martes, 28 de febrero de 2017

Mirar y contemplar a María

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Último fin de semana de febrero con María en nuestro corazón. María constituye un motivo de gran alegría y satisfacción porque hablar de María es hacerlo de alguien a quien amo profundamente y que ha estado siempre presente en mi vida con su amor y ternura de Madre, en especial en los momentos de mayor sufrimiento y dolor.
Miras a María y te das cuenta lo mucho que le debes. No olvido nunca que es Ella la que me mantiene firme en la fe. Es a Ella a quien encomendé mi Primera Comunión apenas cumplidos los ocho años. Es Ella la que me ha permitido inclinar la cabeza tantas veces para imitar su «fíat» del día de la Anunciación. Es ella la que me ha protegido a mí y a mi familia en más de una ocasión. Es Ella la que me ha acompañado de manera incondicional al pie de la Cruz. Cada jornada de mi vida siento que María está a mi lado cubriéndome con su manto. Es la Madre perfecta, la mujer dulce que consuela y exhorta.

Son muchas las veces que le pido al Espíritu Santo que me ayude a ver en María todo el esplendor de su belleza espiritual y moral para aprender de Ella, para verme en el espejo de su perfección y entrega. Contemplarla en los diversos momentos de su vida: desde el día de la Anunciación hasta el momento crucial de su Asunción al Cielo. Los Evangelios son el documental vivo de su vida y de su obra, fuente de inspiración de su amor de Madre.
De María solo puedo contemplar sus virtudes y tratar de parecerme a Ella en cuanto a mi manera de hablar, de hacer, de pensar, de sentir, de mirar y, sobre todo, de querer. Aprender de su fidelidad al Señor y convertirme en un auténtico colaborador en su obra redentora que como cristiano debo cumplir como seguidor de Cristo.
Por otro lado, cada vez que me dirijo a María con sencillez y humildad, con el corazón abierto, y le pido con devoción de hijo María lo alcanza todo de Dios. Ella es la intercesora por excelencia. La más efectiva ante el Padre.
¡Gracias, María, te pongo de nuevo toda mi vida y la de los míos bajo tu manto protector para que nos socorras con tu protección y nos lleves de tu mano hacia la casa del Padre con santidad y buen corazón!

¡Salve María, llena eres de gracia! ¡María, Madre, digna de toda alabanza, tu pariste al Verbo santo, acompañas siempre a todos tus hijos, me siento reconfortado por tu presencia en mi vida, líbrame de toda desgracia, de todo sufrimiento, enderézame en las dudas y cuando me desvíe del camino, ayúdame a ser perseverante en la fe y en la esperanza! ¡Ayúdame, María, a ser diligente con las cosas de Dios! ¡Al contemplarte a María, recibo también una gracia muy grande, la de poder contemplarme a mi mismo, mi propia vida con mis alegría y mis penas, con mis problemas y mis esperanzas, con mis incongruencias y mis virtudes! ¡Sé tú mi luz, María, para poder encarar mi camino espiritual bajo tu manto protector! ¡Tu eres el Arca de la Alianza, María, ayúdame en mi modestia y sencillez ser también arca en la que se avive el fuego del amor, la palabra de Dios, el servicio generoso, la llama vivificante de la presencia de Dios en mi corazón, vivir en comunión con Él! ¡Tú, María, acogiste con tu «sí» generoso a Jesús, ayúdame a darle siempre también mi sí y seguir siempre la voluntad del Padre!

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