domingo, 19 de febrero de 2017

Año Cristiano Franciscano




BEATOS FRANCISCO Y JACINTA MARTO. Son dos de los tres niños videntes de Fátima. A partir del 13 de mayo de 1917, la Virgen se estuvo apareciendo a los niños Francisco, su hermana Jacinta y su prima Lucía, en Cova de Iría, lugar de Fátima, en Portugal. Los dos primeros fueron beatificados por Juan Pablo II el 13 de mayo del 2000 en Fátima, y su fiesta se celebra hoy, día en que murió Jacinta. Francisco y Jacinta nacieron en Ajustrel, caserío de Fátima, él el 11 de junio de 1908, y ella el 11 de marzo de 1910, de una familia humilde y cristiana. Tenían caracteres diferentes: él más tranquilo y condescendiente, ella más vivaz y caprichosa. Los dos, al igual que su prima Lucía, eran niños normales y sanos, piadosos y cercanos a la parroquia, y se dedicaban al pastoreo. A diario cuidaban de sus ovejas, jugaban y rezaban. Ya habían tenido apariciones de un ángel cuando un día se les apareció la Señora vestida de blanco sobre un carrasco; las apariciones se repitieron. Nadie daba fe a lo que decían los niños, que tuvieron que pasar un tiempo en la incomprensión y una cierta persecución. Siguió la calma, y los niños profundizaron en su vida espiritual, más entregados a la oración y la penitencia. En 1918 los dos hermanitos fueron víctimas de la «gripe española». Francisco murió el 4 de abril de 1919 en su aldea, y Jacinta el 20 de febrero de 1920 en Lisboa.

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San Eleuterio. Primer obispo de Tournai (Bélgica), ciudad en la que había nacido. Lo nombraron obispo alrededor del año 485, antes de la conversión y bautismo del rey Clodoveo. Fue un incansable y celoso evangelizador, y logró la conversión de muchos francos, siendo a veces masivos los bautismos que administró. Murió entre los años 530 y 532.


San Euquerio de Orleáns. Nació en Orleáns a finales del siglo VII, de familia pudiente. Deseando vivir en soledad, ingresó en el monasterio de Jumièges, de vida muy austera, en el que pasó siete años entregado al estudio y la oración. Elegido obispo de Orleáns, gobernó seis años su diócesis con bondad y benevolencia, a la vez que con gran firmeza frente a los usurpadores de los bienes de la Iglesia, que se volvieron enemigos suyos. Carlos Martel lo desterró. Estuvo en Colonia, en Lieja y finalmente se retiró a la abadía de Sint-Truiden (Bélgica), en la que murió el año 738.

San León. Fue obispo de Catania, en Sicilia, y cuidó mucho y con esmero la atención a los pobres. Murió el año 787.

Santos Mártires de Tiro. Conmemoración de cinco santos que fueron martirizados en Tiro de Fenicia (hoy en Líbano), el año 303, durante la persecución de Diocleciano, por afirmarse en su fe y negarse a apostatar. Primero los flagelaron cruelmente en todo el cuerpo; luego, desnudados, lo llevaron al anfiteatro, donde los arrojaron a las fieras. En todo momento se mantuvieron firmes y sin vacilaciones; uno de ellos, de menos de veinte años, que no estaba encadenado, con los brazos en forma de cruz oraba sin cesar a Dios. Las bestias se les acercaron, pero no les hicieron daño alguno. Por último fueron muertos a espada.

San Serapión. Sufrió el martirio en Alejandría de Egipto hacia el año 248, en tiempo del emperador Decio. Lo molieron a palos, le cortaron las junturas de los miembros y lo precipitaron cabeza abajo desde el piso alto de su casa.

San Tiranión. Obispo de la ciudad de Tiro, que había sido educado en la fe cristiana desde niño. Después de torturarlo cruelmente sin conseguir que apostatara, lo lanzaron al río Orontes que lo arrastró al mar. Junto con él fue martirizado el presbítero Zenobio. El martirio tuvo lugar en Antioquía de Siria el año 311.

Beata Julia Rodzinska. Religiosa polaca de la Congregación de Hermanas de Santo Domingo. Hizo los estudios de Magisterio y estuvo destinada en diversas casas de su congregación, dedicada siempre a la atención de niños huérfanos y abandonados. Por su forma de ser y de actuar, se la llamó "madre de los huérfanos" y "apóstol del Rosario". Fue detenida por los nazis el 12 de julio de 1943, y un año más tarde trasladada al campo de concentración de Stutthof (Polonia). Extenuada por los malos tratos y los sufrimientos, contrajo el tifus y murió el 20 de febrero de 1945.



PARA TENER EL ESPÍRITU DE ORACIÓN Y DEVOCIÓN

Pensamiento bíblico:

«Señor, no me corrijas con ira, no me castigues con cólera. Señor mío, todas mis ansias están en tu presencia, no se te ocultan mis gemidos; siento palpitar mi corazón, me abandonan las fuerzas, y me falta hasta la luz de los ojos. No me abandones, Señor, Dios mío, no te quedes lejos; ven aprisa a socorrerme, Señor mío, mi salvación» (Salmo 37).

Pensamiento franciscano:

«Consideremos al buen Pastor que, por salvar a sus ovejas, sufrió la pasión de la cruz. Las ovejas del Señor le siguieron en la tribulación y la persecución, en la vergüenza y el hambre, en la enfermedad y la tentación, y en las demás cosas; y por esto recibieron del Señor la vida sempiterna. De donde es una gran vergüenza para nosotros, siervos de Dios, que los santos hicieron las obras y nosotros, recitándolas, queremos recibir gloria y honor» (Adm 6).

Orar con la Iglesia:

Demos gracias a Dios, nuestro Padre, que por la acción de su Espíritu purifica nuestros corazones y los llena de su amor.

-Concédenos, Señor, el espíritu de fe y de acción de gracias, para recibir siempre agradecidos lo bueno y soportar con paciencia lo adverso.

-Haz que busquemos la caridad tanto en los acontecimientos importantes como en la vida ordinaria.

-Concédenos observar el ayuno, el que te agrada, compartiendo nuestro pan con los hambrientos.

-Danos llevar en nuestro cuerpo la muerte de tu Hijo, tú que nos has vivificado en su cuerpo.

Oración: Señor, tú que concedes a los justos el premio de sus méritos y a los pecadores que hacen penitencia les perdonas sus pecados, ten piedad de nosotros y danos tu paz y tu perdón. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.

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BEATOS FRANCISCO Y JACINTA MARTO,
PASTORCITOS DE FÁTIMA
De la homilía de S. S. Juan Pablo II
en la misa de beatificación (Fátima, 13 de mayo de 2000)

«Yo te bendigo, Padre, (...) porque has ocultado estas cosas a los sabios e inteligentes, y se las has revelado a los pequeños» (Mt 11,25).

Con estas palabras Jesús alaba los designios del Padre celestial; sabe que nadie puede ir a él si el Padre no lo atrae (cf. Jn 6,44), por eso alaba este designio y lo acepta filialmente: «Sí, Padre, pues tal ha sido tu beneplácito» (Mt 11,26). Has querido abrir el Reino a los pequeños.

Por designio divino, «una mujer vestida del sol» (Ap 12,1) vino del cielo a esta tierra en búsqueda de los pequeños privilegiados del Padre. Les habla con voz y corazón de madre: los invita a ofrecerse como víctimas de reparación, mostrándose dispuesta a guiarlos con seguridad hasta Dios. Entonces, de sus manos maternas salió una luz que los penetró íntimamente, y se sintieron sumergidos en Dios, como cuando una persona -explican ellos- se contempla en un espejo.

Más tarde, Francisco, uno de los tres privilegiados, explicaba: «Estábamos ardiendo en esa luz que es Dios y no nos quemábamos. ¿Cómo es Dios? No se puede decir. Esto sí que la gente no puede decirlo». Dios: una luz que arde, pero no quema. Moisés tuvo esa misma sensación cuando vio a Dios en la zarza ardiente; allí oyó a Dios hablar, preocupado por la esclavitud de su pueblo y decidido a liberarlo por medio de él: «Yo estaré contigo» (cf. Ex 3,2-12). Cuantos acogen esta presencia se convierten en morada y, por consiguiente, en «zarza ardiente» del Altísimo.

Lo que más impresionaba y absorbía al beato Francisco era Dios en esa luz inmensa que había penetrado en lo más íntimo de los tres. Además sólo a él Dios se dio a conocer «muy triste», como decía. Una noche, su padre lo oyó sollozar y le preguntó por qué lloraba; el hijo le respondió: «Pensaba en Jesús, que está muy triste a causa de los pecados que se cometen contra él». Vive movido por el único deseo -que expresa muy bien el modo de pensar de los niños- de «consolar y dar alegría a Jesús».

En su vida se produce una transformación que podríamos llamar radical; una transformación ciertamente no común en los niños de su edad. Se entrega a una vida espiritual intensa, que se traduce en una oración asidua y ferviente, y llega a una verdadera forma de unión mística con el Señor. Esto mismo lo lleva a una progresiva purificación del espíritu, a través de la renuncia a los propios gustos e incluso a los juegos inocentes de los niños.

Soportó los grandes sufrimientos de la enfermedad que lo llevó a la muerte, sin quejarse nunca. Todo le parecía poco para consolar a Jesús; murió con una sonrisa en los labios. En el pequeño Francisco era grande el deseo de reparar las ofensas de los pecadores, esforzándose por ser bueno y ofreciendo sacrificios y oraciones. Y Jacinta, su hermana, casi dos años menor que él, vivía animada por los mismos sentimientos.

La pequeña Jacinta sintió y vivió como suya esta aflicción de la Virgen, ofreciéndose heroicamente como víctima por los pecadores. Un día -cuando tanto ella como Francisco ya habían contraído la enfermedad que los obligaba a estar en cama- la Virgen María fue a visitarlos a su casa, como cuenta la pequeña: «Nuestra Señora vino a vernos, y dijo que muy pronto volvería a buscar a Francisco para llevarlo al cielo. Y a mí me preguntó si aún quería convertir a más pecadores. Le dije que sí». Y, al acercarse el momento de la muerte de Francisco, Jacinta le recomienda: «Da muchos saludos de mi parte a nuestro Señor y a nuestra Señora, y diles que estoy dispuesta a sufrir todo lo que quieran con tal de convertir a los pecadores». Jacinta se había quedado tan impresionada con la visión del infierno, durante la aparición del 13 de julio, que todas las mortificaciones y penitencias le parecían pocas con tal de salvar a los pecadores.

Con su solicitud materna, la santísima Virgen vino aquí, a Fátima, a pedir a los hombres que «no ofendieran más a Dios, nuestro Señor, que ya ha sido muy ofendido». Su dolor de madre la impulsa a hablar; está en juego el destino de sus hijos.

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LA MISERICORDIA DE DIOS
PARA CON LOS PENITENTES
De las Cartas del abad San Máximo, confesor (Epístola 11)

Quienes anunciaron la verdad y fueron ministros de la gracia divina; cuantos desde el comienzo hasta nosotros trataron de explicar en sus respectivos tiempos la voluntad salvífica de Dios hacia nosotros, dicen que nada hay tan querido ni tan estimado de Dios como el que los hombres, con una verdadera penitencia, se conviertan a él.

Y para manifestarlo de una manera más propia de Dios que todas las otras cosas, la Palabra divina de Dios Padre, el primero y único reflejo insigne de la bondad infinita, sin que haya palabras que puedan explicar su humillación y descenso hasta nuestra realidad, se dignó mediante su encarnación convivir con nosotros; y llevó a cabo, padeció y habló todo aquello que parecía conveniente para reconciliarnos con Dios Padre, a nosotros que éramos sus enemigos; de forma que, extraños como éramos a la vida eterna, de nuevo nos viéramos llamados a ella.

Pues no solo sanó nuestras enfermedades con la fuerza de los milagros; sino que, habiendo aceptado las debilidades de nuestras pasiones y el suplicio de la muerte, como si él mismo fuera culpable, siendo así que se hallaba inmune de toda culpa, nos liberó, mediante el pago de nuestra deuda, de muchos y tremendos delitos, y en fin, nos aconsejó con múltiples enseñanzas que nos hiciéramos semejantes a él, imitándole con una calidad humana mejor dispuesta y una caridad más perfecta hacia los demás.

Por ello clamaba: No vine a llamar a los justos a penitencia, sino a los pecadores. Y también: No son los sanos los que necesitan del médico, sino los enfermos. Por ello añadió aún que había venido a buscar la oveja que se había perdido, y que precisamente había sido enviado a las ovejas que habían perecido de la casa de Israel. Y, aunque no con tanta claridad, dio a entender lo mismo con la parábola de la dracma perdida: que había venido para recuperar en el hombre la imagen empañada con la fealdad de los vicios. Y acaba: En verdad os digo que hay alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta.

Así también, alivió con vino, aceite y vendas al que había caído en manos de ladrones y, desprovisto de toda vestidura, había sido abandonado medio muerto a causa de los malos tratos; después de subirlo sobre su cabalgadura, le dejó en el mesón para que le cuidaran; y después de haber dejado lo que parecía suficiente para su cuidado, prometió dar a su vuelta lo que hubiera quedado pendiente.

Consideró como padre excelente a aquel hombre que esperaba el regreso de su hijo pródigo y le abrazó porque volvía con disposición de penitencia, y le agasajó a su vez con amor paterno y no pensó en reprocharle nada de todo lo que antes había cometido.

Por la misma razón, después de haber encontrado la ovejilla alejada de las cien ovejas divinas, que erraba por montes y collados, no volvió a conducirla al redil con empujones y amenazas, ni de malas maneras; sino que lleno de misericordia la devolvió al redil incólume y sobre sus hombros.

Por ello dijo también: Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré. Y también: Cargad con mi yugo; es decir, llama "yugo" a los mandamientos o vida de acuerdo con el evangelio, y "carga", a la penitencia que puede parecer a veces algo más pesada y molesta: porque mi yugo es llevadero, dice, y mi carga es ligera.

Y de nuevo, al enseñarnos la justicia y la bondad divina, manda y dice: Sed santos, sed perfectos, sed misericordiosos, como lo es vuestro Padre celestial. Y también: Perdonad y se os perdonará. Y: Todo cuanto queráis que los hombres os hagan, hacédselo de la misma manera vosotros a ellos.

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HACIA DIOS POR LA PENITENCIA (I)
por Kajetan Esser, OFM

La imitación del Crucificado

Si a san Francisco se le hubiera preguntado por el motivo de su extraordinaria ascesis, inmediatamente hubiera señalado sin duda al Crucificado. Como en todo lo demás, también aquí la contemplación de la vida del hombre-Dios Jesucristo y la escucha de su palabra inspiraron sus actitudes ascéticas. Era para él razón más que suficiente para obrar de idéntica manera: «Reparemos todos los hermanos en el buen Pastor, que por salvar a sus ovejas soportó la pasión de la cruz. Las ovejas del Señor le siguieron en la tribulación y la persecución, en el sonrojo y el hambre, en la debilidad y la tentación, y en todo lo demás; y por ello recibieron del Señor la vida sempiterna» (Adm 6). Cristo, pobre y despreciado, crucificado, que invita a los hombres a imitar, o más bien, a reproducir, su vida, fue para Francisco el más poderoso incentivo para una vida de penitencia y mortificación.

La cruz de Cristo había sellado enteramente su vida: «Con ardoroso amor llevaba y conservaba siempre en su corazón a Jesucristo, y éste crucificado» (1 Cel 115). Y la cruz, áspera y pesada, la llevaba clavada en lo más profundo de su corazón: «Todos los afanes del hombre de Dios, en público como en privado, se centraban en la cruz del Señor». «Estaba siempre contemplando el rostro de su Cristo; estaba siempre acariciando al varón de dolores y conocedor de todo quebranto» (2 Cel 85). Así se iba robusteciendo en él día tras día su unión con Jesús crucificado, y esa unión viva iba transformando la vida de nuestro santo. La participación en la pasión de Cristo le hacía ver su propia vida con una luz enteramente nueva.

Tomás de Celano se encargará de evocar los extremos que alcanzaba tal transformación: «Francisco estaba ya muerto al mundo y Cristo vivía en él. Los placeres del mundo le eran cruz, porque llevaba arraigada en el corazón la cruz de Cristo» (2 Cel 211). «Todo anonadado, permanecía largo tiempo en las llagas del Salvador» (1 Cel 71). La pasión de Cristo constituía el centro de su vida y la cruz de Cristo la regla de su conducta. De manera que su única aspiración se resumía en configurarse a la imagen de Cristo crucificado por la renuncia a sí mismo y la mortificación. En él se cumplió una de sus expresiones favoritas, eco de un axioma fundamental de su vida: «Tenemos que amar mucho el amor del que nos ha amado mucho» (2 Cel 196).

Lo que con gran acierto supo participar a sus hermanos por el testimonio de su conducta, supo también expresarlo en sus enseñanzas. Cuando por vez primera planeó por escrito el género de vida que habían de llevar sus hermanos, les asignó como meta «seguir la doctrina y las huellas de nuestro Señor Jesucristo», inspirándose para ello en las palabras del Señor: «Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo y tome su cruz y sígame» (1 R 1,1.3).

Más prolijamente exhorta a sus hermanos: «Prestemos atención todos los hermanos a lo que dice el Señor: Amad a vuestros enemigos y haced el bien a los que os odian, pues nuestro Señor Jesucristo, cuyas huellas debemos seguir, llamó amigo al que lo entregaba y se ofreció espontáneamente a los que lo crucificaron. Son, pues, amigos nuestros todos los que injustamente nos causan tribulaciones y angustias, sonrojos e injurias, dolores y tormentos, martirio y muerte» (1 R 22,1-3). Y al darles sus últimos consejos desde su lecho de muerte, les amonesta de forma apremiante «a seguir perfectamente las huellas de Jesús crucificado» (Lm 7,4). Con estas palabras breves, pero incisivas, que jalonaron toda su vida y la de sus hermanos, establecerá los fundamentos evangélicos sobre los que habrán de edificar seguidamente los hermanos menores su vida de penitencia.

Pero nos queda todavía por demostrar que la pasión y muerte de Jesús fueron para Francisco algo más que un ejemplo a imitar; eran más bien una exigencia íntima de transformación personal. Francisco logró vivir esta transformación mediante una negación propia y una penitencia que le convirtieron en un símbolo vivo del crucificado: «Llevaba arraigada en el corazón la cruz de Cristo. Y le brillaban las llagas al exterior -en la carne-, porque la cruz había echado muy hondas raíces dentro, en el alma» (2 Cel 211).

[K. Esser, Temas espirituales. Oñate 1980, pp. 47-50]




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