viernes, 10 de marzo de 2017

Año Cristiano Franciscano


DÍA 11 DE MARZO

 

SAN EULOGIO DE CÓRDOBA. Nació en Córdoba a comienzos del siglo IX y en esta ciudad ejerció su ministerio sacerdotal. Es el principal escritor de la Iglesia mozárabe, y uno de sus santos más importantes. Dada la difícil situación de la comunidad cristiana española por la dominación árabe, san Eulogio fue siempre consuelo y aliento para todos los perseguidos por su fe. Lo decapitaron, por vivir y confesar públicamente la fe cristiana, el 11 de marzo del año 859, cuando había sido preconizado arzobispo de Toledo; en España su fiesta se celebra el 9 de enero.- Oración: Señor y Dios nuestro: tú que, en la difícil situación de la Iglesia mozárabe, suscitaste en san Eulogio un espíritu heroico para la confesión intrépida de la fe, concédenos superar con gozo y energía, fortalecidos por ese mismo espíritu, todas nuestras situaciones adversas. Por Jesucristo, nuestro
Señor. Amén.



SAN MARCOS CHONG UI-BAE Y SAN ALEJO U SE-YONG. Son dos seglares coreanos. Marcos nació en 1795 de familia noble. Estudió magisterio, contrajo matrimonio y enviudó sin tener hijos. El martirio de dos sacerdotes lo impresionó. Buscó información sobre el cristianismo, llegó a la fe y se bautizó. Mereció la confianza de los misioneros, que lo encargaron de la catequesis y de la atención a los pobres. Volvió a casarse y adoptó un hijo. Cuando arreció la persecución, ayudó a muchos a escapar y esconderse, pero él permaneció en su puesto, y fue arrestado. Tras negarse con firmeza a apostatar, lo condenaron a muerte. Alejo era un joven rico de 19 años, inteligente y traductor. Oyó hablar del cristianismo y viajó para encontrarse con el obispo san Simeón Berneux. Éste se lo encomendó a Marcos para que lo instruyera en la fe, y en su momento se le administró el bautismo. Dejó su familia y se fue a vivir con Marcos, a quien ayudó en la traducción de libros religiosos. Cuando lo detuvieron, renegó de su fe, y lo dejaron libre. Pero se arrepintió y buscó a san Simeón, que estaba en la cárcel. Se confesó y recibió la absolución. Cuando supieron que había vuelto a la fe, lo arrestaron de nuevo; esta vez, a pesar de las torturas, se mantuvo firme. Los dos tuvieron que sufrir los insultos y burlas de familiares y vecinos, y fueron decapitados en Sai-Nam-The (Corea) el 11 de marzo de 1866.



BEATO JUAN BAUTISTA RIGHI DE FABRIANO. Nació en Fabriano (Ancona, Italia) hacia el año 1469, de la noble familia de los Righi. Desde niño le inculcaron en casa la fe y la espiritualidad cristiana, dándole el aire caballeresco típico de la Edad Media. La lectura de la vida de san Francisco lo llevó a ingresar en su Orden en el convento de Forano. Ordenado de sacerdote, lo destinaron a Cupramontana (Ancona) donde permaneció hasta su muerte, llevando largo tiempo vida solitaria y penitente como ermitaño, y alimentando su espíritu en la lectura de los Santos Padres. Su labor pastoral en el púlpito y en el confesonario benefició a multitud de fieles, que acudían a él atraídos por su vida de extrema austeridad, su humildad y su exquisita delicadeza para con todos. Murió el 11 de marzo de 1539.



BEATO JUAN KEARNEY. Es uno de los 17 mártires irlandeses beatificados por Juan Pablo II en 1992, cuya memoria colectiva se celebra el 20 de junio. En el siglo XVI se desató en Inglaterra e Irlanda la persecución contra los católicos que profesaban la autoridad suprema del Romano Pontífice y no reconocían a la Reina como cabeza de la Iglesia. Juan nació en Cashel (Irlanda) en 1619. Entró de joven en la Orden franciscana, estudió en Lovaina y recibió la ordenación sacerdotal en Bruselas. En 1644, cuando regresaba a su patria, fue apresado, torturado y condenado a muerte en Londres. Consiguió escapar y llegar a Irlanda donde estuvo ejerciendo el ministerio sacerdotal. Cuando en 1653 Cromwell subió al poder, Juan tuvo que esconderse. Fue capturado, maltratado y condenado por haber ejercido el ministerio sacerdotal. Confesando su fe católica y su fidelidad al papa, fue ahorcado en Clonmel (Irlanda) el 11 de marzo de 1653.

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San Benito de Milán. Fue obispo de Milán. De él se sabe que edificó el monasterio benedictino de Porta Nova, en Milán, y que catequizó al rey Caedwalla de Wessex, al que acompañó a Roma para que lo bautizara el papa Sergio I. Murió el año 725.

San Constantino de Escocia. Llevó una vida escandalosa como rey de Cornualles. Luego se convirtió e hizo penitencia en un monasterio de Irlanda. Volvió a Escocia a predicar el Evangelio bajo la dirección de san Columbano, del que era discípulo, y fue martirizado por unos paganos fanáticos. Vivió en la segunda mitad del siglo VI.

Santo Domingo Cam. Nació en Tonkín de padres paganos en 1800. En su adolescencia se convirtió al cristianismo e ingresó en la Tercera Orden de Santo Domingo. Preparado por los misioneros, recibió la ordenación sacerdotal. Ejerció su ministerio con gran celo y fervor. En la persecución iniciada en 1851 tuvo que pasar a la clandestinidad, desde la que, con riesgo de su vida, administraba los sacramentos y atendía a los fieles. Lo arrestaron acusado de profesar una religión prohibida. Pasó unos meses en la cárcel, que aprovechó para hacer apostolado, y fue decapitado el año 1859 en Hung Yen (Tonkín), bajo el emperador Tu-Duc.

San Oengo el Culdeo. Monje del monasterio de Tallaght (Irlanda), a quien llamaban "Culdeo", es decir, monje. Compuso un martirologio de los santos de Irlanda, y murió hacia el año 824.

San Pionio de Esmirna. Sacerdote que, por haber hecho en público una apología en defensa de la fe cristiana en tiempo de persecución, lo detuvieron y encarcelaron. En la prisión confortó con su palabra y su ejemplo a muchos hermanos para afrontar el martirio. Fue cruelmente torturado y por último quemado vivo en Esmirna (en la actual Turquía) hacia el año 250.

San Sofronio. Nació en Damasco y de joven ingresó en el monasterio de San Sabas. Luego estuvo viajando para conocer los monasterios más famosos, al tiempo que combatía la herejía monofisita (una sola naturaleza en Cristo). El año 634 fue elegido patriarca de Jerusalén. Entonces tuvo que pelear duramente contra la herejía monotelita, que recortaba la figura de Cristo y que tenía el apoyo de la corte imperial de Constantinopla. Vivió las trágicas circunstancias de la invasión de los musulmanes y en el 638 le tocó entregar la ciudad al califa Omar. Murió el año 639.

Santos Trófimo y Tales. Fueron martirizados después de sufrir terribles tormentos en Laodicea (Siria), a principios del siglo IV, durante la persecución del emperador Diocleciano.

San Vicente. Fue abad del monasterio de San Claudio, en León (España), y murió el año 630.

San Vindiciano. Fue obispo de Cambrai y Arras. Invitó al rey Teodorico III a expiar con la penitencia el crimen que había cometido al asesinar a san Leodegario. Murió en Hainault, región de Neustria (en la actualidad Francia) hacia el año 712.

Beato Tomás Atkinson. Nació en Yorkshire (Inglaterra) el año 1546. Marchó a Francia para estudiar la carrera eclesiástica y recibir la ordenación sacerdotal, cosa que obtuvo en 1588. Aquel mismo año regresó a su patria, en la que pudo estar ejerciendo su ministerio muchos años, aunque en medio de fatigas y peligros. Solía caminar a pie y de noche, hasta que se rompió una pierna. Era muy atento a las necesidades de los pobres, consiguió que muchos apóstatas volvieran a la Iglesia católica y confortó en la fe a multitud de católicos. Lo detuvieron y sólo por ser sacerdote católico lo ahorcaron y descuartizaron en York el año 1616.



PARA TENER EL ESPÍRITU DE ORACIÓN Y DEVOCIÓN

Pensamiento bíblico:

Dijo san Pablo a los Gálatas: -No os engañéis: de Dios nadie se burla. Lo que uno siembre, eso cosechará. El que siembra para la carne, de la carne cosechará corrupción; el que siembre para el espíritu, del Espíritu cosechará vida eterna. No nos cansemos de hacer el bien, que, si no desmayamos, a su tiempo cosecharemos. Por tanto, mientras tenemos ocasión, hagamos el bien a todos, especialmente a la familia de la fe (Gál 6,7-10).

Pensamiento franciscano:

Celano dice de Francisco: -¿Qué lengua puede expresar la compasión que tuvo este hombre para con los pobres? Poseía, ciertamente, una clemencia ingénita, duplicada por una piedad infusa. Por eso, el alma de Francisco desfallecía a la vista de los pobres; y a los que no podía echar una mano, les mostraba el afecto. Toda indigencia, toda penuria que veía, lo arrebataba hacia Cristo, centrándolo plenamente en él. En todos los pobres veía al Hijo de la señora pobre llevando desnudo en el corazón a quien ella llevaba desnudo en los brazos (2 Cel 83).

Orar con la Iglesia:

Oremos con toda confianza a Cristo, el Señor, que nos mandó velar y orar para no desfallecer ni caer en la tentación.

-Señor, tú prometiste estar con tus discípulos cuando se reunieran en tu nombre para orar; haz que oremos de tal manera que te sientas a gusto entre nosotros.

-Purifica de todo pecado a la Iglesia penitente, y haz que viva siempre en la esperanza y el gozo del Espíritu Santo.

-Tú nos mandaste estar atentos al bien del prójimo, en especial del más necesitado, haz que nuestro comportamiento haga manifiesto tu amor paterno.

-Rey pacífico, concédenos que tu paz reine en el mundo y que nosotros trabajemos sin cesar para conseguirla.

Oración: Señor, mira con amor a tu familia, y aviva en el espíritu de quienes moderan su cuerpo con la penitencia el deseo de poseerte. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.

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LA CONVERSIÓN VENCE EL MAL EN SU RAÍZ
Benedicto XVI, Ángelus del 11de marzo de 2007

Queridos hermanos y hermanas:

La página del evangelio de san Lucas, que se proclama en el tercer domingo de Cuaresma, refiere el comentario de Jesús sobre dos hechos de crónica. El primero: la revuelta de algunos galileos, que Pilato reprimió de modo sangriento; el segundo, el desplome de una torre en Jerusalén, que causó dieciocho víctimas. Dos acontecimientos trágicos muy diversos: uno, causado por el hombre; el otro, accidental. Según la mentalidad del tiempo, la gente tendía a pensar que la desgracia se había abatido sobre las víctimas a causa de alguna culpa grave que habían cometido. Jesús, en cambio, dice: «¿Pensáis que esos galileos eran más pecadores que todos los demás galileos?... O aquellos dieciocho, ¿pensáis que eran más culpables que los demás hombres que habitaban en Jerusalén?» (Lc 13,2.4). En ambos casos, concluye: «No, os lo aseguro; y si no os convertís, todos pereceréis del mismo modo» (Lc 13,3.5).

Por tanto, el mensaje que Jesús quiere transmitir a sus oyentes es la necesidad de la conversión. No la propone en términos moralistas, sino realistas, como la única respuesta adecuada a acontecimientos que ponen en crisis las certezas humanas. Ante ciertas desgracias -advierte- no se ha de atribuir la culpa a las víctimas. La verdadera sabiduría es, más bien, dejarse interpelar por la precariedad de la existencia y asumir una actitud de responsabilidad: hacer penitencia y mejorar nuestra vida. Esta es sabiduría, esta es la respuesta más eficaz al mal, en cualquier nivel, interpersonal, social e internacional. Cristo invita a responder al mal, ante todo, con un serio examen de conciencia y con el compromiso de purificar la propia vida. De lo contrario -dice- pereceremos, pereceremos todos del mismo modo.

En efecto, las personas y las sociedades que viven sin cuestionarse jamás tienen como único destino final la ruina. En cambio, la conversión, aunque no libra de los problemas y de las desgracias, permite afrontarlos de "modo" diverso. Ante todo, ayuda a prevenir el mal, desactivando algunas de sus amenazas. Y, en todo caso, permite vencer el mal con el bien, si no siempre en el plano de los hechos -que a veces son independientes de nuestra voluntad-, ciertamente en el espiritual. En síntesis: la conversión vence el mal en su raíz, que es el pecado, aunque no siempre puede evitar sus consecuencias.

Pidamos a María santísima, que nos acompaña y nos sostiene en el itinerario cuaresmal, que ayude a todos los cristianos a redescubrir la grandeza, yo diría, la belleza de la conversión. Que nos ayude a comprender que hacer penitencia y corregir la propia conducta no es simple moralismo, sino el camino más eficaz para mejorarse a sí mismo y mejorar la sociedad. Lo expresa muy bien una feliz sentencia: Es mejor encender una cerilla que maldecir la oscuridad.

[Después del Ángelus] Pidamos a la Virgen María que acompañe con su intercesión nuestro esfuerzo de conversión, para que la participación en el misterio pascual de Cristo renueve espiritualmente nuestras vidas y produzca en nosotros abundantes frutos de santidad, amando a Dios y a los hermanos.

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SOMOS LAS PIEDRAS VIVAS
CON LAS QUE SE EDIFICA EL TEMPLO DE DIOS
San Agustín, Comentario sobre el salmo 130 (1-3)

Con frecuencia hemos advertido a vuestra Caridad que no hay que considerar los salmos como la voz aislada de un hombre que canta, sino como la voz de todos aquellos que están en el Cuerpo de Cristo. Y como en el Cuerpo de Cristo están todos, habla como un solo hombre, pues él es a la vez uno y muchos. Son muchos considerados aisladamente; son uno en aquel que es uno. Él es también el templo de Dios, del que dice el Apóstol: El templo de Dios es santo: ese templo sois vosotros: todos los que creen en Cristo y, creyendo, aman. Pues en esto consiste creer en Cristo: en amar a Cristo; no a la manera de los demonios, que creían, pero no amaban. Por eso, a pesar de creer, decían: ¿Qué tenemos nosotros contigo, Hijo de Dios? Nosotros, en cambio, de tal manera creamos que, creyendo en él, le amemos y no digamos: ¿Qué tenemos nosotros contigo?, sino digamos más bien: «Te pertenecemos, tú nos has redimido».

Efectivamente, todos cuantos creen así, son como las piedras vivas con las que se edifica el templo de Dios, y como la madera incorruptible con que se construyó aquella arca que el diluvio no consiguió sumergir. Este es el templo -esto es, los mismos hombres- en que se ruega a Dios y Dios escucha. Sólo al que ora en el templo de Dios se le concede ser escuchado para la vida eterna. Y ora en el templo de Dios el que ora en la paz de la Iglesia, en la unidad del cuerpo de Cristo. Este Cuerpo de Cristo consta de una multitud de creyentes esparcidos por todo el mundo; y por eso es escuchado el que ora en el templo. Ora, pues, en espíritu y en verdad el que ora en la paz de la Iglesia, no en aquel templo que era sólo una figura.

A nivel de figura, el Señor arrojó del templo a los que en el templo buscaban su propio interés, es decir, los que iban al templo a comprar y vender. Ahora bien, si aquel templo era una figura, es evidente que también en el Cuerpo de Cristo -que es el verdadero templo del que el otro era una imagen- existe una mezcolanza de compradores y vendedores, esto es, gente que busca su interés, no el de Jesucristo.

Y puesto que los hombres son vapuleados por sus propios pecados, el Señor hizo un azote de cordeles y arrojó del templo a todos los que buscaban sus intereses, no los de Jesucristo.

Pues bien, la voz de este templo es la que resuena en el salmo. En este templo -y no en el templo material- se ruega a Dios, como os he dicho, y Dios escucha en espíritu y en verdad. Aquel templo era una sombra, figura de lo que había de venir. Por eso aquel templo se derrumbó ya. ¿Quiere decir esto que se derrumbó nuestra casa de oración? De ningún modo. Pues aquel templo que se derrumbó no pudo ser llamado casa de oración, de la que se dijo: Mi casa es casa de oración, y así la llamarán todos los pueblos. Y ya habéis oído lo que dice nuestro Señor Jesucristo: Escrito está: «Mi casa es casa de oración para todos los pueblos»; pero vosotros la habéis convertido en una «cueva de bandidos».

¿Acaso los que pretendieron convertir la casa de Dios en una cueva de bandidos, consiguieron destruir el templo? Del mismo modo, los que viven mal en la Iglesia católica, en cuanto de ellos depende, quieren convertir la casa de Dios en una cueva de bandidos; pero no por eso destruyen el templo. Pero llegará el día en que, con el azote trenzado con sus pecados, serán arrojados fuera. Por el contrario, este templo de Dios, este Cuerpo de Cristo, esta asamblea de fieles tiene una sola voz y como un solo hombre canta en el salmo. Esta voz la hemos oído en muchos salmos; oigámosla también en éste. Si queremos, es nuestra voz; si queremos, con el oído oímos al cantor, y con el corazón cantamos también nosotros. Pero si no queremos, seremos en aquel templo como los compradores y vendedores, es decir, como los que buscan sus propios intereses: entramos, sí, en la Iglesia, pero no para hacer lo que agrada a los ojos de Dios.

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VOCACIÓN FRANCISCANA
por Lázaro Iriarte, OFMCap

Francisco descubre al Cristo hermano

El Cristo se le ha revelado a Francisco, por fin, en el pobre más pobre de la Edad Media, el leproso. Desde ahora irá a encontrarse gustosamente con Él en los hermanos cristianos, nombre que daba a los leprosos. Y ¡cómo agradaba a Francisco designar con este nombre popular a aquellas configuraciones vivas del Señor paciente! Lo que a sus ojos les hacía más dignos de lástima era aquel alejamiento del consorcio humano a que se veían condenados.

Comprendemos ahora, en su contexto histórico, la afirmación inicial del Testamento. Fue el Señor quien «le llevó entre los leprosos» para convertirle. Descubierto el Cristo en el pobre, ya se halla preparado para descubrirlo como «Hermano» en la imagen del crucifijo de San Damián, cuya visión es referida seguidamente en todas las fuentes biográficas. Para entonces se hallaba «cambiado por completo en el corazón», dice Tomás de Celano (2 Cel 10).

Sigue después la ruptura con su padre Pedro Bernardone y el desenlace aparatoso ante el obispo, cuando el convertido, desnudo, liberado de todo lazo y de todo convencionalismo, se lanza al riesgo de la nueva vida, confiándose únicamente al Padre del cielo.

Celano le describe ebrio de gozo por la libertad nueva que ahora gustaba su espíritu, pregonando su dicha en provenzal, bosque adelante. Va a pedir trabajo a una abadía, y allí tiene que probar desnudez y hambre. En Gubbio un amigo le proporciona el vestido indispensable. Por fin, «se trasladó a los leprosos y vivió con ellos, sirviéndoles con toda diligencia por Dios; lavábales las llagas pútridas y se las curaba» (1 Cel 17).

Fue su noviciado. Y sería también el noviciado de sus primeros seguidores. Persuadido de que el Cristo acaba por revelarse siempre a quien le busca en el necesitado, les ofrecerá como un regalo esa experiencia tan rica para él en dulces resultados.

La fe de Francisco siguió vivificada toda la vida por el primer descubrimiento de ese «sacramento» de la presencia de Cristo en el pobre: «Cuanto hallaba de deficiencia o de penuria en cualquiera que fuese, lo refería a Cristo con rapidez y espontaneidad, hasta el punto de leer en cada pobre al Hijo de la Señora pobre... Cuando ves un pobre -decía a sus hermanos- tienes delante un espejo donde ver al Señor y su Madre pobre. Y asimismo en los enfermos debes considerar las enfermedades que Él tomó por nosotros» (1 Cel 83 y 85).

Por lo demás, la trayectoria seguida por la gracia en la conversión de Francisco no es una excepción, sino estilo muy normal en la economía de la salvación. Ir al hermano, al hermano indigente sobre todo, es ir a Dios.

Cristo nos espera siempre en la persona de cualquiera que necesita de nosotros (Mt 25,31.46).

[Cf. el texto completo en Vocación Franciscana, esp. pp. 36-37]




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