domingo, 5 de febrero de 2017

Año Cristiano Franciscano


DÍA 6 DE FEBRERO




MÁRTIRES DE JAPÓN. Fiesta de los 26 mártires de Japón que fueron crucificados y alanceados en Nagasaki el 5 de febrero de 1597: San Pedro Bautista, franciscano español, y otros cinco hermanos suyos de hábito, así como diecisiete japoneses, seglares franciscanos. San Pablo Miki y dos de sus catequistas, los tres japoneses. Las tensiones políticas y religiosas surgidas en aquel país desencadenaron una persecución contra los cristianos, que en algún tiempo habían sido bien acogidos. Pablo Miki nació en Japón, ingresó en la Compañía de Jesús y predicó con mucho fruto el Evangelio entre sus conciudadanos. Y he aquí los datos de los frailes franciscanos: San Pedro Bautista nació en San Esteban del Valle (Ávila, España) el año 1542. Vistió el hábito franciscano en Arenas de San Pedro (Ávila). En 1581, ya sacerdote, fue destinado a Filipinas. Estuvo misionando de paso en México y luego en Manila. Con otros compañeros pasó a Japón en 1593, enviado como embajador de Felipe II ante el emperador Taikosama. Trabajó denodadamente y convirtió a muchos a la fe. San Felipe de Jesús nació en la Ciudad de México en 1571. Vistió el hábito franciscano en Filipinas y, cuando volvía a México para recibir la ordenación, el galeón naufragó en aguas de Tosa; se refugió en el convento de Meaco o Miyako, donde muy pronto lo arrestaron. Es patrono de los plateros y el primer mártir y santo mexicano. San Francisco Blanco nació en Monterrey (Orense, España) hacia 1567. Ingresó en la Provincia franciscana de Santiago (Galicia). De paso hacia Filipinas, estuvo algún tiempo en México, donde se ordenó de sacerdote. Llegó a Japón en 1596. San Francisco de La Parrilla, hermano profeso laico, nació en 1543 en La Parrilla (Valladolid). Tomó el hábito a la edad de 21 años. Camino de Filipinas, permaneció un par de años en México. En 1593 formó parte del séquito que acompañó a san Pedro Bautista cuando éste fue a Japón en misión de paz. San Gonzalo García, hermano profeso laico, nació en la ciudad de Bazaín, en la India Oriental de Portugal, hacia 1562. Se dedicó al comercio hasta que, en Manila, vistió el hábito franciscano. Cuando san Pedro Bautista fue enviado a Japón, Gonzalo fue incluido en su séquito como intérprete. San Martín Aguirre de la Ascensión, sacerdote, nacido en Vergara (Guipúzcoa, España) en 1567, que, siendo estudiante de teología en la Universidad de Alcalá, vistió el hábito franciscano. Más tarde pasó a México, camino de Filipinas, y luego llegó a Japón en junio de 1596.- Oración: Oh Dios, fortaleza de todos los santos, que has llamado a san Pedro Bautista, a san Pablo Miki y a sus compañeros a la vida eterna por medio de la cruz, concédenos, por su intercesión, mantener con vigor, hasta la muerte, la fe que profesamos. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.




SAN MATEO CORREA MAGALLANES. Nació en Tepechitlán (Zacatecas, México) el año 1866. Por su pobreza encontró dificultades para cursar los estudios eclesiásticos. Ordenado de sacerdote en 1893, ejerció el ministerio pastoral con gran celo en diversos oficios y lugares. Cuando en 1910 estalló la Revolución Maderista fue perseguido y tuvo que buscar refugio; su situación se volvió muy insegura. El 30 de enero de 1927 fue detenido y trasladado a Durango. El general Ortiz le encomendó que confesara a unos condenados a muerte antes de su ejecución. Al terminar las confesiones le exigió que le manifestara lo que acababan de decirle, pero el P. Correa le recordó que el sacerdote debe guardar el secreto de la confesión, a lo que añadió que él estaba dispuesto a morir antes que violar el sigilo sacramental. El 6 de febrero de 1927, de madrugada, lo fusilaron a las afueras de Durango. Juan Pablo II lo canonizó, junto con otros mártires mexicanos, el año 2000.

BEATA MARÍA TERESA BONZEL

BEATA MARÍA TERESA BONZELBEATA MARÍA TERESA BONZEL. Fundadora de las Hermanas Pobres Franciscanas de la Adoración Perpetua de Olpe. Nació el año 1830 en Olpe (Alemania) y murió allí mismo el 6-II-1905. Desde joven centró su vida espiritual en la oración y en la devoción a la Eucaristía. A los 20 años ingresó en la Tercera Orden Franciscana. En la Alemania de mediados del siglo XIX, por razones sociales y políticas, aumentó la pobreza y el número de niños desamparados. Ella se sintió llamada a remediar tanta necesidad y, con un grupo de compañeras que compartían sus ideales, después de un intenso discernimiento y de superar muchas dificultades, fundó su Congregación, para la educación de los niños, el cuidado de los enfermos y la dedicación a otras obras de caridad urgentes. La Eucaristía fue la fuente de la que sacaba la energía espiritual para consagrarse sin descanso a los más débiles, y su espiritualidad se caracterizó por el abandono en la Providencia, sobre todo en las pruebas y enfermedades. Fue beatificada el 10-XI-2013.

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San Amando. Nació en Poitou (Aquitania) y algún tiempo estuvo de obispo en Maastricht (Holanda). Fue monje y luego ermitaño en Bourges (Francia). A la edad de 45 años, ordenado de obispo, sin sede fija, se entregó a la evangelización de numerosos pueblos del norte de Francia y de Bélgica, y también de los eslavos. Fundó iglesias y monasterios masculinos y femeninos. Ya anciano se retiró al monasterio de Elnon, cerca de Tournai, fundado por él mismo, en el que murió el año 679.

San Antoliano. Sufrió el martirio en Clermont-Ferrand, en la región de Aquitania (Francia), en el siglo III.

San Brinolfo Algotsso. Nació en Suecia de familia noble, y fue discípulo de santo Tomás de Aquino en París, donde se doctoró en teología y derecho. De regreso en su patria, fue elegido obispo de Skara, y no sólo se ocupó de su diócesis, sino que procuró difundir el cristianismo por todo el país; colaboró en asuntos públicos de interés social. Brilló tanto por su amor a la Iglesia como por su sabiduría. Murió el año 1317.

Santa Dorotea y San Teófilo. Martirizados en Cesarea de Capadocia (hoy Turquía) a principios del siglo IV a causa de su fe en Cristo; ella era una virgen entregada a las obras de caridad y de piedad; él, un joven maestro.

San Guarino. Nació en Bolonia y, ordenado de sacerdote, fue canónigo de su catedral. A los 24 años vendió sus bienes para la construcción de un hospital e ingresó en los Canónigos Regulares de San Agustín; en el claustro se distinguió por su bondad, obediencia y austeridad. En 1144 el papa Lucio II lo nombró obispo de Palestrina (Lazio) y lo hizo cardenal. Brilló por su celo pastoral, su austeridad y su amor a los pobres. Murió en Palestrina el año 1159.

San Mel o Meles. Fue obispo de Ardagh en Irlanda, y murió el año 488. Perteneció al grupo misionero de san Patricio y desarrolló un apostolado eficaz.

Santa Renula o Renilde. Fue en el siglo VIII Abadesa del monasterio de Aldeneyk, en Tongeren o Tongres (Bélgica).

San Silvano. Fue obispo de Emesa (Siria) durante cuarenta años y, a edad muy avanzada, en tiempo del emperador Maximiano, fue arrojado a las fieras en el circo. Con él fueron martirizados su diácono Lucas y su lector Mozio.

San Vedasto. Fue discípulo y colaborador de san Remigio de Reims, quien le confió la formación cristiana del rey Clodoveo en orden a su bautismo. Hecho obispo de Arrás (Francia), gobernó con gran celo su diócesis, renovó la vida cristiana de sus fieles, atendió con mucho esmero a los pobres y evangelizó a los pueblos todavía paganos de la región. Murió hacia el año 540.

Beato Alfonso María Fusco. Nació en Angri, cerca de Salerno (Italia), el año 1839, y murió allí mismo en 1910. Se ordenó de sacerdote y en seguida se volcó en el apostolado con los humildes y, durante más de quince años, se dedicó a las misiones populares. Atento a las necesidades sociales de su tiempo, fundó, con la ayuda de Magdalena Caputo, la Congregación de Hermanas de San Juan Bautista para el cuidado de las huérfanas pobres.

Beato Ángel de Furci. Sacerdote, religioso agustino, nació en la región del Abruzzo (Italia), estudió en París y enseñó en el Estudio que su Orden tenía en Nápoles. Se distinguió como teólogo y orador. Murió en Nápoles el año 1327.

Beato Francisco Spinelli. Sacerdote diocesano que nació en Milán en 1853. Fue profesor en el seminario de Bérgamo y a la vez se dedicó a la predicación y a la dirección espiritual. Fundó y guió, en medio de graves dificultades, la Congregación de las Hermanas Adoratrices del Santísimo Sacramento. Murió en Rivolta d'Adda (Cremona) el año 1913.



PARA TENER EL ESPÍRITU DE ORACIÓN Y DEVOCIÓN

Pensamiento bíblico:

Dijo Jesús a sus discípulos: -Os he hablado de esto ahora que estoy a vuestro lado; pero el Paráclito, el Espíritu Santo, que enviará el Padre en mi nombre, será quien os lo enseñe todo y os vaya recordando todo lo que os he dicho (Jn 14,25-26).

Pensamiento franciscano:

Así oraba san Francisco en sus Alabanzas del Dios Altísimo: -Tú eres santo, Señor Dios único, que haces maravillas. Tú eres fuerte, tú eres grande, tú eres altísimo, tú eres rey omnipotente, tú, Padre santo, rey del cielo y de la tierra. Tú eres trino y uno, Señor Dios de dioses, tú eres el bien, todo el bien, el sumo bien, Señor Dios vivo y verdadero (AlD 1-3).

Orar con la Iglesia:

En comunión con todos los que invocan el nombre de Cristo, oremos llenos de confianza a Dios, nuestro Padre.

-Por la Iglesia, enviada por Cristo al mundo para ser luz en medio de las gentes.

-Por los bautizados que no conocen a Cristo ni creen en él, para que el Espíritu ilumine su mente y mueva su corazón.

-Por los que viven en la inconsciencia sin descubrir el verdadero sentido de la vida, para que se abran a la luz y verdad del Evangelio.

-Por todos los cristianos, llamados a progresar en el conocimiento de Cristo, para que el Espíritu nos haga comprender cuanto Jesús nos dijo.

Oración: Padre nuestro, escucha nuestra oración y confírmanos en nuestro deseo sincero de hacer tu voluntad. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.

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LA ACCIÓN DEL ESPÍRITU SANTO
Benedicto XVI, Homilía del 23 de mayo de 2010 (Pentecostés)

Queridos hermanos y hermanas:

En la celebración solemne de Pentecostés se nos invita a profesar nuestra fe en la presencia y en la acción del Espíritu Santo y a invocar su efusión sobre nosotros, sobre la Iglesia y sobre el mundo entero. Por tanto, hagamos nuestra, y con especial intensidad, la invocación de la Iglesia: Veni, Sancte Spiritus!, ¡Ven, Espíritu Santo! Una invocación muy sencilla e inmediata, pero a la vez extraordinariamente profunda, que brota ante todo del corazón de Cristo. En efecto, el Espíritu es el don que Jesús pidió y pide continuamente al Padre para sus amigos; el primer y principal don que nos ha obtenido con su Resurrección y Ascensión al cielo.

De esta oración de Cristo nos habla el pasaje evangélico de hoy, que tiene como contexto la última Cena. El Señor Jesús dijo a sus discípulos: «Si me amáis, guardaréis mis mandamientos; y yo pediré al Padre y os dará otro Paráclito, para que esté con vosotros para siempre» (Jn 14,15-16). Aquí se nos revela el corazón orante de Jesús, su corazón filial y fraterno. Esta oración alcanza su cima y su cumplimiento en la cruz, donde la invocación de Cristo es una cosa sola con el don total que él hace de sí mismo, y de ese modo su oración se convierte -por decirlo así- en el sello mismo de su entrega en plenitud por amor al Padre y a la humanidad: invocación y donación del Espíritu Santo se encuentran, se compenetran, se convierten en una única realidad. «Y yo rogaré al Padre y os dará otro Paráclito, para que esté con vosotros para siempre». En realidad, la oración de Jesús -la de la última Cena y la de la cruz- es una oración que continúa también en el cielo, donde Cristo está sentado a la derecha del Padre. Jesús, de hecho, siempre vive su sacerdocio de intercesión en favor del pueblo de Dios y de la humanidad y, por tanto, reza por todos nosotros pidiendo al Padre el don del Espíritu Santo.

Queridos hermanos y hermanas, siempre necesitamos que el Señor Jesús nos diga lo que repetía a menudo a sus amigos: «No tengáis miedo». Como Simón Pedro y los demás, debemos dejar que su presencia y su gracia transformen nuestro corazón, siempre sujeto a las debilidades humanas. Debemos saber reconocer que perder algo, más aún, perderse a sí mismos por el Dios verdadero, el Dios del amor y de la vida, en realidad es ganar, volverse a encontrar más plenamente. Quien se encomienda a Jesús experimenta ya en esta vida la paz y la alegría del corazón, que el mundo no puede dar, ni tampoco puede quitar una vez que Dios nos las ha dado. Por lo tanto, vale la pena dejarse tocar por el fuego del Espíritu Santo. El dolor que nos produce es necesario para nuestra transformación. Es la realidad de la cruz: no por nada en el lenguaje de Jesús el «fuego» es sobre todo una representación del misterio de la cruz, sin el cual no existe cristianismo. Por eso, iluminados y confortados por estas palabras de vida, elevamos nuestra invocación: ¡Ven, Espíritu Santo! ¡Enciende en nosotros el fuego de tu amor! Sabemos que esta es una oración audaz, con la cual pedimos ser tocados por la llama de Dios; pero sabemos sobre todo que esta llama -y sólo ella- tiene el poder de salvarnos. Para defender nuestra vida, no queremos perder la eterna que Dios nos quiere dar. Necesitamos el fuego del Espíritu Santo, porque sólo el Amor redime.

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PERDIMOS NUESTRAS VIDAS
POR PREDICAR EL EVANGELIO
De las cartas de san Pedro Bautista, camino del martirio

A seis hermanos de los que acá estamos nos han tenido presos muchos días, y nos sacaron por las calles públicas de Meaco con tres japoneses de la Compañía, uno de los cuales era hermano recibido ya, y otros cristianos, que por todos somos veinticuatro. Y después de esto se dio sentencia que nos crucificasen en Nagasaki, donde ahora vamos de camino por tierra, que son más de cien leguas de Castilla, por ser en este mes y llevarnos a caballo, y muy bien guardados, porque llevamos algunos días más de doscientos hombres para nuestra guardia. Con todo eso, vamos muy consolados y alegres en el Señor, porque la sentencia que se dio contra nosotros dice que porque predicamos la ley de Dios contra el mandato del rey nos mandan crucificar, y a los demás por ser cristianos.

Los que tuvieren espíritu de morir por Cristo ahora tienen buena ocasión. Lo que yo siento es que se animarían mucho los cristianos si por acá viesen religiosos de nuestra Orden; aunque puede tener por cierto que, mientras durase este rey, no se conservarán muchos días en Japón en nuestro hábito, porque luego los trasladarán a la otra vida, ad quam nos perducat.

La sentencia que se dio contra nosotros traen públicamente delante de nosotros, escrita en una tabla. Dice que porque hemos predicado la ley de Nauan contra el mandato de Taycosama, y que en llegando a Nagasaki nos crucifiquen; por lo cual estamos muy alegres y consolados en el Señor, pues que por predicar su ley perdemos las vidas. Venimos seis frailes y dieciocho japoneses, contenidos en la sentencia; unos por predicadores y otros por cristianos. De la Compañía de Jesús viene un hermano y un dóxico y otro hombre.

Sacáronnos de la cárcel y subiéronnos en unas carretas, y a todos los dichos cortaron a cada uno un pedazo de una oreja, y así nos pasearon por las calles de Meaco, con mucho aparato de gente y lanzas. Volviéronnos a la cárcel, y otro día nos llevaron bien atados, las manos atrás, y a caballo, a Usaca; y otro día nos sacaron de la cárcel y nos pasearon en caballos por las calles de la ciudad, y nos llevaron a Sacay y allí hicieron lo mismo, y con pregón público en todas tres ciudades. Entendimos que nos quitarán las vidas, pero a la vuelta supimos en Usaca que mandaban viniésemos a Nagasaki a lo dicho.

Por amor a Dios pedimos todos con mucho fervor oren por nosotros, que el viernes que viene, creo, sin falta nos crucificarán, según lo que acá he oído. En ese mismo día nos cortaron en Meaco parte de una oreja. Por grandes mercedes de Dios tenemos todo lo dicho. Ayudas, hermanos carísimos, de oraciones, para que sean gratas a su Majestad nuestras muertes, que en el cielo, donde esperamos ir, Deo volente, seremos gratos, y acá no he estado olvidado de vuestras caridades, antes los he tenido y tengo en mis entrañas. Adiós, hermanos carísimos, que no hay lugar para más. Usque in coelum. Mementote mei [Hasta el cielo. Acordaos de mí].

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SERÉIS MIS TESTIGOS
De la Historia del martirio escrita por un contemporáneo

Clavados en la cruz, era admirable ver la constancia de todos, a la que les exhortaban el padre Pasio y el padre Rodríguez. El Padre Comisario estaba casi rígido, los ojos fijos en el cielo. El hermano Martín daba gracias a la bondad divina entonando algunos salmos y añadiendo el verso: A tus manos, Señor. También el hermano Francisco Blanco daba gracias a Dios con voz clara. El hermano Gonzalo recitaba también en alta voz la oración dominical y la salutación angélica.

Pablo Miki, nuestro hermano, al verse en el púlpito más honorable de los que hasta entonces había ocupado, declaró en primer lugar a los circunstantes que era japonés y jesuita, y que moría por anunciar el Evangelio, dando gracias a Dios por haberle hecho beneficio tan inestimable. Después añadió estas palabras:

«Al llegar este momento, no creerá ninguno de vosotros que me voy a apartar de la verdad. Pues bien, os aseguro que no hay más camino de salvación que el de los cristianos. Y como quiera que el cristianismo me enseña a perdonar a mis enemigos y a cuantos me han ofendido, perdono sinceramente al rey y a los causantes de mi muerte, y les pido que reciban el bautismo».

Y, volviendo la mirada a los compañeros, comenzó a animarles para el trance supremo. Los rostros de todos tenían un aspecto alegre, pero el de Luis era singular. Un cristiano le gritó que estaría en seguida en el paraíso. Luis hizo un gesto con sus dedos y con todo su cuerpo, atrayendo las miradas de todos.

Antonio, que estaba al lado de Luis, fijos los ojos en el cielo, y después de invocar los nombres de Jesús y María, entonó el salmo: Alabad, siervos del Señor, que había aprendido en la catequesis de Nagasaki, pues en ella se les hace aprender a los niños ciertos salmos.

Otros repetían: «¡Jesús!, ¡María!», con rostro sereno. Algunos exhortaban a los circunstantes a llevar una vida digna de cristianos. Con éstas y semejantes acciones mostraban su prontitud para morir.

Entonces los verdugos desenvainaron cuatro lanzas como las que se usan en Japón. Al verlas, los fieles exclamaron: «(¡Jesús!, ¡María!)», y se echaron a llorar con gemidos que llegaban al cielo. Los verdugos remataron en pocos instantes a cada uno de los mártires.

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ESPÍRITU Y VIDA DE ORACIÓN DE SAN FRANCISCO (III)
por Francisco Javier Toppi, OFMCap

Itinerario de san Francisco hacia Dios

Enriquecido con los dones del Espíritu Santo, Francisco experimentó sensiblemente la suma Bondad y Trascendencia divinas y supo plasmarlas en una vida de oración imbuida de ardor seráfico, sentido de adoración, de alabanza y de acción de gracias.

Los dones, sobre todo el de sabiduría y el de piedad, prendieron en Francisco el fuego del amor, por lo cual se le conoce y designa con el apelativo de Seráfico (cf. LM 9,1).

Son muy significativas, a este propósito, dos oraciones típicas de san Francisco: las Alabanzas del Dios Altísimo y la Exhortación a la alabanza de Dios, al igual que el Cántico del hermano Sol. Francisco quería que los hermanos, cuando fueran por el mundo, lo cantaran como medio de apostolado. Como juglares del Señor, debían alabar a Dios e invitar a los hombres a que le alabaran (cf. LP 83; EP 101).

Según Francisco, la trascendencia divina y, por tanto, la santidad perfecta y la majestad altísima de Dios mueven al hombre a la compunción del corazón, a la humildad, al anonadamiento de sí mismo ante Dios, y conducen de raíz a la pobreza evangélica de espíritu.

Francisco indica también otro aspecto, existencialmente necesario, del itinerario hacia Dios: la compunción del corazón. Escribe Celano en la Vida I: «En cierta ocasión, admirando la misericordia del Señor en tantos beneficios como le había concedido y deseando que Dios le mostrase cómo habían de proceder en su vida él y los suyos, se retiró a un lugar de oración, según lo hacía muchísimas veces. Como permaneciese allí largo tiempo con temor y temblor ante el Señor de toda la tierra, reflexionando con amargura de alma sobre los años malgastados y repitiendo muchas veces aquellas palabras: ¡Oh Dios, sé propicio a mí, pecador!, comenzó a derramarse poco a poco en lo íntimo de su corazón una indecible alegría e inmensa dulcedumbre» (1 Cel 26).

Y en el Prólogo de la Leyenda Mayor, san Buenaventura señalará la compunción del corazón como misión específica de san Francisco. Este decía, en efecto, que «cuantos se afanan por la vida de perfección deben todos los días purificarse en el baño de las lágrimas» (LM 5,8), y escribía: «... a todos los que Dios predestinó a la vida eterna (cf. Hch 13,48), los instruye con el aguijón de los azotes y enfermedades y con el espíritu de compunción» (1 R 10,3).

Aquí podemos vislumbrar, con todas sus consecuencias, el misterio de la cruz, que es conocido generalmente como el carisma peculiar del Pobrecillo. Y se entrevé, al mismo tiempo, otro signo de fe, la compunción de los pecados.

[Cf. Selecciones de Franciscanismo, vol. III, n. 7 (1974) 27]

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