jueves, 16 de febrero de 2017

Año Cristiano Franciscano


DÍA 17 DE FEBRERO

 

LOS SIETE SANTOS FUNDADORES DE LA ORDEN DE LOS SIERVOS DE LA VIRGEN MARÍA, que son Bonfilio, Bartolomé, Juan, Benito, Gerardino, Ricóvero y Alejo Falconieri; éste murió, último de todos ellos, el 17 de febrero de 1310, y en ese día los celebramos a todos. Hacia el año 1233, cuando Florencia vivía agitada por las luchas fratricidas, siete ciudadanos nobles, comerciantes, miembros de una asociación seglar de devotos de la Virgen, unidos por el ideal evangélico de la comunión fraterna y del servicio a los pobres, decidieron abandonar sus negocios y retirarse a llevar vida eremítica en el monte Senario, cerca de Florencia, con particular dedicación al culto de la Virgen. Más tarde se dedicaron a predicar por toda la Toscana. Muchas personas acudían a ellos en busca de consuelo o de consejo, y no pocos deseaban compartir su forma de vida. Por eso decidieron fundar la Orden de los Siervos de la Virgen María, los «Servitas», que adoptó la Regla de San Agustín y fue reconocida definitivamente por la Santa Sede el año 1304.- Oración: Señor, infunde en nosotros el espíritu de amor que llevó a estos santos hermanos a venerar con la mayor devoción a la Madre de Dios, y les impulsó a conducir a tu pueblo al conocimiento y al amor de tu nombre. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.




BEATO LUCAS BELLUDI. Nació en Padua hacia 1200, de familia noble y rica. Estudió en la Universidad de Padua, como lo prueba su gran cultura. En 1220 se encontró con san Francisco que, a su regreso de Oriente, pasó por Padua y fundó, junto a Santa María de la Arcella, un hospicio, en el que recibió a Lucas, a quien orientó al sacerdocio. El año 1227, Lucas se encontró con san Antonio, y a partir de entonces fue su discípulo y compañero inseparable, que le asistió hasta la muerte; luego fue uno de los editores de los sermones del Santo, testigo de su santidad y promotor de su Basílica en Padua. Además, Lucas fue hombre de gran talento y profunda espiritualidad, verdadero sabio, famoso predicador, de vida sencilla y sana doctrina. Fue elegido Ministro provincial varias veces. Dejó escritos sus propios sermones. Murió en la Arcella (Padua) el 17 de febrero de 1286. Fue beatificado por Pío XI el 18 de mayo de 1927.

Federico de Berga

Federico de BergaBEATO FEDERICO DE BERGA. Nació en Berga (Barcelona) en 1877. Vistió de joven el hábito capuchino. Recibió la ordenación sacerdotal en 1901. Ejerció diversos cargos en su Provincia, incluso el de ministro provincial, y en América Central. Su dedicación permanente fue la predicación, siendo uno de los predicadores más apreciados de su tiempo. Cuando se desató en España la persecución religiosa, julio de 1936, era guardián del convento de Arenys de Mar. Después de esconderse algunos días por los montes, llegó a Barcelona. A pesar de la situación de persecución, siguió ejerciendo el ministerio sacerdotal en la clandestinidad; celebraba la eucaristía en casas particulares; además, llevaba la comunión a los cristianos a escondidas. El 16 de febrero de 1937 fue detenido por los milicianos en Barcelona, en el domicilio que le había dado refugio. Preguntado sobre su identidad confesó sin ambages que era sacerdote. Fue asesinado en Barcelona el 17 de febrero de 1937. Beatificado el 21-XI-2015. [Más información]

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San Bonoso. Obispo de Tréveris, en la Galia belga (hoy en Alemania), que trabajó con gran celo y ardor, junto con san Hilario de Poitiers, para erradicar el arrianismo y conservar la integridad de la fe en las Galias. Murió en Tréveris el año 373.

San Constable. Fue abad del monasterio benedictino de Cava dei Tirreni (Campania, Italia), en la que se había educado desde niño. Fundó el pueblo de Castellabate, en la provincia de Salerno. Promovió con todo empeño la observancia de la Regla benedictina en la vida monástica. A la vez, usó de gran amabilidad y comprensión para con cada uno de los monjes y de sus problemas, sin hacer sentir su autoridad. Murió el año 1124.

San Evermodo. Obispo de Ratzeburgo en Alsacia (ahora en Alemania), que había sido religioso premonstratense y discípulo del fundador san Norberto. Trabajó mucho en la conversión de los pueblos wendos o vendos.

San Finano. Obispo y abad de Lindisfarne (Inglaterra). Ocupó la sede episcopal el año 652, sucediendo a san Aidano. Convirtió a varios príncipes y nobles de su tiempo. Beda el Venerable lo llamó "acérrimo defensor de la verdadera Pascua". Estaba dotado de una sólida doctrina y mostró un gran celo por la evangelización. Murió el año 661.

San Fintano. Abad del monasterio de Cluain Ednech en Irlanda. Llevó primero vida de ermitaño en Clonenagh, pero fueron tantos los discípulos que se le unieron, que tuvo que fundar un verdadero monasterio allí cerca. Se distinguió tanto él como su monasterio por su extrema austeridad de vida y sus penitencias. A la vez, el santo abad era la amabilidad y dulzura personificada, y era capaz de comprender a quienes no podían seguir su forma de vida. Murió en su monasterio el año 603.

San Flaviano. Patriarca de Constantinopla desde el año 446. Fue un defensor intrépido de la fe católica en el Concilio de Éfeso. El poderoso obispo de Alejandría Dióscoro, a quien se enfrentó Flaviano, encontró apoyo en parte del episcopado y en la corte imperial, y consiguió rehabilitar a Eutiques, propulsor del monifisismo que atribuye a Cristo una sola naturaleza, y deponer a Flaviano que, maltratado y herido, tuvo que emprender en el año 449 el camino del destierro a Lidia en el que murió poco después.

San Mesrop. Doctor de la Iglesia armenia. Fue discípulo de san Narsés, pariente de san Isaac y escribano en el palacio real. Abrazó la vida monástica y recibió la ordenación sacerdotal. Entregado al apostolado, vio que el pueblo necesitaba tener acceso a los textos litúrgicos y bíblicos. Para ello creó un alfabeto propio, pues no lo tenían, y tradujo al armenio las Sagradas Escrituras; también tradujo y compuso en esa lengua himnos y otros cánticos para la liturgia. Murió en Armenia el año 441.

San Pedro Yu Chong-nyul. Cristiano seglar coreano, casado y padre de familia. Cuando se desató la persecución contra los cristianos, decidió colaborar desde la clandestinidad en el mantenimiento de la fe de los fieles. Una noche, tras haber sido delatado, fue sorprendido por la policía mientras leía el Evangelio a los fieles reunidos en casa del catequista. Fue detenido y llevado ante la autoridad, que le intimó la apostasía. Él se mantuvo firme en su fe, y lo azotaron hasta la muerte. Esto sucedía en su pueblo natal Pyeong-yang (Corea), el año 1866.

San Silvino de Thérouanne. Benedictino y Obispo misionero, sin sede fija, que evangelizó amplias regiones en la Francia nororiental, que en buena parte era aún pagana. A punto de casarse, decidió adoptar el celibato y una vida de pobreza. Peregrinó a Roma, donde fue ordenado de sacerdote y recibió la consagración episcopal. Se dedicó sobre todo a la difusión del Evangelio en la región de Morinos, en la Galia septentrional. Se distinguió por su humildad y la austeridad de su vida. Ya mayor se retiró al monasterio de Auchy-les-Moines, donde murió hacia el año 720.

San Teodoro. Fue un soldado del ejército romano, de origen oriental, al que destinaron a Amasea, en Asia Menor (hoy Turquía), en tiempo del emperador Galerio Maximiano. Su guarnición recibió la orden de ofrecer sacrificios a los dioses. Teodoro, por ser cristiano, se negó a sacrificar. Por eso lo encarcelaron, lo torturaron y, al no conseguir que abdicara de su fe, lo quemaron vivo. Era el año 306. San Gregorio de Nisa escribió su elogio.

Beato Antonio Leszczewicz. Nació en la diócesis de Vilna (Lituania) en 1890. Fue ordenado de sacerdote en 1914. Luego lo destinaron a sucesivas parroquias, todas ellas en Manchuria, en las que destacó por la calidad de su celo apostólico. En 1937 marchó a Polonia y poco después ingresó en la Congregación de Padres Marianos. Le confiaron la dirección de un centro pastoral en Druja, Bielorrusia, donde se organizó un equipo misionero presidido por él. Cuando arreció la persecución nazi no quiso abandonar la región. Lo detuvieron y lo quemaron vivo en 1943.



PARA TENER EL ESPÍRITU DE ORACIÓN Y DEVOCIÓN

Pensamiento bíblico:

«En aquel tiempo, Jesús tomó consigo a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan y se los llevó aparte a una montaña alta. Se transfiguró delante de ellos, y su rostro resplandecía como el sol, y sus vestidos se volvieron blancos como la luz... Todavía estaba hablando Pedro cuando una nube luminosa los cubrió con su sombra, y una voz desde la nube decía: "Éste es mi Hijo, el amado, mi predilecto. Escuchadlo"» (Mt 17,1-2.5).

Pensamiento franciscano:

Oración que san Francisco decía en todas las Horas de su Oficio: -Omnipotente, santísimo, altísimo y sumo Dios, todo bien, sumo bien, total bien, que eres el solo bueno, a ti te ofrezcamos toda alabanza, toda gloria, toda gracia, todo honor, toda bendición y todos los bienes. Hágase. Hágase. Amén (AlHor 11).

Orar con la Iglesia:

Oremos a Dios nuestro Padre, para que ilumine y transfigure nuestra vida con su amor.

-Para que la gracia de Dios brille sobre las Iglesias desunidas y las transfigure.

-Para que la gracia de Dios brille sobre los pueblos dispersos, marginados, oprimidos, y la esperanza los transfigure.

-Para que la gracia de Dios brille sobre los hombres inquietos, ansiosos, desesperanzados, y la alegría de Cristo resucitado los transfigure.

-Para que la gracia de Dios brille sobre nosotros, que vacilamos a convertirnos o nos paramos en el camino de la conversión, y la promesa de la Pascua nos transfigure.

Oración: Padre bueno, lleguen hasta ti nuestras súplicas y, presentadas por tu Hijo, nos obtengan gracia sobreabundante. Por los siglos de los siglos. Amén.

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TRANSFIGURACIÓN DEL SEÑOR
Benedicto XVI, Ángelus del 17 de febrero de 2008

Queridos hermanos y hermanas:

Hoy, segundo domingo de Cuaresma, prosiguiendo el camino penitencial, la liturgia, después de habernos presentado el domingo pasado el evangelio de las tentaciones de Jesús en el desierto, nos invita a reflexionar sobre el acontecimiento extraordinario de la Transfiguración en el monte. Considerados juntos, ambos episodios anticipan el misterio pascual: la lucha de Jesús con el tentador preludia el gran duelo final de la Pasión, mientras la luz de su cuerpo transfigurado anticipa la gloria de la Resurrección. Por una parte, vemos a Jesús plenamente hombre, que comparte con nosotros incluso la tentación; por otra, lo contemplamos como Hijo de Dios, que diviniza nuestra humanidad. De este modo, podríamos decir que estos dos domingos son como dos pilares sobre los que se apoya todo el edificio de la Cuaresma hasta la Pascua, más aún, toda la estructura de la vida cristiana, que consiste esencialmente en el dinamismo pascual: de la muerte a la vida.

El monte -tanto el Tabor como el Sinaí- es el lugar de la cercanía con Dios. Es el espacio elevado, con respecto a la existencia diaria, donde se respira el aire puro de la creación. Es el lugar de la oración, donde se está en la presencia del Señor, como Moisés y Elías, que aparecen junto a Jesús transfigurado y hablan con él del "éxodo" que le espera en Jerusalén, es decir, de su Pascua.

La Transfiguración es un acontecimiento de oración: orando, Jesús se sumerge en Dios, se une íntimamente a él, se adhiere con su voluntad humana a la voluntad de amor del Padre, y así la luz lo invade y aparece visiblemente la verdad de su ser: él es Dios, Luz de Luz. También el vestido de Jesús se vuelve blanco y resplandeciente. Esto nos hace pensar en el Bautismo, en el vestido blanco que llevan los neófitos. Quien renace en el Bautismo es revestido de luz, anticipando la existencia celestial, que el Apocalipsis representa con el símbolo de las vestiduras blancas (cf. Ap 7,9.13).

Aquí está el punto crucial: la Transfiguración es anticipación de la resurrección, pero esta presupone la muerte. Jesús manifiesta su gloria a los Apóstoles, a fin de que tengan la fuerza para afrontar el escándalo de la cruz y comprendan que es necesario pasar a través de muchas tribulaciones para llegar al reino de Dios. La voz del Padre, que resuena desde lo alto, proclama que Jesús es su Hijo predilecto, como en el bautismo en el Jordán, añadiendo: «Escuchadlo» (Mt 17,5). Para entrar en la vida eterna es necesario escuchar a Jesús, seguirlo por el camino de la cruz, llevando en el corazón, como él, la esperanza de la resurrección. Spe salvi, salvados en esperanza. Hoy podemos decir: «Transfigurados en esperanza».

Dirigiéndonos ahora con la oración a María, reconozcamos en ella a la criatura humana transfigurada interiormente por la gracia de Cristo, y encomendémonos a su guía para recorrer con fe y generosidad el itinerario de la Cuaresma.

En este segundo domingo de Cuaresma, la Iglesia nos invita a contemplar a Cristo, transfigurado en el monte Tabor, para que, iluminados por su palabra, podamos vencer las pruebas cotidianas de la vida y ser en medio del mundo testigos de su gloria.

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HAGAMOS EL ELOGIO DE LOS HOMBRES ILUSTRES
De la tradición sobre el origen de la Orden
de los Siervos de la Virgen María

Siete fueron los varones, dignos de reverencia y honor, que reunió nuestra Señora como siete estrellas, para dar comienzo, por la concordia de su cuerpo y de su espíritu, a la Orden de sus siervos.

Cuando yo entré en la Orden sólo vivía uno de aquéllos, que se llamaba hermano Alejo. Nuestra Señora tuvo a bien mantenerlo en vida hasta nuestros días para que nos contara los orígenes de la Orden. La vida de este hermano Alejo era, como pude ver con mis propios ojos, una vida tan edificante que no sólo movía con su ejemplo a todos los que con él vivían, sino que constituía la mejor garantía a favor de su espíritu, del de sus compañeros y de nuestra Orden.

Su estado de vida, antes de que vivieran en comunidad, constaba de cuatro puntos. El primero, referente a su condición ante la Iglesia. Unos habían hecho voto de virginidad o castidad perpetua, otros estaban casados y otros viudos. Referente a su actividad pública, eran comerciantes. Pero en cuanto encontraron la perla preciosa, es decir, nuestra Orden, no solamente dieron a los pobres todo lo que poseían, sino que se entregaron con gran alegría al servicio de Dios y de la Señora.

El tercer punto se refiere a su devoción a la Virgen. En Florencia existía una antiquísima congregación que, debido a su antigüedad, su santidad y número de miembros, se llamaba «Sociedad mayor de nuestra Señora». De esta sociedad procedían aquellos siete varones, tan amantes de nuestra Señora.

Por último, me referiré a su espíritu de perfección Amaban a Dios sobre todas las cosas, a él dirigían, como pide el debido orden, todo cuanto hacían y le honraban con sus pensamientos, palabras y obras.

Una vez que tomaron la decisión de vivir en comunidad, y confirmado su propósito por inspiración divina, ya que nuestra Señora les impulsaba especialmente a este género de vida, fueron arreglando la situación de sus familias, dejándoles lo necesario y repartiendo lo demás entre los pobres. Después buscaron a varones prudentes, honestos y ejemplares y les participaron su propósito.

Subieron al monte Senario, edificaron en lo alto una casita y se fueron a vivir allí. Comenzaron a pensar que no sólo estaban allí para conseguir su santidad, sino que también debían admitir a otros miembros para acrecentar la nueva Orden que nuestra Señora había comenzado con ellos. Dispuestos a recibir a más hermanos, admitieron a algunos de ellos y así fundaron nuestra Orden. Nuestra Señora fue la principal artífice en la edificación de la Orden, fundada sobre la humildad de nuestros hermanos, construida sobre su caridad y conservada por su pobreza.

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LA MEDITACIÓN FRANCISCANA (III)
por Octaviano Schmucki, OFMCap

«Método» de la oración franciscana (I)

Hablar de método, es decir, de un modo racional de proceder en la práctica de la oración mental de san Francisco, puede parecer, a primera vista, una paradoja, pues ni los Escritos ni los biógrafos ofrecen ocasión alguna para deducir que él siguiera personalmente, o elaborase para otros, un sistema de meditación, como han hecho otros santos. Dicho procedimiento parecería en contradicción con la libertad evangélica a la que siempre se atuvo Francisco. Por «método», así, entre comillas, intento indicar simplemente algunas fases de la oración mental inherentes a la naturaleza humana, que Francisco no pudo descuidar, y que corresponden a su índole humano-religiosa, en lo que de ella conocemos.

Francisco, no obstante referirse a un caso particular, habla de «las cosas que consigo de Dios a fuerza de mucha oración y meditación» (LP 106). El contacto con Dios choca en el corazón del hombre contra la naturaleza sensible, atraída y desviada por muchos otros objetos.

El primer estadio fue el recogimiento. El biógrafo Tomás de Celano nos habla del esfuerzo de Francisco por apartar las distracciones durante la oración. También él tenía que empeñarse a fondo para verse libre de fantasías vanas y espantar las moscas fastidiosas de la distracción, antes de alcanzar una serena e intensa unión de su corazón con Dios. Francisco se sirvió de todos los medios a su alcance para favorecer el proceso de interiorización, por ejemplo, lugares solitarios, casi inaccesibles al hombre, una segunda celda dentro de la normal, con el fin de restringir al máximo el campo visual y el espacio vital, el silencio ambiental, vocal, evangélico y mental.

Otro estadio en el campo del desprendimiento lo constituyó el arrepentimiento de los pecados y negligencias cometidas. El episodio narrado por Celano acerca de la infusa «certeza del perdón de todos sus pecados», acaecido posiblemente en Poggio Bustone, manifiesta la postura típica del santo. La jaculatoria: «¡Oh Dios, sé propicio a mí, pecador!», repetida constantemente en aquella oración, podría indicarnos su costumbre habitual al acercarse a la Santidad infinita de Dios (cf. 1 Cel 26). Este elemento de compunción no sólo se encuentra en el Confiteor de la Carta a toda la Orden, sino incluso en el Cántico del Hermano Sol: «y ningún hombre es digno de hacer de Ti mención».

A todo esto seguía normalmente la consideración de un texto bíblico, o de un misterio divino, o de un acontecimiento o suceso de la jornada. Aunque sus Escritos no nos permiten sacar muchas deducciones al respecto, Francisco debía ser conocedor del procedimiento discursivo, pues no hubiera podido renunciar nunca a su naturaleza marcadamente poética. Por lo demás, falto de una cultura filosófico-teológica en sentido estricto, su procedimiento de meditación discursiva se movía más por asociación de ideas, a partir de ciertas afinidades, que por la lógica del razonamiento. Encontramos ejemplos muy significativos de este proceder en sus Admoniciones, y particularmente en la primera «acerca del Cuerpo de Cristo».

Es probable que esta fase discursiva se redujera e incluso desapareciera por completo, conforme iba progresando en la contemplación mística, pues sabemos que, con el tiempo, cualquier motivo era suficiente para conseguir inmediata y plenamente el diálogo con Dios. El hecho siguiente, transmitido por Celano, nos sirve de ejemplo y documenta esta afirmación: «Entre otras expresiones usuales en la conversación, no podía oír la del "amor de Dios" sin conmoverse hondamente. En efecto, al oír mencionar el amor de Dios, de súbito se excitaba, se impresionaba, se inflamaba, como si la voz que sonaba fuera tocara como un plectro la cuerda íntima del corazón... Solía decir: "Tenemos que amar mucho el amor del que nos ha amado mucho"» (2 Cel 196).

Como ha destacado muy bien el padre E. Grau, la devoción particular de Francisco al «Amor de Dios» no se refiere al amor que nosotros tenemos a Dios, sino al amor que Dios nos tiene. Si bien Francisco exhorta con frecuencia a amar a Dios con todas las fuerzas, comprende que los esfuerzos humanos son infinitamente inadecuados para alcanzar las exigencias de la meta propuesta. El hombre no debe presumir nunca de haber progresado suficientemente en el camino del amor, o de poseerlo sin más, como un fin conseguido. Como demuestra claramente la última frase citada, ejemplo típico de un pensamiento que él acostumbraba saborear noches enteras, era la condescendencia del amor divino, manifestada en la historia de la salvación, lo que le colmaba de alegría y admiración indecibles.

[Cf. Selecciones de Franciscanismo, vol. III, n. 7 (1974) 45-47]

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