miércoles, 15 de febrero de 2017

Descubrí que fui yo quien traicionó, ¿qué puedo hacer?

Descubrí que fui yo quien traicionó, ¿qué puedo hacer?


Me quedé dormido en la vida eludiendo mi responsabilidad...
Jeremy Shields  CARLOS PADILLA ESTEBAN  14 FEBRERO, 2017   GUARDAR EN MI LISTA DE LECTURA


Me duelen mis negaciones. Mis traiciones ocultas y silenciosas. Quiero hacerlo todo bien y detesto el fracaso y la traición. Pero no logro vencer siempre. Fallo y me quedo dormido. Como los discípulos a una distancia de tiro de piedra mientras Jesús lucha entre la vida y la muerte en el Huerto de los Olivos.

Y yo traiciono su confianza. No estoy a la altura y no hago lo que Él quiere que yo haga. O lo que creo que espera de mí. No logro juzgarme a mí mismo. No logro ver si está bien o mal mi vida. Si le estoy siguiendo a Él o sólo busco mi comodidad. Y soy sacerdote. Pero no siempre le busco.

Me duermo sin aguantar a su lado. No es tan sencillo permanecer en vela. Lo sé. El mundo tienta. Me asustan la cruz y el sufrimiento. Temo el descrédito y el fracaso. Me duele el olvido. Un solo error que eche por tierra la propia entrega.


Como Jesús esa noche en el huerto. Toda su vida juzgada en un beso. Su paso por la tierra, su carne sosteniendo la carne débil de tantos.

Me conmueven la paz y el silencio del Huerto de los Olivos. Cuando Jesús calla. Arrodillado en el huerto. Allí donde se sentía en casa. Su lugar de descanso. Mientras reza, sus apóstoles duermen. Jesús llora y suda gotas de sangre mirando su cruz. El dolor en el alma.

La traición de Judas, su amigo, su hijo. Y el sueño de los discípulos que han ido al huerto de los olivos a rezar a su lado. Me impresiona su sueño. Me conmueve la traición. Un solo beso en silencio. Una hora sin lograr velar. Negar. Dormir. Traicionar. Es fuerte. Me asusta mi fragilidad.

Una persona rezaba: “Te amo, Jesús, aunque no vea, aunque no sepa, aunque no sea digna. Sólo Tú conoces mi corazón. Hazlo tuyo, rompe los muros. Te digo que sí en la noche. Con mi renuncia, con mis manos pobres, con mi historia, mi vocación. Con el miedo de ir al mínimo, a ser mediocre, a sentirme satisfecha. Ayúdame a saber consolar, a no hacerme dura, a no analizar el dolor de los otros, sólo abrazar, que nunca me canse. A veces lo hago. Que no deje nunca de maravillarme de tu amor. Que no deje nunca de maravillarme de que me quieras como soy. De mi misterio de un camino abierto, sin hacer, que te pertenece”.

Me da miedo ser mal entendido. Mal juzgado. Sólo Jesús sabe lo que hay en mi corazón. Ni yo mismo. A veces me juzgo con dureza. Por no dar la talla. Por no ser fiel y no estar a la altura. Y veo tan lejos la santidad que anhelo.

Miro su rostro. Miro su vida. Y le pido a Dios la fuerza para luchar. Para no tirar nunca la toalla en mi vida, pase lo que pase. Le pido paz a Dios en medio de las tormentas del camino. Es un milagro vivir con paz cuando las circunstancias de la vida me turban. No me siento tan fuerte.

Por eso no quiero juzgar al débil. No quiero hacerlo. Yo mismo soy débil. Por eso quiero aprender a tomar la cruz, mi cruz, cada mañana. Sé lo que me cuesta. No me es fácil decir que sí a Dios simplemente. Sin poner excusas. Sin justificarme.

Sólo Dios me juzga. Eso me tranquiliza. Más allá de la mirada de los hombres donde veo condenas. Más allá de mis miedos que me paralizan. Me falta fe para creer más allá de mis flaquezas. Fe en las estrellas que me elevan en lo alto.

Me falta creer más en todo lo que puede hacer Dios conmigo, a mi lado. Como ha hecho con los santos. Hombres de barro con los que Dios construye.

Yo no soy un ángel. En mi vida hay aciertos y caídas. Logros y torpezas. Mi debilidad se besa con mi fortaleza. A veces no sé manejar bien mis errores. No los asumo. No los enfrento. Los oculto.

El otro día leía: “Culpa es el resultado de haber cometido un error personal, esa es nuestra responsabilidad. Cometimos un error y ese error debe reconocerse y con ello pedir las disculpas o el perdón por el daño ocasionado a otro, pudiendo también complementarse con una reparación”[1].

Quiero aprender a mirar a la cara mis errores, mis traiciones, cuando me quedé dormido en la vida eludiendo mi responsabilidad. Como esos discípulos la noche de Getsemaní. Dormido ante el dolor de tantos. Evitando el compromiso. Evitando el sacrificio. Sin aceptar ese error en mis decisiones cuando pensaba que hacía lo que Dios quería.

¿Qué hago con mi culpa? ¿Qué hago con mis errores? ¿Los oculto incapaz de mirar la cicatriz que me han dejado? Me gustaría mirar a la cara mis decisiones, aunque no sean correctas. Aceptarlas, pedir perdón, perdonar, reparar. Es la única forma de crecer y madurar.

Cargar con la cruz, con mi cruz. Con mi debilidad. Y seguir a Jesús por los caminos. Con lo que soy. No con lo que me gustaría ser. Con lo poco que tengo, no con lo que anhelo. Asumiendo que no soy un ángel.

Soy un hombre hecho de barro y luz de Dios. Hecho de debilidades y grandezas. Eso me alegra. Quiero perdonarme en mis errores. Y aceptar que los demás me traten de acuerdo a ellos.

Decía Tim Guenard: “Yo digo a mis hijos que cuando hago el bien deben estar agradecidos, pero cuando no hago bien, tienen autorización para decírmelo, porque yo cometo errores”.

Quiero reconocer mi fragilidad ante Dios, ante los hombres. Y estar dispuesto a que los demás vean mis cicatrices. Mis debilidades. Mis errores, sin esconderlos. Dejarme ayudar. Que me digan lo que hago mal sin molestarme por ello. Tengo mucho que aprender.

Quiero ver la vida como es. En lo pequeño y en lo grande. Asumir mis cruces y caídas. Perdonarme por ellas. Dejarme acompañar en mi vulnerabilidad. Dios construye desde mi beso traidor. Desde mi negación poco antes de que cante un gallo. Con mi sueño que me hace eludir responsabilidades. No soy un ángel. Soy de barro.

[1] Edgardo Riveros Aedo, Focusing desde el corazón y hacia el corazón

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