viernes, 3 de febrero de 2017

Año Cristiano Franciscano


DÍA 4 DE FEBRERO



SANTA JUANA DE VALOIS. Hija de Luis XI, rey de Francia, nació con malformaciones el año 1464 en Nogent-le-Roy. Aún en la cuna, fue prometida en matrimonio al futuro Luis XII, con el que se casó en 1476. Tras veintidós años de calvario y sin haber tenido descendencia, su matrimonio fue anulado y ella se retiró al ducado de Berry, que gobernó con sabiduría y caridad. De siempre había llevado una profunda vida religiosa, a la que ahora podía dedicarse sin trabas. Gozó de carismas y fenómenos místicos extraordinarios. Bajo la guía de su director espiritual, el franciscano Gabriel María (Gilberto) Nicolás, fundó la Orden de la Anunciación, en honor de la Virgen, que desde el principio estuvo bajo el régimen de los franciscanos y participó de los privilegios de las clarisas. Murió en Bourges (Aquitania) el 4 de febrero de 1505.



SAN JOSÉ DE LEONISA. Nació en Leonessa (Rieti, Italia) en 1556 de una familia acomodada y piadosa. Muy joven entró en los Capuchinos y llevó una vida entregada a la oración y la penitencia. En 1580 recibió la ordenación sacerdotal y se consagró con fervor al apostolado de la predicación en tierras de la Italia central. Los superiores lo enviaron a Constantinopla en 1587 para que atendiera en lo espiritual y en lo humano a los galeotes y demás prisioneros cristianos, tarea a la que se entregó con todas sus fuerzas. Quiso llegar hasta el Sultán para anunciarle el Evangelio y pedirle la libertad religiosa de todos los creyentes. Pero lo apresaron, lo condenaron a muerte y lo torturaron cruelmente. Liberado milagrosamente volvió a Italia en 1589, donde reemprendió la predicación y se dedicó a los pobres y enfermos, para los que promovió obras e instituciones sociales. Murió en Amatrice (Rieti) el 4 de febrero de 1612.- Oración: Te rogamos, Señor, que, a ejemplo de san José de Leonisa, predicador de tu Evangelio, animados por su mismo entusiasmo, nos entreguemos a la salvación de los hombres y te sirvamos con fidelidad. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.




SAN JUAN DE BRITO. Sacerdote jesuita. Nació en Lisboa el año 1647, de familia noble y piadosa. En 1673 marchó a la India donde decidió trabajar por los humildes y necesitados en la región que entonces se llamaba Misión del Maduré. Su labor paciente, su celo desinteresado y su amor genuino por los pobres le ganaron la confianza de los mismos. Se insertó de lleno en la sociedad en que desarrolló su apostolado. Dominando la cultura brahmán, estudiando y orando, anduvo de un territorio a otro, vestido de una túnica de cuero entre roja y amarilla, adaptándose a los ritos sociales de los bonzos brahmanes, pero sin asumir sus creencias inconciliables con la fe cristiana; aun así sufrió incomprensiones. Hizo un viaje a Portugal en busca de misioneros y de subsidios para la misión. Su éxito provocó envidias y oposición en algunos paganos. Como consecuencia, en una persecución contra los cristianos, fue decapitado en Urgur (India) el 4 de febrero de 1693.

* * *

San Aventino. Obispo de Chartres, en Francia, participó en el Concilio de Orleans (511) y murió en Châteaudun, cerca de Chartres, hacia el año 533.

San Aventino. De joven se puso al servicio del obispo de Troyes (Francia) san Lupo, que el año 451 había salvado a la ciudad de la invasión de Atila, y con él se dedicó a la redención de cautivos. A la muerte del obispo, se retiró a la vida eremítica, no lejos de Troyes. Ya mayor recibió la ordenación sacerdotal. Murió el año 537.

San Eutiquio. Durante la persecución del Imperio romano, sin que se pueda precisar más la fecha, sufrió el martirio en Roma; tras diversos tormentos, privado largo tiempo del sueño y de la comida, fue arrojado a un abismo por su fe en Cristo. Sus restos fueron recogidos por los cristianos y enterrados en las Catacumbas de la Vía Apia.

San Fileas y san Filoromo. San Fileas recibió una buena formación, ejerció la magistratura civil y fue elegido obispo de Thmuis en la Tebaida (Egipto). San Filoromo era tribuno militar del ejército romano. Durante la persecución de Diocleciano ambos rechazaron las órdenes imperiales que imponían abjurar de la fe. Por ello fueron decapitados en Alejandría de Egipto el año 306.

San Gilberto. Nació en Sempringham (Inglaterra) hacia 1085, y murió allí mismo en 1189. Estudió en Francia, y vuelto a su patria recibió la ordenación sacerdotal y ejerció diferentes apostolados. Para la renovación de la vida cristiana en el pueblo y en el clero escribió varias obras y fundó una doble orden monástica: la de las monjas, bajo la Regla de San Benito, y la de los Canónigos Regulares, bajo la Regla de San Agustín.

San Isidoro. Sacerdote egipcio, de buena formación eclesiástica y clásica, que, dejando el mundo y sus riquezas, optó por seguir el ejemplo de san Juan Bautista en el desierto. Ingresó en un monasterio cercano a Pelusio (Egipto). Influyó mucho en la vida de la Iglesia egipcia y colaboró con los grandes Padres de su tiempo. Murió el año 499.

San Nicolás Estudita. Nació en Creta y de joven ingresó en el monasterio de Estudion (Constantinopla), donde recibió la ordenación sacerdotal. Fue exiliado repetidas veces por defender el culto de las santas imágenes frente a los emperadores iconoclastas, los cuales lo persiguieron también por otros motivos. Murió ya anciano en su monasterio el año 868.

Santos Papías, Diodoro y Claudiano. Sufrieron el martirio en Perge de Panfilia (Turquía) en el siglo III.

San Rabano Mauro. Fue uno de los protagonistas de la cultura carolingia. Ingresó de joven en el monasterio de Fulda, y amplió sus estudios en Tours bajo Alduino, maestro palatino de Carlomagno. Escribió magníficos tratados teológicos. Volvió a su monasterio, recibió la ordenación sacerdotal y, en 822, fue elegido abad. Incrementó la observancia monástica y la vida espiritual. En 847 fue elegido arzobispo de Maguncia. Tras desarrollar una gran tarea pastoral, murió el año 856.

Beato Juan Speed. Católico seglar inglés, generoso y valiente, que albergaba en su casa a los sacerdotes y los acompañaba de un sitio a otro en el desempeño de su ministerio. Por eso fue encarcelado y condenado a muerte en tiempo de Isabel I, a la vez que se le ofrecía la libertad si renegaba de su fe. Lo ahorcaron en Durham (Inglaterra) el año 1594.



PARA TENER EL ESPÍRITU DE ORACIÓN Y DEVOCIÓN

Pensamiento bíblico:

Dijo Jesús a sus discípulos: -Pedid y se os dará, buscad y encontraréis, llamad y se os abrirá; porque quien pide recibe, quien busca encuentra y al que llama se le abre (Mt 7,7-8).

Pensamiento franciscano:

San Buenaventura dice de san Francisco: -Cuando pronunciaba u oía pronunciar el nombre de Jesús, se llenaba en su interior de un gozo inefable, y en su exterior aparecía todo conmocionado, cual si su paladar saborease manjares exquisitos o su oído percibiera sonidos armoniosos (LM 10,6).

Orar con la Iglesia:

Oremos al Señor, nuestro Dios y Padre, rico en misericordia para todos los que lo invocan.

-Por todos los que llevamos el nombre de cristianos; para que comprendamos que sólo los humildes y pobres de espíritu serán dichosos.

-Por los pobres, los que sufren, los que lloran, los que tienen hambre y sed de justicia, los perseguidos...; para que confíen en Cristo que les dice: «dichosos vosotros».

-Por todos y por cada uno de los creyentes; para que no nos tengamos por suficientes y confiemos en Cristo y en el prójimo.

-Por cuantos aspiramos a la perfección evangélica; para que el Espíritu Santo anime nuestra vida de oración y devoción.

Oración: Señor, haznos conscientes de nuestras carencias y concédenos lo que tú bien sabes que necesitamos. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.

* * *

EL SECRETO MESIÁNICO
Benedicto XVI, Ángelus del 1 de febrero de 2009

Queridos hermanos y hermanas:

Este año (Ciclo B), en las celebraciones dominicales, la liturgia propone a nuestra meditación el evangelio de san Marcos, una de cuyas características es el así llamado "secreto mesiánico", es decir, el hecho de que Jesús no quiere que por el momento se sepa, fuera del grupo restringido de sus discípulos, que él es el Cristo, el Hijo de Dios. Por eso, en varias ocasiones, tanto a los Apóstoles como a los enfermos que cura, les advierte de que no revelen a nadie su identidad.

Por ejemplo, el pasaje evangélico de este domingo (IV del T. O.: Mc 1,21-28) habla de un hombre poseído por el demonio, que repentinamente se pone a gritar: «¿Qué quieres de nosotros, Jesús Nazareno? ¿Has venido a acabar con nosotros? Sé quién eres: el Santo de Dios». Y Jesús le ordena: «Cállate y sal de él». E inmediatamente -constata el evangelista- el espíritu maligno, con gritos desgarradores, salió de aquel hombre.

Jesús no sólo expulsa los demonios de las personas, liberándolas de la peor esclavitud, sino que también impide a los demonios mismos que revelen su identidad. E insiste en este "secreto", porque está en juego el éxito de su misma misión, de la que depende nuestra salvación. En efecto, sabe que para liberar a la humanidad del dominio del pecado deberá ser sacrificado en la cruz como verdadero Cordero pascual. El diablo, por su parte, trata de distraerlo para desviarlo, en cambio, hacia la lógica humana de un Mesías poderoso y lleno de éxito. La cruz de Cristo será la ruina del demonio; y por eso Jesús no deja de enseñar a sus discípulos que, para entrar en su gloria, debe padecer mucho, ser rechazado, condenado y crucificado (cf. Lc 24,26), pues el sufrimiento forma parte integrante de su misión.

Jesús sufre y muere en la cruz por amor. De este modo, bien considerado, ha dado sentido a nuestro sufrimiento, un sentido que muchos hombres y mujeres de todas las épocas han comprendido y hecho suyo, experimentando profunda serenidad incluso en la amargura de duras pruebas físicas y morales. Y precisamente «la fuerza de la vida en el sufrimiento» es el tema que los obispos italianos han elegido para su tradicional Mensaje con ocasión de esta Jornada por la vida. Me uno de corazón a sus palabras, en las que se percibe el amor de los pastores por la gente y la valentía de anunciar la verdad, la valentía de decir con claridad, por ejemplo, que la eutanasia es una falsa solución para el drama del sufrimiento, una solución que no es digna del hombre. En efecto, la verdadera respuesta no puede ser provocar la muerte, por "dulce" que sea, sino testimoniar el amor que ayuda a afrontar de modo humano el dolor y la agonía. Estemos seguros de que ninguna lágrima, ni de quien sufre ni de quien está a su lado, se pierde delante de Dios.

La Virgen María guardó en su corazón de madre el secreto de su Hijo y compartió con él la hora dolorosa de la pasión y la crucifixión, sostenida por la esperanza de la resurrección. A ella le encomendamos a las personas que sufren y a quienes se esfuerzan cada día por sostenerlas, sirviendo a la vida en cada una de sus fases: padres, profesionales de la salud, sacerdotes, religiosos, investigadores, voluntarios y muchos otros más. Oramos por todos.

* * *

EL CRISTIANO ES EL LIBRO ABIERTO DEL EVANGELIO
De un sermón de san José de Leonisa

El Evangelio y la buena noticia de la venida del Señor al mundo por medio de la Virgen no debe escribirse en pergaminos, sino en el corazón y en nuestras entrañas. La ley escrita y la ley de gracia se diferencian en esto: aquélla fue esculpida en piedra, mientras que la nueva ley se imprime en el corazón del hombre por la infusión del Espíritu Santo y de su gracia. Dios prometió por boca del profeta Jeremías: Voy afirmar con vosotros una alianza eterna, distinta de la que pacté con vuestros padres; y sobre esta nueva alianza agrega: Y pondré mi temor en sus corazones.

Por consiguiente, cada cristianó debe ser un libro abierto, en el que se pueda leer el mensaje evangélico. Pablo escribía a los de Corinto: Vosotros sois nuestra carta, escrita no con tinta; sino con el Espíritu de Dios vivo por medio de nuestro ministerio; no en tablas de piedra, sino en las tablas de carne del corazón. El pergamino es nuestro corazón; el autor, el Espíritu Santo; el medio, nuestro ministerio, porque mi lengua es ágil pluma de escribano.

¡Ojalá la lengua del predicador, movida por el Espíritu Santo, mojada en la sangre del Cordero inmaculado, se convierta hoy en ágil pluma sobre vuestros corazones! Y ¿cómo se podrá volver a escribir sobre una página ya impresa? Si no se borra lo anterior, no se podrá escribir lo nuevo. En vuestros corazones se esculpió de antemano la avaricia; la soberbia, la lujuria, y los restantes vicios. ¿Qué hacer para fijar de nuevo en ellos la humildad, la honestidad, y las demás virtudes, si antes no se erradican los vicios que ahí se asientan?

Por tanto, si los hombres imprimieran esta segunda página de las virtudes en sus corazones, cada uno de ellos sería, como afirmamos más arriba, el libro abierto del mensaje evangélico, y su conducta ejemplar atraería a los demás hombres. Pablo, siguiendo la cita anterior, agrega: Sois vosotros la carta conocida y leída por todos los hombres.

Los predicadores y los prelados han de emplear estos medios para conquistar las almas de todos los hombres y conducirlos hacia la luz de la verdad; pero usando en cada caso el medio apropiado y conforme a la diversidad de los individuos concretos. Pablo, ministro fiel de Cristo y maestro en el ejercicio de la salvación de las almas, decía: Me he hecho judío con los judíos; con los que están sin ley, como quien está sin ley. En una palabra, se adaptaba a cada situación y a cada persona; por eso termina diciendo: Me he hecho todo a todos, a fin de ganar a todos para Cristo.

* * *

ESPÍRITU Y VIDA DE ORACIÓN DE SAN FRANCISCO (I)
por Francisco Javier Toppi, OFMCap

El espíritu y la vida de oración parten de una moción del Espíritu Santo, en virtud de la cual el hombre interior escucha la voz de Dios, que habla en su corazón. Y así, las maravillas que se cuentan de la oración de Francisco son fruto de los dones del Espíritu Santo, que le convirtieron en un hombre nuevo en Cristo y le confirieron la gracia singular de la oración mística, como principio transformante y eficiente de su nuevo ser.

De hecho, según las fuentes biográficas primitivas, la gracia que determina la santidad de Francisco se basa en su experiencia inefable de la divina dulzura, es decir, en el don de la sabiduría que generosa y sobreabundantemente le comunicó el Paráclito desde el comienzo mismo de su conversión (cf. 1 Cel 4-7).

Consiguientemente, las virtudes que florecieron en él y, sobre todo, su ardentísimo espíritu de oración se explican psicológica y teológicamente por la comunicación del don de sabiduría con la que le colmó el Espíritu Santo, sumergiendo su alma en el gozo del amor divino. A quien comprenda y experimente esta gracia preliminar, le parecerá consecuente y lógico cuanto Francisco enseña y hace en su intercomunicación con Dios, en su oración.

a) El testimonio de sus escritos

En el Nuevo Testamento aparece el espíritu de oración, la oración continua, como ley común de los cristianos y condición existencial de los creyentes. Francisco expone en sus escritos esta misma ley y condición existencial común y la recomienda casi siempre también con palabras llenas de sabiduría divina. Así, por ejemplo, en la Regla no bulada dice: «Todos los hermanos aplíquense a sudar en las buenas obras, porque está escrito: Haz siempre algo bueno, para que el diablo te encuentre ocupado. Y de nuevo: La ociosidad es enemiga del alma. Por eso, los siervos de Dios deben perseverar siempre en la oración o en alguna obra buena» (1 R 7,10-12).

En capítulo 22 de la misma Regla Francisco nos descubre, con una serie de citas bíblicas, su propia vida teologal cuando propone: «Hermanos todos, guardémonos mucho de perder o apartar del Señor nuestra mente y corazón so pretexto de alguna merced u obra o ayuda... y hagámosle siempre allí habitación y morada a aquel que es Señor Dios omnipotente, Padre e Hijo y Espíritu Santo, que dice: Vigilad, pues, orando en todo tiempo, para que seáis considerados dignos de huir de todos los males que han de venir, y de estar en pie ante el Hijo del Hombre. Y cuando estéis de pie para orar decid: Padre nuestro, que estás en el cielo. Y adorémosle con puro corazón, porque es preciso orar siempre y no desfallecer; pues el Padre busca tales adoradores. Dios es espíritu, y los que lo adoran es preciso que lo adoren en espíritu y verdad» (1 R 22,25.27-31).

Y en el capítulo 23 también de la Regla no bulada introduce una oración ardiente, que es como una descripción de la vida franciscana en forma de alabanza: «Por consiguiente, nada deseemos, nada queramos, nada nos plazca y deleite, sino nuestro Creador y Redentor y Salvador, el solo verdadero Dios, que es pleno bien, todo bien, total bien, verdadero y sumo bien, que es el solo bueno, piadoso, manso, suave y dulce, que es el solo santo, justo, verdadero, santo y recto... Por consiguiente, que nada impida, que nada separe, que nada se interponga. En todas partes, en todo lugar, a toda hora y en todo tiempo, diariamente y de continuo, todos nosotros creamos verdadera y humildemente, y tengamos en el corazón y amemos, honremos, adoremos, sirvamos, alabemos y bendigamos, glorifiquemos y ensalcemos sobremanera, magnifiquemos y demos gracias al altísimo y sumo Dios eterno, Trinidad y Unidad, Padre e Hijo y Espíritu Santo, creador de todas las cosas y salvador de todos los que creen y esperan en él y lo aman...» (1 R 23,9-11).

En la Carta a todos los Fieles existe también un pasaje donde podemos encontrar expuesta esta misma doctrina con expresiones casi idénticas.

Estas citas nos revelan la irradiación del don de sabiduría, gracias al cual Francisco experimentó íntimamente a Dios como gozo inefable del corazón, que le absorbía por completo en la comunión de la vida trinitaria.

Por eso no tiene nada de extraño el hecho de que Francisco haga consistir la bienaventuranza de los limpios de corazón (Mt 5,8) en buscar continuamente, en adorar y contemplar al Señor Dios vivo y verdadero (Adm 16). Como tampoco es extraño que declare el «desear sobre todas las cosas tener el Espíritu del Señor y su santa operación, orar siempre a él con puro corazón...» (2 R 10,8-9) como la sabiduría suprema, y establezca la primacía absoluta del espíritu de la santa oración y devoción, «al cual todas las demás cosas temporales deben servir» (2 R 5,2), como norma fundamental.

[Cf. Selecciones de Franciscanismo, vol. III, n. 7 (1974) 24-26]

No hay comentarios:

Publicar un comentario