miércoles, 15 de febrero de 2017

Año Cristiano Franciscano

DÍA 16 DE FEBRERO



BEATA FELIPA MARERI. Nació de la noble familia de los Mareri a finales del siglo XII cerca de Rieti (Italia). Tuvo la fortuna de ver y escuchar a san Francisco cuando el santo, de viaje por el Valle de Rieti, se hospedaba en casa de sus padres. Movida por el ejemplo de Francisco decidió consagrarse a Dios y, como sus familiares no aprobaban su propósito, huyó de casa y se refugió, con algunas compañeras, en una gruta de las montañas cercanas. Allí permaneció hasta que su sus hermanos le dieron, en 1228, el castillo de Borgo San Pietro (Abruzzo) y la iglesia aneja, donde se fue organizando la vida claustral siguiendo las normas y forma de vida que san Francisco había dado a las clarisas de San Damián. El mismo Francisco encomendó al beato Rogerio de Todi el cuidado espiritual del monasterio, en el que se oraba y se trabajaba, se hacía apostolado y se ayudaba a los pobres. Felipa murió el 16 de febrero de 1236.



BEATO JOSÉ ALLAMANO. Nació en Castelnuovo d'Asti (Piamonte, Italia) el año 1851, de familia campesina. Era sobrino de san José Cafasso y tuvo a san Juan Bosco de confesor y guía espiritual en Turín, donde ingresó en el seminario y, en 1873, recibió la ordenación sacerdotal. Era frágil de salud, pero inteligente y tenaz. Su primer destino fue el seminario diocesano. En 1880 fue nombrado rector de la Consolata, el santuario más querido de los turineses. Allí promovió el culto mariano, reabrió el convictorio sacerdotal anejo al santuario para fomentar la formación y santidad de los sacerdotes. Desde joven había sentido la vocación misionera y consideraba imprescindible avivar en la Iglesia el amor a las misiones. Con paciencia y tenacidad fue desarrollando su proyecto que desembocaría en una doble congregación: en 1901 nació el Instituto de la Consolata para las Misiones Extrajeras, y años más tarde, en 1910, comenzó el nuevo instituto de hermanas misioneras. Murió en Turín el año 1926, y lo beatificó Juan Pablo II en 1990.


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Santos Elías y compañeros mártires de Cesarea de Palestina. El año 309, en Cesarea de Palestina, en tiempo del emperador Galerio Maximiano y por obra del gobernador Firmiliano, fueron martirizados un grupo numeroso de cristianos. Elías, Jeremías, Isaías, Samuel y Daniel, cristianos de Egipto, que habían ido a Cilicia a confortar a sus hermanos en la fe condenados a trabajos forzados en las minas, fueron arrestados, confesaron su fe y se mantuvieron firmes en su fidelidad a Cristo, por lo que, después de sufrir crueles tormentos, fueron muertos a espada. Tras ellos y después de dos años de cárcel, recibieron la corona del martirio Pánfilo, sacerdote, Valente, diácono de Jerusalén, y Pablo, oriundo de la ciudad de Iammia. También fueron martirizados Porfirio, servidor de Pánfilo, Seleuco de Capadocia, Teódulo, antiguo siervo de la casa del gobernador Firmiliano, y Juliano de Capadocia; éste último, habiendo llegado a la ciudad después de un viaje, se acercó y besó los cuerpos de los mártires, por lo que fue denunciado como cristiano y el gobernador mandó que lo quemaran a fuego lento.

Santa Juliana. Nació en Nicomedia (hoy Izmit, en Turquía). Era la única cristiana de su familia y, cuando su padre quiso casarla con el gobernador, ella se negó si antes no se bautizaba él. Éste la acusó de ser cristiana y, por no ceder ella en su exigencia ni querer a apostatar de su fe, la sometió a crueles tormentos y la condenó a morir decapitada. Era hacia el año 305, en tiempo del emperador Maximiano. Posteriormente sus restos fueron trasladados a la región de Nápoles (Campania, Italia).

San Marutas. Fue obispo de Mayferkqat (Siria) en la frontera con el reino de Persia. Restableció la paz en la Iglesia, presidió el concilio de Seleucia, reconstruyó las iglesias destruidas durante la persecución del rey Sapor y llevó las reliquias de los mártires de Persia a la ciudad de su sede episcopal, que por eso se llamó en adelante Martirópolis. Murió entre los años 415 y 420.

Beato Mariano Arciero. Nació en Contursi (Italia) en 1707 de padres campesinos muy pobres. A los 8 años se puso al servicio de una familia como cuidador de cabras y cerdos. Con la ayuda de esa familia estudió en Nápoles, y recibió la ordenación sacerdotal en 1731. Catequista infatigable, pasaba muchas horas con los niños, recogiéndolos de las calles, enseñándoles e instruyéndolos en la fe. Siempre estaba dispuesto a atender a los pobres. Durante 30 años predicó sin descanso el Evangelio en el seminario, en el que trabajó, y en muchas iglesias de la región. Reservaba atención especial a la formación de los sacerdotes. Murió en Nápoles el 16-II-1788. Beatificado en 2012.

Beato Nicolás Paglia. Sacerdote de la Orden de Predicadores. Cuando estudiaba en Bolonia, se sintió atraído por la palabra vibrante de santo Domingo, de quien recibió el hábito y el encargo de la predicación, y al que acompañó en sus viajes apostólicos. Fue dos veces provincial de la provincia romana, y fundó los conventos de Perusa y de Trani. Era un hombre culto, y promovió el estudio de la Sagrada Escritura y la compilación de unas Concordancias bíblicas. Murió en Perusa el año 1256.



PARA TENER EL ESPÍRITU DE ORACIÓN Y DEVOCIÓN

Pensamiento bíblico:

Recuerda, Señor, que tu ternura y tu misericordia son eternas; no te acuerdes de los pecados ni de las maldades de mi juventud; acuérdate de mí con misericordia, por tu bondad, Señor (Salmo 24,6-7).

Pensamiento franciscano:

Oración de san Francisco ante el Crucifijo de San Damián: -Sumo, glorioso Dios, ilumina las tinieblas de mi corazón y dame fe recta, esperanza cierta y caridad perfecta, sentido y conocimiento, Señor, para que cumpla tu santo y verdadero mandamiento.

Orar con la Iglesia:

Demos gracias a Dios, nuestro Padre, y roguémosle que purifique nuestros corazones y los llene del Espíritu Santo.

-Danos vivir de toda palabra que sale de tu boca.

-Haz que busquemos la caridad no únicamente en los acontecimientos importantes, sino, ante todo, en la vida ordinaria.

-Haznos observar el ayuno y la austeridad que te agradan, compartiendo nuestro pan con los hambrientos.

-Concédenos llevar en nuestros cuerpos la muerte de tu Hijo, tú que nos has vivificado en su cuerpo.

Oración: Señor, fortalécenos con tu auxilio para que nos mantengamos en espíritu de conversión. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.

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QUÉ SIGNIFICA «ENTRAR EN LA CUARESMA»
Benedicto XVI, Ángelus del 10 de febrero de 2008

Queridos hermanos y hermanas:

Con el ayuno y el rito de imposición de la ceniza, hemos entrado en la Cuaresma. Pero, ¿qué significa "entrar en la Cuaresma"? Significa iniciar un tiempo de particular empeño en el combate espiritual que nos opone al mal presente en el mundo, en cada uno de nosotros y en torno a nosotros. Quiere decir mirar el mal cara a cara y disponerse a luchar contra sus efectos, sobre todo contra sus causas, hasta la causa última, que es Satanás. Significa no descargar el problema del mal en los demás, en la sociedad o en Dios, sino reconocer las propias responsabilidades y afrontarlo conscientemente.

A este propósito, resuena con mucha urgencia, para nosotros cristianos, la invitación de Jesús a que cada uno tome su "cruz" y lo siga con humildad y confianza (cf. Mt 16,24). La "cruz", por pesada que sea, no es sinónimo de desventura, de desgracia que hay que evitar lo más posible, sino de oportunidad para seguir a Jesús y así adquirir fuerza en la lucha contra el pecado y el mal. Por tanto, entrar en la Cuaresma significa renovar la decisión personal y comunitaria de afrontar el mal junto con Cristo. En efecto, el camino de la cruz es el único que conduce a la victoria del amor sobre el odio, del compartir con los demás sobre el egoísmo, de la paz sobre la violencia. Vista así, la Cuaresma es en verdad una ocasión de fuerte empeño ascético y espiritual, fundado en la gracia de Cristo.

Este año, el inicio de la Cuaresma coincide providencialmente con el 150° aniversario de las apariciones de Lourdes. Cuatro años después de la proclamación del dogma de la Inmaculada Concepción por parte del beato Pío IX, María se apareció por primera vez el 11 de febrero de 1858 a santa Bernardita Soubirous en la gruta de Massabielle. Siguieron luego otras apariciones, acompañadas de acontecimientos extraordinarios, y al final la Virgen santísima se despidió revelando a la joven vidente, en el dialecto local: «Yo soy la Inmaculada Concepción». El mensaje que la Virgen sigue difundiendo en Lourdes recuerda las palabras que Jesús pronunció precisamente al inicio de su misión pública, y que volvemos a escuchar muchas veces durante estos días de Cuaresma: «Convertíos y creed en el Evangelio», rezad y haced penitencia. Acojamos la invitación de María, que hace eco a la de Cristo, y pidámosle que nos obtenga "entrar" con fe en la Cuaresma, para vivir con alegría interior y empeño generoso este tiempo de gracia.

A la Virgen le encomendamos también a los enfermos y a cuantos los asisten amorosamente. En efecto, mañana, memoria de la Virgen de Lourdes, se celebra la Jornada mundial del enfermo. Saludo de todo corazón a los peregrinos que se reunirán en la basílica de San Pedro, guiados por el cardenal Lozano Barragán, presidente del Consejo pontificio para la pastoral de la salud. Lamentablemente, no podré encontrarme con ellos, porque esta tarde iniciaré los ejercicios espirituales, pero en el silencio y en el recogimiento oraré por ellos y por todas las necesidades de la Iglesia y del mundo. A cuantos quieran recordarme ante el Señor, les expreso desde ahora mi sincera gratitud.

En este primer domingo de Cuaresma, os animo a que os dejéis llevar sin temor por el Espíritu Santo para seguir más de cerca a Cristo en su camino hacia la Pascua. Pidamos a la Virgen María que interceda por nosotros, para que sepamos responder con generosidad a la llamada que Dios nos hace a la conversión y a la renovación de nuestra fe. ¡Feliz domingo!

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PURIFICACIÓN ESPIRITUAL
POR EL AYUNO Y LA MISERICORDIA
Del sermón 6,1-2 sobre la Cuaresma, de san León Magno

Siempre, hermanos, la misericordia del Señor llena la tierra, y la misma creación natural es, para cada fiel, verdadero adoctrinamiento que lo lleva a la adoración de Dios, ya que el cielo y la tierra, el mar y cuanto en ellos hay manifiestan la bondad y omnipotencia de su autor, y la admirable belleza de todos los elementos que le sirven está pidiendo a la criatura inteligente una acción de gracias.

Pero cuando se avecinan estos días, consagrados más especialmente a los misterios de la redención de la humanidad, estos días que preceden a la fiesta pascual, se nos exige, con más urgencia, una preparación y una purificación del espíritu.

Porque es propio de la festividad pascual que toda la Iglesia goce del perdón de los pecados, no sólo aquellos que nacen en el sagrado bautismo, sino también aquellos que, desde hace tiempo, se cuentan ya en el número de los hijos adoptivos.

Pues si bien los hombres renacen a la vida nueva principalmente por el bautismo, como a todos nos es necesario renovarnos cada día de las manchas de nuestra condición pecadora, y no hay nadie que no tenga que ser cada vez mejor en la escala de la perfección, debemos esforzarnos para que nadie se encuentre bajo el efecto de los viejos vicios el día de la redención.

Por ello, en estos días, hay que poner especial solicitud y devoción en cumplir aquellas cosas que los cristianos deben realizar en todo tiempo; así viviremos, en santos ayunos, esta Cuaresma de institución apostólica, y precisamente no sólo por el uso menguado de los alimentos, sino sobre todo ayunando de nuestros vicios.

Y no hay cosa más útil que unir los ayunos santos y razonables con la limosna, que, bajo la única denominación de misericordia, contiene muchas y laudables acciones de piedad, de modo que, aun en medio de situaciones de fortuna desiguales, puedan ser iguales las disposiciones de ánimo de todos los fieles.

Porque el amor, que debemos tanto a Dios como a los hombres, no se ve nunca impedido hasta tal punto que no pueda querer lo que es bueno. Pues, de acuerdo con lo que cantaron los ángeles: Gloria a Dios en el cielo, y en la tierra paz a los hombres que ama el Señor, el que se compadece caritativamente de quienes sufren cualquier calamidad es bienaventurado no sólo en virtud de su benevolencia, sino por el bien de la paz.

Las realizaciones del amor pueden ser muy diversas y, así, en razón de esta misma diversidad, todos los buenos cristianos pueden ejercitarse en ellas, no sólo los ricos y pudientes, sino incluso los de posición media y aun los pobres; de este modo, quienes son desiguales por su capacidad de hacer limosna son semejantes en el amor y afecto con que la hacen.

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LA MEDITACIÓN FRANCISCANA (II)
por Octaviano Schmucki, OFMCap

Fuentes preferidas de la meditación franciscana

El diálogo de Francisco con Dios Trino se alimentaba de la Sagrada Escritura. Francisco conocía con gran claridad el motivo de la dignidad incomparable del Libro de los Libros. En la introducción de su Carta a todos los Fieles afirma: «... me he propuesto anunciaros, por medio de las presentes letras y de mensajeros, las palabras de nuestro Señor Jesucristo, que es la Palabra del Padre, y las palabras del Espíritu Santo, que son espíritu y vida» (2CtaF 3).

La voz del Verbo divino resuena ininterrumpidamente en las palabras reveladas; en ellas está presente y operante la fuerza del Espíritu Santo. Por eso son «espíritu y vida» (Jn 6,64) para todo aquel que accede a las mismas con fe y amor. Esta visión, sorprendente en una persona que carecía de formación teológica, le llevó a exhortar con insistencia a sus hijos: «Retengamos, por consiguiente, las palabras, la vida y la doctrina y el santo evangelio de aquel que se dignó rogar por nosotros a su Padre...» (1 R 22,41).

Tomás de Celano nos informa de cómo y con qué espíritu se acercaba Francisco, a la Biblia: «Su ingenio, limpio de toda mancha, penetraba hasta lo escondido de los misterios, y su afecto de amante entraba donde la ciencia de los maestros no llegaba a entrar. Leía a las veces en los libros sagrados, y lo que confiaba una vez al alma le quedaba grabado de manera indeleble en el corazón. La memoria suplía a los libros; que no en vano lo que una vez captaba el oído, el amor lo rumiaba con devoción incesante. Decía que le resultaba fructuoso este método de aprender y de leer y no el de divagar entre un millar de tratados... Y aseguraba que quien, en el estudio de la Escritura, busca con humildad, sin presumir, llegará fácilmente del conocimiento de sí al conocimiento de Dios» (2 Cel 102).

Su actitud ante la Biblia, por tanto, no estaba motivada por una curiosidad intelectual, sino por un vivo deseo de encontrarse constantemente con el Señor en su palabra revelada. Su comprensión extraordinariamente profunda del mensaje divino no dependía de una preparación cultural específica, sino que era el resultado de su connaturalidad hacia el mensaje, por obra de su transparente pureza interior, de su vigilante escucha y de su intenso amor. Su lectio divina, «lección divina», aunque verosímilmente no leyó nunca todos los libros sagrados, fue, más que lectura, meditación prolongada, admiración extasiante y docilidad pronta a traducirse en práctica.

En estrecha conexión con la fuente primaria de la oración, la Biblia, se encuentran los misterios de la salvación. «Durante su enfermedad de la vista sufría tan grandes dolores, que un día le dijo un ministro: "Hermano, ¿por qué no dices a tu compañero que te lea algún pasaje de los profetas o algún otro capítulo de las Escrituras? Tu alma se recreará en el Señor y hallará gran consuelo". Sabía que se alegraba mucho en el Señor cuando escuchaba la lectura de las divinas Escrituras. Mas él respondió: "Hermano, siento todos los días tanta dulzura y consuelo en el recuerdo y meditación de la humildad manifestada en la tierra por el Hijo de Dios, que podría vivir hasta el fin del mundo sin mucha necesidad de escuchar o meditar otros pasajes de las Escrituras"» (LP 79; cf. 2 Cel 105).

Francisco atribuía una importancia preferente al fragmento evangélico de la misa del día. De hecho, en el Alverna, fray León, su compañero íntimo, «se dirigió a la celda que el bienaventurado Francisco empleaba habitualmente para su oración y descanso, a fin de leerle el evangelio de la misa del día. El bienaventurado Francisco, en efecto, cuando no podía acudir a la misa, quería oír el evangelio del día antes de la comida» (LP 87).

La creación, otra fuente de meditación para Francisco, exigiría un largo estudio monográfico. Entre los varios elementos resultaría que la «mística de la naturaleza» de san Francisco es fruto exquisito de su oración en contacto vivo con las criaturas, en las cuales contempla siempre la infinita grandeza y bondad del Creador.

[Cf. Selecciones de Franciscanismo, vol. III, n. 7 (1974) 43-45]

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