martes, 7 de febrero de 2017

LO QUE LE PEDÍ A DIOS AL CASARME CON UN NO CREYENTE

Publicado: 05 Feb 2017 15:02 PST
Ancianos sin hogar y valoración de la familia, una contradicción sólo aparente

Que la familia, año tras año, obtenga de forma permanente las posiciones más altas en las encuestas sobre valoración social de nuestras instituciones no es algo que sorprenda. Lo sorprendente sería lo contrario. Sobre todo ahora, cuando tan decisiva resulta en la protección social de buena parte de la población acosada por la pérdida de empleo, por la insuficiencia de sus recursos económicos o por la dificultad con que ordinariamente se impone la conciliación de la vida laboral con el cuidado de los hijos.

En circunstancias como éstas no extraña que individuos, asociaciones y poderes públicos coincidan en la alta valoración de su función social, como estructura básica para el sostenimiento de la vida personal en todas sus dimensiones, cognitivas, afectivas, materiales, etc. (al respecto vale la pena atender a los datos que se acaban de hacer públicos a partir de un estudio del Instituto de Política Familiar: “La mayoría de los españoles se aferra a la familia ante el paro y la crisis”).

En la encuesta sobre “La familia, recurso de la sociedad” que, con el patrocinio del Consejo Pontificio para la Familia y la Conferencia Episcopal Española, se presentó en el encuentro internacional de expertos sobre la familia celebrado en Roma los días 16 y 17 de marzo de 2012, la valoración media obtenida por la familia -de un 8,4 sobre un máximo de 10- resultó como era de esperar muy superior a la que merecieron otras instituciones, algunas de las cuales no son ni mucho menos poco importantes a la hora de encauzar una vida realmente con sentido.

Casi el 80% de los encuestados se inclinó por asignarle un valor de entre el 8,2 y el 10, opción ésta elegida, además, por un 40,9% de entre ellos.

Sólo la escuela y la universidad recibieron una estimación muy semejante, de una media total de 8,1. La distancia, sin embargo, con relación a otras opciones, resultó mucho mayor. Fuerzas de seguridad, empresas, medios de comunicación, administraciones públicas, jueces, religión, políticos… tuvieron que contentarse, y en este mismo orden, con una nota media que no superaba el 6,6 para las primeras (fuerzas del orden) y un 3,8 para los últimos (políticos).

¿Sólo afectividad?

Poco importa ahora entrar en el detalle de la encuesta, con resultados muy equiparables a los que suelen suministrarnos otras similares de iniciativa pública o privada. Lo interesante es reparar en que al mismo tiempo que se produce esa considerable estimación subjetiva de la familia, socialmente algunas de sus funciones tienden a quedar en entredicho. No porque se discutan en un plano simplemente teórico –por fortuna no es ahí donde las instituciones demuestran su vigencia–, sino porque parece que, en realidad, la propia familia ha hecho en cierta parte dejación de ellas.

La misma encuesta arroja un dato bastante revelador a este respecto: mientras el 80%, como decíamos, de los entrevistados asignaba un valor a la familia que rozaba el máximo, sólo el 59% la declaraba una institución socialmente importante. Más bien se trataría, el suyo, de un valor privado, fundamentalmente afectivo, de carácter personal. Una institución bien valorada, sí, pero sin repercusión social.

Uno de los indicadores que permiten calibrar esa repercusión social es su capacidad para articular el tiempo: en qué medida integra eficazmente a las generaciones. En circunstancias como las actuales, padres y abuelos constituyen un recurso básico –a veces único– para el desarrollo de la vida personal y profesional de los hijos, a quienes además de servir de respaldo económico y cuidado de los más pequeños, incluso ofrecen un hogar al que poder regresar cuando el trabajo falla o el matrimonio –como tantas veces sucede– se divide.

Bien, pero ¿a la inversa? ¿Responden a esa relación con el pasado expectativas ciertas sobre el futuro? Dicho de otro modo, ¿es la seguridad de los hijos que recurren a los padres equivalente a la que estos pueden depositar en ellos?

Parece que no; o al menos no del todo. El último Censo de Población y Viviendas del Instituto Nacional de Estadística (INE) registra –creo que muy sintomáticamente– un aumento considerable en los últimos diez años del número de personas residentes en establecimientos colectivos, que para el caso de ancianos de entre 60 y 100 años o más, representa un 60,9% del total, alcanzando a fecha de 2011 a 270.286 personas. Si a ese número añadimos el casi 20% de ancianos que, por libre decisión o simple necesidad, viven actualmente solos entre nosotros, la magnitud de población de la tercera de edad que en nuestros días pasa el último periodo de sus vidas en la periferia de sus núcleos familiares, resulta en muy buena medida desconcertante. Sobre todo después de aquellas otras lecturas sobre la alta estimación de la familia como enclave de unión intergeneracional y el recurso a las familias de origen como medio de satisfacción básico de ciertas necesidades.

Perpectivas de futuro

Las previsiones a medio y largo plazo apuntan a una tendencia al alza en ambas situaciones. Descenso de la natalidad, movilidad geográfica, incremento de las familias monoparentales y de los índices de divorcio y nuevas relaciones, junto con el aumento de las esperanzas de vida y la clamorosa ausencia de políticas públicas de apoyo que permitan a las familias cumplir sus funciones sin excesivo coste material y moral para sus miembros, son factores, entre otros, que no parecen dibujar un horizonte demasiado halagüeño para la familia, tal y como hasta ahora la hemos conocido.

Mientras funcionaba pudo habérsele hecho objeto de cualquier tipo de crítica y revisión ideológica, que ahora, haciendo mella en ella, han socavado la firmeza de una institución cuya estabilidad entonces dábamos sencillamente por supuesto. Aunque lejos de los números que se barajan en otras latitudes, nos movemos en una dirección que no sólo introducirá nuevos problemas para las futuras generaciones de ancianos –que seremos nosotros mismos–, sino para las generaciones también jóvenes, que se verán privadas de un recurso sin el que no puede haber un verdadero desarrollo humano (sobre lo primero es muy ilustrativo el último informe de “The Family Watch” sobre el papel de la familia en el envejecimiento activo). Esta especie de “patrón nórdico” que se extiende rápidamente sobre la estructura familiar de los países también mediterráneos constituye un reto sobre el que parece muy oportuno pensar.

Los mayores, riqueza de la familia

No sólo es un triste espectáculo ése de los ancianos sin hogar, sino también el de los hogares sin anciano. A veces físicamente dentro, plenamente incluidos en la vida familiar, dando y recibiendo al mismo tiempo. Pero puede que en otras ocasiones no: necesitados de atenciones especiales, es justo entonces proporcionárselas sin que esto signifique una renuncia a su inclusión en la comunidad doméstica. Aquí, como en todo, debe primar un sano principio de subsidiaridad que nos permita gozar del apoyo de otras instituciones para el mejor cumplimiento posible de nuestra responsabilidad.

Cuánta verdad descubrimos todavía en aquellas palabras del Eclesiástico que nos exhortan a este profundo y enriquecedor sentido de la piedad: “Hijo mío, sé constante en honrar a tu padre, no lo abandones mientras vivas; aunque chochee, ten indulgencia, no lo abochornes mientras vivas. La limosna del padre no se olvidará, será tenida en cuenta para pagar tus pecados” (Eclo. 3, 12-14)!

JUAN CARLOS VALDERRAMA

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