martes, 28 de febrero de 2017

Año Cristiano Franciscano


DÍA 1 DE MARZO

 


SAN ROSENDO. Obispo y abad, autoridad eclesiástica y civil, es una de las grandes figuras de la España del siglo X. Nació de familia noble el año 907. Se educó con su tío Sabarico, obispo de Mondoñedo, al que sucedió como obispo en el 927. Desempeñó con celo su ministerio, construyó iglesias, asistió a pobres y enfermos, promovió la renovación de la vida monástica. El año 942 fundó el monasterio de San Salvador de Celanova (Ourense) bajo la Regla de San Benito, al que, tras la renuncia al oficio episcopal, se retiró el 944 como simple monje. Durante un breve tiempo aún tuvo que gobernar la provincia civil y luchar contra los musulmanes y los normandos. Vuelto al monasterio, el año 459 fue elegido abad. Las necesidades de la Iglesia le obligaron a ser administrador de la diócesis de Compostela durante la prisión de su prelado. Murió en su monasterio el 1 de marzo del año 977.



SANTA INÉS CAO KUIYING. Nació en el seno de una antigua familia cristiana y se crió en un orfanato católico. A los dieciocho años contrajo matrimonio con un hombre violento, que la hizo sufrir mucho. Ella lo soportó con gran paciencia y lo atendió con delicadeza y amor en su enfermedad. Cuando quedó viuda, el obispo le propuso que se dedicara a la catequesis y a la instrucción de las muchachas jóvenes convertidas por san Augusto Chapdelaine, apostolado que ejerció con gran fervor y celo. Por esto fue arrestada, la presionaron inútilmente con amenazas y halagos para que apostatara, la encarcelaron y torturaron y, condenada a morir enjaulada, fue ejecutada, a la edad de treinta años, el 1 de marzo de 1856, en la ciudad de Xilinxian, provincia de Guangxi en China. Juan Pablo II la canonizó, en un grupo de 120 mártires de China encabezados por san Agustín Zhao Rong, el 1 de octubre del año 2000.

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San Albino de Angers. Nació en Vannes (Francia) hacia el año 470 de familia noble. De joven abrazó la vida monástica, en la que permaneció 25 años, y era abad cuando el año 529 fue elegido obispo de Angers. Fue uno de los principales promotores del Concilio III de Orleáns, que reformó la Iglesia de los Francos con gran firmeza. Es recordado como defensor de los pobres y de los prisioneros. Luchó contra las costumbres abusivas de los señores merovingios y les inculcó el respeto al vínculo matrimonial. Murió en Angers el año 550.

San David de Menevia. Nació en el País de Gales hacia el año 542. Se ordenó de sacerdote y se retiró a la vida eremítica, a estudiar la Sagrada Escritura. Luego fue monje y obispo de St. Davids. Siguiendo el modelo y las costumbres de los Padres orientales, fundó un monasterio del que salieron multitud de monjes que evangelizaron Gales, Irlanda, Cornualles y Bretaña. Murió en St. Davids (Gales) hacia el año 601.

San Félix III, papa. Era romano, de la nobleza senatorial. Contrajo matrimonio, y uno de sus hijos es abuelo de san Gregorio Magno. Al enviudar se hizo clérigo, y en el 483 fue elegido papa. Tuvo que ocuparse del cisma de Acacio, Patriarca de Constantinopla, al que se vio en la obligación de excomulgar por sus concesiones a los monofisitas; esto llevó consigo la ruptura entre Roma y Constantinopla. Murió en Roma el año 492.

San León. Obispo de Bayona (Francia) en el siglo IX. Fue misionero entre los infieles que aún abundaban en su territorio, y también evangelizó amplias zonas de España. Fue martirizado por unos piratas en la Gascuña.

San León Lucas. Nació en Corleone (Sicilia) en torno al 815-818, y a los 20 años vendió sus bienes, repartió el dinero a los pobres y se retiró a un monasterio basiliano. Deseoso de llevar vida eremítica, marchó a Calabria. No tardó en ingresar en el monasterio de Monte Mula. Contribuyó luego a la fundación del monasterio de Avena, en las pendientes del monte Mercurio, en Calabria. Destacó tanto en la vida eremítica como en la cenobítica siguiendo las reglas de los monjes orientales, siendo simple monje y siendo abad. Murió hacia el año 900.

San Siviardo. Fue abad del monasterio de Anille o Anisole, en Saint-Calais, diócesis de Le Mans (Francia). Murió hacia el año 680.

San Suitberto. Monje inglés que, hacia el año 690, se unió al grupo misionero dirigido por san Wilibrordo para la evangelización del Continente. Predicó con éxito en Brabante, Gelderland y Kleve. Elegido obispo itinerante, volvió a Inglaterra donde lo consagró san Wilfrido. Pasó luego a evangelizar en Westfalia del Sur; tras la invasión de los sajones paganos, se retiró al territorio de los Francos. El rey Pipino le donó la isla de Kaiserswert, junto a Dusseldorf, donde fundó un monasterio, en el que vivió hasta su muerte el año 713.

Beato Cristóbal de Milán. De joven ingresó en la Orden de Predicadores, y en 1438 recibió la ordenación sacerdotal. Se dedicó al ministerio de la predicación por amplias regiones de Italia con mucho provecho. Destacó por la solidez doctrinal de sus sermones, la pasión por el decoro litúrgico, la práctica de la humildad, pobreza y castidad. Murió en Taggia (Liguria, Italia) en 1484.

Beata Juana María Bonomo. Nació en 1606. Muerta su madre, confiaron su educación a las monjas clarisas de Trento. A los 15 años ingresó en el monasterio benedictino de Bassano (Véneto), del que llegó a ser abadesa y en el que murió en 1670. Fue rica en dones místicos, tuvo una intensa vida interior con éxtasis y visiones que la llevaban a la unión espiritual con Cristo, y recibió la estigmatización en 1632. No siempre la comprendieron sus confesores y las otras monjas, lo que sufrió con paciencia.



PARA TENER EL ESPÍRITU DE ORACIÓN Y DEVOCIÓN

Pensamiento bíblico:

Así escribía san Pablo a los Corintios: -No juzguéis antes de tiempo: dejad que venga el Señor. Él iluminará lo que esconden las tinieblas y pondrá al descubierto los designios de los corazones. Entonces recibirá cada cual del Señor la alabanza que le corresponda (1 Cor 4,5).

Pensamiento franciscano:

Dice san Francisco en su Carta a toda la Orden: -Ruego a mi señor el ministro general, que haga que la Regla sea observada por todos, y que los clérigos recen el oficio con devoción en la presencia de Dios, no atendiendo a la melodía de la voz, sino a la consonancia de la mente, de forma que la voz concuerde con la mente, y la mente concuerde con Dios, para que puedan aplacar a Dios por la pureza del corazón y no recrear los oídos del pueblo con la sensualidad de la voz (CtaO 40-42).

Orar con la Iglesia:

Alabemos a Dios uno y trino, y presentémosle nuestras peticiones confiados en la intercesión de Jesucristo.

-Dios de misericordia, concédenos el espíritu de oración y de penitencia, y danos un verdadero deseo de amarte a ti y de amar a nuestros hermanos.

-Concédenos también ser constructores de tu reino, para que abunde la justicia y la paz en la tierra.

-Haz que sepamos descubrir la bondad y hermosura de tu creación, para que su belleza se haga alabanza en nuestros labios.

-Perdónanos por haber ignorado la presencia de Cristo en los pobres, los sencillos, los marginados.

-Perdona igualmente nuestros pecados de omisión por no haber atendido a tu Hijo en esos hermanos nuestros.

Oración: Señor, Padre santo, ayúdanos a librarnos de la seducción del pecado, a amarte en nuestros hermanos y a bendecirte por tu creación. Te lo pedimos por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.

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¿ERES TÚ EL QUE HA DE VENIR?
De la Homilía de S. S. Benedicto XVI
en la misa celebrada el 12 de diciembre de 2010

Queridos hermanos y hermanas:

La liturgia de hoy [Domingo III de Adviento, Ciclo A], con las palabras del apóstol Santiago que hemos escuchado, nos invita no sólo a la alegría sino también a ser constantes y pacientes en la espera del Señor que viene, y a serlo juntos, como comunidad, evitando quejas y juicios (cf. Sant 5,7-10).

Hemos escuchado en el Evangelio la pregunta de san Juan Bautista que se encuentra en la cárcel; el Bautista, que había anunciado la venida del Juez que cambia el mundo, y ahora siente que el mundo sigue igual. Por eso, pide que pregunten a Jesús: «¿Eres tú el que ha de venir o debemos esperar a otro? ¿Eres tú o debemos esperar a otro?». En los últimos dos o tres siglos muchos han preguntado: «¿Realmente eres tú o hay que cambiar el mundo de modo más radical? ¿Tú no lo haces?». Y han venido muchos profetas, ideólogos y dictadores que han dicho: «¡No es él! ¡No ha cambiado el mundo! ¡Somos nosotros!». Y han creado sus imperios, sus dictaduras, su totalitarismo que cambiaría el mundo. Y lo ha cambiado, pero de modo destructivo. Hoy sabemos que de esas grandes promesas no ha quedado más que un gran vacío y una gran destrucción. No eran ellos.

Y así debemos mirar de nuevo a Cristo y preguntarle: «¿Eres tú?». El Señor, con el modo silencioso que le es propio, responde: «Mirad lo que he hecho. No he hecho una revolución cruenta, no he cambiado el mundo con la fuerza, sino que he encendido muchas luces que forman, a la vez, un gran camino de luz a lo largo de los milenios».

Comencemos aquí, en nuestra parroquia: san Maximiliano Kolbe, que se ofreció para morir de hambre a fin de salvar a un padre de familia. ¡En qué gran luz se ha convertido! ¡Cuánta luz ha venido de esta figura! Y ha alentado a otros a entregarse, a estar cerca de quienes sufren, de los oprimidos. Pensemos en el padre que era para los leprosos Damián de Veuster, que vivió y murió con y para los leprosos, y así llevó luz a esa comunidad. Pensemos en la madre Teresa, que dio tanta luz a personas, que, después de una vida sin luz, murieron con una sonrisa, porque las había tocado la luz del amor de Dios.

Y podríamos seguir y veríamos, como dijo el Señor en la respuesta a Juan, que lo que cambia el mundo no es la revolución violenta, ni las grandes promesas, sino la silenciosa luz de la verdad, de la bondad de Dios, que es el signo de su presencia y nos da la certeza de que somos amados hasta el fondo y de que no caemos en el olvido, no somos un producto de la casualidad, sino de una voluntad de amor.

Así podemos vivir, podemos sentir la cercanía de Dios. «Dios está cerca» dice la primera lectura de hoy; está cerca, pero nosotros a menudo estamos lejos. Acerquémonos, vayamos hacia la presencia de su luz, oremos al Señor y en el contacto de la oración también nosotros seremos luz para los demás.

Precisamente este es el sentido de la iglesia parroquial: entrar aquí, entrar en diálogo, en contacto con Jesús, con el Hijo de Dios, a fin de que nosotros mismos nos convirtamos en una de las luces más pequeñas que él ha encendido y traigamos luz al mundo, que sienta que es redimido.

Nuestro espíritu debe abrirse a esta invitación; así caminemos con alegría al encuentro de la Navidad, imitando a la Virgen María, que esperó en la oración, con íntimo y gozoso temor, el nacimiento del Redentor.

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LOS DE FUERA, LO QUIERAN O NO,
SON HERMANOS NUESTROS
De los comentarios de San Agustín sobre los salmos (32,29)

Hermanos, os exhortamos vivamente a que tengáis caridad, no sólo para con vosotros mismos, sino también para con los de fuera, ya se trate de los paganos, que todavía no creen en Cristo, ya de los que están separados de nosotros, que reconocen a Cristo como cabeza, igual que nosotros, pero están divididos de su cuerpo. Deploremos, hermanos, su suerte, sabiendo que se trata de nuestros hermanos. Lo quieran o no, son hermanos nuestros. Dejarían de serlo si dejaran de decir: Padre nuestro.

Dijo de algunos el profeta: A los que os dicen: «No sois hermanos nuestros», decidles: «Sois hermanos nuestros». Atended a quiénes se refería al decir esto. ¿Por ventura a los paganos? No, porque, según el modo de hablar de las Escrituras y de la Iglesia, no los llamamos hermanos. ¿Por ventura a los judíos, que no creyeron en Cristo?

Leed los escritos del Apóstol, y veréis que, cuando dice «hermanos» sin más, se refiere únicamente a los cristianos: Tú, ¿por qué juzgas a tu hermano?, o ¿por qué desprecias a tu hermano? Y dice también en otro lugar: Sois injustos y ladrones, y eso con hermanos vuestros.

Ésos, pues, que dicen: «No sois hermanos nuestros», nos llaman paganos. Por esto, quieren bautizarnos de nuevo, pues dicen que nosotros no tenemos lo que ellos dan. Por esto, es lógico su error, al negar que nosotros somos sus hermanos. Mas, ¿por qué nos dijo el profeta: Decidles: «Sois hermanos nuestros», sino porque admitimos como bueno su bautismo y por esto no lo repetimos? Ellos, al no admitir nuestro bautismo, niegan que seamos hermanos suyos; en cambio, nosotros, que no repetimos su bautismo, porque lo reconocemos igual al nuestro, les decimos: Sois hermanos nuestros.

Si ellos nos dicen: «¿Por qué nos buscáis, para qué nos queréis?», les respondemos: Sois hermanos nuestros. Si dicen: «Apartaos de nosotros, no tenemos nada que ver con vosotros», nosotros sí que tenemos que ver con ellos: si reconocemos al mismo Cristo, debemos estar unidos en un mismo cuerpo y bajo una misma cabeza.

Os conjuramos, pues, hermanos, por las entrañas de caridad, con cuya leche nos nutrimos, con cuyo pan nos fortalecemos, os conjuramos por Cristo, nuestro Señor, por su mansedumbre, a que usemos con ellos de una gran caridad, de una abundante misericordia, rogando a Dios por ellos, para que les dé finalmente un recto sentir, para que reflexionen y se den cuenta que no tienen en absoluto nada que decir contra la verdad; lo único que les queda es la enfermedad de su animosidad, enfermedad tanto más débil cuanto más fuerte se cree. Oremos por los débiles, por los que juzgan según la carne, por los que obran de un modo puramente humano, que son, sin embargo, hermanos nuestros, pues celebran los mismos sacramentos que nosotros, aunque no con nosotros, que responden un mismo Amén que nosotros, aunque no con nosotros; prodigad ante Dios por ellos lo más entrañable de vuestra caridad.

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«ADORAR AL SEÑOR DIOS»
La oración de Francisco de Asís
por Julio Micó, OFMCap

El mismo Espíritu que arranca a los hermanos de la familia y de las preocupaciones del mundo para reunirlos en una Fraternidad de célibes, es el que los pone ante su Señor para que se reconozcan como fruto de su amor salvador e intenten acercarse a Él con fidelidad y alabanza agradecida.

Este encuentro con Dios, fundamento y meta de toda realización humana, es el que autentifica y define la Fraternidad como esa humanidad nueva, reunida en torno a Jesús, que conoce por experiencia al Padre y, en consecuencia, vive de forma coherente su relación fraterna con todos los hombres.

Por eso, la Fraternidad es, ante todo, una comunidad orante, que sabe de la presencia de Dios y trata por todos los medios de responderle de forma existencial, acogiendo esa Presencia y haciéndola fructificar en obras y alabanzas. Esta cualidad orante de la Fraternidad no descarga de forma irresponsable a los hermanos de su encuentro personal con el Misterio. La Fraternidad es orante porque, al mismo tiempo, los hermanos viven y se entienden desde la oración, sintiéndose tocados por el Espíritu para poner en común la decisión de buscar el rostro de Dios.

Francisco, y como él los demás hermanos, también entendió que lo fundamental para todo creyente es el encuentro con su Dios. Por eso, construyó su vida alrededor de esta experiencia, de modo que, para Celano, más que ser un hombre de oración era la oración misma personificada (2 Cel 95).

Superando este tópico hagiográfico, es indudable que la figura de Francisco sólo es inteligible desde su experiencia de Dios. Cualidad que no le viene dada por su aportación literaria a la historia de la espiritualidad, como es el caso de algunos místicos como san Juan de la Cruz y santa Teresa, sino por su forma personal de «practicar a Dios» que nos descubre la fuerza humanizante de lo divino cuando el hombre se deja habitar por Él y acompaña de forma activa esta presencia.

Francisco aprendió en Dios a amar y servir; y los que saben amar y servir, saben también orar, puesto que estar o caminar en la presencia de Dios no es otra cosa que hacerse cargo del inmenso amor del Padre puesto a nuestro servicio en Jesús.

Para que haya oración se necesitan dos personas y una relación: Dios, el hombre y el encuentro de ambos. Pero si nos fijamos en el modo de realizarse este encuentro, comprobaremos que es el hombre el que determina la forma cultural de imaginarse a Dios y, por tanto, la manera de materializar este encuentro con lo divino.

Para adentramos un poco en ese recinto personal e íntimo de Francisco, donde se realiza su encuentro con Dios -la oración-, tendremos, pues, que admitir los distintos elementos que confluyeron en su persona al tener que imaginarse lo divino: la familia, la escuela, la liturgia y el arte.

Todos estos elementos contribuyeron a que Francisco se hiciera una imagen de Dios trascendente e inabarcable, pero, al mismo tiempo, cercana, hasta el punto de hacerse hombre. Para él, Dios era absoluto, pero prescindible; todopoderoso, pero vulnerable; santo, pero capaz de mezclarse con el pecado para destruirlo. Este Dios de contrastes, que, por otra parte, es el que nos muestra Jesús, configuró la imagen de lo divino que cristalizó en la experiencia de Francisco.

Entre los componentes que ayudaron a Francisco a representarse a Dios destaca, por su repercusión, la liturgia. En ella descubrió la Escritura, proclamada y celebrada en la Iglesia para convertirse, después, en costumbre y fiesta dentro del ambiente social y familiar. Ella fue la que le prestó los colores para pintar, haciéndolo visible e imaginable, al Dios que animaba su fe. La influencia de la liturgia, pues, hay que ponerla como el elemento determinante de la personalidad de Francisco, ya que la imagen que se formó de la divinidad fue como la matriz que modeló su actividad orante, puesto que solemos abrir y entregar nuestro corazón al Dios que nos imaginamos.

[Cf. el texto completo en Selecciones de Franciscanismo n. 56, 1990, 177-212]

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