martes, 7 de febrero de 2017

San Pío X, Vida “La palabra de la reivindicación”

San Pío X, Vida “La palabra de la reivindicación”

San Pío X, Vida

“La palabra de la reivindicación”

Bajo el apremio de los graves acontecimientos que se desarrollaban en el furor de la persecución, el 6 de enero de 1907 Pío X, alzaba por tercera vez su voz con una encíclica, en la que, mientras por una parte reivindicaba los bienes de los que el clero francés había sido defraudado, por otra rebatía con digna fiereza la bochornosa calumnia que hacia recaer sobre el papa la culpa de haber incitado a los católicos a la resistencia, suscitando la guerra religiosa.

Declarada con acento de emoción vivísima la participación que él tomaba en todos los sufrimientos  y dolores de los católicos y en gran consuelo que recibía por su concordia y su unión con la Sede Apostólica –prenda de segura victoria e indefectible triunfo-, desmentía la indigna calumnia de que hubiera sudo la Iglesia la que había provocado la reacción del pueblo.

  “¡Extraña acusación ésta! La Iglesia –escribía Pío X– fundada por Aquel que vino a este mundo para pacificar y reconciliar al hombre con Dios, anunciadora de la paz sobre la tierra, no podría desear la guerra más que repudiando su sublime misión y mintiendo a los ojos de todos. Por lo contrario, la Iglesia ha sido y será siempre fiel a su misión d dulzura y paciente amor. Además, a estas horas no ha sido por culpa de la Iglesia, sino por culpa de sus enemigos. Si hoy combate sobre la tierra de Francia, no es porque la Iglesia haya alzado el estandarte de la guerra. Esta guerra le fue  impuesta: ella la sufre desde hace veinticinco años. Esta es la verdad.”

Después de esta situación, que abarcaba a todos los gobiernos que se habían sucedido en Francia desde 1880, Pío X, protestaba enérgicamente contra la atroz rapiña de que el clero francés había sido víctima.

“¡No- exclamaba, con el valor de quien se siente asistido por Dios, el Papa Santo- la Iglesia no desea ni quiere la guerra religiosa, porque la persecución es una injusticia. Pero la Iglesia no ha abandonado sus bienes: estos bienes le fueron arrancados por la violencia. La verdad es esta: la Iglesia, puesta pérfidamente en la alternativa de escoger entre la ruina material y una inadmisible ofensa a su divina constitución, ha rehusado, aún a costa de la pobreza, y rehúsa ahora y rehusará siempre.

Declarar –añadía- vacantes los bienes eclesiásticos si la Iglesia, dentro de un prescrito termino de tiempo no ha creado un nuevo organismo con unas condiciones manifiestamente opuestas a la divina constitución de la Iglesia, atribuir los mismos bienes a terceras personas, como si se tratara de propiedades sin dueño y afirmar que el Estado no despoja a la Iglesia, sino que dispone de los bienes por ella abandonados, esto es añadir el escarnio a la más cruel e inicua expoliación. Si el  Estado hubiera querido, le hubiera sido fácil no someter las “asociaciones del culto” a condiciones en directa oposición a la constitución divina de la Iglesia: sin embargo ha hecho lo contrario.

Pío X, terminaba su encíclica con una declaración, en la cual la elocuencia corría parejas con la magnanimidad de la fe que la había inspirado y con la firmeza del corazón que la había dictado.

Inútilmente los autores de la ley, tras haber puesto en la dura necesidad de condenarla, viendo los males que ha atraído sobre su patria, tratarán de engañar a la opinión púbica, intentando hacer recaer sobre Nos la culpabilidad; pero la tentativa no tendrá éxito.”

Nos no podíamos obrar de otra manera sin inferir una gravísima ofensa a nuestra conciencia, sin traicionar al juramento prestado al subir a la cátedra de Pedro, sin violar la jerarquía católica. Por ello esperamos sin temor el juicio de la historia. Ella dirá como Nos no hemos intentado en modo alguno humillar el poder civil ni combatir una forma constituida de Gobierno, sino que hemos procurado tan solo salvaguardar la obra intangible de Cristo.

La historia dirá también que Nos  hemos defendido con toda Nuestra fuerza a la iglesia de Francia en su jerarquía, en la inviolabilidad de sus bienes, en su libertad. Si nuestra petición hubiera sido escuchada, la paz religiosa no se hubiera visto turbada en Francia. Esto dirá la historia, y dirá también que la paz renacerá el día en que Nuestra voz será escuchada.

La historia dirá así mismo que si Nos, seguros de la magnífica generosidad del pueblo francés, no hemos dudado en anunciarle la hora del sacrificio, hemos hecho esto para recordar al mundo que el hombre debe alimentar en su corazón preocupaciones más altas que aquellas que miran las contingencias pasajeras de esta vida, y que la alegría suprema, la alegría inviolable del alma humana sobre este mundo, es cumplir sobrenaturalmente y a toda costo nuestro deber, honrar a Dios, servirle, amarle sobre todo y contra todo, a pesar de todas las penas y de todas las contrariedades.

Los obispos acogieron las palabras del Papa con conmovedor y unánime espíritu de obediencia y entusiasmo, y redactaron inmediatamente un noble mensaje, en el cual aseguraban al papa que estaban prestos a padecer miseria y hambre ante que inclinarse al atenaza miento de la tradición y a la esclavitud del espíritu.

Poco después el mensaje llegaba a manos del Papa. La misión había sido confiada al notable escritor Camilo Bellaigue, que describe así el momento en que Pío X le concedió audiencia:

“Son las once de la mañana del 18 de enero de 1907. El sol inunda la estancia donde tuve ya tantas veces el honor de un augusto coloquio.

El Papa abre el pliego que le he entregado y empieza a leer. Sigo el movimiento de sus labios y la conmoción de su rostro. Da muestras de asentamiento. Los ojos le brillan a causa de las lágrimas.

Terminada la lectura, murmura con voz profunda: “Hermoso, muy hermoso.”


Hablamos de su encíclica y al fin dice:

Solo la ley de Dios tiene importancia. Nosotros no somos diplomático; pero nuestra misión es la de defender la ley de Dios, y, ante la Iglesia divinamente instituida por Jesucristo, ninguna potencia terrenal puede inducirnos a ceder sus derechos, que son imprescindibles; su jerarquía, que es sagrada; la libertad, que es inolvidable. Sé  -añadía con vos que no conocía temores ni incertidumbres- que algunos se preocupan de lo “bienes” de la Iglesia. Perdemos las Iglesias, pero salvemos la Iglesia: se piensa demasiado en sus “bienes” y demasiado poco en su “bien”.

Después se dijo, para terminar: -Decid al cardenal Richard que nada mejor podía  yo esperar del Episcopado de Francia.

En aquel momento, bajo el cielo de Francia se encendían las luces del pensamiento y las llamas de la fe.

Los católicos comprendieron el sublime gesto de Pío X, y, levantándose a las alturas de la generosa caridad de los primeros cenáculos del Cristianismo, mantuvieron el esplendor del culto, el decoro de sus obispos, el sustento de sus sacerdotes, la vida de sus escuelas, de sus seminarios y de sus hospitales, escribiendo una página de historia digna de la fe de la vieja Francia de Luis IX y de Juana de Arco.

Era la respuesta inconfundible que daba la Providencia divina a los miedosos de los primeros momentos, que, en el heroico valor y en la admirable fe de Pío X, imaginaban una temeridad y un peligro para el poderoso clero de la Primogénita.

Pío X había llevado a cabo el verdadero y leal experimento de las “asociaciones del culto.”

“La batalla había sido dura – escribía un eminente estadista- pero el papado, después de los siglos, reconquistaba su supremacía sobre el clero de Francia.”

Siempre ocurrió así en la historia de la iglesia: las persecuciones prepararon su apoteosis; de las tinieblas surgieron divinos amaneceres; los verdugos entretejen la gloria de los mártires,  con las piedras lanzadas contra Cristo, la Providencia divina levanta las basílicas del triunfo y las catedrales sagradas de la victoria.

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