domingo, 26 de febrero de 2017

Año Cristiano Franciscano


DÍA 27 DE FEBRERO

 

SANTA ANA LINE Y COMPAÑEROS MÁRTIRES. Ana nació en el condado de Essex el año 1566 en el seno de una familia calvinista, ella se convirtió al catolicismo y su padre la desheredó y expulsó de casa. Se casó con Roger Line, también convertido y con una historia semejante a la suya. En 1586 el esposo fue arrestado mientras oía misa y exiliado a Flandes, donde vivió pobremente con una ayuda del rey de España, que compartía con su mujer. En 1594 Ana quedó viuda, y pobre y enferma. Al año siguiente, consciente del riesgo que corría y desde la clandestinidad, asumió el cargo de ama de llaves de una residencia para los sacerdotes que trabajaban en Londres o pasaban por la ciudad; fue una madre para ellos en aquellas difíciles circunstancias. Cinco años pudo ejercer esta misión. Fue delatada, detenida y encarcelada en Newgate. La condenaron por haber hospedado a sacerdotes católicos, y la ahorcaron y luego la despedazaron en la plaza de Tyburn de Londres el 27 de febrero de 1601.- Junto con ella fueron martirizados el beato Marcos Barkworth, convertido al catolicismo, sacerdote, que estudió en Roma y en Valladolid (España), y vistió el hábito de san Benito en Irache (Navarra); y también el beato Roger Filcock, sacerdote jesuita, que había sido confesor de Ana.



BEATO JOSÉ TOUS Y SOLER. Nació en Igualada (Barcelona) el año 1811, en el seno de una numerosa familia religiosa y trabajadora. En el hogar aprendió las virtudes humanas y cristianas que configuraron su personalidad. De joven ingresó en los Capuchinos, profesó en 1828 y se ordenó de sacerdote en 1834. La situación política y social de España era turbulenta. En 1835 se produjo la supresión de los conventos y se desató la persecución religiosa. Tras una breve estancia en la cárcel, el P. Tous marchó a Italia y Francia, y regresó a Barcelona en 1843. Se dedicó al ministerio parroquial y a la dirección de asociaciones religiosas. Preocupado por la educación cristiana de los niños y jóvenes, fundó el instituto de las Capuchinas de la Madre del Divino Pastor. Murió en Barcelona el 27 de febrero de 1871. Fue beatificado el año 2010. De él dijo Benedicto XVI: «A pesar de numerosas pruebas y dificultades, nunca se dejó vencer por la amargura o el resentimiento. Destacó por su caridad exquisita y su capacidad para soportar y comprender las deficiencias de los demás».



BEATA MARÍA CARIDAD BRADER. Nació el año 1860 en Kaltbrunn (St. Gallen, Suiza). A los veinte años ingresó en las franciscanas de clausura de Altstätten, dedicadas a la contemplación y la enseñanza. En 1888, respondiendo a la petición del obispo de Portoviejo (Ecuador), marchó allá como misionera, junto con otras religiosas; años más tarde fue a Colombia, donde pasó el resto de su vida. Para mejor responder a las necesidades de las gentes más pobres y marginadas, procurando el progreso del pueblo a través de la educación cristiana, fundó la Congregación de Hermanas Franciscanas de María Inmaculada, en la que supo compaginar la contemplación y la acción. Exhortaba a sus hijas a una preparación académica eficiente, pero «sin apagar el espíritu de oración y devoción». Encauzó su apostolado principalmente hacia la educación, sobre todo en ambientes pobres y marginados. Alma eucarística por excelencia, consiguió el privilegio de la Adoración Perpetua diurna y nocturna. Murió en Pasto (Colombia) el 27 de febrero de 1943. La beatificó Juan Pablo II el año 2003.


* * *

San Baldomero. Nació en Lyon y se ganaba la vida trabajando como cerrajero. Llevaba una vida cristiana ejemplar, destacando por su piedad y su caridad para con los pobres. Ya mayor ingresó en el monasterio de San Justo, y recibió las órdenes sagradas hasta el subdiaconado, del que no quiso pasar por humildad. Murió en su ciudad natal el año 660.

Santos Basilio y Procopio Decapolita. Fueron monjes en Constantinopla en tiempo del emperador León III Isáurico, que apoyaba a los iconoclastas. Ellos defendieron valerosamente el culto a las imágenes sagradas, por lo que fueron encarcelados y torturados. Tras la muerte del citado emperador quedaron en libertad. Murieron el año 741.

San Besa. Era soldado del ejército romano y, en tiempo del emperador Decio, trató de impedir los insultos y ultrajes de la multitud a los santos mártires Julián y Euno cuando eran conducidos al lugar del suplicio. Por eso lo denunciaron al juez, ante quien confesó que era cristiano, y aquel mismo día fue decapitado, en Alejandría de Egipto en un año incierto del siglo III.

San Gabriel de la Dolorosa. Nació en Asís el año 1838. Se crió en Espoleto, destino de su padre que era administrativo de los Estados Pontificios, y allí estudió en La Salle y en los jesuitas. A los 18 años ingresó en el noviciado de los Padres Pasionistas. Su vida religiosa iba a ser breve, pero intensa. Tuvo una gran devoción a la Pasión de Cristo y a la Virgen Dolorosa. Fue ejemplar por su sencillez y humildad, alegría, amabilidad y paciencia. Empezó la carrera sacerdotal con ilusión, pero sólo recibió las órdenes menores. Enfermó de tuberculosis, y murió prematuramente en Isola del Gran Sasso (Abruzzo, Italia) el año 1862.

San Gregorio de Narek. Monje del monasterio de Narek en Armenia, doctor de su Iglesia, insigne teólogo, poeta y escritor religioso y místico. Entre sus obras se encuentran un comentario al Cantar de los Cantares, numerosos panegíricos, uno de ellos en honor de la Virgen, y una colección de 95 oraciones en forma poética, llamadas "Narek" por el monasterio en que vivió. Allí murió el año 1005.

Santa Honorina. Virgen y mártir en la diócesis de Rouen, en Normandía (Francia), de fecha incierta (siglo III-IV).

Santos Julián y Euno. Julián era un cristiano tan enfermo de podagra o gota, que no podía caminar ni estar de pie. Hizo que dos criados suyos, que eran cristianos, lo llevaran en una silla ante el juez para confesar su fe. Fueron invitados a apostatar, bajo pena de muerte; Julián y Euno, uno de los criados, permanecieron fieles a Cristo, mientras que el otro apostató. Los pasearon por la ciudad a lomo de camellos para hacerlos objeto de burla de la gente, y luego los flagelaron hasta la muerte. Sucedía esto en Alejandría de Egipto, en un año incierto del siglo III, siendo Decio emperador.

San Lucas de Mesina. Monje y luego abad del monasterio del Santísimo Salvador, de Mesina (Sicilia), que seguía la Regla de San Basilio y del que dependían varios monasterios. Murió el año 1149.

Beata Francisca Ana Cirer Carbonell. Nació en Sencelles, isla de Mallorca, en 1781, y desde niña se dedicó a las tareas domésticas y al trabajo en el campo; no frecuentó la escuela y quedó analfabeta. Quiso ser religiosa, su padre no la dejó y decidió vivir de consagrada en su domicilio. Vivió la fe en su pueblo y en su parroquia, ocupada en la oración, los servicios parroquiales y las obras de caridad, en especial la atención a los pobres y enfermos; enseñaba el catecismo, que sabía de memoria, a niños y a mayores. En 1798 profesó en la Tercera Orden Franciscana. En 1851, a sus setenta años, fundó en su casa la Comunidad de Hermanas de la Caridad. Murió en 1855 en su pueblo.

Beato Guillermo Richardson. Sacerdote secular inglés. De joven prestaba ayuda a sacerdotes católicos encarcelados, los cuales le facilitaron la carrera eclesiástica. Estudió en el colegio francés de Reims, y luego en los españoles de Valladolid y de Sevilla, y en éste se ordenó de sacerdote en 1594. Vuelto a su patria ejerció el sagrado ministerio con discreción y eficacia hasta que, delatado por un falso amigo, fue detenido, encarcelado en Newgate y condenado por ser sacerdote católico. Lo ahorcaron en la plaza Tyburn de Londres el año 1603.

Beata María de Jesús Deluil Martiny. Nació en Marsella (Francia) en 1841. Consultó su vocación con el Cura de Ars; Daniel Comboni trataba con ella asuntos importantes. Rehusó el matrimonio e hizo voto privado de castidad. Con la dirección espiritual del P. Calage y el consejo del card. Deschamp avanzó en su vida de oración y apostolado hasta fundar la Congregación de Hijas del Corazón de Jesús, dedicadas a la adoración eucarística y a la oración por las misiones y la santificación del clero. Murió en Marsella el año 1884 a consecuencia de los disparos de un jardinero del monasterio despedido.



PARA TENER EL ESPÍRITU DE ORACIÓN Y DEVOCIÓN

Pensamiento bíblico:

Misericordia, Dios mío, misericordia, que mi alma se refugia en ti; me refugio a la sombra de tus alas mientras pasa la calamidad. Invoco al Dios Altísimo, al Dios que hace tanto por mí: desde el cielo me enviará la salvación, confundirá a los que ansían matarme, enviará su gracia y su lealtad (Salmo 56,2).

Pensamiento franciscano:

Dice san Francisco en su Regla: -Amemos todos con todo el corazón, con toda el alma, con toda la mente, con toda la fuerza y fortaleza, con todo el entendimiento, con todas las fuerzas, con todo el esfuerzo, con todo el afecto, con todas las entrañas, con todos los deseos y voluntades al Señor Dios, que nos dio y nos da a todos nosotros todo el cuerpo, toda el alma y toda la vida, que nos creó, nos redimió y por sola su misericordia nos salvará; que a nosotros..., ingratos y malos, nos hizo y nos hace todo bien (1 R 23,8).

Orar con la Iglesia:

Oremos a Cristo, el hombre de dolores, que lleva sobre la cruz los pecados y sufrimientos de la humanidad, y al que estuvo asociada la Virgen María.

-Para que, mirando a María, que sufre junto a la cruz de su Hijo, los discípulos de Cristo se sientan confortados en la tentación y la prueba.

-Para que frente al odio y la violencia, los hombres de buena voluntad sepan reconocer en la señal de la cuz un mensaje de reconciliación y de paz.

-Para que los esclavos de la droga, del alcohol y de toda otra forma de alienación, encuentren hermanos que los conduzcan a Cristo, médico y liberador.

-Para que todos los cristianos hagamos propia la llamada a la unidad que Cristo selló con su sangre.

Oración: Padre bueno, que por amor nos has entregado a tu Hijo, haz que, en unión con María, adoremos el misterio de tu voluntad y cooperemos en la salvación de los hombres. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.

* * *

POLVO, SÍ, PERO AMADO, PLASMADO POR SU AMOR
De la Homilía de S. S. Benedicto XVI
en la misa celebrada el 17 de febrero de 2010

«Tú amas a todas tus criaturas, Señor, y no odias nada de lo que has hecho; cierras los ojos a los pecados de los hombres, para que se arrepientan. Y los perdonas, porque tú eres nuestro Dios y Señor» (Antífona de entrada).

Con esta conmovedora invocación, tomada del Libro de la Sabiduría (cf. Sab 11,23-26), la liturgia introduce en la celebración eucarística del miércoles de Ceniza. Son palabras que, de algún modo, abren todo el itinerario cuaresmal, poniendo en su fundamento la omnipotencia del amor de Dios, su señorío absoluto sobre toda criatura, que se traduce en indulgencia infinita, animada por una constante y universal voluntad de vida. En efecto, perdonar a alguien equivale a decirle: no quiero que mueras, sino que vivas; quiero siempre y sólo tu bien.

Esta certeza absoluta sostuvo a Jesús durante los cuarenta días que pasó en el desierto de Judea, después del bautismo recibido de Juan en el Jordán. Ese largo tiempo de silencio y de ayuno fue para él un abandonarse completamente en el Padre y en su proyecto de amor; también fue un "bautismo", o sea, una "inmersión" en su voluntad, y en este sentido un anticipo de la pasión y de la cruz. Adentrarse en el desierto y permanecer allí largamente, solo, significaba exponerse voluntariamente a los asaltos del enemigo, el tentador que hizo caer a Adán y por cuya envidia entró en el mundo la muerte (cf. Sab 2,24); significaba entablar con él la batalla en campo abierto, desafiarle sin otras armas que la confianza ilimitada en el amor omnipotente del Padre. Me basta tu amor, me alimento de tu voluntad (cf. Jn 4,34): esta convicción habitaba la mente y el corazón de Jesús durante aquella "cuaresma" suya. No fue un acto de orgullo, una empresa titánica, sino una elección de humildad, coherente con la Encarnación y el bautismo en el Jordán, en la misma línea de obediencia al amor misericordioso del Padre, quien «tanto amó al mundo que le dio a su Hijo unigénito» (Jn 3,16).

Todo esto el Señor Jesús lo hizo por nosotros. Lo hizo para salvarnos y, al mismo tiempo, para mostrarnos el camino para seguirlo. La salvación, de hecho, es don, es gracia de Dios, pero para tener efecto en mi existencia requiere mi asentimiento, una acogida demostrada con obras, o sea, con la voluntad de vivir como Jesús, de caminar tras él. Seguir a Jesús en el desierto cuaresmal es, por lo tanto, condición necesaria para participar en su Pascua, en su "éxodo". Adán fue expulsado del Paraíso terrenal, símbolo de la comunión con Dios; ahora, para volver a esta comunión y por consiguiente a la verdadera vida, la vida eterna, hay que atravesar el desierto, la prueba de la fe. No solos, sino con Jesús. Él -como siempre- nos ha precedido y ya ha vencido el combate contra el espíritu del mal. Este es el sentido de la Cuaresma, tiempo litúrgico que cada año nos invita a renovar la opción de seguir a Cristo por el camino de la humildad para participar en su victoria sobre el pecado y sobre la muerte.

Desde esta perspectiva se comprende también el signo penitencial de la ceniza, que se impone en la cabeza de cuantos inician con buena voluntad el itinerario cuaresmal. Es esencialmente un gesto de humildad, que significa: reconozco lo que soy, una criatura frágil, hecha de tierra y destinada a la tierra, pero hecha también a imagen de Dios y destinada a él. Polvo, sí, pero amado, plasmado por su amor, animado por su soplo vital, capaz de reconocer su voz y de responderle; libre y, por esto, capaz también de desobedecerle, cediendo a la tentación del orgullo y de la autosuficiencia. He aquí el pecado, enfermedad mortal que pronto entró a contaminar la tierra bendita que es el ser humano. Creado a imagen del Santo y del Justo, el hombre perdió su inocencia y ahora sólo puede volver a ser justo gracias a la justicia de Dios, la justicia del amor que -como escribe san Pablo- «se ha manifestado por medio de la fe en Cristo» (Rom 3,22).

* * *

LA LEY SE DIO POR MEDIO DE MOISÉS,
LA GRACIA Y LA VERDAD
VINIERON POR MEDIO DE JESUCRISTO
De los sermones de san León Magno (Sermón 51, 3-4.8)

El Señor puso de manifiesto su gloria ante los testigos que había elegido, e hizo resplandecer de tal manera aquel cuerpo suyo, semejante al de todos los hombres, que su rostro se volvió semejante a la claridad del sol y sus vestiduras aparecieron blancas como la nieve.

En aquella transfiguración se trataba, sobre todo, de alejar de los corazones de los discípulos el escándalo de la cruz, y evitar así que la humillación de la pasión voluntaria conturbara la fe de aquellos a quienes se había revelado la excelencia de la dignidad escondida.

Pero con no menor providencia se estaba fundamentando la esperanza de la Iglesia santa, ya que el cuerpo de Cristo, en su totalidad, podría comprender cuál habría de ser su transformación, y sus miembros podrían contar con la promesa de su participación en aquel honor que brillaba de antemano en la cabeza. A propósito de lo cual había dicho el mismo Señor, al hablar de la majestad de su venida: Entonces los justos brillarán como el sol en el reino de su Padre. Cosa que el mismo apóstol Pablo corroboró, diciendo: Sostengo que los sufrimientos de ahora no pesan lo que la gloria que un día se nos descubrirá; y de nuevo: Habéis muerto, y vuestra vida está con Cristo escondida en Dios. Cuando aparezca Cristo, vida nuestra, entonces también vosotros apareceréis, juntamente con él, en gloria.

Pero, en aquel milagro, hubo también otra lección para confirmación y completo conocimiento de los apóstoles. Pues aparecieron, en conversación con el Señor, Moisés y Elías, es decir, la ley y los profetas, para que se cumpliera con toda verdad, en presencia de aquellos cinco hombres, lo que está escrito: Toda palabra quede confirmada por boca de dos o tres testigos.

¿Y pudo haber una palabra más firmemente establecida que ésta, en cuyo anuncio resuena la trompeta de ambos Testamentos y concurren las antiguas enseñanzas con la doctrina evangélica?

Las páginas de los dos Testamentos se apoyaban entre sí, y el esplendor de la actual gloria ponía de manifiesto, a plena luz, a aquel que los anteriores signos habían prometido bajo el velo de sus misterios; porque, como dice san Juan, la ley se dio por medio de Moisés, la gracia y la verdad vinieron por medio de Jesucristo, en quien se cumplieron, a la vez, la promesa de las figuras proféticas y la razón de los preceptos legales, ya que, con su presencia, atestiguó la verdad de las profecías y, con su gracia, otorgó a los mandamientos la posibilidad de su cumplimiento.

Que la predicación del santo Evangelio sirva, por tanto, para la confirmación de la fe de todos, y que nadie se avergüence de la cruz de Cristo, gracias a la cual el mundo ha sido redimido. Que nadie tema sufrir por la justicia, ni desconfíe del cumplimiento de las promesas, porque por el trabajo se va al descanso, y por la muerte se pasa a la vida; pues el Señor echó sobre sí toda la debilidad de nuestra condición, y, si nos mantenemos en su amor, venceremos lo que él venció y recibiremos lo que prometió.

En efecto, ya se trate de cumplir los mandamientos o de tolerar las adversidades, nunca debe dejar de resonar en nuestros oídos la palabra pronunciada por el Padre: Éste es mi Hijo, el amado, mi predilecto; escuchadlo.

* * *

HACIA DIOS POR LA PENITENCIA (VIII)
por Kajetan Esser, OFM

Realización del Reino de Dios

Todo lo referente al «Espíritu del Señor» no acaece en consideración a la perfección individual del cristiano, sino que está ordenado a la venida del Reino de Dios. No en vano el capítulo de la primera Regla que trata de los preceptos acerca del ayuno, viene encabezado por las palabras del Señor: «Esta ralea de demonios no puede salir más que a fuerza de ayuno y oración» (1 R 3,1). Y es que el hombre se introduce en el servicio para la realización del Reino de Dios con la propia renuncia y penitencia -implicadas en la oración y el ayuno-; Reino de Dios que puede irse expandiendo por todas partes a condición de que sea vencida la influencia demoníaca.

En sus exhortaciones, Francisco se apoya intencionadamente en las palabras del Señor sobre la parusía: «Y recuerden lo que dice el Señor: Pero estad precavidos, no sea que vuestros corazones se emboten con la crápula y embriaguez y en las preocupaciones de esta vida, y os sobrevenga aquel repentino día; pues como un lazo caerá encima de todos los que habitan sobre la faz del orbe de la tierra (Lc 21,34-35)» (1 R 9,14-15). El hombre que vive sobriamente, testimoniando con su proceder que «la figura de este mundo pasa» (1 Cor 7,31), está contribuyendo a la venida actual y futura del Reino de Dios.

Con el mismo tono vigoroso subraya esta misma idea al hablar de la perfección de la pobreza: «Esta es la excelencia de la altísima pobreza, la que a vosotros, mis queridísimos hermanos, os ha constituido en herederos y reyes del reino de los cielos, os ha hecho pobres en cosas y os ha sublimado en virtudes. Sea ésta vuestra porción, la que conduce a la tierra de los vivientes (Sal 141,6)» (2 R 6,4-5). Y dado que la gloria del Reino venidero está gestándose ya en misterio en la vida presente, Francisco resaltará de buen grado el carácter de prenda que tienen la penitencia y la mortificación.

De la pobreza aseguraba que era «prenda y arras de las riquezas eternas» (2 Cel 5), «arras de la herencia del cielo» (2 Cel 74). Y de sus múltiples enfermedades decía que eran prenda del reino de Dios (2 Cel 213). Y si recordamos la función que el término arras (prenda, seguro) tenía durante la edad media en los ritos esponsalicios y matrimoniales, apreciaremos mucho mejor tanto su matiz escatológico como la profunda carga mística de las expresiones. En este mismo contexto Francisco considera las tentaciones como «anillo con que el Señor desposa consigo el alma de su siervo» (2 Cel 118). Tales pensamientos, expresados por Francisco en su propio lenguaje, corresponden a las ideas de la primitiva comunidad cristiana, es decir, que la plenitud de la vida donada a nosotros en Cristo exige la participación del hombre en los sufrimientos y en la muerte de Cristo y, por medio de ellos, en su resurrección y ascensión. La participación en la gloria del Señor es dada y preparada por Dios; preparada, por supuesto, en la participación del cristiano en la cruz de Cristo, la prenda del Reino de Dios.

Pero el Reino de Dios no es solamente algo futuro, ni nosotros somos solamente peregrinos y forasteros (2 R 6,2; Test 24) que caminamos hacia ese Reino; éste se encuentra ya en medio de nosotros, en la Iglesia. De ahí que la vida en penitencia y mortificación contribuya a la realización creciente del Reino de Dios. En la minoridad, que resume la vida de penitencia de los hermanos menores, ve Francisco la posibilidad de que éstos «den fruto en la Iglesia de Dios» (2 Cel 148). Notemos que no dice «a la Iglesia», sino «en la Iglesia». La amenaza más grave que sufre la Iglesia en su vida más íntima, esto es, en su tarea de construcción del Reino de Dios, proviene de la tentación de poder y dominación a la que con demasiada frecuencia sucumben sus mismos ministros.

La Iglesia necesita, por tanto, hombres que por amor de Dios vivan sujetos a los demás. Así deben ser los hermanos menores según voluntad de Francisco; sólo así podrán y tendrán que dar frutos en la Iglesia de Dios. Su vida de negación y penitencia debe desenvolverse bajo el signo de Aquel que vivió entre nosotros como quien sirve (Lc 2,27) y que, como tal, dio su vida en rescate de muchos (Mt 20,28). De suerte que en esa «fraternidad de servicio», constituida por los hermanos menores, brille por encima de todo «una reproducción de la cruz y pasión del Cordero inmaculado que lavó los crímenes del mundo» (1 Cel 112).

[K. Esser, Temas espirituales. Oñate 1980, pp. 63-65]

No hay comentarios:

Publicar un comentario