martes, 21 de febrero de 2017

Año Cristiano Franciscano


DÍA 22 DE FEBRERO

 

LA CÁTEDRA DEL APÓSTOL SAN PEDRO. Esta fiesta se celebra desde la antigüedad para poner de manifiesto la unidad de la Iglesia, fundada en la persona del apóstol Pedro, primer obispo de Roma y pastor de la Iglesia universal. El ministerio que ejercía el Apóstol, desde la Cátedra (la palabra "cátreda" significa el asiento elevado, desde donde el maestro da lección a los discípulos), estaba simbolizado por un sillón solemne, de distintos materiales según las épocas. Esta veneranda reliquia se conserva ahora en el ábside de la basílica del Vaticano, y la componen unas sencillas tablas de madera que, desde muy antiguo, están forradas con láminas historiadas de marfil. El arte de Bernini la metió en un colosal relicario, con lo que el Papa no puede sentarse en ella, como hicieron los pontífices durante siglos, aunque conserva todo su simbolismo, y es lo que celebramos.- Oración: Dios todopoderoso, no permitas que seamos perturbados por ningún peligro, tú que nos has afianzado sobre la roca de la fe apostólica. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.


SAN PEDRO DAMIANI. Véase el 21 de febrero, día en que se celebra su fiesta.




 SANTA MARGARITA DE CORTONA. [Murió el 22 de febrero, pero la Familia franciscana celebra su memoria el 16 de mayo] Nació en Laviano, pueblecito cercano al lago de Trasimeno (Perusa, Italia), el año 1247, de modesta familia campesina. En su juventud convivió escandalosamente en Montepulciano con un caballero, del que tuvo un hijo. Asesinado el amante, ella y el hijo fueron expulsados del castillo. Al volver a su casa, fue rechazada por su madrastra, y marchó con su hijo a Cortona, donde fue acogida bajo la protección de los frailes de san Francisco. Vistió el hábito de la Tercera Orden Franciscana y emprendió un nuevo camino. Se dedicó a las obras de caridad, en particular con los enfermos, y para atenderlos mejor se asoció con otras compañeras y levantó un hospital. Fue mensajera de paz y concordia entre las facciones de la ciudad. Impulsó la religiosidad popular mediante el canto de las Laudes. Descolló por su oración y penitencia, así como por su ardiente amor a la Eucaristía y a la pasión del Señor. Murió en Cortona el 22 de febrero de 1297. Fue canonizada por Benedicto XIII el 16 de mayo de 1728.- Oración: Señor de misericordia, que no deseas la muerte del pecador, sino que se convierta y viva; concédenos, te rogamos, que, así como a santa Margarita de Cortona la llamaste a la vida de tu gracia mientras vivía en pecado, nosotros, libres de toda culpa, podamos servirte con sincero corazón. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.



BEATA ISABEL DE FRANCIA. Nació en París el año 1225, hija de los reyes de Francia Luis VIII y Blanca de Castilla, y hermana del rey san Luis IX. Su madre le inculcó una religiosidad profunda y un gran amor a los pobres. Solicitó su mano el hijo y heredero del emperador Federico II, pero ella había optado por consagrarse a Dios y se mantuvo en su propósito. A la muerte de su madre y con la ayuda de su hermano fundó el convento de clarisas de Longchamp, en la periferia de París, en el que pasó el resto de su vida, armonizando la vida intensa de oración y penitencia con su prodigalidad en la atención de los pobres. Dios le concedió carismas místicos extraordinarios. Con la ayuda de san Buenaventura y otros maestros de París adaptó para sus monjas la Regla de santa Clara, que no sabemos si ella profesó. Murió el 22 [para otros, el 23] de febrero de 1270.

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San Maximiano. Nació en Pola (en la actual Croacia) y estuvo en la corte imperial de Constantinopla. Fue consagrado obispo de Rávena el año 546. Cumplió con fidelidad su oficio pastoral y defendió la unidad de la Iglesia contra las herejías de aquel tiempo. Murió el año 556.

San Papías de Hierápolis. Nació en Hierápolis (Frigia, en la actual Turquía), ciudad de la que fue obispo, y murió allí mismo en fecha incierta de la primera mitad del siglo II. Fue compañero de san Policarpo, discípulo de Juan el anciano, hombre de profunda espiritualidad y doctrina. Escribió una obra en cinco libros: Explicación de las sentencias del Señor.

San Pascasio. Fue obispo de Vienne (Francia) en el siglo IV, insigne por su cultura y santidad de costumbres.

Beato Diego Carvalho. Sacerdote jesuita portugués. En 1600 lo enviaron a Macao, donde hizo los estudios eclesiásticos y recibió la ordenación sacerdotal. En 1609 entró en China; los cristianos vivían entonces en paz, pero en 1914 se desató la persecución. El P. Diego marchó a Cochinchina, pero pronto, pensando en la situación de los cristianos chinos, regresó clandestinamente. Delatado por dos apóstatas, lo detuvieron junto con algunos cristianos. Por no renegar de la fe, los sometieron al tormento del agua helada, en la que los tenían muchas horas, para llevarlos luego a la cárcel y repetir el tormento al día siguiente. El P. Diego murió el 22 de febrero de 1624 en Sendai (China).

Beata María de Jesús (Emilia) d'Oultremont d'Hooghvorst. Nacida en Bélgica, de familia noble, contrajo matrimonio y tuvo cuatro hijos. Al quedar viuda, se consagró a Dios e intensificó su vida de piedad y de caridad. Sin descuidar sus deberes maternos, fundó la Congregación de Hermanas de María Reparadora y, confiando en la ayuda divina, la consolidó a pesar de las muchas dificultades, y de los sufrimientos que tuvo que afrontar en la familia y en su fundación. Murió en Florencia, en casa de su hijo Adrián, cuando regresaba a su patria, el año 1879.



PARA TENER EL ESPÍRITU DE ORACIÓN Y DEVOCIÓN

Pensamiento bíblico:

Dijo Jesús a Pedro en la Última Cena: «¡Simón, Simón! Mira que Satanás ha solicitado el poder cribaros como trigo; pero yo he rogado por ti, para que tu fe no desfallezca. Y tú, cuando hayas vuelto, confirma a tus hermanos». Él dijo: «Señor, estoy dispuesto a ir contigo hasta la cárcel y la muerte». Pero Jesús le respondió: «Te digo, Pedro: No cantará hoy el gallo antes que hayas negado tres veces que me conoces» (Lc 22,31-34).

Pensamiento franciscano:

«¡En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo! Esta es la vida del Evangelio de Jesucristo, que el hermano Francisco pidió al señor Papa que se la concediera y confirmara; y él se la concedió y confirmó para sí y para sus hermanos, presentes y futuros. El hermano Francisco y todo el que sea en el futuro cabeza de esta religión, prometa obediencia y reverencia al señor papa Inocencio y a sus sucesores» (1 R Prol 1-3).

Orar con la Iglesia:

Oremos al Señor para que la fiesta de la Cátedra del apóstol san Pedro contribuya a reforzar nuestra fe y nos mantenga unidos en la plegaria.

-Padre Santo, concede a tu Iglesia mantenerse edificada sobre la roca de Pedro y crecer hasta la plenitud de Cristo.

-Te pedimos por nuestro Papa, sucesor de Pedro, que preside en el amor las Iglesias de oriente y de occidente.

-Haz que el magisterio del Supremo Pastor sea escuchado no sólo por los creyentes, sino también por todos los hombres de buena voluntad.

-Que el mundo encuentre en la Iglesia católica una llamada permanente al diálogo y a la reconciliación.

-Condúcenos siempre por el sendero justo, por el honor de tu nombre, guiados por el sucesor de Pedro.

Oración: Señor, Dios nuestro, que has puesto la Cátedra del apóstol san Pedro como principio de unidad en la fe y en la caridad; dígnate sostenerla siempre con el poder de tu Espíritu Santo. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.

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LA CÁTEDRA DE SAN PEDRO
DON DE CRISTO A SU IGLESIA
De la catequesis de S. S. Benedicto XVI
en la audiencia general del miércoles 22-II-2006

Queridos hermanos y hermanas:

La liturgia latina celebra hoy la fiesta de la Cátedra de San Pedro. Se trata de una tradición muy antigua, atestiguada en Roma desde el siglo IV, con la que se da gracias a Dios por la misión encomendada al apóstol san Pedro y a sus sucesores. La "cátedra", literalmente, es la sede fija del obispo, puesta en la iglesia madre de una diócesis, que por eso se llama "catedral", y es el símbolo de la autoridad del obispo, y en particular de su "magisterio", es decir, de la enseñanza evangélica que, en cuanto sucesor de los Apóstoles, está llamado a conservar y transmitir a la comunidad cristiana. Cuando el obispo toma posesión de la Iglesia particular que le ha sido encomendada, llevando la mitra y el báculo pastoral, se sienta en la cátedra. Desde esa sede guiará, como maestro y pastor, el camino de los fieles en la fe, en la esperanza y en la caridad.

¿Cuál fue, por tanto, la "cátedra" de san Pedro? Elegido por Cristo como "roca" sobre la cual edificar la Iglesia (cf. Mt 16,18), comenzó su ministerio en Jerusalén, después de la Ascensión del Señor y de Pentecostés. La primera "sede" de la Iglesia fue el Cenáculo, y es probable que en esa sala, donde también María, la Madre de Jesús, oró juntamente con los discípulos, a Simón Pedro le tuvieran reservado un puesto especial.

Sucesivamente, la sede de Pedro fue Antioquía, ciudad situada a orillas del río Oronte, en Siria (hoy en Turquía), en aquellos tiempos tercera metrópoli del imperio romano, después de Roma y Alejandría en Egipto. De esa ciudad, evangelizada por san Bernabé y san Pablo, donde «por primera vez, los discípulos recibieron el nombre de cristianos» (Hch 11,26), por tanto, donde nació el nombre de cristianos para nosotros, san Pedro fue el primer obispo, hasta el punto de que el Martirologio romano, antes de la reforma del calendario, preveía también una celebración específica de la Cátedra de San Pedro en Antioquía.

Desde allí la Providencia llevó a Pedro a Roma. Por tanto, tenemos el camino desde Jerusalén, Iglesia naciente, hasta Antioquía, primer centro de la Iglesia procedente de los paganos, y todavía unida con la Iglesia proveniente de los judíos. Luego Pedro se dirigió a Roma, centro del Imperio, símbolo del "Orbis" -la "Urbs" que expresa el "Orbis", la tierra-, donde concluyó con el martirio su vida al servicio del Evangelio. Por eso, la sede de Roma, que había recibido el mayor honor, recogió también el oficio encomendado por Cristo a Pedro de estar al servicio de todas las Iglesias particulares para la edificación y la unidad de todo el pueblo de Dios.

Así, la sede de Roma, después de estas emigraciones de san Pedro, fue reconocida como la del sucesor de Pedro, y la "cátedra" de su obispo representó la del Apóstol encargado por Cristo de apacentar a todo su rebaño. Lo atestiguan los más antiguos Padres de la Iglesia, como por ejemplo san Ireneo, obispo de Lyon, pero que venía de Asia menor, el cual, en su tratado Contra las herejías, describe la Iglesia de Roma como «la más grande, más antigua y más conocida por todos, que la fundaron y establecieron los más gloriosos apóstoles Pedro y Pablo»; y añade: «Con esta Iglesia, a causa de su origen más excelente, debe necesariamente estar de acuerdo toda la Iglesia, es decir, los fieles de todas partes». A su vez, un poco más tarde, Tertuliano afirma: «¡Cuán feliz es esta Iglesia de Roma! Fueron los Apóstoles mismos quienes derramaron en ella, juntamente con su sangre, toda la doctrina». Por tanto, la cátedra del Obispo de Roma representa no sólo su servicio a la comunidad romana, sino también su misión de guía de todo el pueblo de Dios.

Celebrar la "Cátedra" de san Pedro, como hacemos nosotros, significa, por consiguiente, atribuirle un fuerte significado espiritual y reconocer que es un signo privilegiado del amor de Dios, Pastor bueno y eterno, que quiere congregar a toda su Iglesia y guiarla por el camino de la salvación.

Queridos hermanos y hermanas, en el ábside de la basílica de San Pedro, como sabéis, se encuentra el monumento a la Cátedra del Apóstol, obra madura de Bernini, realizada en forma de gran trono de bronce, sostenido por las estatuas de cuatro doctores de la Iglesia, dos de Occidente, san Agustín y san Ambrosio, y dos de Oriente, san Juan Crisóstomo y san Atanasio. Os invito a deteneros ante esta obra tan sugestiva, que hoy se puede admirar decorada con muchas velas, para orar en particular por el ministerio que Dios me ha encomendado. Elevando la mirada hacia la vidriera de alabastro que se encuentra exactamente sobre la Cátedra, invocad al Espíritu Santo para que sostenga siempre con su luz y su fuerza mi servicio diario a toda la Iglesia.

* * *

LA IGLESIA DE CRISTO SE LEVANTA
SOBRE LA FIRMEZA DE LA FE DE PEDRO
Del Sermón 4 de san León Magno
en el aniversario de su consagración episcopal

De entre todos se elige a Pedro, a quien se pone al frente de la misión universal de la Iglesia, de todos los apóstoles y de todos los Padres de la Iglesia; y, aunque en el pueblo de Dios hay muchos sacerdotes y muchos pastores, a todos los gobierna Pedro, aunque todos son regidos eminentemente por Cristo. La bondad divina ha concedido a este hombre una excelsa y admirable participación de su poder, y todo lo que tienen de común con Pedro los otros jerarcas, les es concedido por medio de Pedro.

El Señor pregunta a sus apóstoles qué es lo que los hombres opinan de él, y en tanto coinciden sus respuestas en cuanto reflejan la ambigüedad de la ignorancia humana.

Pero, cuando urge qué es lo que piensan los mismos discípulos, es el primero en confesar al Señor aquel que es primero en la dignidad apostólica. A las palabras de Pedro: Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo, le responde el Señor: ¡Dichoso tú, Simón, hijo de Jonás, porque eso no te lo ha revelado nadie de carne y hueso, sino mi Padre que está en el cielo!

Es decir: «Eres verdaderamente dichoso porque es mi Padre quien te lo ha revelado; la humana opinión no te ha inducido a error, sino que la revelación del cielo te ha iluminado, y no ha sido nadie de carne y hueso, sino que te lo ha enseñado aquel de quien soy el Hijo único».

Y añade: Ahora te digo yo, esto es: «Del mismo modo que mi Padre te ha revelado mi divinidad, igualmente yo ahora te doy a conocer tu dignidad: Tú eres Pedro: yo, que soy la piedra inviolable, la piedra angular que ha hecho de los dos pueblos una sola cosa, yo, que soy el fundamento, fuera del cual nadie puede edificar, te digo a ti, Pedro, que eres también piedra, porque serás fortalecido por mi poder de tal forma, que lo que me pertenece por propio poder sea común a ambos por tu participación conmigo».

Sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y el poder del infierno no la derrotará. «Sobre esta fortaleza -quiere decir- construiré el templo eterno y la sublimidad de mi Iglesia, que alcanzará el cielo y se levantará sobre la firmeza de la fe de Pedro».

El poder del infierno no podrá con esta profesión de fe ni la encadenarán los lazos de la muerte, pues estas palabras son palabras de vida. Y del mismo modo que lleva al cielo a los confesores de la fe, igualmente arroja al infierno a los que la niegan.

Por esto dice al bienaventurado Pedro: Te daré las llaves del reino de los cielos; lo que ates en la tierra quedará atado en el cielo, y lo que desates en la tierra quedará desatado en el cielo.

La prerrogativa de este poder se comunica también a los otros apóstoles y se transmite a todos los obispos de la Iglesia, pero no en vano se encomienda a uno lo que se ordena a todos; de una forma especial se otorga esto a Pedro, porque la figura de Pedro se pone al frente de todos los pastores de la Iglesia.

* * *

HACIA DIOS POR LA PENITENCIA (III)
por Kajetan Esser, OFM

La oración de abandono

La vida de renuncia y mortificación se nutre permanentemente, y es al mismo tiempo su efecto y su fruto, de la oratio devota, de la oración incesante de abandono, en la que el hombre se confía todo él en manos de Dios. La piedad antropocéntrica intenta, incluso en la oración, atrapar a Dios; en casos límites, trata de hacer de Dios un servidor del hombre. El verdadero cristiano, en cambio, por la oración se va poniendo del lado de Dios y se va haciendo cada vez más siervo de Dios. Francisco interpretaba la oración como conversación, en las formas más variadas, de todas las fibras del corazón en holocausto. Abandonábase a Dios en ella sin reserva alguna; y de tal manera se ponía a disposición de Dios que era «todo él no ya sólo orante, sino oración» (2 Cel 95).

De tantas gracias le colmaba la oración que «le obligaban a desasirse por entero de sí mismo; y, rebosando de un gozo inmenso, aspiraba por todos los medios a llegar con todo su ser allí donde, fuera de sí, en parte ya estaba. Poseído del espíritu de Dios, estaba pronto a sufrir todos los padecimientos del alma, a tolerar todos los tormentos del cuerpo, si al fin se le concedía lo que deseaba: que se cumpliese misericordiosamente en él la voluntad del Padre celestial» (1 Cel 92).

Ese holocausto de la oración sólo es posible a quienes hicieron la completa donación de sus personas a Dios. Se ha dicho de los compañeros de Francisco que «los sentidos los traían tan mortificados, que no se permitían ni oír ni ver sino lo que se proponían de intento» (1 Cel 41). El maestro de la oración que era Francisco enseñaba a sus hermanos no sólo a reprimir los vicios y placeres de la carne, sino también a mortificar los sentidos exteriores «por los cuales se introduce la muerte en el alma» (1 Cel 43). Sabía perfectamente que para el hombre espiritual no existe enemigo mayor que el propio yo, sobre todo cuando uno pretende abismarse en Dios por medio de la oración de abandono (oratio devota). Pero tampoco ignoraba que, gracias a esa oración purificadora, Dios mismo venía a morar en él, llenándole de su presencia (1 R 22,27).

Esta ciencia sobrenatural puede explicar que en la oración del santo ocuparan un puesto tan central la cruz y la pasión del Señor. Y a la meditación de este misterio de la cruz y de la pasión del Señor orienta desde los inicios a sus hermanos, pues siempre deberán esforzarse en no apagar «el espíritu de la santa oración y devoción» (2 R 5,2). ¿Que no hay libros corales? Pues a leer día y noche «el libro de la cruz de Cristo, instruídos con el ejemplo y la palabra de su padre, que sin cesar les hablaba de la cruz de Cristo» (LM 4,3).

No fue por casualidad que Francisco enseñara desde el principio a orar así: «Te adoramos, Señor Jesucristo, también en todas tus iglesias que hay en el mundo entero y te bendecimos, porque por tu santa cruz redimiste el mundo» (Test 5). Este amor reconocido a Cristo, expresado en esta oración, supone para sí y los suyos el compromiso más sagrado de seguir al Señor por el camino de su pasión y de «ofrecerse desnudo en los brazos del Crucificado». Lo que para muchos cristianos se reduce a un simple medio de perfeccionamiento moral, para Francisco era un don de Dios y el fundamento mismo de su vida. Para él, la abnegación y la penitencia son la respuesta, lógica y natural, del hombre a la acción salvadora del amor divino.

[K. Esser, Temas espirituales. Oñate 1980, pp. 52-54]



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