viernes, 17 de febrero de 2017

Año Cristiano Franciscano


DÍA 19 DE FEBRERO

 

SAN CONRADO CONFALONIERI DE PIACENZA. Nació en Piacenza (Italia) hacia el año 1290, de familia noble. Fue amante de la vida mundana y de la caza. En una cacería ordenó a sus criados que prendieran fuego al matorral donde se habían escondido unas piezas. El fuego se extendió y arrasó campos y casas. Conrado volvió a la ciudad sin que nadie lo viera. Acusado del incendio un hombre pobre, fue condenado a muerte. Esto hizo reflexionar a Conrado, que se declaró culpable y tuvo que satisfacer con sus bienes los daños causados. Él y su mujer quedaron en la miseria, pero vieron en ello la mano de Dios y decidieron consagrarse al Señor. Ella entró en las clarisas y él optó por la vida de ermitaño. Vistió el hábito de la Tercera Orden de San Francisco. Peregrinó por Roma y Malta, llegó a Sicilia y se estableció en Noto. Atendió a los enfermos del Hospital hasta que, para huir de sus devotos, se retiró en un eremitorio cercano. Allí murió el 19 de febrero de 1351.- Oración: Oh Señor, justo y bueno, que llamaste a la vida de retiro y penitencia a san Conrado, movido por el sentido de la justicia, te pedimos, por su intercesión, valorar en su justa medida las cosas de este mundo, y anhelar las del cielo. Por Jesucristo nuestro Señor. Amén.




BEATO PEDRO DE TREIA. Nació en Treia (Macerata, Italia) hacia 1225, de familia noble y rica. Siendo muy joven decidió cambiar de vida y abrazar la austeridad evangélica. Entró en la Orden de Hermanos Menores deseoso de imitar de cerca las virtudes de san Francisco. Fue ordenado sacerdote, y en su vida armonizó su tendencia a la contemplación y una intensa actividad apostólica. Permaneció largo tiempo en el monte Alverna, consagrado a la meditación y ascesis. Pero también se dedicó al apostolado, particularmente al ministerio de la palabra como predicador que recorrió las Marcas, moviendo a las gentes a convertirse y recibir el sacramento de la reconciliación. El Señor le concedió carismas místicos como éxtasis y visiones. Estuvo unido por lazos de fraternidad y amistad con el beato Conrado de Offida. Murió en Sirolo (Ancona) el 19 de febrero de 1304.

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San Barbato. Obispo de Benevento, en Campania (Italia), apóstol de los longobardos. Según la tradición convirtió a la fe de Cristo a muchos de ellos, incluido su jefe. Murió el año 682.

San Jorge. Monje en la abadía de Vabres, en la diócesis de Rodez (Francia). Según la tradición fue obispo de Lodève. Murió el año 877.

Santa Lucía Yi Zhenmei. Laica china que en su juventud consagró su virginidad a Dios. Los misioneros la admitieron entre los catequistas, labor para la que se preparó adecuadamente y que desarrolló ejemplarmente. El 18 de febrero de 1862 la detuvieron y al día siguiente la decapitaron en Kaiyang, junto a Mianyang, en la provincia china de Sichuan. La canonizó, junto a otros mártires chinos, el papa Juan Pablo II el año 2000.

San Mansueto. Obispo de Milán, que gobernó santamente su diócesis y, de modo particular, luchó decididamente contra la herejía monotelita, que afirmaba que en Cristo sólo había una voluntad. Murió el año 680.

Santos Mártires de Palentina. Conmemoración de los santos monjes y otros fieles que fueron martirizados en Palestina por los sarracenos el año 507, a causa de la fe en Cristo.

San Proclo. Nació en Bisignano (Calabria, Italia) y en su juventud se hizo monje junto a san Nilo. Tenía una cultura enciclopédica. Brilló por su excelente doctrina y fue un heraldo de la vida monástica. Lo eligieron hegúmeno de su monasterio. Murió en su pueblo hacia el año 970.

San Quodvuldeus. Obispo de Cartago (hoy en Túnez), rehusó pasarse al arrianismo, por lo que fue desterrado junto con su clero por el rey arriano Genserico. Los pusieron en una nave en desuso, sin velas ni remos, y providencialmente atracaron en Nápoles, donde murió el año 454. Había sido discípulo y amigo de san Agustín, que le pidió que escribiera contra las herejías.

Beato Álvaro de Zamora. Sacerdote dominico, también conocido como Álvaro de Córdoba. Tras su ordenación sacerdotal, se dedicó a la enseñanza de los jóvenes religiosos; luego alcanzó el grado de Maestro en Teología. Cuando los superiores le confiaron el ministerio de la predicación, puso de manifiesto sus cualidades extraordinarias. Predicó en amplias regiones de España y de Italia. Al regreso de un viaje a Tierra Santa, difundió la devoción a los pasos de la Pasión de Cristo, y emprendió, con aprobación pontificia, la reforma de su Orden. Entre sus fundaciones destaca la de Escalaceli, cerca de Córdoba, en la que murió en 1430.

Beato Bonifacio. Nació en Bruselas hacia 1181, enseñó teología en París y luego en Colonia, y fue nombrado obispo de Lausana (Suiza) en 1231. Puso empeño en la reforma de costumbres en fieles y clero, así como en la defensa de los derechos de la Iglesia, lo que le valió la enemistad de algunos poderosos. Sufrió un atentado en 1239 y renunció a su sede. Se retiró a La Chambre, cerca de Bruselas, como capellán de las cistercienses; predicó y confesó en su iglesia con gran provecho de las almas. Luego vistió el hábito cisterciense, y murió en 1260.

Beata Isabel Picenardi. En su juventud decidió consagrar su virginidad al Señor, permaneciendo en su casa. Vistió el hábito de la Orden de los Siervos de María, con frecuencia recibía la comunión y era asidua en la recitación del Oficio divino. Fue muy devota de la Virgen María. Murió en Mantua (Italia), su ciudad natal, en 1468.

Beato José Zaplata. Nació Jerka (Polonia), el año 1904. Los medios escasos de su familia no le permitieron más estudios que los elementales. Terminado el servicio militar, ingresó en la Congregación del Sacratísimo Corazón de Jesús. Ejerció diversos oficios. En 1940 fue detenido por los nazis. Pasó por varios campos de concentración hasta llegar, en diciembre de 1940, al de Dachau (Alemania). En febrero de 1945 se declaró en el campo una epidemia de tifus, y los enfermos fueron aislados. José se ofreció a cuidarlos, pero a los diez días se contagió y poco después murió.



PARA TENER EL ESPÍRITU DE ORACIÓN Y DEVOCIÓN

Pensamiento bíblico:

«¿Qué os parece? -dice Jesús-. Si uno tiene cien ovejas y se le extravía una, ¿no dejará en el monte las noventa y nueve e irá en busca de la extraviada? Y si logra hallarla, cierto que se alegrará por ella más que por las noventa y nueve que no se habían extraviado. Lo mismo vuestro Padre del cielo: no quiere que se pierda ni uno solo de estos pequeños» (Mt 18,12-14).

Pensamiento franciscano:

Dice san Francisco en su Paráfrasis del Padrenuestro: -Santificado sea tu nombre: clarificada sea en nosotros tu noticia, para que conozcamos cuál es la anchura de tus beneficios, la largura de tus promesas, la sublimidad de tu majestad y la profundidad de tus juicios (ParPN 3).

Orar con la Iglesia:

Oremos a Dios nuestro Padre, pues de él nos viene la misericordia y él hace fiesta por los hijos que vuelven a su hogar.

-Para que la Iglesia sea signo e instrumento de reconciliación de los hombres entre sí y con Dios.

-Para que haya justicia en el mundo y nunca sean oprimidos los inocentes.

-Para que los cristianos vivamos siempre reconciliados y perdonemos a los demás, como deseamos que el Padre nos perdone a nosotros.

-Para que la frecuente participación en la Eucaristía nos haga tomar conciencia de la responsabilidad que tenemos por nuestros pecados.

Oración: Desde lo hondo a ti gritamos, Señor, escucha nuestra voz; sálvanos, pues queremos convertirnos a ti. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén,

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EL PERDÓN DE LOS PECADOS
Benedicto XVI, Ángelus del 19 de febrero de 2006

Queridos hermanos y hermanas:

En estos domingos la liturgia presenta en el Evangelio el relato de varias curaciones realizadas por Cristo. El domingo pasado, el leproso; hoy un paralítico, al que cuatro personas llevan en una camilla a la presencia de Jesús, que, al ver su fe, dice al paralítico: «Hijo, tus pecados quedan perdonados» (Mc 2,5). Al obrar así, muestra que quiere sanar, ante todo, el espíritu. El paralítico es imagen de todo ser humano al que el pecado impide moverse libremente, caminar por la senda del bien, dar lo mejor de sí.

En efecto, el mal, anidando en el alma, ata al hombre con los lazos de la mentira, la ira, la envidia y los demás pecados, y poco a poco lo paraliza. Por eso Jesús, suscitando el escándalo de los escribas presentes, dice primero: «Tus pecados quedan perdonados», y sólo después, para demostrar la autoridad que le confirió Dios de perdonar los pecados, añade: «Levántate, toma tu camilla y vete a tu casa» (Mc 2,11), y lo sana completamente. El mensaje es claro: el hombre, paralizado por el pecado, necesita la misericordia de Dios, que Cristo vino a darle, para que, sanado en el corazón, toda su existencia pueda renovarse.

También hoy la humanidad lleva en sí los signos del pecado, que le impide progresar con agilidad en los valores de fraternidad, justicia y paz, a pesar de sus propósitos hechos en solemnes declaraciones. ¿Por qué? ¿Qué es lo que entorpece su camino? ¿Qué es lo que paraliza este desarrollo integral? Sabemos bien que, en el plano histórico, las causas son múltiples y el problema es complejo. Pero la palabra de Dios nos invita a tener una mirada de fe y a confiar, como las personas que llevaron al paralítico, a quien sólo Jesús puede curar verdaderamente.

La opción de fondo de mis predecesores, especialmente del amado Juan Pablo II, fue guiar a los hombres de nuestro tiempo hacia Cristo Redentor para que, por intercesión de María Inmaculada, volviera a sanarlos. También yo he escogido proseguir por este camino. De modo particular, con mi primera encíclica, Deus caritas est, he querido indicar a los creyentes y al mundo entero a Dios como fuente de auténtico amor. Sólo el amor de Dios puede renovar el corazón del hombre, y la humanidad paralizada sólo puede levantarse y caminar si sana en el corazón. El amor de Dios es la verdadera fuerza que renueva al mundo.

Invoquemos juntos la intercesión de la Virgen María para que todos los hombres se abran al amor misericordioso de Dios, y así la familia humana pueda sanar en profundidad de los males que la afligen.

[Después del Ángelus] Como el paralítico del Evangelio, os animo a acercaros con decisión y confianza al amor y a la misericordia de Jesús, el único que puede perdonar los pecados y devolver la alegría y la paz a nuestros corazones.

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APOLOGÍA DE LA SOLEDAD MONÁSTICA
De una carta de san Jerónimo al monje Heliodoro

¿Qué haces en el siglo, hermano, tú que eres mayor que todo el mundo? ¿Te gusta la pobreza? Dichosos los pobres, dice Cristo. ¿Te espanta el trabajo? Ningún atleta recibe la corona de triunfo sin esforzarse. ¿Te preocupa el alimento? La fe verdadera no teme al hambre: ¿Te angustia que tus miembros, consumidos por los ayunos, se encallezcan reposando en la desnuda tierra? Olvidas que Cristo duerme a tu lado. ¿Te preocupa la cabellera descuidada de tu ya rugosa frente? Pues tu cabeza es Cristo. ¿Te asusta la inmensidad del desierto? Entonces puedes pasearte con la mente por todo el paraíso: cuantas incursiones hagas al cielo, es porque otras tantas el desierto te lo permite con plena libertad.

¡Oh desierto, floreciente con las rosas de Cristo! ¡Oh soledad, donde emergen las piedras, en frase del Apocalipsis, con las que se construye la ciudad del gran Rey! ¡Oh yermo, que goza de la presencia familiar de Dios! Pueden referirse a la soledad aquellas palabras del Apóstol: Porque estimo que los sufrimientos del tiempo presente no son comparables con la gloria que se ha de manifestar en nosotros.

¿Cómo, pues, eres cristiano de ánimo tan flaco? El Hijo del hombre no tiene donde reclinar su cabeza; tú, sin embargo, deseas morar en amplios pórticos y en espaciosos palacios: no puede ser coheredero con Cristo quien busca el disfrute de la herencia del mundo. El desierto ama la desnudez.

El cuerpo habituado a ropas delicadas no aguanta la loriga, y la cabeza hecha a un ligero pañuelo se resiste al casco. El puño de la espada o la esteva exasperan a las manos blandas.

Polvo y ceniza somos; no teniendo asegurado ningún instante de la vida, debemos tener siempre presente la inminencia de volver al polvo. Por otro lado, ¿no deseamos muchas veces salir de las estrecheces de este mundo? Sin embargo, si alguna vez el ayuno nos produce casualmente fiebre o dolor de estómago, consideramos una pesada enfermedad lo que pudiera abrirnos las puertas de la vida eterna.

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LA MEDITACIÓN FRANCISCANA (V)
por Octaviano Schmucki, OFMCap

Frutos de la meditación franciscana

El estímulo a obrar es para Francisco el fruto principal de la oración. No es éste, sin embargo, su único fruto. Las fuentes antiguas destacan también otros efectos específicos. Así, Celano y, más tarde, san Buenaventura resaltan las sorprendentes sutilezas del santo en penetrar e interpretar la Sagrada Escritura, no obstante carecer de formación exegética. El Seráfico Doctor observa: «El incesante ejercicio de la oración, unido a la continua práctica de la virtud, había conducido al varón de Dios a tal limpidez y serenidad de mente, que -a pesar de no haber adquirido, por adoctrinamiento humano, conocimiento de las sagradas letras-, iluminado con los resplandores de la luz eterna, llegaba a sondear, con admirable agudeza de entendimiento, las profundidades de las Escrituras. Efectivamente, su ingenio, limpio de toda mancha, penetraba los más ocultos misterios, y allí donde no alcanza la ciencia de los maestros, se adentraba el afecto del amante» (LM 11,1).

Del contacto continuo con la palabra divina en la oración personal, Francisco sacó, además, una eficacia extraordinaria para evangelizar al pueblo cristiano. «Aquella su seguridad en la predicación procedía de la pureza de su espíritu, y, aunque improvisara, decía cosas admirables e inauditas para todos» (1 Cel 72).

San Francisco preparó la redacción de la Regla definitiva en la soledad de Fontecolombo, con ayunos y oraciones prolongadas. Respecto al discutido problema de la pobreza, en concreto, anota el Compilador: «Hizo también escribir en la Regla muchas cosas que pedía al Señor en asidua oración y meditación para utilidad de la Religión, afirmando que ésa era la absoluta voluntad del Señor» (LP 101). Se puede afirmar que la Regla, códice fundamental de la vida del hermano menor, es un fruto exquisito de la oración de Francisco.

La misma fuente nos informa que, antes de componer el Cántico del Hermano Sol como acción de gracias por la promesa de la gloria celestial, Francisco, «se sentó, se concentró un momento y empezó a decir: "Altísimo, omnipotente, buen Señor..."» (LP 83).

En Francisco se dan también frutos estrictamente personales, atribuidos por sus biógrafos a la oración, por ejemplo, la dulzura y alegría mística. Aludiendo a esto escribe Celano: «Y ¿acertarías tú a imaginar de cuánta dulzura estaba transido quien así estaba habituado? Él sí lo supo; yo no sé otra cosa si no es admirar. Lo sabrá el que lo experimenta; no se les da el saber a los inexpertos» (2 Cel 95).

El mismo biógrafo cuenta que, habiéndose retirado el santo en cierta ocasión a un lugar solitario -probablemente Poggio Bustone- y habiendo pedido con insistencia el perdón de los pecados cometidos en la juventud: «comenzó a derramarse poco a poco en lo íntimo de su corazón una indecible alegría e inmensa dulcedumbre» (1 Cel 26).

A la luz de todo lo dicho se comprende la inmensa riqueza de contenido autobiográfico, cuando Francisco en sus Alabanzas del Dios altísimo, incluidas en el papel que dio a fray León, invoca al «Señor Dios» con las expresiones: «Tú eres amor, caridad. Tú eres sabiduría... Tú eres seguridad. Tú eres quietud. Tú eres gozo, esperanza y alegría... Tú eres toda nuestra dulzura...».

Francisco no fue un innovador en el campo de la meditación, pues se inspiró en la mejor tradición monástico-eremítica anterior, si bien supo darle la impronta inconfundible de su sensibilidad acentuadamente poética. Es evidente también su admirable simplicidad que, sin negar las leyes psicológicas en la relación con Dios por medio de la oración, no se ata nunca a esquemas fijos o métodos inmutables, sino que se atiene a la gracia del momento. Hay que notar, sin embargo, su insistencia en rodearse de condiciones externas que facilitan el contacto con Dios. Sobresale, además, el anhelo místico y el carácter eminentemente sapiencia de su oración. Su meditación es, ante todo, un conversar confiado y afectuoso, de tú a tú, con Dios «altísimo, omnipotente y buen Señor». Por todo ello no se vio en la obligación de fijar, ni para sí ni para los demás, tiempos mínimos cotidianos señalados para la oración mental, dado que el libre empeño que le ocupaba la mayor parte de su tiempo, de día y de noche, no conocía horarios.

[Cf. Selecciones de Franciscanismo, vol. III, núm. 7 (1974) 49-50]

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