lunes, 6 de febrero de 2017

Año Cristiano Franciscano


DÍA 7 DE FEBRERO

 

SANTA COLETA BOYLET. Nació en Corbie (al norte de Francia) en 1381. Sus padres, ya mayores, la llamaron Nicolette o Colette, agradeciendo a san Nicolás el haberla tenido. Huérfana de padre y madre a los 18 años, distribuyó sus bienes entre los pobres y emprendió una variada experiencia religiosa que pasó por vestir el hábito de la Tercera Orden y llevar vida eremítica, hasta profesar en las clarisas. Desde su profunda vida de pobreza y oración, se sintió llamada a renovar su Orden, a la que quiso devolver el espíritu y la observancia que le diera santa Clara en su Regla. Con autorización pontificia, reformó unos monasterios y fundó otros nuevos, para los que redactó unas Constituciones, aprobadas por la Iglesia. Aún en la actualidad son numerosos los monasterios de "Coletinas", que se inspiran en Clara y en Coleta. Su impulso renovador benefició también mucho a los franciscanos. Murió en Gante (Bélgica) el 6 de marzo de 1447. Su fiesta se celebra el 7 de febrero.- Oración: Señor, Dios nuestro, que has elegido a santa Coleta como modelo de vírgenes en el seguimiento de los consejos evangélicos, concédenos caminar por la senda de la vida franciscana, que ella impulsó con su ejemplo y doctrina, y avanzar seguros por ese camino. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.




SAN GIL MARÍA DE SAN JOSÉ. Nació en Taranto (Italia) el año 1729, de familia sencilla y cristiana. Al perder a su padre en la adolescencia, asumió la responsabilidad de cuidar de su familia. A los 25 años ingresó en los «Alcantarinos» de la Orden Franciscana. Pronto fue destinado al hospicio de San Pascual (Nápoles), donde permaneció casi 53 años, ejerciendo, alternativamente, los oficios de cocinero, portero y limosnero, con edificación de todos, especialmente de los numerosos pobres que acudían al convento para recibir de él ayuda o consuelo. Con solicitud franciscana consagró sus energías al servicio de los pobres en Nápoles, muy castigados principalmente por las vicisitudes políticas. Innumerables fueron los prodigios que acompañaron la misión de bien y de paz de fray Gil, que ya en vida mereció el apelativo de «Consolador de Nápoles». Su vida fue, con todo, esencialmente contemplativa, y sus devociones preferidas eran la Eucaristía y la Virgen María. Murió el 7 de febrero de 1812. Lo canonizó Juan Pablo II en 1996.



SAN JUAN DE TRIORA. Nació en Triora (Liguria, Italia) en 1760. A los 17 años vistió el hábito franciscano en Roma. Ordenado de sacerdote y después de ejercer con gran provecho el ministerio sagrado en su Provincia religiosa, fue destinado a las misiones de China en 1798. Durante largos años, ayudado por catequistas generosos y por antiguas familias cristianas que habían sobrevivido, ejerció un intenso apostolado, recorriendo incansable inmensos territorios de las provincias de Hunan y de Chensi, predicando y bautizando. Consciente de que el autor de toda gracia es Dios, se entregaba a una intensa vida de oración y de penitencia. En 1815 se exacerbó la persecución contra la Iglesia y Juan fue hecho prisionero. Sufrió largos meses de cárcel y torturas, y murió estrangulado en Ciansi (Hunan) el 7 de febrero de 1816. Lo canonizó Juan Pablo II el año 2000.



BEATO RICERIO DE MUCCIA. Nació en Muccia (Las Marcas, Italia) hacia el año 1200. Sus padres, de condición acomodada, lo enviaron a Bolonia a estudiar leyes. Allí, él y su compañero de estudios el beato Peregrino de Falerone escucharon predicar a san Francisco en 1222 y decidieron seguirlo. El Santo los admitió en su Orden y, teniendo en cuenta la capacidad y dotes de Ricerio, dispuso que fuera ordenado de sacerdote. La mayor parte de su vida la pasó por su tierra, entregado a la predicación y al gobierno de los frailes como provincial. Refieren las fuentes franciscanas que sufrió una grave tentación o crisis espiritual, de la que le libró san Francisco (1 Cel 49-50). Pasó los últimos años de su vida en un eremitorio de su pueblo, donde murió el 7 de febrero de 1236.



BEATO ANTONIO DE STRONCONE. Nació hacia 1381 en Stroncone (Umbría, Italia), y creció en un ambiente franciscano, con familiares de la Primera y de la Tercera Orden. Muy pronto profesó como hermano laico en la Orden de san Francisco y, dadas sus cualidades, los superiores lo destinaron, junto a otros santos varones, a la difusión de la Observancia y a la recuperación de los "Fraticelli" en la zona de Siena y en Córcega. En 1431 se retiró al eremitorio de las Cárceles, en Asís, donde armonizó una intensa vida de contemplación y de penitencia con el oficio de limosnero y las tareas domésticas. En 1460 pasó a San Damián, en el mismo Asís, donde murió el 7 de febrero de 1461.

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Santa Juliana. San Ambrosio y otros autores hablan de un viuda florentina llamada Juliana, que edificó a la comunidad cristiana con su vida ejemplar en el siglo IV.

San Lorenzo Maiorano. Obispo de Siponto, en la región de Apulia (Italia), que murió en Manfredonia hacia el año 545.

San Lucas el Joven. Nació en la isla griega de Egina, pero tuvo que emigrar con su familia a Macedonia huyendo de las correrías sarracenas, y allí se dedicó por completo a la contemplación y a las obras de caridad. Más tarde se construyó una cabaña en el monte Joannitza, cerca de Corinto, donde llevó una vida eremítica de gran austeridad, unida a obras de caridad. Finalmente fundó un pequeño monasterio en Esteirion (Focia, Grecia), donde murió el año 955.

San Máximo. Obispo de Nola (Italia) en el siglo III, que gobernó su diócesis en tiempo persecución, pero pudo morir en paz ya anciano.

San Moisés. Llevó vida eremítica hasta que, a petición de Mauvia, reina de la Arabia Feliz, fue consagrado obispo. Pacificó a los pueblos que se le habían confiado, bastante revueltos, y desarrolló entre ellos una gran actividad evangelizadora. Mantuvo la paz con el Imperio Romano. Murió en las montañas del monte Sinaí el año 389.

San Partenio. Fue obispo de Lampsaco, en el Helesponto (hoy Turquía), que propagó la fe con la predicación y con el ejemplo de su vida, en el siglo IV, en tiempo del emperador Constantino.

San Ricardo. Inglés, padre de los santos Willibaldo y Walburga, que, cuando iba en peregrinación con sus hijos a Roma y Tierra Santa, murió en Lucca (Italia) el año 722.

Beato Adalberto Nierychlewski. Sacerdote polaco, de la Congregación de San Miguel, que fue detenido por lo nazis cuando ejercía pacíficamente sus obligaciones religiosas; internado en el campo de exterminio de Auschwitz, murió víctima de una pulmonía, consecuencia de los tormentos y malos tratos recibidos, el año 1942.

Beata Ana María Adorni. Nació en Fivizzano (Massa Carrara, Italia) en 1805. Fue modelo de joven cristiana, esposa, madre, viuda y fundadora. Quería ser monja capuchina, pero siguiendo la voluntad de su madre contrajo matrimonio en 1826. Amó y cuidó con entrega y ternura a su marido hasta su muerte, acaecida cuando ella tenía 39 años; de los seis hijos que tuvieron, cinco murieron siendo niños y el otro abrazó la vida benedictina. Ya viuda, se dedicó a las obras de caridad, especialmente en las cárceles femeninas. Para afianzar y extender su apostolado fundó la congregación de las Esclavas de María Inmaculada y el Instituto del Buen Pastor. Por su intensa vida de piedad la llamaban "Rosario viviente". Murió en Parma el 7-II-1893. Beatificada en 2010.

Beatos Anselmo Polanco y Felipe Ripoll. El beato Anselmo, agustino, fue elegido obispo de Teruel (España) en junio de 1935, y durante la guerra civil española mantuvo el ánimo y religiosidad de sus fieles, hasta que, en enero de 1938, la ciudad fue ocupada y él detenido. Junto con el obispo fue detenido su vicario general, el beato Felipe, sacerdote diocesano. Después de largos y penosos meses de cárcel, en los que alentaron la vida espiritual de los demás prisioneros, fueron fusilados y luego quemados el 7 de febrero de 1939 en Pont de Molins, cerca de Gerona.

Beato Guillermo de Leaval. Presbítero que vivió en el Valle de Aosta en el siglo VII y que murió en Morgex.

Beata María de la Providencia (Eugenia Smet). Después de dedicarse al apostolado en su parroquia y de asociarse a la propagación de la fe, fundó la congregación de las Hermanas Auxiliadoras de las Almas del Purgatorio, no sólo para orar por los difuntos, sino también para socorrer a quienes están pasando un duro "purgatorio" en esta vida. Murió en París el año 1871.

Beato Pedro Verhun. Nació en la región de Lvov en 1890. Sacerdote de la archieparquía de Lvov de los Ucranianos, fue visitador apostólico de los católicos ucranianos residentes en Alemania, y continuó su labor en los años difíciles de la guerra. Acabada ésta, fue detenido por la policía rusa y condenado a ocho años de trabajos forzados. En 1952 se le dejó en libertad, pero tan gravemente enfermo, que murió en Angarsk (Siberia) el año 1957. La Iglesia lo considera mártir de la fe.

Beato Pío IX. Papa de 1846 a 1878. Su pontificado, largo y fecundo, se desarrolló en circunstancias políticas muy revueltas. Defendió los valores cristianos, promovió nuevas formas de culto y de vida espiritual, como la devoción eucarística, la devoción al Corazón de Jesús, la piedad mariana. Creó muchas sedes episcopales. Impulsó la actividad misionera en Asia y en África. Definió el dogma de la Inmaculada Concepción. Celebró el Concilio Vaticano I. En 1870, le fueron arrebatados los Estados Pontificios. Murió confinado en el Vaticano el año 1878.

Beata Rosalía Rendu. Vivió en la infancia el clima de la Revolución Francesa; su casa fue refugio de sacerdotes perseguidos. En 1802 ingresó en París en las Hijas de la Caridad. Enseguida la enviaron al barrio parisino de Mouffetard, uno de los más pobres, en el que, durante 54 años y con múltiples iniciativas, sirvió a marginados, pobres y enfermos, y en el que murió el año 1856.

Beatos Santiago Salès y Guillermo Saultemouche. Ambos eran jesuitas, el primero sacerdote y el segundo hermano coadjutor, y vivieron en Francia los tiempos difíciles de las guerras de religión. Mucho trabajó el beato Santiago para defender la fe católica y hacer frente a la propaganda protestante, incluso con discusiones públicas sobre temas fundamentales como el de la Eucaristía. El 7 de febrero de 1593 los dos fueron inmolados por los hugonotes en Aubenas (Viviers, Francia).

Beato Tomás Sherwood. Joven inglés que había decidido seguir la vocación sacerdotal, y que, denunciado, fue detenido cuando se dirigía a Londres para atender a su padre anciano y enfermo. En la cárcel le exigieron que dijera dónde se celebraba la misa y quiénes asistían. Por guardar silencio y por mantenerse firme en la fe católica lo ahorcaron en la plaza londinense de Tyburn el año 1578.



PARA TENER EL ESPÍRITU DE ORACIÓN Y DEVOCIÓN

Pensamiento bíblico:

San Pablo escribió a los Corintios: -Para que no me engría con la sublimidad de esas revelaciones, fue dado un aguijón a mi carne, un ángel de Satanás que me abofetea para que no me engría. Por este motivo tres veces rogué al Señor que lo alejase de mí. Pero él me dijo: «Mi gracia te basta, que mi fuerza se muestra perfecta en la flaqueza». Por eso me complazco en mis flaquezas, en las injurias, en las necesidades, en las persecuciones y las angustias sufridas por Cristo; pues, cuando estoy débil, entonces es cuando soy fuerte (2 Cor 12,7-10).

Pensamiento franciscano:

Antes de la impresión de las llagas de Cristo en su cuerpo, Francisco oraba así: -Señor mío Jesucristo, dos gracias te pido me concedas antes de mi muerte: la primera, que yo experimente en vida, en el alma y en el cuerpo, aquel dolor que tú, dulce Jesús, soportaste en la hora de tu acerbísima pasión; la segunda, que yo experimente en mi corazón, en la medida posible, aquel amor sin medida en que tú, Hijo de Dios, ardías cuando te ofreciste a sufrir tantos padecimientos por nosotros pecadores (Flor Ll III).

Orar con la Iglesia:

Oremos a Dios, nuestro Padre, que en Jesucristo, su Hijo, se nos revela cercano a nosotros, lleno de misericordia.

-Por la Iglesia, santa y pecadora, purificada por el Espíritu de Dios y necesitada siempre de conversión.

-Por los que admiran a Jesús de Nazaret y no han descubierto en él al Dios santo y misericordioso.

-Por los que trabajan, como los apóstoles, pescando en el lago del mundo durante las noches de su vida.

-Por los cristianos, que queremos vivir la experiencia religiosa y la disponibilidad de Isaías, de Pablo, de Pedro.

Oración: Desde lo hondo de nuestra tiniebla y nuestro pecado a ti gritamos, Señor, no te apartes de nosotros y escucha nuestra oración. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.

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LA LLAMADA DIVINA
Benedicto XVI, Ángelus del 7 de febrero de 2010

Queridos hermanos y hermanas:

La liturgia del quinto domingo del tiempo ordinario (Ciclo C) nos presenta el tema de la llamada divina. En una visión majestuosa, Isaías se encuentra en presencia del Señor tres veces Santo y lo invade un gran temor y el sentimiento profundo de su propia indignidad. Pero un serafín purifica sus labios con un ascua y borra su pecado, y él, sintiéndose preparado para responder a la llamada, exclama: «Heme aquí, Señor, envíame» (cf. Is 6,1-2.3-8). La misma sucesión de sentimientos está presente en el episodio de la pesca milagrosa, de la que nos habla el pasaje evangélico de hoy. Invitados por Jesús a echar las redes, a pesar de una noche infructuosa, Simón Pedro y los demás discípulos, fiándose de su palabra, obtienen una pesca sobreabundante. Ante tal prodigio, Simón Pedro no se echa al cuello de Jesús para expresar la alegría de aquella pesca inesperada, sino que, como explica el evangelista san Lucas, se arroja a sus pies diciendo: «Apártate de mí, Señor, que soy un pecador». Jesús, entonces, le asegura: «No temas. Desde ahora serás pescador de hombres» (cf. Lc 5,10); y él, dejándolo todo, lo sigue.

También san Pablo, recordando que había sido perseguidor de la Iglesia, se declara indigno de ser llamado apóstol, pero reconoce que la gracia de Dios ha hecho en él maravillas y, a pesar de sus limitaciones, le ha encomendado la tarea y el honor de predicar el Evangelio (cf. 1 Co 15,8-10). En estas tres experiencias vemos cómo el encuentro auténtico con Dios lleva al hombre a reconocer su pobreza e insuficiencia, sus limitaciones y su pecado. Pero, a pesar de esta fragilidad, el Señor, rico en misericordia y en perdón, transforma la vida del hombre y lo llama a seguirlo. La humildad de la que dan testimonio Isaías, Pedro y Pablo invita a los que han recibido el don de la vocación divina a no concentrarse en sus propias limitaciones, sino a tener la mirada fija en el Señor y en su sorprendente misericordia, para convertir el corazón, y seguir «dejándolo todo» por él con alegría. De hecho, Dios no mira lo que es importante para el hombre: «El hombre mira las apariencias, pero el Señor mira el corazón» (1 Sam 16,7), y a los hombres pobres y débiles, pero con fe en él, los vuelve apóstoles y heraldos intrépidos de la salvación.

En este Año sacerdotal, roguemos al Dueño de la mies que envíe operarios a su mies y para que los que escuchen la invitación del Señor a seguirlo, después del necesario discernimiento, sepan responderle con generosidad, no confiando en sus propias fuerzas, sino abriéndose a la acción de su gracia. En particular, invito a todos los sacerdotes a reavivar su generosa disponibilidad para responder cada día a la llamada del Señor con la misma humildad y fe de Isaías, de Pedro y de Pablo.

Encomendemos a la Virgen santísima todas las vocaciones, particularmente las vocaciones a la vida religiosa y sacerdotal. Que María suscite en cada uno el deseo de pronunciar su propio "sí" al Señor con alegría y entrega plena.

[Después del Ángelus] A la luz de la Palabra de Dios que la Iglesia proclama hoy, invito a todos a suplicar fervientemente al Señor que suscite en muchos jóvenes el deseo de responder generosamente a su llamada, para que, dejándolo todo, consagren su vida por completo a la hermosa misión de ser mensajeros valientes de la buena noticia de la salvación, celebrar con dignidad los Sagrados Misterios y ser testigos fieles y convencidos de la caridad. Pidamos que en este camino se vean acompañados por la presencia amorosa de María, Madre de Jesús.

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LA OBEDIENCIA HUMILDE ES PRECIOSA ANTE DIOS
Del testamento espiritual de santa Coleta

Hijas queridísimas, sed conscientes de vuestra vocación, de vuestra gran dignidad y de la perfección a la que habéis sido llamadas: la ignorancia y descuido perjudican, la recta sabiduría aprovecha; esforzaos en seguir las inspiraciones de Dios y las exigencias de vuestra vocación. Dice nuestro suavísimo Jesús: Nadie puede venir a mí, si el Padre que me ha enviado no le atrae con su inspiración.

El camino de la perfección evangélica consiste en la renuncia a los atractivos del mundo, a la concupiscencia y a la propia voluntad.

En efecto, agrega el bendito Jesús, nacido de la Virgen María: Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame, sin olvidar el continuo ejercicio de la penitencia por los pecados cometidos, con propósito de no ofender al Señor y conservar la gracia de Dios. Tened presente, amadísimas hijas, que fuisteis llamadas a la perfecta observancia de la virtud de la obediencia por gracia especial de Dios, y, en todo lo que no haya ofensa al Señor, estáis obligadas a obedecer; Jesús se hizo obediente hasta la muerte. No basta ser obediente durante determinado tiempo, ni en casos especiales, sino siempre y en todo lo que no vaya contra la voluntad de Dios, contra vuestra conciencia y contra la Regla. Nunca debemos preferir nuestro criterio al del superior.

El verdadero sabio se somete gozosamente a los deseos de Jesús y de la bondadosa Virgen Madre. El verdadero obediente practica con simplicidad de corazón la obediencia por amor de Dios, y su único deseo es obedecer con tal sumisión, como si fueran mandatos dimanados de los mismos labios de Jesús, pues, aunque para los hombres es más grato mandar, no es así para Dios, que se complace en los obedientes, porque son muchos los males que proporciona la desobediencia. Una sola oración del varón obediente vale más que cien peticiones del desobediente; a quien obedece a Dios, Dios mismo se le somete.

Hemos elegido la vida de renuncia y Dios quiere que carguemos con nuestra cruz, porque en eso consiste el voto de la santa pobreza. La cruz pesa cuando buscamos apartarnos de la cruz de Jesús, quien la llevó sobre sus hombros, y en ella murió. Hijas queridísimas; amad esta maravillosa virtud, siguiendo el ejemplo de Cristo Jesús, de nuestro Padre san Francisco y de nuestra Hermana Clara. Vivid alegres en la estrechez, con ella conseguiréis más fácilmente el Reino prometido; guardad la santa pobreza que libremente prometisteis observar. Perseverad pobres hasta la muerte, amadas hijas, imitando a Jesús que murió también pobre en la cruz. Son escasos en el mundo los amadores de la pobreza, motivo excelente para nosotras de total enamoramiento de esta virtud, pero, después de la santa obediencia, os recomiendo la pobreza más que ninguna otra cosa.

Cumplamos fielmente lo que prometimos, y, si hemos pecado por fragilidad humana, debemos arrepentirnos y satisfacer con duras penitencias nuestras culpas, deseosas de pronta enmienda y de merecer la gracia de una santa muerte.

El Padre, Dios de toda misericordia, su Hijo, que sufrió acerba muerte por nosotros, y el Espíritu Paráclito, fuente de paz, de dulzura y de amor, nos llenen de toda consolación. Amén.

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ESPÍRITU Y VIDA DE ORACIÓN DE SAN FRANCISCO (IV)
por Francisco Javier Toppi, OFMCap

Cristo en la vida y oración de san Francisco

En el itinerario de Francisco hacia Dios hay que pasar, en primer lugar, por Cristo, único camino para llegar al Padre (Jn 14,6). Francisco estaba bien convencido de ello y consideraba a Cristo principalmente bajo este aspecto, sobre todo en su oración. Así, y según la costumbre litúrgica vigente hasta entonces, dirigió sus oraciones, las más de las veces, a Dios Padre o a Dios Uno y Trino, y prefirió considerar a Jesucristo como Mediador y Sacerdote que ora en el Cuerpo Místico. Esto puede verse claramente en el Oficio de la Pasión. Su Cristocentrismo, tanto en su oración como en su vida ascética, se enmarca dentro del Teocentrismo Trinitario. Así podemos constatarlo en la siguiente oración suya, que es como un compendio y un itinerario ideal de los hermanos menores:

«Omnipotente, eterno, justo y misericordioso Dios, danos a nosotros, miserables, hacer por ti mismo lo que sabemos que tú quieres, y siempre querer lo que te place, para que, interiormente purificados, interiormente iluminados y abrasados por el fuego del Espíritu Santo, podamos seguir las huellas de tu amado Hijo, nuestro Señor Jesucristo, y por sola tu gracia llegar a ti, Altísimo, que, en Trinidad perfecta y en simple Unidad, vives y reinas y eres glorificado, Dios omnipotente, por todos los siglos de los siglos. Amén» (CtaO 50-52).

¡Seguir las huellas de Jesucristo como camino hacia el Padre!, he aquí el efecto de la oración, la obra cumbre del Padre y del Espíritu Santo en nosotros, donde deben confluir la purificación del corazón, la iluminación de la mente y el incendio del amor infuso.

La imitación de Cristo y la observancia del Evangelio, que Francisco eligió y quiso por encima de todo, alcanzan aquí su debido lugar.

Esta elección, hecha por un carisma singular y que arrastraba frecuentemente a Francisco hasta la embriaguez de espíritu (cf. 1 Cel 115), le impulsó a veces a dirigirse directamente a Cristo en la oración, para penetrar más íntimamente los misterios de la Encarnación, Pasión y Eucaristía y predicarlos luego con ardor apostólico.

En atención a la brevedad, omitiremos lo referente a la Natividad y Pasión del Señor, temas bien conocidos, y aludiremos a lo que Francisco escribió y enseñó con su contemplación y su vida sobre el culto eucarístico, que empezaba a desarrollarse entonces, gracias al influjo del Concilio IV de Letrán. Él trató esta materia en las Cartas dirigidas a los Fieles, a toda la Orden, a las Autoridades de los pueblos, a todos los Custodios, a los Clérigos (esta última lleva el título «Sobre la reverencia al Cuerpo del Señor y la limpieza del altar»).

[Cf. Selecciones de Franciscanismo, vol. III, n. 7 (1974) 28]

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