miércoles, 8 de febrero de 2017

Año Cristiano Franciscano


DÍA 9 DE FEBRERO

 

SANTA APOLONIA. Virgen y mártir en Alejandría de Egipto, cuyo martirio conocemos por una carta de san Dionisio obispo de Alejandría, conservada por Eusebio en su Historia eclesiástica. Durante muchos años se consagró por completo al apostolado. En una revuelta que hubo contra los cristianos en tiempo del emperador Felipe, sus casas fueron asaltadas y muchos de ellos masacrados. Apolonia, ya de edad avanzada, fue detenida, y con un martillo le machacaron las mandíbulas y le hicieron saltar los dientes. Luego, encendieron una hoguera y la amenazaron con quemarla viva si no blasfemaba y apostataba. San Dionisio refiere que ella, temiendo no tener las fuerzas necesarias para soportar semejante tormento, se lanzó voluntariamente al fuego. Murió el año 249.



SAN MIGUEL FEBRES CORDERO. Nació el año 1854 en Cuenca (Ecuador). Ingresó en la congregación de los Hermanos de las Escuelas Cristianas en 1868. Desarrolló un largo e intenso apostolado como maestro, escritor y sobre todo catequista; nada le impedía la asiduidad a la oración ni el fomento de su devoción a la Virgen. Publicó muchas obras y tradujo numerosos textos didácticos. En 1892 ingresó en la Academia Ecuatoriana de la Lengua. En 1907 pasó a la casa general en Bélgica, pero pronto, por motivos de salud, se trasladó a Premiá de Mar, cerca de Barcelona (España), donde falleció el 9 de febrero de 1910.




BEATA ANA CATALINA EMMERICK. Monja profesa de la Orden de Canonesas Regulares de San Agustín. Nació en Flamschen (Alemania) el año 1774, de familia modesta. De joven trabajó como empleada de hogar y costurera, y ya se sintió inclinada a la piedad y a la contemplación, en particular de la pasión de Cristo. Superando no pocas dificultades consiguió en 1803 hacer la profesión religiosa. A pesar de su poca salud, fue ejemplar en la observancia y en la práctica de la caridad. El gobierno cerró su convento en 1811, y ella se puso de ama de llaves del sacerdote Lambert en Dülmen. A partir de 1813 la enfermedad la obligó a guardar cama. Tuvo visiones y experiencias místicas extraordinarias, recibió las llagas de la pasión de Cristo, y edificó a cuantos la visitaban, que eran muchos, con sus palabras y su ejemplo. Un médico escribió su diario. Murió en 1824 y fue beatificada por Juan Pablo II el año 2004.



BEATO LUIS MAGAÑA SERVÍN. Joven laico mexicano, nacido en Arandas (Jalisco) el año 1902. Fue miembro activo de la Asociación Católica de la Juventud Mexicana y de la Archicofradía de la Adoración del Santísimo Sacramento. De su matrimonio con Elvira Camarena tuvo dos hijos, Gilberto y María Luisa, nacida después de su muerte. El 9 de agosto de 1928, en plena persecución religiosa, su pueblo fue ocupado por las fuerzas federales, que procedieron de inmediato a la captura de los católicos más significados. Él consiguió esconderse, por lo que apresaron a su hermano más pequeño. Cuando él lo supo, se presentó de inmediato para solicitar la libertad de su hermano a cambio de la suya propia. Confesó que no era cristero, pero sí cristiano, por lo que lo condenaron a muerte. Llevado al atrio de la parroquia, dio vivas a Cristo Rey y a la Virgen de Guadalupe, y perdonó a los que iban a fusilarlo, prometiéndoles su intercesión cuando llegara a la presencia de Dios. Fue beatificado el año 2005.



BEATO LEOPOLDO DE ALPANDEIRE. Nació en Alpandeire (Málaga, España) el año 1864, en el seno de una familia humilde y laboriosa. Desde muy joven trabajó en el campo, a la vez que profundizaba en su vida de piedad y de caridad. A los 35 años tomó el hábito de los Capuchinos como hermano lego en Sevilla. Desde 1914 vivió en Granada pidiendo limosna para su convento, para los pobres y para las misiones, mientras distribuía la ayuda espiritual del consuelo, consejo y buen ejemplo de una vida austera y pura, incluso en las situaciones revueltas que se vivieron en España. Murió el 9 de febrero de 1956. Fue beatificado el año 2010, y de él dijo Benedicto XVI: «La vida de este sencillo y austero Religioso Capuchino es un canto a la humildad y a la confianza en Dios y un modelo luminoso de devoción a la Santísima Virgen María. Invito a todos, siguiendo el ejemplo del nuevo Beato, a servir al Señor con sincero corazón, para que podamos experimentar el inmenso amor que Él nos tiene y que hace posible amar a todos los hombres sin excepción». Oración: Dios Padre misericordioso, que has llamado al beato Leopoldo a seguir las huellas de tu Hijo Jesucristo por la senda de la humildad, la pobreza y el amor a la cruz, concédenos imitar sus virtudes para participar junto a él en el banquete del Reino de los cielos. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.

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San Altón. Abad de origen irlandés que fundó el monasterio de Altonmünster en los bosques de la región de Baviera (Alemania), cerca de Augsburgo. El rey Pipino el Breve le donó aquel lugar, y san Bonifacio bendijo la iglesia. Murió el año 760.

San Ansberto. Fue abad del monasterio de Fontenelle, y después obispo de Rouen. Expulsado de su sede por Pipino de Heristal, murió en el monasterio de Hautmont, a orillas del Sambre en Hainault, el año 695.

San Marón. En un monte cercano a Apamea (Siria), llevó vida eremítica, entregado por completo a una áspera penitencia, acompañada de permanente y alta contemplación. Murió hacia el año 410. Junto a su sepulcro se construyó un célebre monasterio, del que se originó la comunidad cristiana de los "maronitas" que ha permanecido siempre en comunión con la Santa Sede.

Santos Mártires de Alejandría de Egipto. En el siglo IV, muchísimos católicos fueron martirizados por los arrianos seguidores de Siriano, mientras celebraban la Eucaristía en la iglesia.

Santos Primo y Donato. Diáconos que, el año 361, fueron martirizados en Lamellefa, de Mauritania Sitifense en África septentrional, por los herejes donatistas cuando se opusieron a la destrucción del altar de su iglesia, en tiempo del emperador Juliano el Apóstata.

San Rainaldo. Nacido de noble familia en Italia, quiso seguir la vida eremítica e ingresó en los camaldulenses de Fonte Avellana, monasterio del que fue elegido prior en 1218. Aquel mismo año fue nombrado obispo de Nocera Umbra. Se entregó por completo al oficio que se le había confiado, manteniendo a la vez las formas y costumbres de la vida monástica. Murió el año 1222.

San Sabino. Fue obispo de Canosa, en Apulia (Italia), amigo de san Benito, al que solía visitar en Montecasino. El papa Agapito lo envió como legado de la Santa Sede a Constantinopla para defender la fe católica frente a la herejía monofisita, que negaba la doble naturaleza de Cristo. Murió en Canosa el año 566.

San Teliavo. Fue fundador y abad del monasterio de Llandaff, en Gales. Más tarde fue nombrado obispo de la diócesis de Llandaff. Murió en su monasterio el año 560.



PARA TENER EL ESPÍRITU DE ORACIÓN Y DEVOCIÓN

Pensamiento bíblico :

«Inclina tu oído, Señor, escúchame, que soy un pobre desamparado; protege mi vida, que soy un fiel tuyo; salva a tu siervo, que confía en ti. Tú eres mi Dios, piedad de mí, Señor, que a ti te estoy llamando todo el día; alegra el alma de tu siervo, pues levanto mi alma hacia ti; porque tú, Señor, eres bueno y clemente, rico en misericordia con los que te invocan. Señor, escucha mi oración, atiende a la voz de mi súplica» (Salmo 85,1-6).

Pensamiento franciscano :

Dice san Francisco en su Regla: -Los hermanos nada se apropien, ni casa, ni lugar, ni cosa alguna. Y como peregrinos y forasteros en este siglo, sirviendo al Señor en pobreza y humildad, vayan por limosna confiadamente, y no deben avergonzarse, porque el Señor se hizo pobre por nosotros en este mundo (2 R 6,1-3).

Orar con la Iglesia :

Oremos a Dios, nuestro Padre, que, lleno de amor y ternura, cuida a todos sus hijos, especialmente los pobres y débiles.

-Por la Iglesia; para que, haciéndose débil con los débiles, les anuncie el Evangelio.

-Por los que consumen sus días sin esperanza, en la enfermedad y el dolor; para que descubran junto a ellos la presencia de Jesús, salud y consuelo de todo el que cree.

-Por los que atienden a los enfermos y a los desvalidos; para que les presten sus servicios por amor y con amor.

-Por todos los cristianos; para que aprendamos a ser buenos samaritanos.

Oración: Escucha, Señor, la humilde oración de tu pueblo, que pone toda su confianza en ti. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.

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SENTIDO Y VALOR DE LA ENFERMEDAD
Benedicto XVI, Ángelus del 8 de febrero de 2009

Queridos hermanos y hermanas:

Hoy el Evangelio (domingo V del TO, ciclo B; Mc 1,29-39) nos presenta a Jesús que, después de haber predicado el sábado en la sinagoga de Cafarnaúm, curó a muchos enfermos, comenzando por la suegra de Simón. Al entrar en su casa, la encontró en la cama con fiebre e, inmediatamente, tomándola de la mano, la curó e hizo que se levantara. Después de la puesta del sol, curó a una multitud de personas afectadas por todo tipo de enfermedades. La experiencia de la curación de los enfermos ocupó gran parte de la misión pública de Cristo, y nos invita una vez más a reflexionar sobre el sentido y el valor de la enfermedad en todas las situaciones en las que el ser humano pueda encontrarse. También la Jornada mundial del enfermo, que celebraremos el próximo 11 de febrero, memoria litúrgica de Nuestra Señora de Lourdes, nos ofrece esta oportunidad.

Aunque la enfermedad forma parte de la experiencia humana, no logramos habituarnos a ella, no sólo porque a veces resulta verdaderamente pesada y grave, sino fundamentalmente porque hemos sido creados para la vida, para la vida plena. Justamente nuestro "instinto interior" nos hace pensar en Dios como plenitud de vida, más aún, como Vida eterna y perfecta. Cuando somos probados por el mal y nuestras oraciones parecen vanas, surge en nosotros la duda y, angustiados, nos preguntamos: ¿cuál es la voluntad de Dios? El Evangelio nos ofrece una respuesta precisamente a este interrogante. Por ejemplo, en el pasaje de hoy leemos que «Jesús curó a muchos enfermos de diversos males y expulsó muchos demonios» (Mc 1,34); en otro pasaje de san Mateo se dice que «Jesús recorría toda Galilea, enseñando en sus sinagogas, proclamando la buena nueva del Reino y curando toda enfermedad y toda dolencia en el pueblo» (Mt 4,23).

Jesús no deja lugar a dudas: Dios -cuyo rostro él mismo nos ha revelado- es el Dios de la vida, que nos libra de todo mal. Los signos de este poder suyo de amor son las curaciones que realiza: así demuestra que el reino de Dios está cerca, devolviendo a hombres y mujeres la plena integridad de espíritu y cuerpo. Digo que estas curaciones son signos: no se quedan en sí mismas, sino que guían hacia el mensaje de Cristo, nos guían hacia Dios y nos dan a entender que la verdadera y más profunda enfermedad del hombre es la ausencia de Dios, de la fuente de verdad y de amor. Y sólo la reconciliación con Dios puede darnos la verdadera curación, la verdadera vida, porque una vida sin amor y sin verdad no sería vida. El reino de Dios es precisamente la presencia de la verdad y del amor; y así es curación en la profundidad de nuestro ser. Por tanto, se comprende por qué su predicación y las curaciones que realiza siempre están unidas. En efecto, forman un único mensaje de esperanza y de salvación.

Gracias a la acción del Espíritu Santo, la obra de Jesús se prolonga en la misión de la Iglesia. Mediante los sacramentos es Cristo quien comunica su vida a multitud de hermanos y hermanas, mientras cura y conforta a innumerables enfermos a través de las numerosas actividades de asistencia sanitaria que las comunidades cristianas promueven con caridad fraterna, mostrando así el verdadero rostro de Dios, su amor. Es verdad: ¡cuántos cristianos -sacerdotes, religiosos y laicos- han prestado y siguen prestando en todas las partes del mundo sus manos, sus ojos y su corazón a Cristo, verdadero médico de los cuerpos y de las almas! Oremos por todos los enfermos, especialmente por los más graves, que de ningún modo pueden valerse por sí mismos, sino que dependen totalmente de los cuidados de otros: que cada uno de ellos experimente, en la solicitud de quienes están a su lado, la fuerza del amor de Dios y la riqueza de su gracia, que nos salva. Que María, Salud de los enfermos, ruegue por nosotros.

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DE LA PERFECTA POBREZA
De la "Vida perfecta para religiosas" de San Buenaventura

También la pobreza es virtud necesaria para la integridad de la perfección, en tal manera, que sin ella nadie puede ser perfecto, según afirma el Señor en el Evangelio: Si quieres ser perfecto, ve y vende todo lo que tienes y dalo a los pobres. Como la suma de la perfección evangélica consiste en la excelencia de la pobreza, no crea haber alcanzado la cumbre de la perfección el que aún no ha llegado a ser perfecto imitador de la evangélica pobreza. Dice Hugo de San Víctor: «Por mucha perfección que pueda hallarse en los religiosos, sin embargo no se la ha de considerar como perfección integral si no se ama la pobreza».

Dos motivos son los que deben excitar al amor de la pobreza, no sólo a cualquier religioso, sino también a cualquier hombre. En primer lugar, el ejemplo divino, que es irreprensible; en segundo lugar, la promesa divina, que es inestimable.

En primer lugar, debe excitarte al amor de la pobreza el amor y ejemplo de nuestro Señor Jesucristo, que fue pobre en su nacimiento, pobre en su vida y pobre en su muerte.

Nuestro Señor Jesucristo fue tan pobre al nacer, que no tuvo casa, ni vestido, ni alimento: por casa, un establo; por vestido, viles pañales; por alimento, la leche virginal. Considerando esta pobreza el apóstol San Pablo exclamó suspirando: Conocéis la gracia de nuestro Señor Jesucristo, que, siendo rico, se hizo pobre por amor nuestro, a fin de que nosotros fuéramos ricos con su pobreza. Y San Bernardo dice: «En el cielo abundaba una eterna afluencia de todos los bienes; pero no se encontraba la pobreza; en la tierra, en cambio, abundaba y sobreabundaba esta mercancía, y el hombre no conocía su valor. Y como el Hijo de Dios la deseaba, bajó para apropiársela y con su estima hacérnosla preciosa».

También se nos dio como dechado de pobreza nuestro Señor Jesucristo en su modo de vida en este mundo. Fue de tal manera pobre, que algunas veces no pudo tener hospedaje y muchas veces le fue forzoso dormir con sus Apóstoles fuera de las ciudades y pueblos. Dice el evangelista San Marcos: Después de haberlo visto todo, siendo ya tarde, se salió a Betania con los doce. Y San Mateo dice: Las raposas tienen cuevas y las aves del cielo nidos; pero el Hijo del hombre no tiene donde reclinar la cabeza.

Lo segundo que debe moverte al amor de la pobreza es la promesa divina, que es inestimable. ¡Oh rico para con todos, oh buen Señor Jesús!, ¿quién puede dignamente expresar con palabras, percibir en su corazón y escribir con la mano la gloria celestial que prometiste dar a tus pobres? Por su pobreza voluntaria merecen contemplar la gloria del Creador, merecen entrar en las obras del poder del Señor: en las eternas mansiones, en los dulcísimos tabernáculos; merecen hacerse ciudadanos de la ciudad cuyo artífice y autor es Dios. Pues Tú con tu boca bendita se lo prometiste: Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos. ¡Oh Señor Jesucristo!, el reino de los cielos no es otra cosa más que Tú mismo, que eres Rey de reyes y Señor de los que dominan. Tú te darás a Ti mismo en premio, en recompensa y en gozo. Gozarán de Ti, se alegrarán en Ti, se hartarán de Ti. Pues comerán los pobres y quedarán hartos, y alabarán al Señor los que le buscan, sus corazones vivirán eternamente. Amén.

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ESPÍRITU Y VIDA DE ORACIÓN DE SAN FRANCISCO (VI)
por Francisco Javier Toppi, OFMCap

La vida litúrgica. La liturgia eucarística

«La Liturgia es la cumbre a la cual tiende la actividad de la Iglesia y, al mismo tiempo, la fuente de donde mana su fuerza» (Sacrosanctum Concilium, 10). Veamos, pues, brevemente las enseñanzas e insinuaciones de san Francisco en torno a la renovación de la vida litúrgica.

Celano escribe en su Vida II de san Francisco: «Ardía en fervor, que le penetraba hasta la médula, para con el sacramento del cuerpo del Señor, admirando locamente su cara condescendencia y su condescendiente caridad. Juzgaba notable desprecio no oír cada día, a lo menos, una misa, pudiendo oírla. Comulgaba con frecuencia y con devoción tal, como para infundirla también en los demás. Como tenía en gran reverencia lo que es digno de toda reverencia, ofrecía el sacrificio de todos los miembros, y al recibir al Cordero inmolado inmolaba también el alma en el fuego que le ardía de continuo en el altar del corazón. Por esto amaba a Francia, por ser devota del cuerpo del Señor; y deseaba morir allí, por la reverencia en que tenían el sagrado misterio» (2 Col 201).

Y en la Carta a toda la Orden dice el mismo san Francisco: «Amonesto por eso y exhorto en el Señor que, en los lugares en que moran los hermanos, se celebre solamente una misa por día, según la forma de la santa Iglesia. Y si en un lugar hubiera muchos sacerdotes, que el uno se contente, por amor de la caridad, con oír la celebración del otro sacerdote; porque el Señor Jesucristo colma a los presentes y a los ausentes que son dignos de él. El cual, aunque se vea que está en muchos lugares, permanece, sin embargo, indivisible y no conoce detrimento alguno, sino que, siendo uno en todas partes, obra como le place con el Señor Dios Padre y el Espíritu Santo Paráclito por los siglos de los siglos. Amén» (CtaO 30-33).

Conviene enmarcar en su contexto histórico cuanto aquí se prescribe. En aquel tiempo se daban frecuentes abusos de sacerdotes que celebraban muchas misas al día por razón del estipendio, y había peligro de que se introdujera este abuso en los lugares donde moraban los frailes, pues ya estaban formadas las fraternidades locales y había muchos sacerdotes.

Francisco trata seriamente de excluir dicho peligro. Su argumentación es hermosa y profunda: los frutos del Sacrificio Eucarístico no se perciben por el mero hecho de multiplicar celebraciones, sino conforme a la medida de la caridad fraterna, de la humildad y de la unión con el único Sacerdote, Jesucristo. Francisco no pone en tela de juicio la celebración diaria de la misa, que considera es la práctica existente en los lugares donde moraban frailes, sino que recomienda lo que más apreciaba él, la necesidad de celebrar la Eucaristía como signo genuino de caridad y de unión de los hermanos en Cristo.

Dentro de la Liturgia Eucarística se inserta la Liturgia de la Palabra, celebrada actualmente por la Iglesia con el honor debido y profesando a dicha Palabra el mismo culto que al Cuerpo del Señor (cf. Dei Verbum, 2).

Así es como pensaba también Francisco, y puso en práctica y predicó con celo esta doctrina. En efecto, siempre que trata de la reverencia al Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo, escribe con idéntico fervor y casi con las mismas expresiones acerca del respeto «hacia los santísimos nombres del Señor y sus palabras escritas».

El hecho significativo, relatado por sus biógrafos, de que cuando no podía participar en la misa procuraba que se le leyera el texto evangélico del día (cf. LP 87; EP 117), nos revela en qué grado equiparaba la Palabra con el Sacramento, ya que se sentía tan unido a Cristo cuando oía su Palabra que cuando participaba en el Sacrificio Eucarístico. De ello podemos deducir el sentido pleno con que celebraba la Liturgia y cómo extraía alimento para su vida de oración de las fuentes bíblicas y litúrgicas.

[Cf. Selecciones de Franciscanismo, vol. III, n. 7 (1974) 29-30]

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