miércoles, 1 de marzo de 2017

Año Cristiano Franciscano


DÍA 2 DE MARZO

 

SANTA INÉS DE PRAGA O DE BOHEMIA. Nació en Praga el año 1211, hija de Premysl Otakar I, rey de Bohemia. Pronto renunció al porvenir que le brindaba su real ascendencia, y prefirió consagrarse totalmente a Dios y al servicio de los pobres y enfermos, siguiendo el camino evangélico abierto por Clara de Asís. A través de los franciscanos que visitaban Praga, conoció la vida espiritual inaugurada por Clara en San Damián. Quedó fascinada y decidió seguir su ejemplo. Fundó en Praga el hospital de San Francisco y un monasterio para las clarisas, donde ella misma ingresó en 1234. La virginidad por el Reino, la pobreza, el ardor de la caridad, la devoción a la Eucaristía, a la Pasión y a la Virgen fueron puntales de su espiritualidad. Amó a la Iglesia y colaboró con el Papa, amó a su patria y promovió la concordia. Las cartas que le dirigió santa Clara revelan su grandeza mística y humana. Murió el 2 de marzo de 1282. Juan Pablo II la canonizó en 1989. - Oración: Señor, Dios nuestro, que inspiraste la renuncia a los falsos placeres de este mundo a santa Inés de Praga y la condujiste por el camino de la cruz hacia la meta de la perfección; te suplicamos que, siguiendo su ejemplo, antepongamos los valores eternos a los caducos. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.




SANTA ÁNGELA DE LA CRUZ. [Murió el 2 de marzo y su memoria se celebra el 5 de noviembre, día de su beatificación en 1982] Nació en Sevilla el año 1846, de familia numerosa y pobre, trabajadora y piadosa. Desde muy joven trabajó en un taller de zapatería, a la vez que se entregaba al servicio de los más pobres y marginados. Bajo la guía de un experto confesor, el P. Torres, intentó hacerse religiosa, hasta que comprendió que el Señor la llamaba a fundar una congregación, la Compañía de las Hermanas de la Cruz, que, viviendo en gran austeridad, atendían a enfermos y menesterosos. Mujer de vida contemplativa y de una gran actividad, gozó de carismas extraordinarios. A pesar de no tener estudios, dejó escritos de gran profundidad. Fue terciaria franciscana y su vida y espiritualidad tienen rasgos franciscanos muy marcados. Murió el 2 de marzo de 1932 en Sevilla. Juan Pablo II la canonizó el año 2003, y su memoria litúrgica se celebra el 5 de noviembre, día de su beatificación en 1982. -Oración: Oh Dios, que iluminaste a Santa Angela virgen con la sabiduría de la cruz, para que reconociese a Cristo, tu Hijo, en los pobres y en los enfermos, y los sirviese como humilde esclava, concédenos que, imitando el ejemplo de su caridad, podamos llegar a ti, junto con nuestros hermanos. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.

* * *

San Ceada (o Chad). Nació a finales del siglo VI en Nortumbria (Inglaterra). De joven abrazó la vida monástica, y llegó a ser abad. En circunstancias complejas, fue elegido y consagrado arzobispo de York. Algún tiempo después, el primado san Teodoro de Canterbury entendió que la elección había sido irregular, y así se lo hizo saber a Ceada; éste lo aceptó con humildad y se retiró a su monasterio. Visto su comportamiento, Teodoro lo nombró obispo de Mercia, sede que luego pasó a Lichfield, donde murió el año 672. Ejerció su ministerio armonizando la vida pastoral y la monástica, a ejemplo de los Padres antiguos.

San Lucas Casali. Nació en Nicosia (Sicilia) a principios del siglo IX y de joven abrazó la vida monástica en el monasterio siciliano de Agira (Enna). Ordenado de sacerdote, hizo mucho bien como director espiritual. Tuvo que intervenir el papa para que aceptara el oficio de abad. Se quedó ciego, pero continuó su apostolado haciéndose acompañar por sus monjes. Murió en el monasterio de Agira hacia el año 890.

San Troadio. Fue martirizado en Neocesarea del Ponto (en la actual Turquía) el año 251, durante la persecución del emperador Decio. San Gregorio de Nisa, en la "Vida de San Gregorio Taumaturgo", narra el martirio.

Beato Carlos el Bueno. Era hijo de san Canuto IV, rey de Dinamarca. Heredó, por parte materna, el condado de Flandes el año 1119. Su amor a la paz y la justicia, que caracterizaron su gobierno, le valió el sobrenombre de "Bueno". Se entregó a la promoción del bienestar de su pueblo y a la defensa y ayuda de los pobres y los débiles. Fue asesinado en la iglesia de San Donaciano de Brujas, adonde había ido a orar, por los esbirros de unos nobles a quienes había corregido sus desmanes y había impuesto la justicia. Esto sucedía el año 1127, y la Iglesia lo considera mártir.



PARA TENER EL ESPÍRITU DE ORACIÓN Y DEVOCIÓN

Pensamiento bíblico:

Así escribía san Pablo a los Corintios: -¿Qué tienes que no lo hayas recibido? Y, si lo has recibido, ¿a qué gloriarte cual si no lo hubieras recibido? (1 Cor 4,7).

Pensamiento franciscano:

De la segunda carta de santa Clara a santa Inés: -Si sufres con Cristo pobre, reinarás con Él; si lloras con Él, gozarás con Él; si mueres con Él en la cruz de la tribulación, poseerás con Él las mansiones celestes y tu nombre será inscrito en el libro de la vida. Por lo cual, participarás para siempre de la gloria del reino celestial a cambio de las cosas terrenas y transitorias, de los bienes eternos a cambio de los perecederos (2CtaCl 21-23)

Orar con la Iglesia:

Presentemos a Dios nuestras súplicas en el nombre de Jesús, que intercede siempre en nuestro favor.

-Por la Iglesia, en la diversidad de comunidades e instituciones, para que manifieste a los ojos del mundo las riquezas del misterio de Cristo.

-Por las religiosas de vida contemplativa, para que, con su oración constante en la austeridad y el silencio, fecunden la actividad de la Iglesia.

-Por los religiosos y religiosas consagrados a los diversos ministerios eclesiales, para que sean testigos de la belleza y fecundidad del Evangelio.

-Por cuantos entregan su vida y sus bienes al servicio de los más necesitados, para que no desfallezcan y hagan patente la bondad del Padre.

-Por cuantos quieren seguir la llamada de Cristo, para que el Espíritu Santo los ilumine e impulse con la diversidad de sus dones.

Oración: Señor, Padre santo, concédenos desprendernos de cuanto nos impida seguir a tu Hijo. Él, que vive y reina por los siglos de los siglos. Amén.

SANTA INÉS DE PRAGA O DE BOHEMIA
De la Homilía de S. S. Juan Pablo II
en la misa de su canonización el 12 de noviembre de 1989

La beata Inés de Bohemia, a pesar de haber vivido en un período tan lejano del nuestro, sigue siendo también hoy un resplandeciente ejemplo de fe cristiana y de caridad heroica, que invita a la reflexión y a la imitación.

Se pueden aplicar perfectamente a su vida y a su espiritualidad las palabras de la Primera Carta de Pedro: «Sed, pues, sensatos y sobrios para daros a la oración». Así escribía el Jefe de los Apóstoles a los cristianos de su tiempo, y añadía: «Ante todo, tened entre vosotros intenso amor... Sed hospitalarios unos con otros sin murmurar» (1 Pe 4,7-9). Precisamente este fue el programa de vida de santa Inés: desde la más tierna edad orientó su propia existencia a la búsqueda de los bienes celestes. Después de haber rechazado algunas propuestas de matrimonio, decidió consagrarse totalmente a Dios, para que en su vida fuese Él glorificado por medio de Jesucristo (cf. 1 Pe 4,11).

Habiendo conocido por medio de los Hermanos Menores, llegados por entonces a Praga, la experiencia espiritual de santa Clara de Asís, quiso seguir su ejemplo de franciscana pobreza: con los propios bienes dinásticos fundó en Praga el hospital de san Francisco y un convento para las «Hermanas Pobres» o «Damianitas», donde ella misma hizo su ingreso el día de Pentecostés del año 1234, profesando los votos solemnes de castidad, pobreza y obediencia.

Se han hecho célebres las cartas que santa Clara de Asís le dirigió para animarla a seguir en el camino emprendido. Surgió así una amistad espiritual que duró casi veinte años, sin que las dos mujeres se encontrasen nunca.

«Sed hospitalarios unos con otros sin murmurar» (1 Pe 4,9). Fue la norma en la que santa Inés inspiró constantemente su acción, aceptando siempre con plena confianza los acontecimientos que la Providencia permitía, con la seguridad de que todo pasa, pero la Verdad permanece para siempre.

Esta es la enseñanza que la nueva santa os ofrece también a vosotros, queridos compatriotas suyos, y que ofrece a todos. La historia humana está en continuo movimiento; los tiempos cambian con las diversas generaciones y con los descubrimientos científicos; nuevas técnicas, pero también nuevos afanes se asoman al horizonte de la humanidad, que se halla siempre en camino: pero la Verdad de Cristo, que ilumina y salva, perdura al cambiar los acontecimientos. ¡Todo lo que sucede sobre la tierra es querido o permitido por el Altísimo para que los hombres sientan la sed o la nostalgia de la Verdad, tiendan a ella, la busquen y la alcancen!

«Que cada cual ponga al servicio de los demás la gracia que ha recibido», así escribía más adelante san Pedro, y concluía: «Si alguno presta un servicio, hágalo en virtud del poder recibido de Dios, para que Dios sea glorificado en todo por Jesucristo» (1 Pe 4,10-11). En su larga vida, atribulada también por enfermedades y sufrimientos, santa Inés realmente prestó con energía su servicio de caridad, por amor de Dios, contemplando como en un espejo a Jesucristo, como le había sugerido santa Clara: «En este espejo resplandecen la bienaventurada pobreza, la santa humildad y la inefable caridad» (4CtaCl).

Y así, Inés de Bohemia, que hoy tenemos el gozo de invocar como «santa», a pesar de haber vivido en siglos tan lejanos a los nuestros, desempeñó un destacado papel en el desarrollo civil y cultural de su nación y permanece contemporánea nuestra por su fe cristiana y por su caridad: es ejemplo de valor y es ayuda espiritual para las jóvenes que generosamente se consagran a la vida religiosa; es ideal de santidad para todos los que siguen a Cristo; es estímulo hacia la caridad, practicada con total entrega a todos, superando toda barrera de raza, de pueblo y de mentalidad; es celeste protectora de nuestro fatigoso camino diario. A ella podemos, por tanto, dirigirnos con gran confianza y esperanza.

* * *

DE LA PRIMERA CARTA DE SANTA CLARA DE ASÍS
A SANTA INÉS DE PRAGA O DE BOHEMIA

A la venerable y santísima virgen, doña Inés, hija del excelentísimo e ilustrísimo rey de Bohemia, Clara, indigna servidora de Jesucristo y sierva inútil de las damas encerradas del monasterio de San Damián, se le encomienda con especial reverencia y le desea que obtenga la gloria de la felicidad eterna.

Al llegar a mis oídos la honestísima fama de vuestro santo comportamiento religioso y de vuestra vida, que se ha divulgado no sólo hasta mí, sino por casi toda la tierra, me alegro muchísimo en el Señor y salto de gozo; a causa de eso, no sólo yo personalmente puedo saltar de gozo, sino todos los que sirven y desean servir a Jesucristo. Y el motivo de esto es que, cuando vos hubierais podido disfrutar más que nadie de las pompas y honores y dignidades del siglo, desposándoos legítimamente con el ínclito Emperador, como convenía a vuestra excelencia y a la suya, desdeñando todas esas cosas, vos habéis elegido más bien, con entereza de ánimo y con todo el afecto de vuestro corazón, la santísima pobreza y la penuria corporal, tomando un esposo de más noble linaje, el Señor Jesucristo, que guardará vuestra virginidad siempre inmaculada e ilesa.

Cuando lo amáis, sois casta; cuando lo tocáis, os volvéis más pura; cuando lo aceptáis, sois virgen. Su poder es más fuerte, su generosidad más excelsa, su aspecto más hermoso, su amor más suave y toda su gracia más elegante. Ya estáis vos estrechamente abrazada a Aquel que ha ornado vuestro pecho con piedras preciosas y ha puesto sobre vuestra cabeza una corona de oro marcada con el signo de la santidad.

Por tanto, hermana carísima, o más bien, señora sumamente venerable, porque sois esposa y madre y hermana de mi Señor Jesucristo, tan esplendorosamente distinguida por el estandarte de la virginidad inviolable y de la santísima pobreza, confortaos en el santo servicio comenzado con el deseo ardiente del pobre Crucificado, el cual soportó la pasión de la cruz por todos nosotros, librándonos del poder del príncipe de las tinieblas y reconciliándonos con Dios Padre.

¡Oh bienaventurada pobreza, que da riquezas eternas a quienes la aman y abrazan! ¡Oh santa pobreza, que a los que la poseen y desean les es prometido por Dios el reino de los cielos, y les son ofrecidas hasta la eterna gloria y la vida bienaventurada! ¡Oh piadosa pobreza, a la que el Señor Jesucristo se dignó abrazar con preferencia sobre todas las cosas! Pues las zorras, dice Él, tienen madrigueras, y las aves del cielo nidos, pero el Hijo del hombre, es decir, Cristo, no tiene donde reclinar la cabeza, sino que, inclinada la cabeza, entregó el espíritu.

Por consiguiente, si tan grande y tan importante Señor, al venir al seno de la Virgen, quiso aparecer en el mundo, despreciado, indigente y pobre, para que los hombres, que eran paupérrimos e indigentes, se hicieran en Él ricos mediante la posesión del reino de los cielos, saltad de gozo y alegraos muchísimo, colmada de inmenso gozo y alegría espiritual, porque, por haber preferido vos el desprecio del siglo a los honores, la pobreza a las riquezas temporales, y guardar los tesoros en el cielo antes que en la tierra, allá donde ni la herrumbre los corroe, ni los come la polilla, ni los ladrones los desentierran y roban, vuestra recompensa es copiosísima en los cielos, y habéis merecido dignamente ser llamada hermana, esposa y madre del Hijo del Altísimo Padre y de la gloriosa Virgen.

Vos os habéis despojado de las riquezas temporales para entrar en el reino de los cielos por el camino estrecho y la puerta angosta. Qué negocio tan grande y loable: dejar las cosas temporales por las eternas, merecer las cosas celestiales por las terrenas, recibir el ciento por uno, y poseer la bienaventurada vida eterna.

Por lo cual consideré que, en cuanto puedo, debía suplicar a vuestra excelencia y santidad, con humildes preces, en las entrañas de Cristo, que os dignéis confortaros en su santo servicio, creciendo de lo bueno a lo mejor, de virtudes en virtudes, para que Aquel a quien servís con todo el deseo de vuestra alma, se digne daros con profusión los premios deseados.

* * *

«ADORAR AL SEÑOR DIOS»
Actitud contemplativa de Francisco de Asís
por Julio Micó, OFMCap

Es indudable que Francisco era un contemplativo. Para nuestra sociedad tecnificada, que ve las cosas de forma utilitarista y dominante, resulta difícil entender que nos podamos relacionar con el mundo de otro modo. Sin embargo, eliminando ese afán depredador que nos convierte en cazadores de lo creado, puede surgir esa mirada limpia capaz de descubrir la gratuidad de la belleza. Contemplar es acercarse a las cosas y a los hombres de forma respetuosa para iniciar un diálogo desde el ser.

a) Contemplar las cosas

Francisco poseyó esa sensibilidad contemplativa que le permitía captar los múltiples detalles de las cosas sin, por eso, sentirse mero espectador. Contemplar no es deslizar la mirada sobre las cosas de una forma superficial. El contemplativo se ofrece en un diálogo interior a todo lo que le rodea, gozando de su íntima afinidad al reconocerse en el conocimiento de lo otro; y esto, no de forma racional, sino de un modo intuitivo.

Celano apunta este talante contemplativo de Francisco al decir que, durante su convalecencia de una larga enfermedad, cierto día salió de su casa apoyado en un bastón y se puso a contemplar con más interés la campiña que se extendía a su alrededor. Mas ni la hermosura de los campos, ni la frondosidad de los viñedos, ni cuanto de más deleitoso hay a los ojos pudo en modo alguno deleitarle (1 Cel 3). La conclusión moralizante que pretende Celano para indicarnos su proceso de conversión no oscurece su situación de contemplativo frente a la vida. Si acaso nos refuerza la convicción de que su actitud fue madurando a medida que avanzaba por el camino espiritual, pasando de una contemplación sensitiva y estética de las cosas a otra más interiorizada, donde la creación ya no es objeto exclusivo del propio deleite, sino sujeto capaz de alabar con su existencia agradecida al Dios que la modeló y servir de sacramento para que el hombre transite por ella hasta encontrarse con el Creador de ambos.

b) Contemplar al hombre

La contemplación no se limita a percibir las cosas con un respeto admirativo. Es extensible también a nuestras relaciones con los demás hombres; y el factor que determina esta actitud es el de colocarse ante el otro no con pretensiones absorbentes ni monopolizantes, sino de entrega confiada y aceptación respetuosa de su subjetividad. Los demás nunca nos pertenecen, por lo que el encuentro con ellos excluye todo afán de dominio, permitiendo y procurando favorecer la propia realización en libertad.

La actitud de Francisco frente al hombre, aun en aquella cultura de cristiandad donde parecía lógico que lo religioso pudiera imponerse, es siempre de admiración y respeto. La minoridad, que muchas veces quiere entenderse como un complejo de inferioridad, fue uno de los valores fraternos que defendió con más tesón. Y esto porque expresaba la posición que debe tomar todo creyente que pretenda seguir a Jesús ante los hombres vistos como hermanos.

Francisco se pone siempre como servidor; pero un servidor del Evangelio que ofrece a los demás, en plan de igualdad, el descubrimiento existencial que él ha hecho (2CtaF 2.3). Las formas concretas de materializar este ofrecimiento fueron muchas; pero siempre destaca en ellas el respeto por el otro y el temor a poder avasallarlo o dominarlo, apropiándose el señorío que sobre ellos sólo tiene Dios.

Para Francisco, contemplar al hombre es descubrir en él la obra de la creación, donde Dios ha volcado todo su amor de una forma respetuosa. Ese amor incondicional es el que le confiere la dignidad de ser amado y respetado por todos en su singularidad.

El que es capaz de percibir que cada hombre, que cada hermano, es un don del Señor para recordarnos nuestra condición fraterna anclada en la de Jesús, es que su mirada está limpia de todo afán de posesión utilitarista; es, en definitiva, que está cultivando esa actitud contemplativa que acompañó a Francisco en su caminar hacia Dios.

[Cf. el texto completo en Selecciones de Franciscanismo n. 56, 1990, 177-212]



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