sábado, 4 de febrero de 2017

Año Cristiano Franciscano


DÍA 5 DE FEBRERO

 

SANTA ÁGUEDA. Es una de las más famosas vírgenes y mártires de la antigüedad cristiana, y su nombre fue incluido en el canon romano de la misa. Nació en Catania o Palermo hacia el año 230, de padres cristianos, nobles y ricos. En su juventud consagró su virginidad al Señor. Durante la persecución de Decio, Quinciano, gobernador de la isla de Sicilia, sometió a Águeda a los más crueles y vejatorios tormentos porque se negó ella a las pretensiones amorosas de él, no quiso sacrificar a los dioses y se mantuvo firme en su fe cristiana. Según cuenta la tradición, Quinciano, despechado y furioso, ordenó que le cortaran los pechos; sobrevivió ella milagrosamente. Por fin, condenada a la hoguera, murió virgen y mártir en Catania el 5 de febrero del año 251.- Oración: Te rogamos, Señor, que la virgen santa Águeda nos alcance tu perdón, pues ella fue agradable a tus ojos por la fortaleza que mostró en su martirio y por el mérito de su castidad. Te lo pedimos por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.




MÁRTIRES DE JAPÓN, encabezados por el franciscano español san Pedro Bautista y el jesuita japonés Pablo Miki, que fueron crucificados y alanceados en Nagasaki el 5 de febrero de 1597. Su fiesta se celebra mañana, día 6 de febrero.



SAN JESÚS MÉNDEZ MONTOYA. Nació en Tarimbaro (Michoacán, México) el año 1880, de familia modesta, y ya en su pueblo experimentó la pobreza. Pudo seguir la carrera eclesiástica gracias a unos vecinos que le ayudaron a sufragar los gastos. Ordenado de sacerdote en Michoacán en 1906, desarrolló su ministerio en diversos pueblos, hasta que, por motivos de salud, se retiró a Valtierrilla, donde se distinguió por su amor a los pobres y a los enfermos, su celo apostólico en el confesonario y en el catecismo, en varias asociaciones espirituales y apostólicas y en actividades benéficas y musicales promovidas por él. Cuando la persecución religiosa se acercaba a su pueblo, los feligreses le insistían en que se ausentara, consejo que él no aceptó. El 5 de febrero de 1928, los soldados detuvieron al P. Jesús, que confesó su condición de sacerdote y sólo se cuidó de asegurar el copón con las formas consagradas; luego, sin más, lo fusilaron. Juan Pablo II lo canonizó el año 2000 junto a otros mártires mexicanos.

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Santa Adelaida. Nació de familia noble y cristiana, y se educó en el monasterio de las canonesas de Colonia (Alemania). Sus padres construyeron un monasterio en Vilich, cerca de Bonn, del que fue ella la primera abadesa. Cuando murió su hermana, abadesa del monasterio de Santa María in Capitolio de Colonia, el arzobispo san Heriberto quiso que Adelaida gobernara los dos monasterios, cosa que hizo con sabiduría y prudencia, y dando un gran ejemplo de caridad con los pobres. Murió en Colonia el año 1015.

San Albuino. Estudió en la escuela catedralicia de Bressanone (en alemán Brixen, Tirol), se ordenó de sacerdote y, nombrado obispo hacia el 975, trasladó la sede episcopal de Sabiona a Bressanone, donde murió el año 1005.

San Avito. Obispo de Vienne (Francia) a partir del año 490. Gobernó su diócesis con celo y prudencia en tiempos difíciles. Convirtió a la fe cristiana a san Segismundo, rey de Borgoña, y felicitó a Clodoveo, rey de los francos, cuando se convirtió. Destacó por su amor a los pobres y su fina humanidad. Lucho contra la difusión del arrianismo. Antes de ser obispo había estado casado y luego se hizo monje. Murió en Vienne el año 518.

San Ingenuino. Es el primer obispo de la diócesis de Sabiona, en la Rezia, al norte de Italia. Su territorio diocesano fue invadido por los longobardos, de religión arriana, que devastaron la catedral e hicieron mucho daño a la vida católica. Él tuvo que huir, pero parece que pudo regresar y murió en Sabiona el año 605.

San Lucas, Abad. Nació en Demenna (Sicilia) y se formó para la vida monástica basiliana en el monasterio de Argira; llevó una intensa vida monacal, acorde con las enseñanzas de los Padres orientales. A raíz de la invasión de los árabes, pasó a Reggio y estuvo en varios lugares del sur de Italia. Fundó una laura en el territorio de Nola, y luego el monasterio de los santos Elías y Anastasio, llamado del Carbone, cerca de Armento. Murió el año 995.

Santos Mártires del Ponto. Durante la persecución del emperador Maximiniano, a finales del siglo III, en la provincia romana del Ponto (hoy Turquía), hubo muchos cristianos que sufrieron crueles y refinados tormentos por mantenerse firmes en su fe.

San Sabas el Joven. Nació en Sicilia, donde se hizo monje. A causa de la persecución iconoclasta tuvo que refugiarse con sus compañeros monjes en Calabria, donde reemprendieron la vida monástica. La invasión de los sarracenos los obligó a huir a Lucania. No dejaron de difundir la vida cenobítica. Murió en el monasterio de San Cesáreo de Roma el año 995.

Beata Francisca Mézière. Nació de familia humilde y se crió en un colegio de religiosas, de las que recibió una sólida formación cristiana. Se consagró a Dios, permaneciendo en el mundo, y se dedicó a la atención de las escuelas parroquiales y de los enfermos. Cuando en nombre de la Revolución Francesa se le exigió que, como maestra, jurara la Constitución civil del clero, dejó la enseñanza y se dedicó a los enfermos. Detenida por su actividad cristiana, fue condenada y guillotinada en Laval el año 1794.

Beata Isabel Canori Mora. Esposa y madre de familia. Durante muchos años soportó con admirable caridad y paciencia las infidelidades de su marido, hombre de frágil psicología, las estrecheces económicas provocadas por el mismo y la incomprensión de los parientes. Ofreció su vida por la conversión de su esposo y de los pecadores, rezaba por el Papa y la Iglesia, asistía a pobres y enfermos. Ingresó en la Tercera Orden secular de los Trinitarios. Murió en Roma, su ciudad natal, el año 1825.

Beato Trinidad Andrés Lanas. Nació en Maeztu (Álava) en 1877. Desde niño estuvo al servicio de los señores Abreu y, más tarde, de la familia Arana. En Barcelona frecuentó un asilo-hospital infantil de los hermanos de San Juan de Dios, en cuya Orden ingresó en 1912. Aunque de carácter serio, era muy condescendiente, servicial y fiel; muy buen hospitalario. En 1936 era ecónomo de San Rafael, de Madrid. Expulsado del hospital, aprovechó un salvoconducto vasco para moverse por Madrid y ayudar a otros hermanos y colaboradores dispersos, hasta que, el 5 de febrero de 1937, reconocido como religioso, fue arrestado y asesinado por los milicianos. Beatificado el 13-X-2013.



PARA TENER EL ESPÍRITU DE ORACIÓN Y DEVOCIÓN

Pensamiento bíblico:

Las aguas torrenciales no podrán apagar el Amor, ni anegarlo los ríos. Si alguien quisiera comprar el Amor, aunque fuera con todas las riquezas de su casa, se haría despreciable (Ct 8,7).

Pensamiento franciscano:

Dice san Francisco en su Regla: -Dondequiera que estén los hermanos y en cualquier lugar en que se encuentren, deben volverse a ver espiritual y caritativamente y honrarse mutuamente sin murmuración. Y guárdense de manifestarse tristes externamente e hipócritas sombríos; manifiéstense, por el contrario, gozosos en el Señor y alegres y convenientemente amables (1 R 7,15-16).

Orar con la Iglesia:

Dirijamos nuestras peticiones al Señor, nuestro Dios, pidiéndole que derrame sobre nosotros su Espíritu de caridad.

-Para que la Iglesia viva en fidelidad el mandamiento nuevo de Jesús: «Amaos los unos a los otros como yo os he amado».

-Para que los pobres, los humildes, los marginados..., reciban la atención preferente de la Iglesia y de los cristianos.

-Para que las leyes sociales defiendan siempre con justicia y lealtad los derechos y la dignidad de toda persona humana.

-Para que todos los discípulos de Cristo demostremos con nuestras obras la fidelidad a sus enseñanzas y ejemplos.

Oración: Padre nuestro, inflama nuestros corazones con el Espíritu de tu amor, para que podamos amarte en los hermanos con sinceridad de corazón. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.

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EL "HIMNO A LA CARIDAD"
Benedicto XVI, Ángelus del 31 de enero de 2010

Queridos hermanos y hermanas:

En la liturgia de este domingo (IV TO, Ciclo C) se lee una de las páginas más hermosas del Nuevo Testamento y de toda la Biblia: el llamado "himno a la caridad" del apóstol san Pablo (1 Co 12,31 - 13,13). En su primera carta a los Corintios, después de explicar con la imagen del cuerpo, que los diferentes dones del Espíritu Santo contribuyen al bien de la única Iglesia, san Pablo muestra el "camino" de la perfección. Este camino -dice- no consiste en tener cualidades excepcionales: hablar lenguas nuevas, conocer todos los misterios, tener una fe prodigiosa o realizar gestos heroicos. Consiste, por el contrario, en la caridad (agape), es decir, en el amor auténtico, el que Dios nos reveló en Jesucristo. La caridad es el don "mayor", que da valor a todos los demás, y sin embargo «no es jactanciosa, no se engríe»; más aún, «se alegra con la verdad» y con el bien ajeno. Quien ama verdaderamente «no busca su propio interés», «no toma en cuenta el mal recibido», «todo lo excusa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta» (cf. 1 Co 13,4-7). Al final, cuando nos encontremos cara a cara con Dios, todos los demás dones desaparecerán; el único que permanecerá para siempre será la caridad, porque Dios es amor y nosotros seremos semejantes a él, en comunión perfecta con él.

Por ahora, mientras estamos en este mundo, la caridad es el distintivo del cristiano. Es la síntesis de toda su vida: de lo que cree y de lo que hace. Por eso, al inicio de mi pontificado, quise dedicar mi primera encíclica precisamente al tema del amor: Deus caritas est. Como recordaréis, esta encíclica tiene dos partes, que corresponden a los dos aspectos de la caridad: su significado, y luego su aplicación práctica. El amor es la esencia de Dios mismo, es el sentido de la creación y de la historia, es la luz que da bondad y belleza a la existencia de cada hombre. Al mismo tiempo, el amor es, por decir así, el "estilo" de Dios y del creyente; es el comportamiento de quien, respondiendo al amor de Dios, plantea su propia vida como don de sí mismo a Dios y al prójimo. En Jesucristo estos dos aspectos forman una unidad perfecta: él es el Amor encarnado. Este Amor se nos reveló plenamente en Cristo crucificado. Al contemplarlo, podemos confesar con el apóstol san Juan: «Nosotros hemos conocido el amor que Dios nos tiene, y hemos creído en él» (cf. 1 Jn 4,16; Deus caritas est, 1).

Queridos amigos, si pensamos en los santos, reconocemos la variedad de sus dones espirituales y también de sus caracteres humanos. Pero la vida de cada uno de ellos es un himno a la caridad, un canto vivo al amor de Dios. El 31 de enero recordamos en particular a san Juan Bosco, fundador de la familia salesiana y patrono de los jóvenes. En este Año sacerdotal, quiero invocar su intercesión para que los sacerdotes sean siempre educadores y padres de los jóvenes; y para que, experimentando esta caridad pastoral, muchos jóvenes acojan la llamada a dar su vida por Cristo y por el Evangelio. Que María Auxiliadora, modelo de caridad, nos obtenga estas gracias.

Pidamos a la Virgen María que interceda por nosotros para que, como nos exhorta san Pablo en la liturgia de este domingo, sepamos vivir una vida de auténtico amor. De un amor que se alimenta del encuentro con Cristo en la Eucaristía y se manifiesta en gestos concretos de atención y caridad hacia el prójimo.

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TENEMOS DEPOSITADA EN NOSOTROS
UNA FUERZA QUE NOS CAPACITA PARA AMAR
De la Regla monástica mayor de san Basilio Magno

El amor de Dios no es algo que pueda aprenderse con unas normas y preceptos. Así como nadie nos ha enseñado a gozar de la luz, a amar la vida, a querer a nuestros padres y educadores, así también, y con mayor razón, el amor de Dios no es algo que pueda enseñarse, sino que desde que empieza a existir este ser vivo que llamamos hombre es depositada en él una fuerza espiritual, a manera de semilla, que encierra en sí misma la facultad y la tendencia al amor. Esta fuerza seminal es cultivada diligentemente y nutrida sabiamente en la escuela de los divinos preceptos y así, con la ayuda de Dios, llega a su perfección.

Por esto, nosotros, dándonos cuenta de vuestro deseo por llegar a esta perfección, con la ayuda de Dios y de vuestras oraciones, nos esforzaremos, en la medida en que nos lo permita la luz del Espíritu Santo, por avivar la chispa del amor divino escondida en vuestro interior.

Digamos, en primer lugar, que Dios nos ha dado previamente la fuerza necesaria para cumplir todos los mandamientos que él nos ha impuesto, de manera que no hemos de apenarnos como si se nos exigiese algo extraordinario, ni hemos de enorgullecernos como si devolviésemos a cambio más de lo que se nos ha dado. Si usamos recta y adecuadamente de estas energías que se nos han otorgado, entonces llevaremos con amor una vida llena de virtudes; en cambio, si no las usamos debidamente, habremos viciado su finalidad.

En esto consiste precisamente el pecado, en el uso desviado y contrario a la voluntad de Dios de las facultades que él nos ha dado para practicar el bien; por el contrario, la virtud, que es lo que Dios pide de nosotros, consiste en usar de esas facultades con recta conciencia, de acuerdo con los designios del Señor.

Siendo esto así, lo mismo podemos afirmar de la caridad. Habiendo recibido el mandato de amar a Dios, tenemos depositada en nosotros, desde nuestro origen, una fuerza que nos capacita para amar; y ello no necesita demostrarse con argumentos exteriores, ya que cada cual puede comprobarlo por sí mismo y en sí mismo. En efecto, un impulso natural nos inclina a lo bueno y a lo bello, aunque no todos coinciden siempre en lo que es bello y bueno; y, aunque nadie nos lo ha enseñado, amamos a todos los que de algún modo están vinculados muy de cerca a nosotros, y rodeamos de benevolencia, por inclinación espontánea, a aquellos que nos complacen y nos hacen el bien.

Y ahora yo pregunto, ¿qué hay más admirable que la belleza de Dios? ¿Puede pensarse en algo más dulce y agradable que la magnificencia divina? ¿Puede existir un deseo más fuerte e impetuoso que el que Dios infunde en el alma limpia de todo pecado y que dice con sincero afecto: Desfallezco de amor? El resplandor de la belleza divina es algo absolutamente inefable e inenarrable.

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ESPÍRITU Y VIDA DE ORACIÓN DE SAN FRANCISCO (II)
por Francisco Javier Toppi, OFMCap

b) Testimonios biográficos

Referimos únicamente algunos testimonios de tipo general. Así, en la Vida I de Celano, encontramos la siguiente descripción: «Su puerto segurísimo era la oración; pero no una oración fugaz, ni vacía, ni presuntuosa, sino una oración prolongada, colmada de devoción y tranquilidad en la humildad. Podía comenzarla al anochecer y con dificultad la habría terminado a la mañana; fuese de camino o estuviese quieto, comiendo o bebiendo, siempre estaba entregado a la oración» (1 Cel 71).

Y en la Vida II de Tomás de Celano se dice: «El varón de Dios Francisco, ausente del Señor en el cuerpo, se esforzaba por estar presente en el espíritu en el cielo; y al que se había hecho ya conciudadano de los ángeles, le separaba sólo el muro de la carne. Con toda el alma anhelaba con ansia a su Cristo; a éste se consagraba todo él, no sólo en el corazón, sino en el cuerpo. Como testigos presenciales y en cuanto es posible comunicar esto a los humanos, relatamos las maravillas de su oración, para que las imiten los que han de venir. Convertía todo su tiempo en ocio santo, para que la sabiduría le fuera penetrando en el alma, pareciéndole retroceder si no veía que adelantaba a cada paso. Si sobrevenían visitas de seglares u otros quehaceres, corría de nuevo al recogimiento, interrumpiéndolos sin esperar a que terminasen. El mundo ya no tenía goces para él, sustentado con las dulzuras del cielo; y los placeres de Dios lo habían hecho demasiado delicado para gozar con los groseros placeres de los hombres» (2 Cel 94).

Adviértase en una y otra cita la carga escatológica de la oración -tan sólo el muro de la carne separa la tierra del cielo-, el deseo de Dios, que arrebata en Cristo el corazón y el cuerpo todo de Francisco y, por último, el santo ocio, la contemplación mediante la cual se graba la divina sabiduría, como en una tabla, en el corazón del hombre (cf. también LM 10,1).

Es imposible sondear el secreto inefable de la oración personal de Francisco; con todo, no puede pasarse por alto el siguiente testimonio de Celano, que es como un esfuerzo supremo de revelar y penetrar en el santuario de este intercambio divino entre Francisco y Dios: «Cuando oraba en selvas y soledades, llenaba de gemidos los bosques, bañaba el suelo en lágrimas, se golpeaba el pecho con la mano, y allí -como quien ha encontrado un santuario más recóndito- hablaba muchas veces con su Señor. Allí respondía al Juez, oraba al Padre, conversaba con el Amigo, se deleitaba con el Esposo. Y, en efecto, para convertir en formas múltiples de holocausto las intimidades todas más ricas de su corazón, reducía a suma simplicidad lo que a los ojos se presentaba múltiple. Rumiaba muchas veces en su interior sin mover los labios, e, interiorizando todo lo externo, elevaba su espíritu a los cielos. Así, hecho todo él no ya sólo orante, sino oración (totus non tam orans quam totus oratio factus), enderezaba todo en él -mirada interior y afectos- hacia lo único que buscaba en el Señor» (2 Cel 95).

Con esta expresión lapidaria, que describe a Francisco transfigurado por completo y convertido en una oración viviente y personificada, el espíritu de oración se presenta a los hermanos menores como un problema resuelto y diáfano como la luz: no sólo hay que orar, hay que orar siempre, sin interrupción, pues la oración constituye el principio supremo de nuestra vida.

[Cf. Selecciones de Franciscanismo, vol. III, n. 7 (1974) 26-27]

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