sábado, 25 de febrero de 2017

Año Cristiano Franciscano

DÍA 26 DE FEBRERO

 

SANTA PAULA MONTAL FORNÉS. Nació en Arenys de Mar (Barcelona) el año 1799. En su juventud, colaborando con su párroco en la catequesis de niños y jóvenes, constató la necesidad urgente de la promoción humana y cristiana de la mujer y de la educación integral de niñas y jóvenes. A tal fin, y empezando en Figueras, fue estableciendo escuelas y formando a sus miembros. En Sabadell, orientada y ayudada por los escolapios, con cuyo carisma se sentía identificada, estructuró canónicamente su nueva congregación, las Hijas de María, Religiosas de las Escuelas Pías, con la espiritualidad y reglas calasancias. La fundación creció y se extendió rápidamente. Paula pasó sus últimos treinta años en Olesa de Montserrat, trabajando en su comunidad y con niñas de la localidad, a la vez que se desbordaba en obras de caridad y ayuda a los pobres y necesitados. Y allí murió el 26 de febrero de 1889. Juan Pablo II la canonizó el 2001.



BEATA PIEDAD DE LA CRUZ ORTIZ REAL. Nació en Bocairente (Valencia, España) el año 1842. Recibió una educación cristiana en casa y en el colegio de religiosas en el que se educó. Llevó una vida de gran piedad e hizo obras de caridad asistiendo a ancianos, enfermos y niños pobres. Quiso ser religiosa, lo intentó, pero las experiencias resultaron temporales. Se sintió llamada a iniciar un nuevo instituto. Las inundaciones de los campos de Murcia en 1884, el cólera y diversas experiencias, la llevaron a fundar en Alcantarilla (Murcia), el año 1890, la Congregación de Hermanas Salesianas del Sagrado Corazón de Jesús. Su carisma: amar y servir al Corazón de Jesús en las niñas huérfanas, en las jóvenes obreras, en los enfermos y en los ancianos desamparados. Murió en Murcia el 26 de febrero de 1916 y fue beatificada el año 2004.


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San Agrícola. Obispo de Nevers (Francia). Parece ser que, antes de ser obispo, había sido conde de la ciudad bajo el rey Gontrano. Consta que asistió a varios concilios particulares y que era amante de la disciplina. Murió el año 594.

San Alejandro. Nació hacia el año 250 y fue elegido patriarca de Alejandría de Egipto el año 313. Renovó el clero de su diócesis eligiendo a hombres de probada rectitud. Después de tratar de convencer a su sacerdote Arrio del error de su doctrina, tuvo que excomulgarlo. Más tarde, promovió y consiguió que el concilio de Nicea del año 325 condenara la doctrina de Arrio que niega la divinidad de Jesucristo. Murió el año 326.

San Andrés. Obispo de Florencia (Italia) en el siglo IX.

San Faustiniano. Obispo de Bolonia (Italia) a principios del siglo IV. Reforzó e hizo crecer con su predicación la Iglesia oprimida por la persecución de Diocleciano.

San Porfirio de Gaza. Nació en Tesalónica hacia el 347. A los 31 años abrazó la vida eremítica y se retiró primero al desierto de Escete en Egipto y después a una cueva junto al río Jordán. Pasó luego a Jerusalén, donde frecuentó los santos lugares y distribuyó a los pobres los bienes heredados. El año 395 fue elegido obispo de Gaza, cuyos habitantes eran en su mayoría paganos. Con apoyo imperial, clausuró los templos de los ídolos. No pocos paganos acabaron convirtiéndose y creció la comunidad cristiana. Murió el año 421.

San Víctor. Fue ermitaño en Arcis-sur-Aube, región de Champaña (Francia), en el siglo VII. San Bernardo hizo su elogio en un sermón.

Beato Roberto Drury. Nació en Inglaterra el año 1588, y para hacer los estudios eclesiásticos marchó a Reims (Francia) y luego a Valladolid (España); aquí recibió la ordenación sacerdotal. Volvió a su patria en 1605 y pudo ejercer su ministerio un par de años. En febrero de 1607 fue arrestado, falsamente acusado de conspirar contra el rey Jacobo I. Le ofrecieron la libertad si juraba el acta de supremacía religiosa del rey, pero se negó. Lo ahorcaron y descuartizaron en la plaza Tyburn de Londres el año 1607.



PARA TENER EL ESPÍRITU DE ORACIÓN Y DEVOCIÓN

Pensamiento bíblico:

El último día de la fiesta, Jesús en pie gritaba: «El que tenga sed, que venga a mí; el que cree en mí que beba. De sus entrañas manarán torrentes de agua viva». Decía esto refiriéndose al Espíritu, que habían de recibir los que creyeran en él (Jn 7,37-39).

Pensamiento franciscano:

Del Testamento de san Francisco: «El Señor me dio el comenzar a hacer penitencia... Y el Señor mismo me condujo entre los leprosos... Y el Señor me dio una tal fe en las iglesias, que así sencillamente oraba y decía: Te adoramos, Señor Jesucristo... Después, el Señor me dio y me da tanta fe en los sacerdotes que viven según la forma de la santa Iglesia Romana... Y después que el Señor me dio hermanos, nadie me ensañaba qué debería hacer, sino que el Altísimo mismo me reveló que debería vivir según la forma del santo Evangelio... El Señor me reveló que dijésemos el saludo: El Señor te dé la paz» (Test 1.2.4.5.6.14.23).

Orar con la Iglesia:

Mientras avanzamos en el cumplimiento pleno de la voluntad del Padre, elevemos a Él nuestras súplicas, por intercesión de María.

-Para que el Padre, que hizo de María la discípula y madre de la Palabra, conceda a toda la Iglesia el espíritu de escucha para obedecer a cada señal de su voluntad.

-Para que nos conceda, a ejemplo y por intercesión de la Virgen, un corazón grande para compartir las angustias y necesidades del todo hombre.

-Para que sostenga con su fuerza a cuantos viven en el sufrimiento, la enfermedad, la soledad.

-Para que en la Cuaresma sepamos acoger con sincera voluntad de conversión la palabra de Dios, que nos interpela cada día.

Oración: Padre omnipotente, que en este tiempo favorable nos llamas a la conversión; haz que, a imitación de María, experimentemos la dicha de ser discípulos de tu Hijo. Que vive y reina por los siglos de los siglos. Amén.

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«DAME DE BEBER»
Homilía de S. S. Benedicto XVI
en la misa celebrada el 24 de febrero de 2008

Queridos hermanos y hermanas:

En los textos bíblicos del tercer domingo de Cuaresma [Ciclo A] hay sugerencias útiles para la meditación. A través del símbolo del agua, que encontramos en la primera lectura y en el pasaje evangélico de la samaritana, la palabra de Dios nos transmite un mensaje siempre vivo y actual: Dios tiene sed de nuestra fe y quiere que encontremos en él la fuente de nuestra auténtica felicidad. Todo creyente corre el peligro de practicar una religiosidad no auténtica, de no buscar en Dios la respuesta a las expectativas más íntimas del corazón, sino de utilizar más bien a Dios como si estuviera al servicio de nuestros deseos y proyectos.

En la primera lectura vemos al pueblo hebreo que sufre en el desierto por falta de agua y, presa del desaliento como en otras circunstancias, se lamenta y reacciona de modo violento. Llega a rebelarse contra Moisés; llega casi a rebelarse contra Dios.

El simbolismo del agua vuelve con gran elocuencia en la célebre página evangélica que narra el encuentro de Jesús con la samaritana en Sicar, junto al pozo de Jacob. Notamos enseguida un nexo entre el pozo construido por el gran patriarca de Israel para garantizar el agua a su familia y la historia de la salvación, en la que Dios da a la humanidad el agua que salta hasta la vida eterna. Si hay una sed física del agua indispensable para vivir en esta tierra, también hay en el hombre una sed espiritual que sólo Dios puede saciar. Esto se refleja claramente en el diálogo entre Jesús y la mujer que había ido a sacar agua del pozo de Jacob.

Todo inicia con la petición de Jesús: «Dame de beber» (Jn 4,7). A primera vista parece una simple petición de un poco de agua, en un mediodía caluroso. En realidad, con esta petición, dirigida por lo demás a una mujer samaritana -entre judíos y samaritanos no había un buen entendimiento-, Jesús pone en marcha en su interlocutora un camino interior que hace surgir en ella el deseo de algo más profundo. San Agustín comenta: «Aquel que pedía de beber, tenía sed de la fe de aquella mujer». En efecto, en un momento determinado es la mujer misma la que pide agua a Jesús (cf. Jn 4,15), manifestando así que en toda persona hay una necesidad innata de Dios y de la salvación que sólo él puede colmar. Una sed de infinito que solamente puede saciar el agua que ofrece Jesús, el agua viva del Espíritu. Dentro de poco escucharemos en el prefacio estas palabras: Jesús, «al pedir agua a la samaritana, ya había infundido en ella la gracia de la fe, y si quiso estar sediento de la fe de aquella mujer fue para encender en ella el fuego del amor divino».

Queridos hermanos y hermanas, en el diálogo entre Jesús y la samaritana vemos delineado el itinerario espiritual que cada uno de nosotros, que cada comunidad cristiana está llamada a redescubrir y recorrer constantemente. Esa página evangélica, proclamada en este tiempo cuaresmal, asume un valor particularmente importante para los catecúmenos ya próximos al bautismo. En efecto, este tercer domingo de Cuaresma está relacionado con el así llamado «primer escrutinio», que es un rito sacramental de purificación y de gracia.

Así, la samaritana se transforma en figura del catecúmeno iluminado y convertido por la fe, que desea el agua viva y es purificado por la palabra y la acción del Señor. También nosotros, ya bautizados, pero siempre tratando de ser verdaderos cristianos, encontramos en este episodio evangélico un estímulo a redescubrir la importancia y el sentido de nuestra vida cristiana, el verdadero deseo de Dios que vive en nosotros. Jesús quiere llevarnos, como a la samaritana, a profesar con fuerza nuestra fe en él, para que después podamos anunciar y testimoniar a nuestros hermanos la alegría del encuentro con él y las maravillas que su amor realiza en nuestra existencia. La fe nace del encuentro con Jesús, reconocido y acogido como Revelador definitivo y Salvador, en el cual se revela el rostro de Dios. Una vez que el Señor conquista el corazón de la samaritana, su existencia se transforma, y corre inmediatamente a comunicar la buena nueva a su gente (cf. Jn 4,29).

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LLEGA UNA MUJER DE SAMARIA A SACAR AGUA
San Agustín, Tratado 15
sobre el evangelio de san Juan (10-12.16-17)

Llega una mujer. Se trata aquí de una figura de la Iglesia, no santa aún, pero sí a punto de serlo; de esto, en efecto, habla nuestra lectura. La mujer llegó sin saber nada, encontró a Jesús, y él se puso a hablar con ella. Veamos cómo y por qué. Llega una mujer de Samaria a sacar agua. Los samaritanos no tenían nada que ver con los judíos; no eran del pueblo elegido. Y esto ya significa algo: aquella mujer, que representaba a la Iglesia, era una extranjera, porque la Iglesia iba a ser constituida por gente extraña al pueblo de Israel.

Pensemos, pues, que aquí se está hablando ya de nosotros: reconozcámonos en la mujer, y, como incluidos en ella, demos gracias a Dios. La mujer no era más que una figura, no era la realidad; sin embargo, ella sirvió de figura, y luego vino la realidad. Creyó, efectivamente, en aquel que quiso darnos en ella una figura. Llega, pues, a sacar agua.

Jesús le dice: «Dame de beber». Sus discípulos se habían ido al pueblo a comprar comida. La samaritana le dice: «¿Cómo tú, siendo judío, me pides de beber a mí, que soy samaritana?». Porque los judíos no se tratan con los samaritanos.

Ved cómo se trata aquí de extranjeros: los judíos no querían ni siquiera usar sus vasijas. Y como aquella mujer llevaba una vasija para sacar el agua, se asombró de que un judío le pidiera de beber, pues no acostumbraban a hacer esto los judíos. Pero aquel que le pedía de beber tenía sed, en realidad, de la fe de aquella mujer.

Fíjate en quién era aquel que le pedía de beber: Jesús le contestó: «Si conocieras el don de Dios, y quién es el que te pide de beber, le pedirías tú, y él te daría agua viva».

Le pedía de beber, y fue él mismo quien prometió darle el agua. Se presenta como quien tiene indigencia, como quien espera algo, y le promete abundancia, como quien está dispuesto a dar hasta la saciedad. Si conocieras -dice- el don de Dios. El don de Dios es el Espíritu Santo. A pesar de que no habla aún claramente a la mujer, ya va penetrando, poco a poco, en su corazón y ya la está adoctrinando. ¿Podría encontrarse algo más suave y más bondadoso que esta exhortación? Si conocieras el don de Dios, y quién es el que te pide de beber, le pedirías tú, y él te daría agua viva. ¿De qué agua iba a darle, sino de aquella de la que está escrito: En ti está la fuente viva? Y ¿cómo podrán tener sed los que se nutren de lo sabroso de tu casa?

De manera que le estaba ofreciendo un manjar apetitoso y la saciedad del Espíritu Santo, pero ella no lo acababa de entender; y como no lo entendía, ¿qué respondió? La mujer le dice: «Señor, dame esa agua: así no tendré más sed, ni tendré que venir aquí a sacarla». Por una parte, su indigencia la forzaba al trabajo, pero, por otra, su debilidad rehuía el trabajo. Ojalá hubiera podido escuchar: Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré. Esto era precisamente lo que Jesús quería darle a entender, para que no se sintiera ya agobiada; pero la mujer aún no lo entendía.

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HACIA DIOS POR LA PENITENCIA (VII)
por Kajetan Esser, OFM

El «Espíritu del Señor»

La propia negación es obra de la gracia y se traduce en liberación del hombre de sí mismo y en disponibilidad creciente respecto de Dios. Pero, repetimos, esto no puede ser fruto de las propias fuerzas. Es necesario que el Espíritu del Señor le llene de su presencia y establezca en él su morada. Sólo una colaboración íntima entre Dios y el hombre podrá domar el espíritu de la carne, el egoísmo, para que el Espíritu del Señor se erija desde entonces en su mentor y guía. «El Espíritu del Señor quiere que la carne sea mortificada y despreciada, tenida por vil y abyecta. Y se afana por la humildad y la paciencia, y la pura y simple y verdadera paz del espíritu. Y siempre desea, más que nada, el temor divino y la divina sabiduría, y el divino amor del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo» (1 R 17,14-16).

Francisco no se pregunta sobre cómo se efectúa dicha colaboración. Sabe, e incesantemente lo pregona con acentos particularmente emotivos en su Testamento, que todo lo ha recibido de Dios. Pero reconoce al mismo tiempo que «el hombre exterior necesariamente se va consumiendo día a día, aunque el interior se vaya renovando» (1 Cel 98). En realidad, quedan vigorosamente subrayados entrambos elementos de la vida espiritual: acción divina y respuesta humana, resaltando la importancia de sus respectivos roles. Sólo así podrá lograr pleno sentido su vida de penitencia y podrá progresar el hombre evangélico, el hombre nuevo, el hombre del Reino de Dios, «cuyo corazón y espíritu son enteramente de Dios nuestro Señor».

Quien está lleno del Espíritu divino no busca ya su propia complacencia ni pretende provecho alguno personal, sino que «después que hemos abandonado el mundo, ninguna otra cosa hemos de hacer sino seguir la voluntad del Señor y agradarle» (1 R 22,9). La vida evangélica de penitencia alcanzará de esta manera su plenitud en la libertad, en el desapego de sí mismo y del mundo y en la inmaculada pureza de un corazón abierto enteramente al Espíritu de Dios, que lo puede llenar y vivificar.

Esta plenitud, que es producto del Espíritu del Señor, explica el enorme entusiasmo de Francisco por seguir el camino de la imitación de Cristo. No sólo aspiraba a una mera imitación exterior o a una mimética reproducción de los ejemplos de Cristo, sino que en definitiva buscaba la plena y espiritual presencia de la vida otorgada en Cristo, para vivir sencillamente conforme a ella y transparentar en la propia carne la vida y la pasión de Cristo (2 Cor 4,10).

[K. Esser, Temas espirituales. Oñate 1980, pp. 61-63]

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