martes, 14 de febrero de 2017

Año Cristiano Franciscano


DÍA 15 DE FEBRERO

 

SAN CLAUDIO DE LA COLOMBIÈRE. Nació en 1641 en St-Symphorien d'Ozon (Francia). Ingresó en la Compañía de Jesús y pronto, en París, lo eligieron preceptor de los hijos de Colbert, ministro de Finanzas de Luis XIV. Ordenado de sacerdote, regresó a Lyon, donde se dedicó a la predicación y dirección de la Congregación Mariana. En 1675, fue nombrado rector del colegio de Paray-le-Monial; allí, en el monasterio de la Visitación, Margarita María de Alacoque vivía momentos difíciles en su misión de difundir la devoción al Corazón de Jesús. El P. La Colombière supo discernir los planes de Dios, y la apoyó y guió con acierto. Poco después, marchó a Londres como predicador de María Beatriz, esposa del duque de York, futuro rey, que era una católica en un entorno protestante. El encargo era delicadísimo, pero Claudio cumplió su cometido e instruyó en la fe a no pocas personas que habían abandonado la Iglesia romana. En 1678 fue acusado de conspiración papista, encarcelado y expulsado de Inglaterra. Enviado nuevamente a Paray, falleció el 15 de febrero de 1682.




BEATOS FEDERICO BACHSTEIN Y 13 COMPAÑEROS. El 13-X-2012 fueron beatificados los 14 franciscanos martirizados en Praga el 15 de febrero de 1611. Aquel día 15, una masa numerosa de gente, en su mayoría protestantes, asaltaron el convento y la iglesia, y en cuatro horas masacraron cruelmente a 14 de los 15 frailes que integraban la comunidad. Tan sangriento acontecimiento hay que situarlo en el contexto de las guerras de religión que enfrentaban a protestantes y católicos. Aquella era una comunidad franciscana verdaderamente internacional y estaba formada por religiosos de toda clase y condición. Estos son los mártires: Federico Bachstein, checo, sacerdote, vicario de la casa y maestro de novicios; Juan Martínez, español, sacerdote; Bartolomé Dalmasoni, italiano, sacerdote; Simón, francés, sacerdote; Cristóbal Zelt, holandés, hermano laico; Juan Didak, alemán, hermano laico; Manuel, checo, hermano laico; Juan Bodeo (o Rode), italiano, hermano laico; Jerónimo dei Conti Arese, italiano, diácono; Gaspar Bodeo (o Daverio), italiano, subdiácono; Santiago, alemán, de votos temporales; Clemente, alemán, de votos temporales; Juan, checo, novicio; Antonio, checo, novicio. [Más información]



BEATO MIGUEL SOPOCKO. Nació en un pueblo cerca de Vilna (Lituania) en 1888, y en 1914 recibió la ordenación sacerdotal. Fue confesor y padre espiritual de santa Faustina Kowalska desde 1933, y propagador del culto de la Divina Misericordia. Por sugerencia suya, la Santa describió en su "Diario" sus propias experiencias místicas; también, gracias a sus esfuerzos se pintó y difundió la primera imagen del Jesús Misericordioso con la frase «Jesús, confío en ti». El culto de la Divina Misericordia fue la idea clave de su vida, y envió a la Santa Sede y a la Conferencia Episcopal Polaca instancias para instituir la fiesta de la Divina Misericordia, cosa que hizo Juan Pablo II. En la I Guerra Mundial fue capellán del ejército polaco; en la II, ayudó a personas perseguidas por el régimen nazi, entre ellas varios judíos. Formó a muchos seminaristas y contribuyó a la fundación de la congregación de las Hermanas de Jesús Misericordioso y del Instituto Secular de la Divina Misericordia. Murió el 15 de febrero de 1975 en Bialystok (Polonia). Fue beatificado el año 2008.

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San Decoroso. Obispo de Capua, en la región de Campania (Italia), que murió algo después del año 680.

Santos Faustino y Jovita. Eran dos caballeros jóvenes, que se convirtieron al cristianismo, que estuvieron entre los primeros evangelizadores de la región de Brescia (Italia) y que, después de afrontar muchas peleas por la fe de Cristo, sufrieron el martirio en esta ciudad entre los años 120 y 134.

Santo Georgia. Según san Gregorio de Tours, esta virgen vivía a principios del siglo VI en Clermont-Ferrand (Francia), y se retiró a la soledad para llevar una vida más intensa de oración y de penitencia. Se desconoce el año exacto de su muerte.

Santos Isicio, sacerdote, Josipo, diácono de Roma, Zósimo, Baralo y la virgen Ágape, mártires en Antioquía de Siria en el siglo IV.

San Onésimo. Discípulo de san Pablo. Por su causa escribió el Apóstol la carta a Filemón que forma parte del Nuevo Testamento. Onésimo era esclavo de Filemón, que vivía en Colosas (Turquía), y después de haber causado algún daño a su amo, se fugó y fue a parar a Roma, donde conoció a san Pablo, quien lo convirtió al cristianismo y lo bautizó. El Apóstol lo devolvió a su dueño con la "carta a Filemón" en la que le pide que lo reciba como "hermano". Según una tradición, Onésimo fue obispo de Éfeso.

San Quinidio. Fue primero arcediano y luego obispo de la diócesis de Vaison (Francia), de donde era natural. Murió el año 578.

San Severo. Sacerdote de la iglesia de Santa María en Antrodoco, que antes se llamaba Interocrea, cerca de Rieti (Italia). Murió en el siglo VI y san Gregorio Magno lo recuerda como un hombre de vida admirable.

San Sigfrido. Obispo misionero, originario de Inglaterra, de donde se trasladó, a finales del siglo X, primero a Noruega y luego a Suecia pasando por Dinamarca. Al parecer fue el primer obispo de Skara (Suecia). Evangelizó a las gentes de los países escandinavos y su gran actividad misionera le mereció el sobrenombre de "apóstol de Suecia". Convirtió y bautizó al rey Olaf. Murió en Vaxjo (Suecia) el año 1045.

San Walfrido Della Gherardesca. Nació en Pisa (Italia), contrajo matrimonio y tuvo cinco hijos y una hija. Una vez criados sus hijos y con permiso de su esposa, decidió retirarse a la vida eremítica con unos compañeros; construyeron en Palazzuolo un monasterio, del que fue abad, dedicado a San Pedro, y adoptaron la Regla de San Benito. Más tarde levantaron cerca otro monasterio para sus esposas y otras parientes suyas. Murió en Palazzuolo (Toscana) hacia el año 765.

Beato Ángel Scarpetti. Nació en Borgo Sansepolcro (Toscana, Italia), y murió allí mismo el año 1306. En 1254 entró en un convento de Ermitaños que, dos años después, se pasó a la Orden de los Ermitaños de San Agustín. Se ordenó de sacerdote y ejerció el apostolado entre la gente más pobre y sencilla. De él se cuentan algunos episodios milagrosos, pero destacó sobre todo por su profunda humildad, su ardiente caridad, su pureza de alma y de cuerpo.

Beato Pedro Vallmitjana. Nació en Barcelona el año 1875. Profesó en los benedictinos de Montserrat en 1894, y fue ordenado sacerdote en 1901. Estuvo un tiempo en las misiones de Australia y después en Nápoles. En su monasterio dio clases a los colegiales y a los escolanos. Al inicio de la persecución religiosa se refugió en Barcelona. El 15 de febrero de 1937, los milicianos lo detuvieron y lo llevaron a la checa del Guinardó, donde fue sometido a escarnios brutales, y después a la de San Elías. Al cabo de unos ocho o diez días lo martirizaron en Sardañola del Vallés. Beatificado el 13-X-2013.



PARA TENER EL ESPÍRITU DE ORACIÓN Y DEVOCIÓN

Pensamiento bíblico:

Aclama al Señor, tierra entera, servid al Señor con alegría, entrad en su presencia con vítores. Entrad por sus puertas con acción de gracias, por sus atrios con himnos, dándole gracias y bendiciendo su nombre: «El Señor es bueno, su misericordia es eterna, su fidelidad por todas las edades» (Salmo 109).

Pensamiento franciscano:

Oración de san Francisco: «Omnipotente, santísimo, altísimo y sumo Dios, Padre santo y justo, por ti mismo te damos gracias, porque, por tu santa voluntad y por medio de tu único Hijo con el Espíritu Santo, creaste todas las cosas espirituales y corporales, y a nosotros, hechos a tu imagen y semejanza, nos pusiste en el paraíso» (1 R 23,1).

Orar con la Iglesia:

Proclamemos la grandeza de Cristo, lleno de gracia y del Espíritu Santo, y acudamos a él diciendo: Concédenos, Señor, tu Espíritu.

-Concédenos, Señor, un día lleno de paz, de alegría y de inocencia, para que, llegados a la noche, con gozo y limpios de culpa, podamos alabarte nuevamente.

-Que baje a nosotros tu bondad y haga prósperas las obras de nuestras manos.

-Muéstranos tu rostro propicio y danos tu paz, para que durante todo el día sintamos cómo tu mano nos protege.

-Mira con bondad a cuantos se han encomendado a nuestras oraciones, y enriquécelos con toda clase de bienes.

Oración: Señor, que tu gracia inspire, sostenga y acompañe nuestras obras, para que nuestro trabajo comience en ti, como en su fuente, y tienda siempre a ti, como a su fin. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.

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EL PECADO Y LA RECONCILIACIÓN
Benedicto XVI, Ángelus del 15 de febrero de 2009

Queridos hermanos y hermanas:

En estos domingos, el evangelista san Marcos ha ofrecido a nuestra reflexión una secuencia de varias curaciones milagrosas. Hoy nos presenta una muy singular, la de un leproso sanado (cf. Mc 1,40-45), que se acercó a Jesús y, de rodillas, le suplicó: «Si quieres, puedes limpiarme». Él, compadecido, extendió la mano, lo tocó y le dijo: «Quiero: queda limpio». Al instante se verificó la curación de aquel hombre, al que Jesús pidió que no revelara lo sucedido y se presentara a los sacerdotes para ofrecer el sacrificio prescrito por la ley de Moisés. Aquel leproso curado, en cambio, no logró guardar silencio; más aún, proclamó a todos lo que le había sucedido, de modo que, como refiere el evangelista, era cada vez mayor el número de enfermos que acudían a Jesús de todas partes, hasta el punto de obligarlo a quedarse fuera de las ciudades para que la gente no lo asediara.

Jesús le dijo al leproso: «Queda limpio». Según la antigua ley judía (cf. Lv 13-14), la lepra no sólo era considerada una enfermedad, sino la más grave forma de "impureza" ritual. Correspondía a los sacerdotes diagnosticarla y declarar impuro al enfermo, el cual debía ser alejado de la comunidad y estar fuera de los poblados, hasta su posible curación bien certificada. Por eso, la lepra constituía una suerte de muerte religiosa y civil, y su curación una especie de resurrección.

En la lepra se puede vislumbrar un símbolo del pecado, que es la verdadera impureza del corazón, capaz de alejarnos de Dios. En efecto, no es la enfermedad física de la lepra lo que nos separa de él, como preveían las antiguas normas, sino la culpa, el mal espiritual y moral. Por eso el salmista exclama: «Dichoso el que está absuelto de su culpa, a quien le han sepultado su pecado». Y después, dirigiéndose a Dios, añade: «Había pecado, lo reconocí, no te encubrí mi delito; propuse: "Confesaré al Señor mi culpa", y tú perdonaste mi culpa y mi pecado» (Sal 32,1.5).

Los pecados que cometemos nos alejan de Dios y, si no se confiesan humildemente, confiando en la misericordia divina, llegan incluso a producir la muerte del alma. Así pues, este milagro reviste un fuerte valor simbólico. Como había profetizado Isaías, Jesús es el Siervo del Señor que «cargó con nuestros sufrimientos y soportó nuestros dolores» (Is 53,4). En su pasión llegó a ser como un leproso, hecho impuro por nuestros pecados, separado de Dios: todo esto lo hizo por amor, para obtenernos la reconciliación, el perdón y la salvación.

En el sacramento de la Penitencia Cristo crucificado y resucitado, mediante sus ministros, nos purifica con su misericordia infinita, nos restituye la comunión con el Padre celestial y con los hermanos, y nos da su amor, su alegría y su paz.

Queridos hermanos y hermanas, invoquemos a la Virgen María, a quien Dios preservó de toda mancha de pecado, para que nos ayude a evitar el pecado y a acudir con frecuencia al sacramento de la Confesión, el sacramento del perdón, cuyo valor e importancia para nuestra vida cristiana hoy debemos redescubrir aún más.

Os invito a acoger la exhortación del apóstol san Pablo de hacerlo todo, más que por el propio interés, para la gloria de Dios y el bien de los demás, siguiendo así el ejemplo de Cristo. Nos acompaña en este camino la intercesión maternal de María santísima, siempre dócil a la voluntad del Señor.

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CANTEMOS AL SEÑOR EL CÁNTICO DEL AMOR
Del sermón 34, 1-3. 5-6, de san Agustín

Cantad al Señor un cántico nuevo, resuene su alabanza en la asamblea de los fieles. Se nos exhorta a cantar al Señor un cántico nuevo. El hombre nuevo sabe lo que significa este cántico nuevo. Un cántico es expresión de alegría y, considerándolo con más atención, es una expresión de amor. Por esto, el que es capaz de amar la vida nueva es capaz de cantar el cántico nuevo. Debemos, pues, conocer en qué consiste esta vida nueva, para que podamos cantar el cántico nuevo. Todo, en efecto, está relacionado con el único reino, el hombre nuevo, el cántico nuevo, el Testamento nuevo. Por ello el hombre nuevo debe cantar el cántico nuevo porque pertenece al Testamento nuevo.

Nadie hay que no ame, pero lo que interesa es cuál sea el objeto de su amor. No se nos dice que no amemos, sino que elijamos a quien amar. Pero, ¿cómo podremos elegir, si antes no somos nosotros elegidos? Porque, para amar, primero tenemos que ser amados. Oíd lo que dice el apóstol Juan: El nos amó primero. Si buscamos de dónde le viene al hombre el poder amar a Dios, la única razón que encontramos es porque Dios lo amó primero. Se dio a sí mismo como objeto de nuestro amor y nos dio el poder amarlo. El apóstol Pablo nos enseña de manera aún más clara cómo Dios nos ha dado el poder amarlo: El amor de Dios -dice- ha sido derramado en nuestros corazones. ¿Por quién ha sido derramado? ¿Por nosotros, quizá? No, ciertamente. ¿Por quién, pues? Por el Espíritu Santo que se nos ha dado.

Teniendo, pues, tan gran motivo de confianza, amemos a Dios con el amor que de él procede. Oíd con qué claridad expresa San Juan esta idea: Dios es amor y quien permanece en el amor permanece en Dios, y Dios en él. Sería poco decir: El amor es de Dios. Y ¿quién de nosotros se atrevería a decir lo que el evangelista afirma: Dios es amor? Él lo afirma porque sabe lo que posee.

Dios se nos ofrece en posesión. Él mismo clama hacia nosotros: «Amadme y me poseeréis, porque no podéis amarme si no me poseéis».

¡Oh, hermanos! ¡Oh, hijos de Dios! Germen de universalidad, semilla celestial y sagrada, que habéis nacido en Cristo a una vida nueva, a una vida que viene de lo alto, escuchadme, mejor aún, cantad al Señor, junto conmigo, un cántico nuevo. «Ya lo canto», me respondes. Sí, lo cantas, es verdad, ya lo oigo. Pero, que tu vida no dé un testimonio contrario al que proclama tu voz.

Cantad con la voz y con el corazón, con la boca y con vuestra conducta: Cantad al Señor un cántico nuevo. ¿Os preguntáis qué alabanzas hay que cantar de aquel a quien amáis? Porque, sin duda, queréis que vuestro canto tenga por tema a aquel a quien amáis. ¿Os preguntáis cuáles son las alabanzas que hay que cantar? Habéis oído: Cantad al Señor un cántico nuevo. ¿Os preguntáis qué alabanzas? Resuene su alabanza en la asamblea de los fieles. Su alabanza son los mismos que cantan. ¿Queréis alabar a Dios? Vivid de acuerdo con lo que pronuncian vuestros labios. Vosotros mismos seréis la mejor alabanza que podáis tributarle, si es buena vuestra conducta.

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LA MEDITACIÓN FRANCISCANA (I)
por Octaviano Schmucki, OFMCap

Naturaleza de la meditación franciscana

Ante todo, hemos de constatar el hecho innegable de que Francisco, ya desde los inicios de su conversión, se dedicaba con frecuencia y prolongadamente a la oración mental. A su regreso de Espoleto, cuando aún vivía en casa de su padre, encontrándose en cierta ocasión con sus compañeros de fiestas, experimentó de repente la dulzura divina: «Y sucedió que súbitamente lo visitara el Señor, y su corazón quedó tan lleno de dulzura, que ni podía hablar, ni moverse, ni era capaz de sentir ni de percibir nada, fuera de aquella dulcedumbre. Y quedó de tal suerte enajenado de los sentidos, que, como él dijo más tarde, aunque lo hubieran partido en pedazos, no se hubiera podido mover del lugar» (TC 7).

Y añade la misma fuente: «Desde aquel momento..., apartándose poco a poco del bullicio del siglo, se afanaba por ocultar a Jesucristo en su interior, y... se retiraba frecuentemente y casi a diario a orar en secreto. A ello le instaba, en cierta manera, aquella dulzura que había pregustado, y que lo visitaba con frecuencia y, estando en plazas u otros lugares, lo arrastraba a la oración» (TC 8).

Notemos ya desde ahora el concepto maravilloso que Francisco tenía de la oración: con ella acogía en su interior a Jesucristo. El lector podrá advertir también el nexo existente entre la gracia mística al sentir la irresistible dulzura divina y la predilección por la oración en el recogimiento. En este sentido, meditar significa gustar de la dulzura de Dios presente en nosotros.

Es interesante recordar otro pasaje de la Leyenda de los Tres Compañeros, que se refiere también a este primer período: «Transformado hacia el bien después de su visita a los leprosos, decía a un compañero suyo, al que amaba con predilección y a quien llevaba consigo a lugares apartados, que había encontrado un tesoro grande y precioso. Lleno de alegría este buen hombre, iba de buen grado con Francisco cuantas veces éste lo llamaba. Francisco lo llevaba muchas veces a una cueva cerca de Asís, y, dejando afuera al compañero que tanto anhelaba poseer el tesoro, entraba él solo; y, penetrado de nuevo y especial espíritu, suplicaba en secreto al Padre, deseando que nadie supiera lo que hacía allí dentro, sino sólo Dios, a quien consultaba asiduamente sobre el tesoro celestial que había de poseer» (TC 12).

Dadas las circunstancias de vida en las que se encontraba entonces, Francisco oró insistentemente y de forma particular para que la bondad paternal de Dios le revelase el camino a seguir en el futuro.

Por su parte, san Buenaventura nos refiere cómo se ejercitaba la primitiva fraternidad en la práctica de la oración: «Se entregaban allí [en el tugurio de Rivotorto] de continuo a las preces divinas, siendo su oración devota más bien mental que vocal, debido a que todavía no tenían libros litúrgicos para poder cantar las horas canónicas. Pero en su lugar repasaban día y noche con mirada continua el libro de la cruz de Cristo, instruidos con el ejemplo y la palabra de su Padre, que sin cesar les hablaba de la cruz de Cristo» (LM 4,3).

Significativo resulta el concepto de oración, tal como se transparenta en algunos textos de los Escritos. En un fragmento de la Primera Regla, Francisco percibe la oración en el hecho de que «el hombre dirija la mente y el corazón a Dios» y advierte el peligro de que «nuestra mente y nuestro corazón se aparten del Señor» (cf. 1 R 22,25-26). Nos hallamos ante una intuición espiritual muy profunda. La oración digna de este nombre no puede agotarse en una retahíla de palabras sin participación del espíritu, «como hacen los paganos, que se figuran que por su palabrería van a ser escuchados» (Mt 6,7), o en la reflexión teórica sobre Dios, ni siquiera en un afecto piadoso pasajero. Por el contrario, orar es el encuentro personal del hombre con Dios al nivel de aquella profundidad del alma que los místicos llaman «ápice de la mente», «hondón del alma» o, con palabras más accesibles a la mentalidad moderna, centro de la personalidad humana.

Llegados a este punto, hemos de tener presente el hecho de que Francisco vivió de manera sorprendente el misterio de la Santísima Trinidad. «Y hagámosle siempre allí [en el corazón y la mente] habitación y morada a aquél que es Señor Dios omnipotente, Padre e Hijo y Espíritu Santo» (1 R 22,27). Por ser el centro de nuestra persona y el lugar donde se da cita y se realiza el encuentro del hombre con Dios Trino, Francisco se esforzaba en que su oración mental estuviera unida a una búsqueda continua de soledad. Pretendía con ello crear un clima más favorable para penetrar en dicha profundidad y encontrar en su corazón a Aquel a quien alaba.

[Cf. Selecciones de Franciscanismo, vol. III, n. 7 (1974) 41-43]

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