lunes, 20 de febrero de 2017

Año Cristiano Franciscano


DÍA 21 DE FEBRERO



SAN PEDRO DAMIANI. Obispo y doctor de la Iglesia. Nació en Rávena el año 1007, de una familia pobre y numerosa. Pronto quedó huérfano, pero con la ayuda de un hermano suyo realizó estudios en Rávena, Faenza y Padua, y luego ejerció la docencia universitaria. A los 28 años se retiró al yermo camaldulense de Fonte Avellana, del que más tarde sería elegido prior; fue reformador y propagador de la vida religiosa. En aquella dura época ayudó eficazmente a los papas, con sus escritos y legaciones, en la reforma de la Iglesia y en la formación del clero, preparando así la gran reforma de Gregorio VII. Creado cardenal y obispo de Ostia, murió en Faenza el 22 de febrero de 1072; su fiesta se celebra hoy 21.- Oración: Dios todopoderoso, concédenos seguir con fidelidad los consejos y ejemplos de san Pedro Damiani, obispo, para que, amando a Cristo sobre todas las cosas, y dedicados siempre al servicio de tu Iglesia, merezcamos llegar a los gozos eternos. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.


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San Eustacio. Fue primero obispo Berea de Tracia, y luego lo trasladaron a la sede de Antioquía, en tiempo del emperador arriano Constancio. Era un hombre de amplia cultura y profunda doctrina. Participó en el Concilio de Nicea del año 325. Cuidó con gran celo y discreción su Iglesia cuando la acechaba la herejía. Por su defensa de la fe católica frente al arrianismo, fue desterrado a Trajanópolis en Tracia, donde murió en torno al año 338.

Santos Germán y Randoaldo. Germán era abad del monasterio de Grandfeld, en la actual Suiza, y Randoaldo prior del mismo. Quisieron defender a los monjes y a las pobres gentes de los alrededores del monasterio frente a los abusos del duque del lugar, de quien eran unos soldados que actuaron como una banda de depredadores. Ambos fueron desnudados violentamente, luego Germán fue atravesado por una lanza y Randoaldo decapitado. Era el año 667.

San Roberto Southwell. Sacerdote jesuita inglés. Durante muchos años ejerció el sagrado ministerio en Londres y en sus alrededores, y con miras al apostolado compuso poesías e himnos religiosos. Fue arrestado por ser sacerdote católico, torturado cruelmente y por último ahorcado en la plaza Tyburn de Londres el año 1595, en tiempo de la reina Isabel I.

Beatos Baltasar, Antonio e Ignacio Uchibori. Son tres jóvenes, hermanos, hijos del samurai beato Pablo Uchibori (martirizado poco después), que sufrieron el martirio el 21 de febrero de 1627 en Shimabara, cerca de Nagasaki (Japón), y fueron beatificados, en un grupo de 188 mártires japoneses, el 24 de noviembre del año 2008. «A los tres hijos de Pablo Uchibori, antes de matarlos y arrojarlos al mar, les cortaron los dedos de las manos, ante su padre y ante un gran grupo de condenados al martirio, para presionarlos a apostatar. El niño Ignacio Uchibori, de cinco años, sufrió la mutilación con gran serenidad, levantando sus dedos y mano mutilada y sangrienta, con la admiración de todos los presentes. Con ellos murió del mismo modo, con los dedos mutilados y arrojada al mar, Gracia, esposa de Tomás Soxin, porque no quiso renegar de la fe; también mataron allí mismo, arrojándolos al mar, a otros doce».

Beata María Enriqueta Dominici. Superiora general de las Hermanas de Santa Ana y de la Providencia. Durante su sabio y prudente gobierno, de más de treinta años, afianzó y difundió el Instituto. Murió en Turín el año 1894.

Beato Noel Pinot. Sacerdote diocesano, que nació y ejerció su ministerio en Angers, en tiempo de la Revolución Francesa. Ocupó cargos modestos, capellán de un hospital, párroco rural, etc., en los que estuvo en contacto con los problemas de la pobreza y el abandono. Fue siempre un hombre sencillo, pacífico y humilde, y le preocuparon particularmente las necesidades de los indigentes. Lo detuvieron en el momento en que iba a celebrar la misa, y así revestido lo condujeron al patíbulo, donde lo guillotinaron. Era el año 1794.

Beato Tomás Pormort. Nació en el condado de Lincoln (Inglaterra). Estudió en Oxford, y, para seguir su vocación sacerdotal, en 1581 se trasladó a Francia. Estudió en Reims, completó los estudios en Roma y aquí fue ordenado de sacerdote. En 1588 volvió a Inglaterra y estuvo ejerciendo el ministerio sagrado clandestinamente en Londres, hasta que fue detenido, acusado de alta traición a causa de su sacerdocio, cruelmente torturado en la cárcel y ahorcado cerca de la catedral de San Pablo el año 1592, en tiempo de la reina Isabel I.



PARA TENER EL ESPÍRITU DE ORACIÓN Y DEVOCIÓN

Pensamiento bíblico:

«Hermanos: Estad siempre alegres en el Señor; os lo repito, estad siempre alegres. Que vuestra mesura la conozca todo el mundo. El Señor está cerca. Nada os preocupe; sino que, en toda ocasión, en la oración y súplica con acción de gracias, vuestras peticiones sean presentadas a Dios. Y la paz de Dios, que sobrepasa todo juicio, custodiará vuestros corazones y vuestros pensamientos en Cristo Jesús» (Flp 4,4-7).

Pensamiento franciscano:

Santa Clara escribió a santa Inés de Praga: -Hermana carísima, esposa y madre y hermana de mi Señor Jesucristo, confortaos en el santo servicio comenzado con el deseo ardiente del pobre Crucificado, el cual soportó la pasión de la cruz por todos nosotros, librándonos del poder del príncipe de las tinieblas y reconciliándonos con Dios Padre (1CtaCl 12-14).

Orar con la Iglesia:

Oremos al Señor, nuestro Padre, en la conmemoración de san Pedro Damián.

-Por la Iglesia, necesitada siempre de reforma en sus instituciones y de conversión en sus miembros.

-Por el papa, los obispos y los sacerdotes, a quienes Cristo ha confiado el cuidado de todas las Iglesias.

-Por los laicos, comprometidos por su bautismo en la acción misionera de la Iglesia.

-Por la multitud de bautizados que viven al margen de la Iglesia y de su condición de cristianos.

-Por los que viven marginados de la sociedad, desamparados, incomprendidos, despreciados.

Oración: Escucha, Señor, nuestras súplicas, que hoy te dirigimos confiando en la intercesión de san Pedro Damián, y concédenos lo que te pedimos. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.

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SAN PEDRO DAMIÁN
De la catequesis de S. S. Benedicto XVI
en la audiencia general del miércoles 9-IX-2009

San Pedro Damián fue monje, amante de la soledad, y, al mismo tiempo, intrépido hombre de Iglesia, comprometido en primera persona en la obra de reforma puesta en marcha por los Papas. Nació en Ravena el año 1007 de familia noble, pero pobre. Al quedarse huérfano de ambos progenitores, vivió una infancia llena de dificultades y sufrimientos. Su hermano mayor, Damián, lo adoptó como hijo. La formación se le impartió primero en Faenza y luego en Parma, donde, ya a los 25 años, lo encontramos comprometido en la enseñanza. Junto a una buena competencia en el campo del derecho, adquirió una pericia refinada en el arte de la redacción.

Su sensibilidad por la belleza lo llevaba a la contemplación poética del mundo. En torno al año 1034, la contemplación de lo absoluto de Dios lo impulsó a alejarse progresivamente del mundo y de sus realidades efímeras, para retirarse al monasterio de Fonte Avellana. Hay que subrayar un detalle: el eremitorio de Fonte Avellana estaba dedicado a la Santa Cruz, y la cruz será el misterio cristiano que más fascinó a Pedro Damián. «No ama a Cristo quien no ama la cruz de Cristo», afirma, y se define a sí mismo: «Pedro, servidor de los servidores de la cruz de Cristo».

Para el desarrollo de la vida eremítica este gran monje escribió una Regla, en la que subraya fuertemente el «rigor del eremitorio»: en el silencio del claustro el monje está llamado a llevar una vida de oración, diurna y nocturna, con ayunos prolongados y austeros; debe ejercitarse en una generosa caridad fraterna y en una obediencia al prior siempre pronta y disponible. En el estudio y en la meditación cotidiana de la Sagrada Escritura Pedro Damián descubre los significados místicos de la Palabra de Dios, encontrando en ella alimento para su vida espiritual. Aprender la Palabra de Dios en la oración y en la meditación es la senda de la vida. San Pedro Damián, que fundamentalmente fue un hombre de oración, de meditación, de contemplación, fue también un fino teólogo.

La imagen ideal de la «santa Iglesia» ilustrada por Pedro Damián no corresponde -lo sabía bien- a la realidad de su tiempo. Por esto no temió denunciar la corrupción que existía en los monasterios y entre el clero, sobre todo debido a la praxis según la cual las autoridades laicas conferían la investidura de los cargos eclesiásticos: muchos obispos y abades se comportaban como gobernadores de sus propios súbditos más que como pastores de almas, y a veces su vida moral dejaba mucho que desear. Por eso, con gran dolor y tristeza, en 1057 Pedro Damián dejó el monasterio y aceptó, aunque con renuencia, el nombramiento de cardenal obispo de Ostia, entrando así plenamente en colaboración con los Papas en la difícil empresa de la reforma de la Iglesia.

Por su amor a la vida monástica, diez años después, en 1067, obtuvo permiso para volver a Fonte Avellana, renunciando a la diócesis de Ostia. Pero la anhelada tranquilidad duró poco: ya dos años después fue enviado a Frankfurt, en 1071 fue a Montecassino y a principios de 1072 se dirigió a Ravena para restablecer la paz con el arzobispo local. Durante el viaje de regreso a su eremitorio, una repentina enfermedad lo obligó a detenerse en Faenza, en el monasterio benedictino de Santa Maria Vecchia fuori porta, y allí murió en la noche entre el 22 y el 23 de febrero de 1072.

Queridos hermanos y hermanas, es una gran gracia que en la vida de la Iglesia el Señor haya suscitado una personalidad tan exuberante, rica y compleja, como la de san Pedro Damián, y no se encuentran con frecuencia obras de teología y de espiritualidad tan agudas y vivas como las del eremita de Fonte Avellana. Fue monje a fondo, con formas de austeridad que hoy podrían parecernos incluso excesivas, pero así hizo de la vida monástica un testimonio elocuente del primado de Dios y una llamada a todos a caminar hacia la santidad, libres de toda componenda con el mal. Se consumió, con lúcida coherencia y gran severidad, por la reforma de la Iglesia de su tiempo. Consagró todas sus energías espirituales y físicas a Cristo y a la Iglesia, permaneciendo siempre, como le gustaba definirse, «Pedro, último siervo de los monjes».

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TRAS LA TRISTEZA, ESPERA CON ALEGRÍA EL GOZO
De las cartas de san Pedro Damián (Libro 8, 6)

Me has pedido, dilectísimo hermano, que te transmita por carta unas palabras de consuelo capaces de endulzar tu corazón, amargado por tantos sufrimientos como te afligen.

Pero si tu inteligencia está despierta, a mano tienes el consuelo que necesitas, pues la misma palabra divina te instruye como a hijo, destinado a obtener la herencia. Medita en aquellas palabras: Hijo mío, cuando te acerques al temor de Dios, prepárate para las pruebas; mantén el corazón firme, sé valiente.

Donde está el temor está la justicia. La prueba que para nosotros supone cualquier adversidad no es un castigo de esclavos, sino una corrección paterna.

Por esto Job, en medio de sus calamidades, si bien dice: Que Dios se digne torturarme y cortar de un tirón la trama de mi vida, añade a continuación: Sería un consuelo para mí; aun torturado sin piedad, saltaría de gozo.

Para los elegidos de Dios, sus mismas pruebas son un consuelo, pues en virtud de estos sufrimientos momentáneos dan grandes pasos por el camino de la esperanza hasta alcanzar la felicidad del cielo.

Lo mismo hacen el martillo y la lima con el oro, quitándole la escoria para que brille más. El horno prueba la vasija del alfarero, el hombre se prueba en la tribulación. Por esto dice también Santiago: Hermanos míos: Teneos por muy dichosos cuando os veáis asediados por toda clase de pruebas.

Con razón deben alegrarse quienes sufren por sus malas obras una pena temporal, y, en cambio, obtienen por sus obras buenas los premios sempiternos del cielo.

Todo ello significa que no deben deprimir tu espíritu los sufrimientos que padeces y las correcciones con que te aflige la disciplina celestial; no murmures ni te lamentes, no te consumas en la tristeza o la pusilanimidad. Que resplandezca en tu rostro la serenidad, en tu mente la alegría, en tu boca la acción de gracias.

Alabanza merece la dispensación divina, que aflige temporalmente a los suyos para librarlos del castigo eterno, que derriba para exaltar, corta para curar y deprime para elevar.

Robustece tu espíritu con éstos y otros testimonios de la Escritura y, tras la tristeza, espera con alegría el gozo que vendrá.

Que la esperanza te levante ese gozo, que la caridad encienda tu fervor. Así tu mente, bien saciada, será capaz de olvidar los sufrimientos exteriores y progresará en la posesión de los bienes que contempla en su interior.

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HACIA DIOS POR LA PENITENCIA (II)
por Kajetan Esser, OFM

Participación en el sacrificio de Cristo

La vida tras las huellas del Crucificado -«el verdadero amor de Cristo había transformado al amante en fiel imagen de Él» (2 Cel 135)-, Francisco la ve reproducida de forma siempre nueva en la participación sacramental del sacrificio de la santa misa, pues en ésta encuentra un permanente impulso para renovar la imitación de Cristo: «Como tenía en gran reverencia lo que es digno de toda reverencia, ofrecía el sacrificio de todos los miembros, y al recibir al Cordero inmolado inmolaba también el alma en el fuego que le ardía de continuo en el altar del corazón» (2 Cel 201).

En la identificación con el sacrificio del altar realiza Francisco paso a paso esa su participación personal en la pasión de Cristo, de tanto relieve en su vida. Ahora bien, lo que él vivía como ejemplo de sus hermanos, lo exigía después de ellos. En su Carta a toda la Orden formula sus exigencias en términos muy expresivos: les pide, les suplica insistentemente que «ofrezcan purificados, con pureza y reverencia, el verdadero sacrificio del santísimo cuerpo y sangre de nuestro Señor Jesucristo, con intención santa y limpia, y no por cosa alguna terrena ni por temor o amor de hombre alguno, como para agradar a los hombres; sino que toda voluntad, en cuanto puede con la ayuda de la gracia, se dirija a Dios, deseando con ello complacer al solo sumo Señor, porque sólo Él obra ahí como le place; pues, como Él mismo dice: Haced esto en conmemoración mía...» (CtaO 14-16).

Llama la atención sobre todo esa afirmación categórica de que en la celebración eucarística obra sólo el Señor: «Porque sólo Él obra como le place» (CtaO 15). Sólo Dios obra el bien en nuestro actuar; y esto vale soberanamente en el caso de la celebración del memorial del Señor. Pero esa operación divina requiere pureza en el hombre, pureza que, según san Francisco, incluye dos elementos complementarios: libertad del hombre frente a las cosas terrenas y libertad para la acción de Dios en él. Esto no será posible a no ser que el hombre renuncie a sí mismo y se mortifique para llevar una vida orientada únicamente hacia Dios. Dicha pureza sólo la puede producir la gracia del Altísimo, que en el rito sacrificial de la nueva alianza obra sólo Él, según le place. Esta misteriosa concatenación de la operación divina y de la cooperación humana, que se da en la celebración eucarística y en una vida ajustada a ella por medio de la negación propia y la penitencia, Francisco la resumirá al final de su instrucción en una frase profunda: «Nada de vosotros retengáis para vosotros mismos para que enteros os reciba el que todo entero se os entrega» (CtaO 29).

La vida de penitencia, centrada en la participación del sacrificio eucarístico, es, por tanto, al mismo tiempo preparación y fruto, obra de Dios y acción del hombre, fundidas las dos en un todo. En definitiva: una respuesta del amor reconocido del hombre al Amor de Dios que se nos da en Cristo Jesús.

[K. Esser, Temas espirituales. Oñate 1980, pp. 50-52]


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