jueves, 9 de febrero de 2017

Año Cristiano Franciscano


DÍA 10 DE FEBRERO



SANTA ESCOLÁSTICA. Lo poco que sabemos de su vida es lo que nos refiere san Gregorio Magno en el libro II de sus Diálogos. Hermana de san Benito, nació de padres aristócratas en Nursia (Italia) hacia el año 480. Desde su infancia, siguiendo las costumbres de entonces, había sido consagrada a Dios y seguramente confiada por sus padres a un monasterio o grupo de vírgenes para ser educada por ellas y vivir luego como ellas. Acostumbraba visitar a su hermano una vez al año y juntos dedicaban la jornada entera a la alabanza de Dios y a coloquios espirituales. Como norma de vida anteponía la caridad y la contemplación pura a las reglas e instituciones humanas, y así lo puso de manifiesto en el último encuentro con su hermano, cuando la fuerza de su oración "pudo más, porque amaba más". Murió hacia el año 547, poco antes que él, y fue enterrada en Monte Casino, en el sepulcro que Benito tenía preparado para sí mismo.– Oración: Te rogamos, Señor, al celebrar la fiesta de santa Escolástica, virgen, que, imitando su ejemplo, te sirvamos con un corazón puro, y alcancemos así los saludables efectos de tu amor. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.




BEATA CLARA AGOLANTI DE RÍMINI. Nació en Rímini (Italia) el año 1280 de familia noble y rica. Desde joven llevó vida disipada, salpicada de escándalos, que continuó después de casarse. Quedó huérfana y viuda poco después, aumentando sus riquezas y su libertinaje. Contrajo segundas nupcias con un noble de vida frívola y mundana. No tuvo hijos. Un día entró en una iglesia franciscana y la gracia del Señor la tocó, recapacitó sobre su vida, se convirtió y emprendió una vida nueva de penitencia y oración con permiso de su esposo, al que después convirtió. Muerto éste, se entregó del todo a la oración, la penitencia, la caridad y la beneficencia hasta quedar ella misma pobre. Con un grupo de mujeres fundó un monasterio regido por la Regla de santa Clara. No sabemos si ella profesó como clarisa o siguió vistiendo el hábito de la Tercera Orden de S. Francisco. El Señor le concedió carismas extraordinarios. Murió en su ciudad natal el 10 de febrero de 1326.



BEATO LUIS STEPINAC. Nació en Croacia el año 1898. Fue soldado en la Primera Guerra Mundial y cayó prisionero. Liberado, ingresó en el seminario y estudió en Roma, donde fue ordenado de sacerdote en 1930. Cuatro años después fue nombrado obispo coadjutor de Zagreb, sede de la que pasó a ser titular en 1937. Con gran celo impulsó la vida espiritual de su diócesis y trabajó cuanto pudo por su pueblo durante la II Guerra Mundial; se opuso al nazismo y defendió las familias de judíos y de gitanos. Después, a partir de 1945 y frente al comunismo, se opuso a la creación de una iglesia cismática y protestó por la persecución de que era objeto la comunidad católica. Por ello fue encarcelado, juzgado y condenado, en 1946, a 16 años de prisión. Pío XII lo creó cardenal en 1953. Antes, en 1951, había sido confinado en su tierra natal, Krasic, donde murió a causa de la enfermedad contraída en la cárcel, el 10 de febrero de 1960.

* * *

Santa Austreberta. Vivió como consagrada a Dios en el domicilio paterno hasta que entró en el monasterio benedictino de Abbeville; más tarde pasó como abadesa al monasterio de Pavilly, cerca de Rouen (Francia), fundado poco antes por el obispo san Audeno, y allí murió el año 704.

Santos Caralampio, Porfirio, Daucto y tres mujeres. Caralampio era obispo de Magnesia, en la provincia romana de Asia (la actual Turquía), donde fueron martirizados él y sus compañeros a principios del siglo III, bajo el emperador Septimio Severo.

San Guillermo. De origen francés, después de una vida de aventura se convirtió a Dios, peregrinó hasta Tierra Santa y luego llevó vida eremítica en Malavalle (Grosseto, Italia), entregado a la oración y el silencio, el ayuno y la penitencia. Murió cerca de Grosseto (Toscana) el año 1157. Muchas comunidades de ermitaños siguieron su ejemplo.

San Protadio. Obispo de Besançon (Francia), que murió el año 624.

San Silvano. Obispo de Terracina, hoy región de Lazio (Italia), en el siglo IV.

San Troyano. Obispo de Saintes (Aquitania, Francia) en la primera mitad del siglo VI. San Gregorio de Tours decía de él que era hombre de gran virtud y prestigio, y que visitaba su diócesis con frecuencia y con mucho celo.

Santos Zótico y Amancio. Sufrieron el martirio en Roma a finales del siglo III o principios del IV, probablemente en la persecución del emperador Diocleciano, y fueron sepultados en la vía Labicana, a las afueras de la Urbe.

Beata Eusebia Palomino Yenes. Nació en Cantalpino (Salamanca) en 1899, de familia humilde, y de jovencita estuvo en el servicio doméstico. En 1922 ingresó en las Hijas de María Auxiliadora. Pronto la enviaron a la casa-colegio de Valverde del Camino (Huelva), donde atendió diversos oficios domésticos hasta su muerte ocurrida en 1935. Ejerció un intenso apostolado, sobre todo entre la juventud, con su vida humilde y sin ostentación, pero llena de bondad y abnegación. Fue beatificada el año 2004.

Beato Hugo de Fosses. Abad y sucesor de san Norberto al frente de la Orden Premonstratense cuando el santo fundador fue elegido obispo de Magdeburgo. La gobernó con gran firmeza, celo y sabiduría durante treinta y cinco años. Murió en el monasterio de Fosses, cerca de Namur (Bélgica), el año 1163.

Beato José Sánchez del Río. Nació en Sahuayo (Michoacán, México) el año 1913. Siendo aún adolescente, cuando en su patria se decretó la suspensión del culto público, se unió a los que defendían los derechos de los cristianos. Hecho prisionero, quisieron hacerle apostatar de su fe cristiana, pero él respondía dando vivas a Cristo Rey y a la Virgen de Guadalupe, lo que siguió haciendo mientras lo trataban con crueldad, hasta apuñalarlo y darle un tiro en la cabeza. Murió en Cotija (México) el año 1928 y fue beatificado en el 2005.

Beato Pedro Frémond y cinco compañeras mártires: Catalina du Verdier y su hermana María Luisa, Luisa Margarita Bessay, María Ana Hacher y Luisa Poirier, mujer casada. Todos ellos, laicos de la diócesis de Angers, fueron fusilados en Avrillé (Angers) durante la Revolución Francesa el año 1794, por su fidelidad a la Iglesia católica.



PARA TENER EL ESPÍRITU DE ORACIÓN Y DEVOCIÓN

Pensamiento bíblico:

Si mi padre y mi madre me abandonan, el Señor me recogerá. Espera en el Señor, sé valiente, ten ánimo, espera en el Señor (Salmo 26,10.14).

Pensamiento franciscano:

Dice san Francisco en su Regla: -Esta es aquella eminencia de la altísima pobreza, que a vosotros, carísimos hermanos míos, os ha constituido herederos y reyes del reino de los cielos, os ha hecho pobres de cosas, os ha sublimado en virtudes. Esta sea vuestra porción, que conduce a la tierra de los vivientes. Adhiriéndoos totalmente a ella, amadísimos hermanos, por el nombre de nuestro Señor Jesucristo, ninguna otra cosa jamás queráis tener debajo del cielo (2 R 6,4-6).

Orar con la Iglesia:

Oremos a Dios nuestro Padre, que pone delante de nosotros la conversión y la vida para que optemos por ellas.

-Para que la Iglesia sea como el árbol plantado al borde la acequia, que da fruto en su sazón.

-Para que comprendamos que sólo salva la vida el que sabe entregarla generosamente por Dios y por los demás.

-Para que los que ejercen poder y autoridad opten siempre por las soluciones que llevan a una vida humana en condiciones dignas.

-Para que los cristianos nos decidamos a seguir a Cristo, cargando con la cruz de cada día.

Oración: Señor, tú que quieres que vivamos y crezcamos, atiende nuestras oraciones. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.

* * *

LA ORACIÓN DEL ÁNGELUS
Benedicto XVI, Ángelus del 14 de septiembre de 2008 en Lourdes

Queridos peregrinos, queridos hermanos y hermanas.

Cada día, la oración del Ángelus nos ofrece la posibilidad de meditar unos instantes, en medio de nuestras actividades, en el misterio de la encarnación del Hijo de Dios. A mediodía, cuando las primeras horas del día comienzan a hacer sentir el peso de la fatiga, nuestra disponibilidad y generosidad se renuevan gracias a la contemplación del "sí" de María. Ese "sí" limpio y sin reservas se enraíza en el misterio de la libertad del María, libertad plena y total ante Dios, sin ninguna complicidad con el pecado, gracias al privilegio de su Inmaculada Concepción.

Este privilegio concedido a María, que la distingue de nuestra condición común, no la aleja, más bien al contrario la acerca a nosotros. Mientras que el pecado divide, nos separa unos de otros, la pureza de María la hace infinitamente cercana a nuestros corazones, atenta a cada uno de nosotros y deseosa de nuestro verdadero bien. Estáis viendo, aquí, en Lourdes, como en todos los santuarios marianos, que multitudes inmensas llegan a los pies de María para confiarle lo que cada uno tiene de más íntimo, lo que lleva especialmente en su corazón. Lo que, por miramiento o por pudor, muchos no se atreven a veces a confiar ni siquiera a los que tienen más cerca, lo confían a Aquella que es toda pura, a su Corazón Inmaculado: con sencillez, sin fingimiento, con verdad. Ante María, precisamente por su pureza, el hombre no vacila a mostrarse en su fragilidad, a plantear sus preguntas y sus dudas, a formular sus esperanzas y sus deseos más secretos. El amor maternal de la Virgen María desarma cualquier orgullo; hace al hombre capaz de verse tal como es y le inspira el deseo de convertirse para dar gloria a Dios.

María nos muestra de este modo la manera adecuada de acercarnos al Señor. Ella nos enseña a acercarnos a Él con sinceridad y sencillez. Gracias a Ella, descubrimos que la fe cristiana no es un fardo, sino que es como una ala que nos permite volar más alto para refugiarnos en los brazos de Dios.

La vida y la fe del pueblo creyente manifiestan que la gracia de la Inmaculada Concepción hecha a María no es sólo una gracia personal, sino para todos, una gracia hecha al entero pueblo de Dios. En María, la Iglesia puede ya contemplar lo que ella está llamada a ser. En Ella, cada creyente puede contemplar desde ahora la realización cumplida de su vocación personal. Que cada uno de nosotros permanezca siempre en acción de gracias por lo que el Señor ha querido revelar de su designio salvador a través del misterio de María. Misterio en el que estamos todos implicados de la más impresionante de las maneras, ya que desde lo alto de la Cruz, que celebramos y exaltamos hoy, Jesús mismo nos ha revelado que su Madre es Madre nuestra. Como hijos e hijas de María, aprovechemos todas las gracias que le han sido concedidas, y la dignidad incomparable que le procura su Concepción Inmaculada redunda sobre nosotros, sus hijos.

Aquí, muy cerca de la gruta, y en comunión especial con todos los peregrinos presentes en los santuarios marianos y con todos los enfermos de cuerpo o alma que buscan consuelo, bendecimos al Señor por la presencia de María en medio de su pueblo y a Ella dirigimos con fe nuestra oración:

«Santa María, tú que te apareciste aquí a la joven Bernadette, "tú eres la verdadera fuente de esperanza" (Dante, Par., XXXIII,12). Como peregrinos confiados, llegados de todos los lugares, venimos una vez más a sacar de tu Inmaculado Corazón fe y consuelo, gozo y amor, seguridad y paz. Monstra Te esse Matrem. Muéstrate como una Madre para todos, oh María. Danos a Cristo, esperanza del mundo. Amén».

* * *

PUDO MÁS PORQUE AMÓ MÁS
San Gregorio Magno, Libro de los Diálogos (2, 33)

Escolástica, hermana de Benito, dedicada desde su infancia al Señor todopoderoso, solía visitar a su hermano una vez al año. El varón de Dios se encontraba con ella fuera de las puertas del convento, en las posesiones del monasterio.

Cierto día, vino Escolástica, como de costumbre, y su venerable hermano bajó a verla con algunos discípulos, y pasaron el día entero entonando las alabanzas de Dios y entretenidos en santas conversaciones. Al anochecer, cenaron juntos.

Con el interés de la conversación se hizo tarde y entonces aquella santa mujer le dijo:

«Te ruego que no me dejes esta noche y que sigamos hablando de las delicias del cielo hasta mañana».

A lo que respondió Benito:

«¿Qué es lo que dices, hermana? No me está permitido permanecer fuera del convento».

Pero aquella santa, al oír la negativa de su hermano, cruzando sus manos, las puso sobre la mesa y, apoyando en ellas la cabeza, oró al Dios todopoderoso.

Al levantar la cabeza, comenzó a relampaguear, tronar y diluviar de tal modo, que ni Benito ni los hermanos que le acompañaban pudieron salir de aquel lugar.

Comenzó entonces el varón de Dios a lamentarse y entristecerse, diciendo:

«Que Dios te perdone, hermana. ¿Qué es lo que acabas de hacer?».

Respondió ella:

«Te lo pedí, y no quisiste escucharme; rogué a mi Dios, y me escuchó. Ahora sal, si puedes, despídeme y vuelve al monasterio».

Benito, que no había querido quedarse voluntariamente, no tuvo, al fin, más remedio que quedarse allí. Así pudieron pasar toda la noche en vela, en santas conversaciones sobre la vida espiritual, quedando cada uno gozoso de las palabras que escuchaba a su hermano.

No es de extrañar que al fin la mujer fuera más poderosa que el varón, ya que, como dice Juan: Dios es amor, y por esto, pudo más porque amó más.

A los tres días, Benito, mirando al cielo, vio cómo el alma de su hermana salía de su cuerpo en figura de paloma y penetraba en el cielo. Él, congratulándose de su gran gloria, dio gracias al Dios todopoderoso con himnos y cánticos, y envió a unos hermanos a que trajeran su cuerpo al monasterio y lo depositaran en el sepulcro que había preparado para sí.

Así ocurrió que estas dos almas, siempre unidas en Dios, no vieron tampoco sus cuerpos separados ni siquiera en la sepultura.

* * *

ESPÍRITU Y VIDA DE ORACIÓN DE SAN FRANCISCO (VII)
por Francisco Javier Toppi, OFMCap

La vida litúrgica. El Oficio divino

El Oficio divino, llamado con más propiedad «Liturgia de las Horas», es otra expresión importante de la vida litúrgica. San Francisco, que concedía un lugar preferente a la adoración, a la alabanza y a la acción de gracias en su oración, pudo penetrar muy a fondo en la razón teológica de esta Liturgia de las Horas. En su vida y en sus escritos se encuentran algunos textos referentes al Oficio divino. Veamos los que son de mayor interés para nosotros.

En el capítulo 3 de la Regla bulada manda que se rece el Oficio divino según la forma de la Santa Iglesia Romana (cf. 1 R 3). Su declaración es firme y severa a este propósito en el Testamento, al igual que en la Carta a toda la Orden, donde dice: «Por tanto, a causa de todas estas cosas, ruego como puedo a fray H., mi señor ministro general, que haga que la Regla sea observada inviolablemente por todos; y que los clérigos recen el oficio con devoción en la presencia de Dios, no atendiendo a la melodía de la voz, sino a la consonancia de la mente, de forma que la voz concuerde con la mente, y la mente concuerde con Dios, para que puedan aplacar a Dios por la pureza del corazón y no recrear los oídos del pueblo con la sensualidad de la voz. Pues yo prometo guardar firmemente estas cosas, así como Dios me dé la gracia para ello; y transmitiré estas cosas a los hermanos que están conmigo para que sean observadas en el oficio y en las demás constituciones regulares. Y a cualesquiera de los hermanos que no quieran observar estas cosas, no los tengo por católicos ni por hermanos míos; tampoco quiero verlos ni hablarles, hasta que hagan penitencia» (CtaO 40-44).

No puede menos de causar extrañeza y estupor el observar cómo san Francisco, tan manso por otra parte, considere y castigue con la mayor severidad la inobservancia de la Regla, la negligencia y arbitrariedad en la celebración del Oficio divino y la misma apostasía de la fe católica. Ciertamente se trataba de un asunto trascendental para él, bien por el valor intrínseco del Oficio divino (cf. 2 Cel 96, donde compara el rezo del Oficio divino con recibir la Eucaristía), ya sea por su propósito de ajustarse estrictamente también en esto a la Iglesia Romana.

Francisco posee también el espíritu de creatividad y de espontaneidad para componer paraliturgias. Así lo constatamos en su Oficio de la Pasión, que abarca todo el misterio de Cristo.

Sería útil analizar aquí este Oficio. Baste recordar que Francisco revela poseer un profundo conocimiento de los salmos, una íntima penetración de los tiempos litúrgicos, expresada por salmos seleccionados y entremezclados, una intuición mística de la presencia y de la voz de Cristo dirigiéndose al Padre en los salmos, una fidelidad perfecta al espíritu litúrgico y eclesial. Es sumamente edificante su testimonio de una íntima fusión de la vida litúrgica con la piedad personal, que se reclaman y enriquecen mutuamente.

Significativa al respecto es también la Regla para los eremitorios, testimonio histórico de la fusión armónica entre la vida fraterna ideal y la vida eremítica, a la vez que síntesis admirable de vida contemplativa y de vida litúrgica, donde el horario cotidiano es señalado y santificado con una auténtica «Liturgia de las Horas».

[Cf. Selecciones de Franciscanismo, vol. III, n. 7 (1974) 30-31]

No hay comentarios:

Publicar un comentario