jueves, 23 de febrero de 2017

Año Cristiano Franciscano


DÍA 24 DE FEBRERO

 

SAN ETELBERTO. Era rey de Kent y, siendo aún pagano, contrajo matrimonio con Berta, princesa franca, de religión católica, que exigió, para casarse, poder practicar su religión y que la acompañara su capellán, el obispo Leitardo, que influiría en la conversión del rey. Etelberto jugó un papel importante en la conversión de los sajones al cristianismo. Acogió y protegió a los misioneros enviados por san Gregorio Magno y encabezados por san Agustín de Canterbury. Él mismo, la vigilia de Pentecostés del año 597, instruido convenientemente, recibió el bautismo de manos de san Agustín, hecho que influyó no poco para que muchos súbditos suyos abrazaran la fe cristiana. También contribuyó en la conversión de Saberto, rey de los sajones orientales, cuya capital era Londres. Cedió su palacio a san Agustín, levantó la catedral de San Andrés en Rochester, apoyó en todo la labor de los misioneros, construyó iglesias y monasterios. Fue un modelo de rey cristiano, que gobernó a su pueblo con prudencia y dio leyes justas inspiradas en el derecho romano y en la doctrina evangélica. Murió en Canterbury el 24 de febrero del año 616.



BEATA JOSEFA NAVAL GIRBÉS. Mujer sencilla, de pueblo, pero que, desde su condición de seglar consagrada al Señor, vivió en su casa una excepcional entrega a Dios y un servicio extraordinario al prójimo. Nació en Algemesí (Valencia, España) el año 1820. Toda su vida transcurrió en su pueblo y allí murió el 24 de febrero de 1893. A los trece años quedó huérfana de madre y tuvo que asumir el cuidado de su familia numerosa. Tuvo de director espiritual al párroco, D. Gaspar Silvestre, que la guió con acierto y sabiduría. A los 18 años hizo voto de castidad. Convirtió su casa en una escuela-taller de bordado y costura, en el que a la vez formaba a las jóvenes humana y espiritualmente. Además, reunía a las mujeres casadas los domingos, instruía en la catequesis a los niños, ayudada a la parroquia, acogía en su casa a niños huérfanos, visitaba a enfermos, prestaba ayuda económica y atención humana a quien la necesitara. La diócesis de Valencia celebra su fiesta el 6 de noviembre.- Oración: Señor Dios nuestro, que pusiste como fermento en el mundo la fuerza del Evangelio, concede, por la mediación de la virgen seglar Josefa Naval, a cuantos has llamado a vivir en la vida parroquial que, como ella, se entreguen de tal modo a su tarea en el mundo, que con ella construyan y proclamen tu reino. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.


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San Evecio. Fue obispo de Nicomedia de Bitinia (en la actual Turquía). Durante la persecución del emperador Diocleciano, el año 303, apenas vio expuesto en el foro el decreto imperial contra los cristianos, llevado de su fe ardiente, lo arrancó y partió a la vista de todos, por lo que fue sometido a toda clase de torturas.

San Modesto. Obispo de Tréveris (Alemania) en tiempos difíciles por la invasión de los francos y las destrucciones en la ciudad y en la diócesis. Murió el año 480.

San Pedro Palatino (Bibliotecario). Perteneció al personal del palacio imperial y fue martirizado el año 303 en Nicomedia de Bitinia, en la actual Turquía.

Beata Ascensión del Corazón de Jesús (de seglar, Florentina Nicol Goñi). Nació en Tafalla (Navarra, España) el año 1868 y se educó en las dominicas de Huesca, en las que profesó en 1886. Cuando en 1912 el Gobierno les cerró la Escuela Normal, cinco religiosas marcharon a trabajar con el obispo dominico Mons. Ramón Zubieta en la misión de Urubamba (Perú). Con el tiempo, el Obispo y nuestra Beata fundaron la Congregación de Misioneras Dominicas del Santísimo Rosario, que se afianzó y extendió bajo el gobierno de la Madre Ascensión. Murió en Pamplona (España) en 1940, y fue beatificada el año 2005.

Beato Constancio Sérvoli de Fabriano. Sacerdote dominico. Estudió en Bolonia y después enseñó teología en varias casas de su Orden, acreditándose como buen profesor. También le confiaron cargos de gobierno, que ejerció sin detrimento de su gran actividad como predicador. Tuvo particular empeño en promover la paz social, misión para la que estaba especialmente dotado. Murió el año 1481 en Ascoli Piceno (Italia).

Beato Marcos de Marconi. Sintió pronto la vocación religiosa y, a los 16 años, ingresó en la Orden de los Ermitaños de San Jerónimo. Se ordenó de sacerdote. Vivió con intensidad su consagración al Señor, dedicado al estudio de la Sagrada Escritura, a la oración y mortificación, al recogimiento y la soledad. Murió en Mantua (Italia), donde había nacido y vivido, en 1510, a los 30 años de edad.

Beato Tomás María Fusco. Nació en Pagani (Salerno, Italia) en 1831. Quedó huérfano de madre siendo niño y lo educó un tío suyo sacerdote. Ingresó en el seminario de Nocera y, concluidos los estudios, recibió la ordenación sacerdotal. Fue un buen pastor, cercano al pueblo y a la gente humilde. Atendió con especial esmero a pobres, huérfanos y enfermos. Fundó la Congregación de las Hijas de la Caridad de la Preciosísima Sangre, que orientó a la promoción de obras sociales, sobre todo entre jóvenes y enfermos. Murió en Nocera el año 1891, y Juan Pablo II lo beatificó el 2001.



PARA TENER EL ESPÍRITU DE ORACIÓN Y DEVOCIÓN

Pensamiento bíblico:

Dijo Jesús a la Samaritana: «Si conocieras el don de Dios y quién es el que te pide de beber, le pedirías tú, y él te daría agua viva». La mujer le dice: «Señor, si no tienes cubo, y el pozo es hondo, ¿de dónde sacas agua viva?». Jesús le contesta: «El que bebe de esta agua vuelve a tener sed; pero el que beba del agua que yo le daré, nunca más tendrá sed: el agua que yo le daré se convertirá dentro de él en un surtidor de agua que salta hasta la vida eterna» (Jn 4,10-14).

Pensamiento franciscano:

Dice san Francisco: -Bienaventurado aquel religioso que no encuentra placer y alegría sino en las santísimas palabras y obras del Señor, y con ellas conduce a los hombres al amor de Dios con gozo y alegría. ¡Ay de aquel religioso que se deleita en las palabras ociosas y vanas y con ellas conduce a los hombres a la risa! (Adm 20).

Orar con la Iglesia:

Oremos al Señor, nuestro Dios, fuente del agua viva.

-Por todos los que nos llamamos cristianos: para que se despierte en nosotros, como en la mujer samaritana, la sed de profundizar en la fe.

-Por los que no conocen el don de Dios y buscan insaciablemente: para que descubran el surtidor de agua viva, que salta hasta la vida eterna.

-Por los que se sienten saciados y tienen embotada su sensibilidad: para que se despierte en ellos el hambre del otro pan y la sed del agua que colma toda sed.

-Por cuantos queremos vivir la Cuaresma: para que conozcamos más y mejor el don de Dios, la persona de Cristo, y aprendamos a ver la vida de un modo nuevo.

Oración: Señor, Dios nuestro, por medio de tu Hijo diste a la samaritana el agua de la vida; atiende a nuestras súplicas, danos de beber y derrama sobre nosotros el agua del Espíritu. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.

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DIÁLOGO ENTRE JESÚS Y LA SAMARITANA
Benedicto XVI, Ángelus del 24 de febrero de 2008

Queridos hermanos y hermanas:

En este tercer domingo de Cuaresma la liturgia vuelve a proponernos este año uno de los textos más hermosos y profundos de la Biblia: el diálogo entre Jesús y la samaritana (cf. Jn 4,5-42). San Agustín, del que estoy hablando extensamente en las catequesis de los miércoles, se sentía con razón fascinado por este relato, e hizo un comentario memorable de él. Es imposible expresar en una breve explicación la riqueza de esta página evangélica: es preciso leerla y meditarla personalmente, identificándose con aquella mujer que, un día como tantos otros, fue a sacar agua del pozo y allí se encontró a Jesús sentado, «cansado del camino», en medio del calor del mediodía. «Dame de beber», le dijo, dejándola muy sorprendida. En efecto, no era costumbre que un judío dirigiera la palabra a una mujer samaritana, por lo demás desconocida. Pero el asombro de la mujer estaba destinado a aumentar: Jesús le habló de un «agua viva» capaz de saciar la sed y de convertirse en ella en un «manantial de agua que salta hasta la vida eterna»; le demostró, además, que conocía su vida personal; le reveló que había llegado la hora de adorar al único Dios verdadero en espíritu y en verdad; y, por último, le aseguró -cosa muy rara- que era el Mesías.

Todo esto a partir de la experiencia real y sensible de la sed. El tema de la sed atraviesa todo el evangelio de san Juan: desde el encuentro con la samaritana, pasando por la gran profecía durante la fiesta de las Tiendas (cf. Jn 7,37-38), hasta la cruz, cuando Jesús, antes de morir, para que se cumpliera la Escritura, dijo: «Tengo sed» (Jn 19,28). La sed de Cristo es una puerta de acceso al misterio de Dios, que tuvo sed para saciar la nuestra, como se hizo pobre para enriquecernos (cf. 2 Co 8,9).

Sí, Dios tiene sed de nuestra fe y de nuestro amor. Como un padre bueno y misericordioso, desea para nosotros todo el bien posible, y este bien es él mismo. En cambio, la mujer samaritana representa la insatisfacción existencial de quien no ha encontrado lo que busca: había tenido «cinco maridos» y convivía con otro hombre; sus continuas idas al pozo para sacar agua expresan un vivir repetitivo y resignado. Pero todo cambió para ella aquel día gracias al coloquio con el Señor Jesús, que la desconcertó hasta el punto de inducirla a dejar el cántaro del agua y correr a decir a la gente del pueblo: «Venid a ver un hombre que me ha dicho todo lo que he hecho: ¿será este el Mesías?» (Jn 4,28-29).

Queridos hermanos y hermanas, también nosotros abramos el corazón a la escucha confiada de la palabra de Dios para encontrar, como la samaritana, a Jesús que nos revela su amor y nos dice: el Mesías, tu Salvador, «soy yo: el que habla contigo» (Jn 4,26). Nos obtenga este don María, la primera y perfecta discípula del Verbo encarnado.

Invito a todos a dejar que Cristo entre en nuestro corazón, como hizo la samaritana de que nos habla el evangelio de hoy, y a la que Jesús iluminó la vida y mostró el agua que apaga la sed más profunda.

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UN EJEMPLO DE APOSTOLADO PARROQUIAL
Del Decreto de beatificación
de la Sierva de Dios Josefa Naval Girbés

Como las parroquias «de alguna manera representan a la Iglesia visible establecida por la tierra», la Sierva de Dios tuvo a su parroquia como Madre en la fe y en la gracia y, en cuanto tal, la amó y la sirvió con humildad y espíritu de sacrificio. Por ello, mostraba sincera veneración a su párroco y se confió a su dirección espiritual; atendía a la confección, conservación y limpieza del ajuar litúrgico y el adorno de los altares; todos los días acudía a la iglesia parroquial para participar en el sacrificio eucarístico, pero se distinguió, sobre todo, por su apostolado inteligente y fecundo, que siempre desarrolló de acuerdo con sus pastores, hacia los cuales profesaba absoluto respeto y obediencia.

Convencida como estaba de que los cristianos deben ser sal de la tierra y luz del mundo, no se contentó con practicar las virtudes en su casa, sino que quiso cumplir plenamente el mandato del Señor, que dijo: Así ha de lucir vuestra luz ante los hombres, para que, viendo vuestras buenas obras, glorifiquen a vuestro Padre, que está en los cielos; pues buscaba todas las oportunidades para anunciar a Cristo de palabra y con las obras tanto a los no creyentes, para atraerlos a la fe, como a los fieles, para instruirlos, confirmarlos en la misma y estimularlos a un mayor fervor de vida. Con esta intención enseñaba a los pobres, aconsejaba a cuantos acudían a ella, restauraba la paz en las familias desunidas, para las madres organizaba en su casa un círculo con el fin de conducirlas a la formación cristiana, encaminaba de nuevo a la virtud a las mujeres que se habían apartado del recto camino y amonestaba con prudencia a los pecadores.

Pero la obra en la que se centraban, sobre todo, sus cuidados y energías fue la educación humana y religiosa de las jóvenes, para quienes abrió en su casa una escuela gratuita de bordado, en el que era muy entendida. Aquel taller se convirtió en un centro de convivencia fraterna, oración, alabanza a Dios y explicación y profundización de la Sagrada Escritura y de las verdades eternas. Con afecto maternal la Sierva de Dios fue para sus discípulos una verdadera maestra de la vida, modelo de fervoroso amor a Dios, lámpara que daba luz y calor.

Les dio innumerables ejemplos de fe viva y comunicativa, de caridad diligente y alegre sumisión a la voluntad de Dios y de los superiores, así como también de máxima solicitud por la salvación de las almas, prudencia singular, práctica constante de la humildad, pobreza, silencio y paciencia en las contrariedades y dificultades. Era notorio el fervor con que cultivaba la vida interior, la oración, meditación, aceptación de las molestias, y su devoción a la Eucaristía, a la Virgen María y a los Santos.

De este modo contribuyó eficazmente la Sierva de Dios al incremento religioso de su parroquia.

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HACIA DIOS POR LA PENITENCIA (V)
por Kajetan Esser, OFM

Vida «sin nada propio» (II)

Evidentemente, el camino que lleva a la experiencia de Dios pasa por la penitencia. Difícilmente podríamos expresarnos mejor que el mismo Francisco: «Dichosos los de limpio corazón, porque ellos verán a Dios. Son verdaderamente de corazón limpio los que desprecian lo terreno, buscan lo celestial y nunca dejan de adorar y contemplar al Señor Dios vivo y verdadero con corazón y ánimo limpio» (Adm 16). «Dijo Francisco una vez que el clérigo encumbrado, cuando venía a la orden, debía renunciar, en cierto modo, a la ciencia misma, para ofrecerse, expropiado de esa posesión, desnudo en los brazos del Crucificado... Quisiera que el hombre de letras me hiciese esta demanda de admisión: "Hermano, mira que he vivido por mucho tiempo en el siglo y no he conocido bien a mi Dios"» (2 Cel 194). Sólo después que se haya apartado de todo bien propio, comenzará a conocer en verdad a Dios, a amarlo y servirlo.

Toda esta doctrina de san Francisco patentiza en qué medida «la vida sin nada propio» es condición elemental para el verdadero conocimiento y percepción del amor de Dios. ¿Cómo concretizar todo ello en la vida? Nos lo explicará seguidamente: «Dichosos los pobres de espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos. Hay muchos que permanecen constantes en la oración y en los divinos oficios y hacen muchas abstinencias y mortificaciones corporales, pero por sola una palabra que parece ser injuriosa para sus cuerpos y por cualquier cosa que se les quite, se escandalizan y en seguida se alteran. Estos tales no son pobres de espíritu» (Adm 14).

La vida de penitencia está expuesta en la práctica a un peligro que Francisco señala con claridad: el de convertir las obras de penitencia y mortificación en propiedad personal, negando a Dios el servicio que le corresponde y rindiendo culto al propio «yo». Al analizar detalladamente este proceso, Francisco se revela buen conocedor de hombres y almas: «La carne es el mayor enemigo del hombre: no sabe recapacitar nada para dolerse; no sabe prever para temer; su afán es abusar de lo presente. Y lo que es peor -añadía-, usurpa como de su dominio, atribuye a gloria suya los dones otorgados al alma, que no a ella; los elogios que las gentes tributan a las virtudes, la admiración que dedican a las vigilias y oraciones, los acapara para sí; y ya, para no dejar nada al alma, reclama el óbolo por las lágrimas» (2 Cel 134). Bien desenmascarada queda aquí la espiritualidad egoísta, que se complace en sí misma, «la piedad carnal», como la llama Francisco: «El espíritu de la carne quiere y se esfuerza mucho por tener palabras, pero poco por tener obras, y busca no la religión y santidad en el espíritu interior, sino que quiere y desea tener una religión y santidad que aparezca exteriormente a los hombres» (1 R 17,11-12).

En todas estas formas no figura el «vivir sin nada propio» como protección de la vida en penitencia; lo que en ellas se busca es «apropiarse», y no la gloria de Dios. «Restituyamos todos los bienes al Señor Dios altísimo y sumo, y reconozcamos que todos son suyos, y démosle gracias por todos ellos, ya que todo bien de Él procede. Y el mismo altísimo y sumo, solo Dios verdadero, posea, a Él se le tributen y Él reciba todos los honores y reverencias, todas las alabanzas y bendiciones, todas las acciones de gracias y la gloria; suyo es todo bien; sólo Él es bueno» (1 R 17,17-18). Así, pues, sólo una actitud real de pobreza y un espíritu de agradecimiento consigue devolver a Dios lo que es de Dios (Mt 22,21), armonizando de esa manera la colaboración humana y la acción salvadora de Dios. Queda así superado todo tipo de espiritualidad voluntarista.

Francisco alude luego a otra forma del espíritu de propiedad: «Guárdense de mostrarse tristes exteriormente o hipócritamente ceñudos; muéstrense, más bien, gozosos en el Señor y alegres y debidamente agradables» (1 R 7,16). La vida en penitencia y propia negación lleva consigo el peligro de buscar fachadas exteriores (Mt 6,1-18); en cuanto se presta atención a lo exterior, inmediatamente amenaza el peligro de inautenticidad e hipocresía. Tratará por eso a toda costa de preservar de él a sus hermanos. Deben procurar mantener siempre en ellos el gozo del Espíritu, siguiendo el camino de la penitencia en perfecta alegría (Adm 5). En este toque de atención queda patentizada la originalidad verdaderamente evangélica de la doctrina de san Francisco sobre la penitencia.

[K. Esser, Temas espirituales. Oñate 1980, pp. 57-59]

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