sábado, 25 de febrero de 2017

SÁBADO 25 DE FEBRERO DE 2017 - EVANGELIO DEL DÍA

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Lo que dice
Mc 10, 13-16 - Dejen que los niños se acerquen a mí
Le trajeron entonces a unos niños para que los tocara, pero los discípulos los reprendieron. Al ver esto, Jesús se enojó y les dijo: "Dejen que los niños se acerquen a mí y no se lo impidan, porque el Reino de Dios pertenece a los que son como ellos. Les aseguro que el que no recibe el Reino de Dios como un niño, no entrará en él". Después los abrazó y los bendijo, imponiéndoles las manos.

Lo que me dice

Tuvo que pasar bastante tiempo para que a este pasaje del evangelio comenzara a encontrarle como un nuevo sentido. Siempre lo había entendido en términos de la bondad de Jesús y reprochado el celo de los apóstoles que pretendían librarlo de molestias. Sin negar todo eso, comencé a verlo desde el sentido inclusivo que tanto predica el Papa Francisco: “Abrir la puerta A TODOS, no cerrarla a nadie… la iglesia no ha erigirse en aduana que controla. Somos la casa del Padre”. A veces mi corazón se ha cerrado ante determinadas personas, o ante quienes piensan de tal o cual manera. Más allá del disenso que puede ser legítimo, es mi corazón el que lo mismo ha de permanecer receptivo, acogedor, hospitalario. No soy yo el encargado de hacer la lista de quiénes han de acercarse a Jesús y quiénes no. 

El sacerdote Juan Bosco poseía una característica que para nosotros es más que espontánea u obvia, pero que históricamente lo distinguió de muchos sacerdotes de su época: él se ocupaba de los chicos, de los niños y adolescentes. No diremos que era algo mal visto, pero para más de uno era algo rayano con la locura: “Ese Don Bosco está perdiendo el tiempo; a lo que hay que dedicarse es a los adultos, a las familias, a la enseñanza…”. Juan Bosco, de haber sido uno de los apóstoles, estaría entre los que le acercaban más y más chicos a Jesús. 

Lo que le digo
Dios Padre, que eres eso, padre de todos,
ensancha mi horizonte y dilata mi corazón,
que no excluya a nadie de mi vida,
que yo ayude a ser esa Iglesia siempre abierta. 
Tú, sólo Tú puedes concederme esta gracia.
La pido con humildad. La aguardo con esperanza.
Amén.

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