martes, 7 de febrero de 2017

Año Cristiano Franciscano


DÍA 8 DE FEBRERO

 

SAN JERÓNIMO EMILIANI. Nació en Venecia el año 1486, de una familia de vieja solera militar y senatorial. De joven emprendió la carrera de las armas, y llevó una vida licenciosa y violenta. Arrojado a la cárcel por sus enemigos, maduró su vocación y se convirtió al Señor. Después de distribuir sus bienes entre los pobres, se consagró al servicio de todos los miserables, los enfermos, los jóvenes y niños abandonados, y al rescate de las prostitutas. Padre y protector de los huérfanos, para los que abrió escuelas gratuitas, fundó para su atención la Orden de los Clérigos Regulares de Somasca. Murió en Somasca (Bérgamo) el año 1537 a consecuencia de la peste que le contagiaron los enfermos a quienes atendía.- Oración: Señor, Dios de las misericordias, que hiciste a san Jerónimo Emiliani padre y protector de los huérfanos, concédenos, por su intercesión, la gracia de permanecer siempre fieles al espíritu de adopción que nos hace verdaderamente hijos tuyos. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.




SANTA JOSEFINA BAKHITA. Nació en Sudán entre 1869 y 1872, en la tribu de los Dagiú. Siendo todavía niña, los negreros la raptaron y vendieron cinco veces en los mercados de esclavos. El miedo que experimentó en el rapto le provocó una amnesia que le hizo olvidar incluso su nombre. Bakhita es el nombre que le dieron los secuestradores; Josefina, el que recibió en el bautismo. Experimentó las humillaciones y los sufrimientos físicos y morales de la esclavitud, pasando de mano en mano por varios dueños. En Jartum la compró un cónsul italiano, que se la llevó a Génova y se la cedió a unos amigos. Estos, en 1888, la confiaron a las religiosas canosianas de Venecia. Se fue acercando al catolicismo, en 1890 recibió el bautismo y en 1893 entró en el noviciado de las Hijas de la Caridad Canosianas. Por deseo de sus superioras, escribió sus memorias personales. Durante muchos años se dedicó a diversos trabajos domésticos en la casa de Schio (Vicenza, Italia), hasta que una artritis deformante la dejó postrada en una silla de ruedas. Murió en Schio el 8 de febrero de 1947. Juan Pablo II la canonizó el año 2000.- Oración: Oh Dios, que de la humillante esclavitud condujiste a santa Josefina a la dignidad de hija tuya y esposa de Cristo, te rogamos nos concedas que, imitando su ejemplo, sigamos con amor firme a Cristo crucificado y, movidos a misericordia, perseveremos en el amor. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.

Beata Esperanza de Jesús

Beata Esperanza de JesúsBEATA ESPERANZA DE JESÚS (de pila, María Josefa Alhama Valera). Nació en Santomera (Murcia, España) en 1893, en una humilde familia de jornaleros. De joven ingresó en la vida religiosa, que dejó para fundar en Madrid, en la navidad de 1930, la congregación de las Esclavas del Amor Misericordioso, dedicadas a la atención de los pobres y marginados, que pronto se expandió por España y llegó a Roma en 1936. Durante algunos años se cuestionó la ortodoxia de su espiritualidad, lo que le acarreó contrariedades que afrontó con humildad y obediencia. Después, en 1951, fundó en Roma la congregación de los Hijos del Amor Misericordioso, para la atención de los sacerdotes del clero secular. Aquel mismo año se estableció con sus religiosas y religiosos en Collevalenza (Todi), donde levantó el santuario del Amor Misericordioso. Y allí murió el 8 de febrero de 1983. En su vida destacó como fundadora, como testigo del amor misericordioso de Dios sobre todo hacia los pobres y como promotora de la santidad en el clero diocesano. Beatificada el 31-V-1914.

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San Esteban de Grandmont. Fue ermitaño en Muret, cerca de Limoges (Francia), llevando una vida muy austera y de alta contemplación, con particular devoción a la Santísima Trinidad. Con el tiempo se le unieron muchos discípulos, y de ahí nació la Orden de Grandmont, de gran austeridad, de vida eremítica integral, en la que los clérigos se dedicaban a la divina alabanza y a la contemplación, mientras los hermanos laicos se ocupaban de los asuntos temporales. Murió en Muret el año 1124.

San Honorato. Obispo de Milán que, ante la amenaza de la invasión longobarda, puso a salvo a gran parte de la población buscándole refugio en Génova. Murió en Milán el año 570.

San Jacuto. De origen británico, emigró con su familia a Bretaña (Francia) cuando la invasión de los sajones. Fundó cerca del mar el monasterio que tomó su nombre, Saint-Jacut, y del que fue abad. Vivió en el siglo VI.

San Juvencio, Evencio o Invencio. Obispo de Pavía (Italia), que se entregó enteramente a la difusión del Evangelio. Murió el año 397.

Santos Mártires de Constantinopla. Conmemoración del martirio de los santos monjes del monasterio de Dio en Constantinopla que, por defender la fe católica proclamada en el Concilio de Calcedonia y llevar cartas al papa san Félix III contra Acacio, fueron asesinados cruelmente hacia el año 485.

San Pablo. Fue primero monje y luego obispo de Verdun (Francia). Promovió el decoro y dignidad del culto divino y la vida común de los canónigos. Murió el año 647.

Santa Quinta o Coínta. Martirizada en Alejandría de Egipto el año 259, durante la persecución del emperador Decio. Apresada y conducida a un templo pagano, para que adorara a los dioses, ella rechazó con entereza semejante propuesta, por lo que la ataron por los pies y la arrastraron por las calles y plazas de la ciudad, para terminar lapidándola.

Beata Josefina Gabriela Donino. Nació en Savigliano (Piemonte) en 1843. Perteneció a la Tercera Orden franciscana, también a la carmelitana y a otras instituciones religiosas. Curada providencialmente de una grave enfermedad, se consagró a Señor y decidió dedicarse al servicio del prójimo. Fundó la Congregación de la Sagrada Familia de Nazaret, para la educación de los huérfanos y la asistencia a los enfermos pobres. Murió en Savona (Liguria) en 1906.

Beato Pedro Ígneo. Fue monje de la Orden de Valleumbrosa. Recibió el sobrenombre de Ígneo porque, por orden de su abad, pasó ileso a través de las llamas para demostrar la culpabilidad de Pedro de Pavía, obispo simoníaco de Florencia. San Gregorio VII lo creó cardenal obispo de Albano, y desempeñó legaciones pontificias en Italia, Francia y Alemania. Se dedicó sin descanso a la renovación de la disciplina eclesiástica. Murió en Albano (Lazio) el año 1089.



PARA TENER EL ESPÍRITU DE ORACIÓN Y DEVOCIÓN

Pensamiento bíblico:

Dijo Jesús: -Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia. Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios. Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios. Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el Reino de los Cielos (Mt 5,7-10).

Pensamiento franciscano:

Decía san Francisco: -Bienaventurado aquel siervo que no se enaltece más por el bien que el Señor dice y obra por medio de él, que por el bien que dice y obra por medio de otro. Peca el hombre que quiere recibir de su prójimo más de lo que él quiere dar de sí al Señor Dios (Adm 17).

Orar con la Iglesia:

Oremos al Señor Jesús, en el que todo hombre tiene acceso a la fe y a la esperanza.

-Por la santa Iglesia, para que, en el fervor de su fe y de su testimonio, sea fermento evangélico de salvación.

-Por todos los que sufren a causa de la violencia o de la opresión, para que les sea reconocida su libertad y el derecho a construir su propio futuro.

-Por los que tienen poder, para que promuevan el crecimiento integral de la persona humana.

-Por los cristianos, para que el Señor nos haga capaces de valorar con discernimiento lo que Dios quiere en las situaciones concretas de la vida.

Oración: Escucha, Señor Jesús, nuestra oración y haz eficaces en nuestra vida los dones de tu Espíritu. Tú que vives y reinas por los siglos de los siglos. Amén.

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SANTA JOSEFINA BAKHITA
De las homilías de S. S. Juan Pablo II
en su canonización y su beatificación (1-X-2000 y 17-V-1992)

«La ley del Señor es perfecta (...) e instruye al ignorante» (Sal 19,8). Estas palabras del Salmo responsorial de hoy resuenan con fuerza en la vida de la religiosa Josefina Bakhita. Secuestrada y vendida como esclava a la tierna edad de siete años, sufrió mucho en manos de amos crueles. Pero llegó a comprender la profunda verdad de que Dios, y no el hombre, es el verdadero Señor de todo ser humano, de toda vida humana. Esta experiencia se transformó en una fuente de gran sabiduría para esta humilde hija de África.

En el mundo actual un elevado número de mujeres siguen siendo víctimas, incluso en las sociedades modernas más desarrolladas. En santa Josefina Bakhita encontramos una abogada brillante de la auténtica emancipación. La historia de su vida no inspira una aceptación pasiva, sino más bien una firme decisión de trabajar efectivamente por librar a niñas y mujeres de la opresión y la violencia, y devolverles su dignidad en el ejercicio pleno de sus derechos.

En la Beata Josefina Bakhita encontramos también un testimonio eminente del amor paternal de Dios y un signo esplendoroso de la perenne actualidad de las Bienaventuranzas. Nacida en el Sudán, en 1869, raptada por negreros cuando aún era niña y vendida varias veces en los mercados africanos, conoció las atrocidades de una esclavitud que dejó en su cuerpo señales profundas de la crueldad humana. A pesar de estas experiencias de dolor, su inocencia permaneció íntegra, llena de esperanza. «Siendo esclava nunca me he desesperado -decía- porque en mi interior sentía una fuerza misteriosa que me sostenía». El nombre Bakhita -como la habían llamado sus secuestradores- significa Afortunada, y así fue efectivamente, gracias al Dios de todo consuelo, que la llevaba siempre como de la mano y caminaba junto a ella.

Llegada a Venecia por los caminos misteriosos de la divina Providencia, Bakhita se abrió muy pronto a la gracia. El bautismo y, después de algunos años, la profesión religiosa entre las hermanas Canosianas, que la habían acogido e instruido, fueron la consecuencia lógica del descubrimiento del tesoro evangélico, para lo cual sacrificó todo, incluso el regreso, ya siendo libre, a su tierra natal. Como Magdalena de Canosa, ella también quería vivir sólo para Dios, y con constancia heroica emprendió humilde y confiadamente el camino de la fidelidad al amor más grande. Su fe era firme, transparente, fervorosa. «Sabéis qué gran alegría es conocer a Dios», solía repetir.

La nueva Beata transcurrió 51 años de vida religiosa canosiana dejándose guiar por la obediencia en un compromiso cotidiano, humilde y escondido, pero rico de genuina caridad y de oración. Los habitantes de Schio, donde residió casi todo el tiempo, muy pronto descubrieron en su «madre morenita» -Madre Moretta la llamaban- una humanidad rica en el dar, una fuerza interior no común que arrastraba. Su vida se consumó en una incesante oración con intención misionera, en una fidelidad humilde y heroica por su caridad, que le consintió vivir la libertad de los hijos de Dios y promoverla a su alrededor.

En nuestro tiempo, en que el recurso desenfrenado al poder, al dinero y al placer causa tanta desconfianza, violencia y soledad, el Señor nos presenta a sor Bakhita como hermana universal, para que nos revele el secreto de la felicidad más auténtica: las Bienaventuranzas.

El suyo es un mensaje de bondad heroica a imagen de la bondad del Padre celestial. Ella nos ha dejado un testimonio de reconciliación y de perdón evangélico, que llevará ciertamente consuelo a los cristianos de su patria, Sudán, tan duramente probados por un conflicto que dura desde hace muchos años y que ha provocado tantas víctimas. Su fidelidad y su esperanza son motivo de orgullo y de acción de gracias para toda la Iglesia. En este momento de grandes tribulaciones, sor Bakhita les precede por el camino de la imitación de Cristo, de la intensificación de la vida cristiana y de la adhesión inquebrantable a la Iglesia.

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SÓLO EN EL SEÑOR DEBEMOS CONFIAR
De las cartas de san Jerónimo Emiliani
a sus hermanos de religión

Hermanos dilectísimos en Cristo e hijos de la Sociedad de los Siervos de los pobres:

Os saluda vuestro humilde padre, y os exhorta a que perseveréis en el amor de Cristo y en la fiel observancia de la ley cristiana, tal como os lo demostré de palabra y obra cuando estaba con vosotros, a fin de que el Señor sea glorificado por mí en vosotros.

Nuestro fin es Dios, fuente de todo bien, y, como decimos en nuestra oración, sólo en él debemos confiar, y no en otros. Nuestro Señor, que es benigno, queriendo aumentar vuestra fe (sin la cual, como dice el Evangelio, Cristo no pudo hacer muchos milagros) y escuchar vuestra oración, determinó que vivierais pobres, enfermos, afligidos, cansados y abandonados de todos, y que os vieseis incluso privados de mi presencia corporal, aunque no de la presencia espiritual de este vuestro pobre padre, que tanto os ama.

Sólo Dios sabe por qué obra así con vosotros; pero podemos sospechar tres razones:

La primera, que nuestro Señor os quiere contar entre sus hijos queridos, con tal que perseveréis en sus caminos; esto es lo que suele hacer con sus amigos para santificarlos.

La otra razón es que pretende haceros confiar exclusivamente en él. Dios, como os he dicho, no realiza sus obras en aquellos que se resisten a depositar en él totalmente su fe y su esperanza; en cambio, infunde la plenitud de su caridad en aquellos que están llenos de fe y esperanza, y realiza grandes obras en ellos. Por eso, si tenéis auténtica fe y esperanza, hará con vosotros grandes cosas, él, que exalta a los humildes. Al hacer que me haya alejado de vosotros, y al alejar también a cualquier otro que goce de vuestro favor, Dios os da a elegir entre dos cosas: apartaros de la fe, volviendo a las cosas del mundo, o permanecer fuertes en la fe y obtener así su aprobación.

He aquí, pues, la tercera razón: Dios quiere probaros como al oro en el crisol. El fuego va consumiendo la ganga del oro, pero el oro bueno permanece y aumenta su valor. De igual modo se comporta Dios con su siervo bueno que espera y persevera en la tribulación. El Señor lo levanta y le devuelve, ya en este mundo, el ciento por uno de todo lo que dejó por amor suyo, y después le da la vida eterna.

Así es como se comporta Dios con todos sus santos. Así hizo con el pueblo de Israel después de que pasó tantas tribulaciones en Egipto: lo condujo por el desierto entre prodigios, lo alimentó con el maná y sobre todo le dio la tierra prometida. Si vosotros perseveráis constantes en la fe en medio de las tentaciones, Dios os dará paz y descanso temporal en este mundo, y sosiego imperecedero en el otro.

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ESPÍRITU Y VIDA DE ORACIÓN DE SAN FRANCISCO (V)
por Francisco Javier Toppi, OFMCap

La Virgen María en la vida y oración de Francisco

En su caminar hacia Cristo y en su Teocentrismo Trinitario, san Francisco encuentra a la Virgen María quien, según expresión del Vaticano II, «por su íntima participación en la historia de la salvación reúne en sí y refleja en cierto modo las supremas verdades de la fe, cuando es anunciada y venerada, atrae a los creyentes a su Hijo, a su sacrificio y al amor del Padre» (Lumen gentium, 65).

Conservamos dos oraciones marianas de san Francisco y ambas brillan por su solidez teológica y su altísima contemplación, pues tratan de la Virgen María insertándola en el misterio de la vida trinitaria, en el misterio de Cristo y de la Iglesia.

Así, en su Saludo a la Virgen María, Francisco contempla dinámicamente el misterio de María en relación con las tres personas divinas: María, elegida por el Padre como por su primer principio y consagrada por el Hijo y el Espíritu Santo. De esta altísima realidad centro-trinitaria brota, como en la historia de la salvación, la Encarnación del Verbo, cuyo receptáculo humano e instrumento creado fue la Virgen María, enriquecida por Dios con dones convenientes, que ella misma recibió y desarrolló activamente.

En la antífona mariana del Oficio de la Pasión, Francisco añade la función mediadora de María cerca de su Hijo.

También los biógrafos nos presentan testimonios explícitos de su devoción mariana. Por ejemplo, en la Vida II de Celano se nos refiere: «Rodeaba de amor indecible a la Madre de Jesús, por haber hecho hermano nuestro al Señor de la majestad. Le tributaba peculiares alabanzas, le multiplicaba oraciones, le ofrecía afectos, tantos y tales como no puede expresar lengua humana. Pero lo que más alegra es que la constituyó abogada de la Orden y puso bajo sus alas, para que los nutriese y protegiese hasta el fin, a los hijos que estaba a punto de abandonar» (2 Cel 198).

Y bien conocida de todos es igualmente su devoción a la capilla de la Porciúncula, dedicada a Santa María de los Angeles, donde, por los méritos e intercesión de la Virgen, concibió y dio a luz al mundo el espíritu de la verdad evangélica (LM 3,1). Allí contempló y declaró seguir a la que fue compañera inseparable de la pobreza de Cristo, a la Virgen María.

[Cf. Selecciones de Franciscanismo, vol. III, n. 7 (1974) 28]

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