martes, 14 de febrero de 2017

“Hombre de poca fe, ¿por qué has dudado?” (Mt 14, 31)

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¡Cuán grande es la fe que Nuestro Señor pide de nosotros! y en justicia…  ¿De qué clase de fe no le somos a Él deudores? Después de la palabra de Nuestro Señor: “Ven”, Pedro no debía temer más y marchar con confianza sobre las aguas… Así, cuando Jesús nos ha llamado con toda seguridad a un estado o dado una vocación, no debemos temer nada, sino enfrentarnos sin titubear con los más insuperables obstáculos. Jesús nos ha dicho: “Ven”; tenemos gracia para andar sobre las olas. Esto nos parece imposible… Es necesario tres cosas: primeramente, hacer como Pedro, suplicar a Nuestro Señor que nos llame a El bien claramente; luego, después de haber entendido claramente el “Ven”, sin el cual no tenemos el derecho de echarnos al agua (ello sería presunción e imprudencia, arriesgar gravemente nuestra vida; sería pecado y a menudo pecado grave, pues arriesgar la vida del alma es todavía más criminal que aventurar la vida del cuerpo), después de haber oído claramente el “Ven” de Jesús (hasta ese momento nuestro deber es orar y esperar), hay que echarse al agua sin dudar, como San Pedro. En fin, es necesario, confiando en el “Ven” salido de la boca de Dios, andar hacia el fin sobre las olas, sin sombra de inquietud, seguros que si andamos con fe y fidelidad, todo nos será fácil en la vida a la que Jesús nos llama y esto por la virtud de esta palabra “Ven”. Andemos, pues, por el camino que Él nos trajo con una fe absoluta, pues el Cielo y la tierra pasarán, pero su palabra no pasará.
Carlos de Foucauld, Escritos Espirituales, p. 46

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