, es más importante que todos los reinos de este mundo. Es como la levadura de la humanidad: si faltara, desaparecería la fuerza que lleva adelante el verdadero desarrollo, el impulso a colaborar por el bien común, al servicio desinteresado del prójimo, a la lucha pacífica por la justicia. Creer en el Dios que ha querido compartir nuestra historia es un estímulo constante a comprometerse en ella, incluso en medio de sus contradicciones. Es motivo de esperanza para todos aquellos cuya dignidad es ofendida y violada, porque Aquel que nació en Belén vino a liberar al hombre de la raíz de toda esclavitud.

Queridos hermanos y hermanas, «el Verbo se hizo carne», puso su morada entre nosotros, es el Emmanuel, el Dios que se ha hecho cercano a nosotros. Contemplemos juntos este gran misterio de amor; dejémonos iluminar el corazón por la luz que brilla en la cueva de Belén.

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EL VERBO HECHO CARNE NOS DIVINIZA
San Hipólito, Refutación de todas las herejías (10, 33-34)

No prestamos nuestra adhesión a discursos vacíos ni nos dejamos seducir por pasajeros impulsos del corazón, como tampoco por el encanto de discursos elocuentes, sino que nuestra fe se apoya en las palabras pronunciadas por el poder divino. Dios se las ha ordenado a su Palabra, y la Palabra las ha pronunciado, tratando con ellas de apartar al hombre de la desobediencia, no dominándolo como a un esclavo por la violencia que coacciona, sino apelando a su libertad y plena decisión.

Fue el Padre quien envió la Palabra, al fin de los tiempos. Quiso que no siguiera hablando por medio de un profeta, ni que se hiciera adivinar mediante anuncios velados; sino que le dijo que se manifestara a rostro descubierto, a fin de que el mundo, al verla, pudiera salvarse.

Sabemos que esta Palabra tomó un cuerpo de la Virgen, y que asumió al hombre viejo, transformándolo. Sabemos que se hizo hombre de nuestra misma condición, porque, si no hubiera sido así, sería inútil que luego nos prescribiera imitarle como maestro. Porque, si este hombre hubiera sido de otra naturaleza, ¿cómo habría de ordenarme las mismas cosas que él hace, a mí, débil por nacimiento, y cómo sería entonces bueno y justo?

Para que nadie pensara que era distinto de nosotros, se sometió a la fatiga, quiso tener hambre y no se negó a pasar sed, tuvo necesidad de descanso y no rechazó el sufrimiento, obedeció hasta la muerte y manifestó su resurrección, ofreciendo en todo esto su humanidad como primicia, para que tú no te descorazones en medio de tus sufrimientos, sino que, aun reconociéndote hombre, aguardes a tu vez lo mismo que Dios dispuso para él.

Cuando contemples ya al verdadero Dios, poseerás un cuerpo inmortal e incorruptible, junto con el alma, y obtendrás el reino de los cielos, porque, sobre la tierra, habrás reconocido al Rey celestial; serás íntimo de Dios, coheredero de Cristo, y ya no serás más esclavo de los deseos, de los sufrimientos y de las enfermedades, porque habrás llegado a ser dios.

Porque todos los sufrimientos que has soportado, por ser hombre, te los ha dado Dios precisamente porque lo eras; pero Dios ha prometido también otorgarte todos sus atributos, una vez que hayas sido divinizado y te hayas vuelto inmortal. Es decir, conócete a ti mismo mediante el conocimiento de Dios, que te ha creado, porque conocerlo y ser conocido por él es la suerte de su elegido.

No seáis vuestros propios enemigos, ni os volváis hacia atrás, porque Cristo es el Dios que está por encima de todo: él ha ordenado purificar a los hombres del pecado, y él es quien renueva al hombre viejo, al que ha llamado desde el comienzo imagen suya, mostrando, por su impronta en ti, el amor que te tiene. Y, si tú obedeces sus órdenes y te haces buen imitador de este buen maestro, llegarás a ser semejante a él y recompensado por él; porque Dios no es pobre, y te divinizará para su gloria.

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VOCACIÓN FRANCISCANA
por Lázaro Iriarte, OFMCap

Francisco descubre el Evangelio como proyecto de «vida»

El tercer estadio de la conversión de Francisco tuvo una larga espera purificante en soledad y oración. Se sentía solo, rechazado por los suyos, mirado por todos como un pobre desequilibrado.

Fueron, más o menos, dos años y medio de grande sufrimiento interior, como no podía ser menos en aquel viraje total de la vida. Es la típica situación del convertido, que ve con claridad lo que ya ha terminado para él, lo que Dios no acepta en su vida, pero aún no ha descubierto «el camino»: se siente impulsado hacia lo desconocido, abandonado a la acción divina.

Un anticipo del descubrimiento definitivo lo tuvo el día en que se dispuso a ejecutar, con prontitud caballeresca, la orden recibida del Crucificado de reparar la iglesita de San Damián. Fuese a casa, tomó consigo las mejores telas del almacén de su padre, cargó el caballo y, en Foligno, vendió telas y caballo. Vuelto a Asís, fue a encontrar al capellán de San Damián para darle el encargo de reconstruir la iglesia. Razonaba todavía como buen rico cristiano. Pero el sacerdote rehusó recibir aquel dinero.

Semejante negativa fue interpretada por el joven convertido como un rechazo, por parte del Señor, de sus recursos humanos: aceptaba sólo su persona, no sus bienes. Arrojó la bolsa en una ventana, despreciando el dinero como si fuera polvo. «Hubiera querido emplearlo todo en socorrer a los pobres y en restaurar la capilla» (1 Cel 14); pero ahora tenía que llegar a la conclusión de que, para ser verdadero hermano de los pobres, había que hacerse pobre como ellos y de que las obras de Dios no se hacen con dinero, sino con la donación personal.

Después de la renuncia total en manos de su padre y de su primera y dura experiencia de la pobreza alegre, regresó a Asís, dispuesto a poner por obra el mandato del Señor crucificado, pero con sus propias manos. Hubo de aprender el oficio de albañil, mendigar el material piedra a piedra y pedir la colaboración de otros pobres, compartiendo con ellos las limosnas. Así, sin dinero, logró reconstruir no sólo una iglesia, sino luego una segunda y después una tercera, y hubiera continuado reconstruyendo iglesias, si una nueva manifestación del designio divino no le hubiera hecho ver que aquel servicio prestado al Cristo pobre no era sino un adiestramiento simbólico para su grande misión en la santa madre Iglesia.

En adelante el dinero no contará absolutamente en su vida; lo excluirá decididamente más tarde, en la Regla, de los medios de presencia y de acción de su fraternidad.

Esta postura le fue confirmada en forma definitiva el día en que, asistiendo a la misa en la iglesita de la Porciúncula, la tercera reconstruida por él, se sintió interpelado por la página evangélica de la misión. El texto escuchado debió de ser el de Lc 10,1-9: Jesús manda a sus discípulos a anunciar el Reino, con mansedumbre de corderos, sin provisiones de viaje, sin bolsa, llevando el saludo de paz, comiendo lo que les sea puesto delante, curando a los enfermos...

Terminada la misa, se hizo explicar por el sacerdote aquel evangelio. Fue como el despuntar de un día radiante tras una larga noche: «Al momento, fuera de sí por el gozo y movido del espíritu de Dios, exclamó: ¡Esto es lo que yo quería, esto es lo que yo buscaba, esto lo que me propongo poner en práctica con todo mi corazón!».

Sin esperar más, abandona su atuendo de peregrino, que hasta entonces había sido el signo público de su «vida de penitencia», y se presenta vestido de una sencilla túnica ideada por él mismo, ceñida con una cuerda, y con los pies descalzos, anunciando el reino de Dios e invitando a la conversión. Sucedía esto «en el tercer año de su conversión» (1 Cel 21-23).

He aquí el primer efecto del descubrimiento de su vocación evangélica: Francisco siente como una necesidad vital de llevar a los hombres todo cuanto el Señor le va comunicando en el secreto de la contemplación; es un mensaje que él anuncia «con gran fervor de espíritu y gozo de su alma» (1 Cel 23), como quien tiene una «buena nueva» que interesa a todos.

Ahora, además, tiene finalmente una vida que vivir él y que compartir con otros. Así fue: a los pocos días comenzaron a agruparse en torno a él los primeros discípulos, para adoptar la misma manera «de vestir y de vivir». Y Francisco se vio fundador sin pensarlo. No le asustó este nuevo signo de la voluntad divina. Acogió al primer llegado, Bernardo de Quintavalle, con un abrazo. Había tenido que aceptar aquella larga soledad, él, Francisco, tan dado por su natural a la amistad, tan sociable.

[Cf. el texto completo en Vocación Franciscana, esp. pp. 38-41]

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