lunes, 27 de febrero de 2017

Año Cristiano Franciscano


DÍA 28 DE FEBRERO

 

SAN AUGUSTO CHAPDELAINE. Nació en La Rochelle (Francia) en 1814. Estudió en el seminario diocesano y, en 1843, recibió la ordenación sacerdotal. Deseoso de ser misionero, en 1851 ingresó en la Sociedad de Misiones Extrajeras de París. Al año siguiente embarcó hacia la misión de Guangxi (China), a la que llegó en febrero de 1854, después de prepararse y de superar muchas dificultades. En seguida recorrió todo el territorio en un contexto de mucha inseguridad. Creció el número de neófitos. Estuvo encarcelado por una falsa acusación; probada su inocencia, el mandarín lo dejó en libertad. Llegó un nuevo mandarín, muy hostil a los cristianos, y su anterior denunciante lo acusó ahora de ser un extranjero que difundía una religión perversa. El P. Chapdelaine, advertido del peligro, no quiso huir, para evitar problemas a sus cristianos. Detuvieron al misionero y a otros cristianos. No pudieron hacerle renunciar a su fe. Le dieron trescientos latigazos, lo encerraron en una pequeña jaula y, ya muerto, lo decapitaron y arrojaron su cuerpo a los perros. Esto sucedía el 29 de febrero de 1856 en Xilinxian, provincia de Guangxi. Fue canonizado el año 2000. [En los años bisiestos, su memoria se celebra el 29 de febrero]





BEATA ANTONIA DE FLORENCIA. Nació en Florencia el año 1401, de una familia de clase media, muy piadosa. Joven aún contrajo matrimonio, del que tuvo un hijo; enviudó, se casó de nuevo y por segunda vez quedó viuda. Cuando el hijo pudo valerse pos sí mismo, ella ingresó en el monasterio de Terciarias franciscanas fundado en Florencia por la beata Angelina de Marsciano. Más tarde pasó como abadesa al monasterio de Foligno y después al de L'Aquila, donde, asesorada por san Juan de Capistrano, que estaba promoviendo la Observancia, fundó en 1447 el monasterio del Corpus Domini bajo la Regla propia de santa Clara; del mismo fue abadesa hasta su muerte. Para sus hermanas y para las jóvenes de su tiempo, fue modelo de austeridad y pobreza, de oración y alabanza a Dios, de fortaleza y paciencia a la hora de afrontar contrariedades y sufrir una penosa enfermedad. Murió en L'Aquila (Abruzzo, Italia) el 29 de febrero de 1472. [En los años bisiestos, su memoria se celebra el 29 de febrero]



BEATO TIMOTEO TROJANOWSKI (de pila, Estanislao). Nació en Sadlowo (Polonia) el año 1908, de familia humilde, por lo que apenas pudo ir a la escuala y pronto se puso a trabajar. A los 22 años vistió el hábito franciscano entre los Conventuales de Niepokalanów, donde estuvo trabajando en la redacción de El Caballero de la Inmaculada, en el reparto de los periódicos franciscanos y en la enfermería. Era muy dado a la oración y a la práctica de la caridad. El 14 de octubre de 1941 fue arrestado, y deportado al campo de exterminio de Auschwitz. De él dice un testigo: «Fray Timoteo soportaba con fortaleza el hambre, el frío y el duro trabajo. No se desalentaba, no perdía el ánimo. Consolaba y exhortaba a la confianza en la protección divina a los prisioneros laicos que trabajaban con nosotros». Por las durísimas condiciones de la prisión, a los dos meses de permanencia en el campo contrajo una pulmonía y murió el 28 de febrero de 1942. Es uno de los Mártires de la II Guerra Mundial (1940-43) beatificados por Juan Pablo II en 1999.

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San Hilario, papa. Era originario de Cerdeña. San León Magno lo envió al concilio de Éfeso el año 449. En el 461 le sucedió en la cátedra de san Pedro. Prosiguió con firmeza la defensa de la ortodoxia y de la disciplina eclesiástica. Escribió cartas confirmando los dogmas proclamados en los concilios de Nicea, Éfeso y Constantinopla, y poniendo de relieve el primado de la Sede Romana. Murió en Roma el 29 de febrero del 468. [En los años bisiestos, su memoria se celebra el 29 de febrero]

Santas Marana y Cira. Nacieron en Berea (hoy Alepo), ciudad de Siria, en el siglo V, y en su juventud decidieron recluirse en una ermita a las afueras de la ciudad. Vivían en soledad y silencio, entregadas a la oración y penitencia. Los fines de semana las visitaban algunas mujeres, a las que edificaban con sus palabras. Las conoció personalmente Teodoreto de Ciro, que cuenta su historia.

Santos Mártires de Alejandría. Se les llama también "Mártires de la peste". El año 262, en tiempo del emperador Galieno, la peste asoló la ciudad de Alejandría y causó miles de muertos. Un grupo numeroso de cristianos, sacerdotes, diáconos y laicos, asistieron sin reparos a los apestados, prestándoles los servicios que les eran posibles en la enfermedad, en la muerte y también después. No pocos se contagiaron y murieron mártires de la caridad. San Dionisio, obispo de Alejandría, cuenta en una carta lo que hicieron y sufrieron aquellos santos cristianos.

San Osvaldo. Hijo de padres daneses, se hizo monje benedictino en Fluery (Francia) y, ordenado de sacerdote, volvió a Inglaterra el año 959. Dos años después fue nombrado obispo de Worcester, y al mismo tiempo fue arzobispo de York. Fue un maestro afable, elegante y docto. Fundó y reformó monasterios, introduciendo en muchos de ellos la Regla de San Benito. Murió el 29 de febrero del 992, después de haber lavado los pies a doce pobres y haber compartido con ellos la mesa. [En los años bisiestos, su memoria se celebra el 29 de febrero]

San Román. A los 35 años empezó a llevar vida de anacoreta en el Monte Jura (Francia). El obispo de Besançon, sabedor de sus virtudes lo ordenó de sacerdote. Se le unieron muchos discípulos y con ellos fundó el monasterio de Condat, del que fue abad, luego el de Leuconne y por último, para mujeres, el de La Beaume, al frente del cual puso a su hermana. Murió en torno al año 463.

Beato Carlo Gnocchi. Nació en San Colombano al Lambro, cerca de Milán, el año 1902, en el seno de una familia rural. Ordenado sacerdote en 1924, se dedicó a la atención espiritual de la juventud. En la II Guerra Mundial fue capellán del ejército italiano. Mientras ayudaba a los heridos y moribundos, fue madurando y concretando la Fundación Pro Iuventute (Fundación Don Gnocchi), que hoy atiende a las personas con discapacidad múltiple. Falleció en Milán el 28-II-1956. Beatificado en 2009.

Beato Daniel Alejo Brottier. Nació en 1876 y a los catorce años entró en el seminario de Blois (Francia); recibió la ordenación sacerdotal en 1899, y en 1902 ingresó en el noviciado de la Congregación del Espíritu Santo. Por dos veces estuvo de misionero en Senegal, pero por falta de salud tuvo que regresar a Francia. Recogió fondos para la construcción de la catedral de Dakar. Fue capellán militar en la I Guerra Mundial. Dirigió y amplió la Casa de Huérfanos de Auteuil y creó la Unión Nacional de Excombatientes. Destacó en todo por su fe en la Providencia, su caridad inagotable, su entrega a todos los trabajos, su vida interior. Murió en París el año 1936.

Beatos Mártires de Unzen. Se trata de 16 laicos japoneses de la diócesis de Funai, martirizados en los sulfatos del monte Unzen de Nagasaki el 28 de febrero de 1627, y beatificados el 2008 en un grupo de 188 mártires en total. El grupo está encabezado por el samurai Pablo Uchibori. Casi todos habían sufrido anteriormente cárcel y torturas. Algunos eran descendientes o familiares de mártires. Otros murieron con familiares suyos. Algunos eran catequistas o jefes de aldeas, o habían hospedado a los misioneros ocultos, arriesgando su propia vida. Pablo Uchibori, ya desde las torturas en la cárcel y durante los tormentos de los sulfatos, animaba a todos sus compañeros a perseverar en la fe, mientras él y otros eran torturados y mutilados en rostro y manos. Murió diciendo: "Alabado sea el Santísimo Sacramento".



PARA TENER EL ESPÍRITU DE ORACIÓN Y DEVOCIÓN

Pensamiento bíblico:

Así dice el Señor Dios: El ayuno que yo quiero es éste: Abrir las prisiones injustas, hacer saltar los cerrojos de los cepos, dejar libres a los oprimidos, romper todos los cepos; partir tu pan con el hambriento, hospedar a los pobres sin techo, vestir al que ves desnudo, y no cerrarte a tu propia carne. Entonces clamarás al Señor, y te responderá; gritarás, y te dirá: Aquí estoy (Is 58,6-7.9).

Pensamiento franciscano:

De las cartas de santa Clara a santa Inés: -Mira a Cristo pobre hecho despreciable por ti y síguelo, hecha tú despreciable por Él en este mundo. Reina nobilísima, mira atentamente, considera, contempla, deseando imitarlo, a tu Esposo, el más hermoso de los hijos de los hombres, que, por tu salvación, se ha hecho el más vil de los hombres, despreciado, golpeado y flagelado de múltiples formas en todo su cuerpo, muriendo en medio de las mismas angustias de la cruz (2CtaCl 19-20).

Orar con la Iglesia:

Oremos a Dios Padre, que está siempre cerca de nosotros y nos escucha lleno de amor y de comprensión.

-Para que la Iglesia muestre a todos con sus obras e instituciones la misericordia con que Dios nos trata.

-Para que no caigamos en la tentación de guardar las meras formas externas de la religiosidad.

-Para que cuantos tienen autoridad sobre los demás sientan que están a su servicio para el bien y la justicia.

-Para que los cristianos comprendamos cada vez más y mejor el sentido y las exigencias del ayuno cuaresmal y de toda práctica religiosa.

Oración: Confírmanos, Señor, en el espíritu de la penitencia cuaresmal, y haz que nuestra austeridad exterior vaya siempre acompañada por la sinceridad de corazón. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.

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«CONVERTÍOS A MÍ DE TODO CORAZÓN»
De la Homilía de S. S. Benedicto XVI
en la misa del Miércoles de Ceniza, 25 de febrero de 2009

«Convertíos a mí de todo corazón». El llamamiento a la conversión aflora como tema dominante en todos los componentes de la liturgia de hoy. Ya en la antífona de entrada se dice que el Señor olvida y perdona los pecados de quienes se convierten; y en la oración colecta se invita al pueblo cristiano a orar para que cada uno emprenda «un camino de verdadera conversión».

En la primera lectura, el profeta Joel exhorta a volver al Padre «de todo corazón: con ayuno, con llanto, con luto (...), porque es compasivo y misericordioso, lento a la cólera, rico en piedad, y se arrepiente de las amenazas» (Jl 2,12-13). La promesa de Dios es clara: si el pueblo escucha la invitación a convertirse, Dios mostrará su misericordia y colmará a sus amigos de innumerables favores.

Luego, en el pasaje evangélico (Mt 61ss), Jesús, poniéndonos en guardia contra la carcoma de la vanidad que lleva a la ostentación y a la hipocresía, a la superficialidad y a la auto-complacencia, reafirma la necesidad de alimentar la rectitud del corazón. Al mismo tiempo, muestra el medio para crecer en esta pureza de intención: cultivar la intimidad con el Padre celestial.

En este Año jubilar, para conmemorar el bimilenario del nacimiento de san Pablo, resultan especialmente significativas las palabras de la segunda carta a los Corintios: «En nombre de Cristo os pedimos que os reconciliéis con Dios» (2 Cor 5,20). Esta invitación del Apóstol resuena como un estímulo más a tomar en serio la exhortación cuaresmal a la conversión. San Pablo experimentó de modo extraordinario el poder de la gracia de Dios, la gracia del Misterio pascual, de la que vive la Cuaresma misma. Se nos presenta como "embajador" del Señor. Así pues, ¿quién mejor que él puede ayudarnos a recorrer de modo fructuoso este itinerario interior de conversión?

En la primera carta a Timoteo escribe: «Cristo Jesús vino al mundo a salvar a los pecadores; y el primero de ellos soy yo»; y añade: «Por eso se compadeció de mí: para que en mí, el primero, mostrara Cristo toda su paciencia, y pudiera ser modelo de todos los que habían de creer en él para obtener la vida eterna» (1 Tim 1,15-16). Por tanto, el Apóstol es consciente de haber sido elegido como ejemplo, y esta ejemplaridad se refiere precisamente a la conversión, a la transformación de su vida que se produjo gracias al amor misericordioso de Dios. «Yo antes era un blasfemo, un perseguidor y un violento -reconoce-, pero Dios tuvo compasión de mí (...). Y la gracia de nuestro Señor sobreabundó en mí» (1 Tim 1,13-14).

San Pablo reconoce que todo en él es obra de la gracia divina, pero no olvida que es necesario aceptar libremente el don de la vida nueva recibida en el Bautismo. En el texto del capítulo 6 de la carta a los Romanos, que se proclamará durante la Vigilia pascual, escribe: «Que el pecado no siga dominando vuestro cuerpo mortal, ni seáis súbditos de los deseos del cuerpo. No pongáis vuestros miembros al servicio del pecado como instrumentos del mal; ofreceos a Dios como hombres que de la muerte han vuelto a la vida, y poned a su servicio vuestros miembros, como instrumentos del bien» (Rom 6,12-13). En estas palabras se contiene todo el programa de la Cuaresma según su perspectiva bautismal intrínseca.

Por una parte, se afirma la victoria de Cristo sobre el pecado, obtenida una vez para siempre con su muerte y su resurrección; por otra, se nos exhorta a no poner nuestros miembros al servicio del pecado, o sea, por decirlo así, a no conceder espacio de revancha al pecado. El discípulo de Cristo debe hacer suya la victoria de Cristo y esto se realiza ante todo con el Bautismo, mediante el cual, unidos a Jesús, «de la muerte volvemos a la vida». Ahora bien, el bautizado, para que Cristo pueda reinar plenamente en él, debe seguir fielmente sus enseñanzas; nunca debe bajar la guardia, para no permitir que el adversario de algún modo recupere terreno.

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HAGAMOS PENITENCIA Y PADEZCAMOS CON CRISTO
De un sermón de san Buenaventura

La cruz, horrible en sí misma, especialmente antes de morir Cristo en ella, debemos, con todo, desearla, porque vivifica nuestra existencia. Todos anhelan y quieren la vida perenne; no hay persona tan descastada que no la desee y la busque. Los pecadores también la quieren, pero indebidamente, porque desean disfrutar de ella sin desprenderse de sus malos hábitos y placeres.

La senda que conduce a la vida perenne, carísimos, no es ésa, sino la que atraviesa el puente levantado por Cristo, que es la cruz, y que consiste en la lucha y en la victoria contra las inclinaciones perversas.

La cruz, desde fuera, espanta; mas, considerada y vista desde dentro, es apetecible: exteriormente, es leño de muerte; profundizando en su misterio íntimo, es el árbol de la vida, porque en él estuvo clavado Cristo. Desde entonces es fuente de vida, que produce gracia, como afirma Pablo a los Romanos: El salario del pecado es la muerte; pero es don gratuito de Dios la vida eterna en Cristo Jesús, Señor nuestro. La cruz es el árbol de la gracia vivificante que viene de Cristo por el riego de la penitencia.

¿Qué árbol es éste que puede conducir al hombre desde la aridez a la fronda, de la muerte a la vida? Esta cruz es la de Cristo. ¿Por qué padeció el Hijo de Dios por los hombres y no lo hizo por los ángeles? Porque el hombre es capaz de hacer penitencia; el ángel no. El hombre es aquel árbol que da fruto cuando recibe el riego del agua, es decir, de la gracia penitencial.

Y si la cruz es portadora de gracia vivificante, nosotros, muertos tantas veces por el pecado, abracemos esa cruz, hagamos penitencia y suframos con Cristo. Pedro dice: Ya que Cristo padeció en la carne, armaos también vosotros de este mismo pensamiento. Si no hacemos penitencia, no veo cómo podremos responder en el juicio.

Si quieres dar fruto espiritual, debes morir a la carne. En el evangelio de Juan dice Cristo: Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda solo; pero si muere da mucho fruto. Si deseamos alcanzar los frutos del árbol de la vida juntamente con Cristo que murió crucificado en la cruz, también nosotros debemos ser crucificados con él.

Carísimos, para encontrar al Señor, debemos antes aproximarnos a la cruz; quien abandona la cruz abandonó primero a Cristo. El que desea ardientemente la cruz y al Señor lo encuentra sobre ella, y no retornará jamás con las manos vacías, porque de ella mana la fuente de la gracia.

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HACIA DIOS POR LA PENITENCIA (IX)
por Kajetan Esser, OFM

Orientaciones prácticas (I)

Por lo que se refiere a la práctica de la penitencia, debemos dejar bien sentado que san Francisco se muestra muy parco al hablar de las obras concretas de mortificación y penitencia. En lugar de señalar orientaciones precisas y puntos particulares, prefiere hacer hincapié en las disposiciones fundamentales del hombre. Por amor de Dios y de su Reino, el hombre debe renunciar a sí mismo y mortificar los deseos del propio yo. Acerca de esto no hay duda alguna en Francisco. El problema viene cuando se trata del modo de llevar a cabo esta orientación en casos y en vidas concretas. Francisco lo deja a la «inspiración divina», y así evita el poner trabas de antemano a la libre acción de la gracia. Por eso encontramos tan pocos detalles concretos sobre la materia en Francisco.

Por supuesto, los hermanos deben ayunar como ayunaban entonces todos los religiosos. Pero cuando se comparan las disposiciones de Francisco con las que entonces estaban en vigor en otras órdenes, se las ve notablemente más moderadas. Lo que interesa, según Francisco, es que el ayuno exterior sea siempre reflejo de la mortificación interior. «Debemos también ayunar y abstenernos de los vicios y pecados, y de la demasía en el comer y beber, y ser católicos» (2CtaF 32). También previene contra toda exageración; tiene en cuenta la condición particular de cada hermano, como su respectiva situación. Como David comió por necesidad los panes de la proposición, así también a los hermanos «en caso de necesidad, séales lícito..., dondequiera que estén, servirse de todos los manjares que pueden comer los hombres... En tiempo de manifiesta necesidad, obren todos los hermanos, en cuanto a las cosas que les son necesarias, según la gracia que les otorgue el Señor, porque la necesidad no tiene ley» (1 R 9,13.16).

Su Carta a un ministro nos da a conocer otro género de penitencia: soportar la vida tal como se presenta y soportar y aceptar a los hombres como son. E insistirá de manera particular sobre esta mortificación: «Dichoso el que soporta a su prójimo en su fragilidad como querría que se le soportara a él si estuviese en caso semejante» (Adm 18,1). El no aceptar las situaciones concretas de la vida como queridas por Dios, ni emplearlas para Él, significa para Francisco un «abuso de lo presente»; con perfecta clarividencia lo caracteriza como «afán de la carne» (2 Cel 134).

Instará a los hermanos enfermos: «Ruego al hermano enfermo que por todo dé gracias al Creador; y que desee estar tal como el Señor le quiere, sano o enfermo, porque a todos los que Dios ha predestinado para la vida eterna los educa con los estímulos de los azotes y de las enfermedades y con el espíritu de compunción, como dice el Señor: A los que yo amo, los corrijo y castigo. Y si alguno se turba o se irrita contra Dios o contra los hermanos, o si quizá pide con ansia medicinas, preocupado en demasía por la salud de la carne, que no tardará en morir y es enemiga del alma, esto viene del maligno, y él es carnal, y no parece ser de los hermanos, porque ama más el cuerpo que el alma» (1 R 10,3-4).

Por lo demás, la vida minorítica en su conjunto, con lo que de pobreza, humildad, etc., encierra, es para los hermanos la forma específica de penitencia y abnegación. Dice Jacobo de Vitry de los primeros franciscanos: «Renunciando a cuanto poseen, negándose a sí mismos, tomando la cruz, siguiendo desnudos al desnudo... corren sin impedimentos». El que se obliga a vivir según la regla de los hermanos menores y trata con seriedad de ponerla en práctica, puede estar bien seguro de que cumple las exigencias más sustanciales del evangelio sobre la penitencia.

[K. Esser, Temas espirituales. Oñate 1980, pp. 65-68]

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