domingo, 12 de febrero de 2017

Año Cristiano Franciscano


DÍA 13 DE FEBRERO

 

BEATO JORDÁN DE SAJONIA. Nació en Burgherg (Westfalia) en torno al año 1175 o 1185, hijo de los condes de Ebernstein. Estudió en la Universidad de París, y era ya maestro en artes y bachiller en teología cuando, en 1220, se encontró allí con santo Domingo. La palabra y el ejemplo del Santo lo convenció, y no tardó en vestir el hábito de los dominicos. El fundador de la Orden de Predicadores murió en agosto de 1221, y el capítulo general celebrado en París el año 1222 lo eligió como sucesor suyo al frente de la Orden. Es una de las grandes figuras de su Orden, contribuyó grandemente a su difusión y supo transmitir a la posteridad las líneas esenciales de la espiritualidad de Domingo y los rasgos que caracterizan a su familia religiosa. Fue hombre de palabra elocuente, tierno corazón y celo apasionado por llevar a todos el amor de Cristo. Peregrinó a Tierra Santa; a su regreso, la nave naufragó frente a las costas de Siria y él murió ahogado; era el 13 de febrero de 1237.

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San Benigno. Nació en Todi (Umbría, Italia), donde, por su rectitud y bondad, fue ordenado de sacerdote, y allí mismo sufrió el martirio a comienzos del siglo IV en la persecución de Diocleciano y Maximiano.

San Castor de Aquitania. En el siglo IV, estudió en Tréveris en la escuela del obispo san Maximino, quien lo ordenó de sacerdote para su diócesis. Después, a fin de llevar vida eremítica, se retiró a Karden, junto al río Mosela, y tuvo algunos discípulos en la región de Tréveris (Alemania).

San Esteban de Lyon. Fue obispo de esta ciudad francesa, y murió el año 515.

San Esteban de Rieti. Fue abad en el del siglo VI de un monasterio de esta ciudad italiana y, según el testimonio de san Gregorio Magno, destacó por su admirable paciencia.

San Fulcrano. Nació en Lodève (Narbona, Francia) y de su educación se cuidó el obispo diocesano, quien lo adscribió a su clero y lo ordenó de sacerdote. Al quedar vacante la sede en el 999, fue elegido obispo. Visitó la diócesis, destacó por su gran caridad para con los pobres y su celo por el culto divino, emprendió la construcción de una nueva catedral y, junto a ella, de un monasterio, se opuso a la tiranía del conde de Lodève y defendió la libertad de la Iglesia. Murió el año 1006.

San Gilberto. Fue obispo de Meaux, antigua capital de la región de Brie (Francia), y murió el año 1009.


San Gosberto. Discípulo de san Óscar, fue consagrado obispo misionero para los suebos. En una persecución de los páganos fue expulsado de su territorio, y entonces fijó su sede en Osnabrück (Westfalia, Alemania). Murió el año 874.

San Guimérra. Obispo de Carcasona (Francia), que murió el año 931.

San Martiniano. Fue ermitaño en Cesarea de Palestina, de donde era natural, y murió en Atenas hacia el año 398.

San Pablo Le-Van-Loc. Es uno de los 117 mártires de Vietnam que, encabezados por san Andrés Dung Lag (24 de noviembre), fueron canonizados por Juan Pablo II en 1988. Era vietnamita, sacerdote diocesano, y fue decapitado, bajo el emperador Tu Duc, el año 1859, a las puertas de la ciudad de Thi-Nghe.

San Pablo Liu Hanzuo. Nació en China, de una familia cristiana, y de joven se dedicó a la guarda del ganado. Guiado por su misionero, ingresó en el seminario y fue ordenado de sacerdote cuando tenía unos treinta años. Fue un pastor de almas amable, modesto y sencillo, que redobló su celo al llegar la persecución. Encarcelado y azotado, le prometieron la libertad si pagaba un rescate, pero no pudo reunir el dinero requerido. Ante el mandarín confesó que era cristiano y sacerdote. Murió estrangulado en Tog-Kiao-Tchang el año 1818.

Beata Cristina de Espoleto. De joven llevó una vida poco ordenada. Estuvo casada dos veces y entre ambos matrimonios tuvo un hijo extramatrimonial. El asesinato del segundo marido la hizo reflexionar y se convirtió a una vida de penitencia y oración, a la vez que se puso al servicio de los enfermos y de los pobres. Peregrinó a Roma y a Asís, y vistió el hábito de las terciarias seglares agustinas. Murió en Espoleto (Umbría, Italia) el año 1458.

Beata Eustoquio (Lucrecia) Bellini. Nació en Padua el año 1444, hija de una monja y un caballero. Se crió en el convento y desde niña tuvo una vida atormentada, como si estuviera poseída por demonios. Cambiadas por el obispo las religiosas del monasterio, les pidió abrazar su vida, e hizo la profesión solemne como benedictina en 1465. Con invencible paciencia y gran espíritu de expiación soportó las contradicciones de su vida, teniendo ante los ojos la Pasión del Señor. Murió el año 1469.



PARA TENER EL ESPÍRITU DE ORACIÓN Y DEVOCIÓN

Pensamiento bíblico:

Dijo Jesús: -Bienaventurados seréis cuando os injurien, y os persigan y digan con mentira toda clase de mal contra vosotros por mi causa. Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en los cielos; pues de la misma manera persiguieron a los profetas anteriores a vosotros (Mt 5,11-12).

Pensamiento franciscano:

De la Carta de san Francisco a sus Custodios: -Os ruego que supliquéis humildemente a los clérigos que veneren sobre todas las cosas el santísimo Cuerpo y Sangre de nuestro Señor Jesucristo y sus santos nombres y sus palabras escritas que consagran el Cuerpo. Los cálices, los corporales, los ornamentos del altar y todo lo que concierne al sacrificio, deben tenerlos preciosos (1CtaCus 2-3).

Orar con la Iglesia:

Oremos a Dios Padre, para que colme de felicidad a quienes viven las bienaventuranzas proclamadas por su Hijo.

-Por la Iglesia: para que sea a los ojos del mundo imagen de la nueva humanidad prometida por Cristo.

-Por los que ejercen la autoridad y el poder: para que trabajen por la paz, fruto de la justicia, y protejan en particular a los débiles y desvalidos.

-Por los pobres, los enfermos, los que tienen hambre, los perseguidos...: para que puedan experimentar el consuelo, la hartura y la recompensa de Dios.

-Por todos los cristianos: para que a ejemplo de los santos vivamos las bienaventuras que ellos supieron encarnaron.

Oración: Escucha, Señor, nuestras súplicas y concédenos bondadoso lo que te pedimos. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.

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LAS BIENAVENTURANZAS
Benedicto XVI, Ángelus del 14 de febrero de 2010

Queridos hermanos y hermanas:

El año litúrgico es un gran camino de fe, que la Iglesia realiza siempre precedida por la Virgen Madre María. En los domingos del tiempo ordinario, este itinerario está marcado este año por la lectura del Evangelio de san Lucas, que hoy nos acompaña «en un paraje llano» (Lc 6,17), donde Jesús se detiene con los Doce y donde se reúne una multitud de otros discípulos y de gente llegada de todas partes para escucharlo. En ese marco se sitúa el anuncio de las "Bienaventuranzas" (Lc 6,20-26; cf. Mt 5,1-12). Jesús, levantando los ojos hacia sus discípulos, dice: «Dichosos los pobres... Dichosos los que ahora tenéis hambre... Dichosos los que lloráis... Dichosos vosotros cuando los hombres... proscriban vuestro nombre» por mi causa.

¿Por qué los proclama dichosos? Porque la justicia de Dios hará que sean saciados, que se alegren, que sean resarcidos de toda acusación falsa, en una palabra, porque ya desde ahora los acoge en su reino. Las Bienaventuranzas se basan en el hecho de que existe una justicia divina, que enaltece a quien ha sido humillado injustamente y humilla a quien se ha enaltecido (cf. Lc 14,11). De hecho, el evangelista san Lucas, después de los cuatro «dichosos vosotros», añade cuatro amonestaciones: «Ay de vosotros, los ricos... Ay de vosotros, los que ahora estáis saciados... Ay de vosotros, los que ahora reís» y «Ay si todo el mundo habla bien de vosotros», porque, como afirma Jesús, la situación se invertirá, los últimos serán primeros y los primeros últimos (cf. Lc 13,30).

Esta justicia y esta bienaventuranza se realizan en el "reino de los cielos" o "reino de Dios", que tendrá su cumplimiento al final de los tiempos, pero que ya está presente en la historia. Donde los pobres son consolados y admitidos al banquete de la vida, allí se manifiesta la justicia de Dios. Esta es la tarea que los discípulos del Señor están llamados a realizar también en la sociedad actual. Pienso en la realidad del albergue de la Cáritas romana en la estación Termini, que visité esta mañana: de corazón animo a quienes colaboran en esta benemérita institución y a cuantos, en todas partes del mundo, se comprometen gratuitamente en obras similares de justicia y de amor.

Al tema de la justicia he dedicado este año el Mensaje de la Cuaresma, que comenzará el miércoles llamado de Ceniza. El Evangelio de Cristo responde positivamente a la sed de justicia del hombre, pero de modo inesperado y sorprendente. Jesús no propone una revolución de tipo social y político, sino la del amor, que ya ha realizado con su cruz y su resurrección. En ellas se fundan las Bienaventuranzas, que proponen el nuevo horizonte de justicia, inaugurado por la Pascua, gracias al cual podemos ser justos y construir un mundo mejor.

Queridos amigos, dirijámonos ahora a la Virgen María. Todas las generaciones la proclaman "dichosa", porque creyó en la buena noticia que el Señor le anunció (cf. Lc 1,45.48). Dejémonos guiar por ella en el camino de la Cuaresma, para ser liberados del espejismo de la autosuficiencia, reconocer que tenemos necesidad de Dios, de su misericordia, y entrar así en su reino de justicia, de amor y de paz.

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DICHOSOS LOS QUE PUDIERON
HOSPEDAR AL SEÑOR EN SU PROPIA CASA
San Agustín, Sermón 103 (2-5.6)

Marta y María eran dos hermanas, unidas no sólo por el parentesco de sangre, sino también por sus sentimientos de piedad; ambas estaban estrechamente unidas al Señor, ambas le servían durante su vida mortal con idéntico fervor. Marta lo hospedó, como se acostumbra a hospedar a un peregrino cualquiera. Pero, en este caso, era una sirvienta que hospedaba a su Señor, una enferma al Salvador, una criatura al Creador. Le dio hospedaje para alimentar corporalmente a aquel que la había de alimentar con su Espíritu. Pero que nadie de nosotros diga: «Dichosos los que pudieron hospedar al Señor en su propia casa». No te sepa mal, no te quejes por haber nacido en un tiempo en que ya no puedes ver al Señor en carne y hueso; esto no te priva de aquel honor, ya que el mismo Señor afirma: Cada vez que lo hicisteis con uno de éstos, mis humildes hermanos, conmigo lo hicisteis.

Marta, mientras disponía y preparaba la mesa del Señor, se multiplicaba para dar abasto con el servicio; su hermana María prefirió ser alimentada por el Señor. Abandonó en cierto modo a su hermana que se afanaba, ocupada en una multitud de servicios, se sentó a los pies del Señor y escuchaba atenta su palabra. Con oído fidelísimo había oído decir: Vacad, reconoced que yo soy Dios. Aquélla se turbaba, ésta se alimentaba; aquélla se afanaba en muchas cosas, ésta se concentraba en una sola. Interpela Marta a su huésped y pone ante el juez la demanda de sus piadosas quejas: que su hermana la ha dejado sola con el servicio y no se ha dignado echarle una mano en el trabajo de la casa. Como María, aunque presente, no responde, el Señor dicta la sentencia. ¿Y qué es lo que dice? Marta, Marta. La repetición del nombre es indicio de amor o también una invitación a prestar atención. De hecho, para que escuche con mayor atención, la llama dos veces. Marta, Marta, escucha: Tú te ocupas de tantas cosas, cuando basta con una, es decir, sólo una es necesaria, y es la que ha escogido María.

María ha escogido la parte mejor. La tuya, Marta, no es mala, pero la suya es mejor. ¿Por qué es mejor? Porque no se la quitarán. Y esto es lo que ha elegido María: allí seremos nosotros alimentados, no tendremos que alimentar a los demás. Por esto, allí alcanzará su plenitud y perfección lo que aquí ha elegido María, la que recogía las migajas de la mesa opulenta de la palabra del Señor. ¿Quieres saber lo que allí ocurrirá? Dice el mismo Señor, refiriéndose a sus siervos: Os aseguro que los hará sentar a la mesa y pasará y les servirá. ¿Qué significa "pasará y les servirá"? Primero pasa y luego sirve. Pero ¿dónde? En aquel banquete celestial, del que dice: Os digo que vendrán muchos de oriente y occidente y se sentarán con Abrahán, Isaac y Jacob en el reino de los cielos. Allí es el Señor el que alimenta, pero antes pasa por aquí, pues como sabéis, Pascua significa tránsito. Vino el Señor: hizo cosas divinas, padeció las humanas. Pasó. Pues así habla el evangelio, cuando Jesús celebró la Pascua con sus discípulos. ¿Qué es lo que dice el evangelio? Sabiendo Jesús que había llegado la hora de pasar de este mundo al Padre... Así pues, pasó él para alimentarnos; sigámosle nosotros para ser alimentados.

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DE LAS SANTÍSIMAS PALABRAS
AL SANTÍSIMO CUERPO Y SANGRE DEL SEÑOR
por José Álvarez, OFM

San Francisco no era ni un teólogo ni un especialista en la Biblia, pero sabía muy bien que la omnipotencia de Dios está en su Palabra. Por medio de ella hizo todas las cosas y reconcilió consigo todo lo creado. La Palabra suya basta para salvarnos. Se encarnó, se encarna y se ofrece al creyente en el admirable sacramento de la Eucaristía reencarnado. La Palabra es el sacramento audible; la Eucaristía es presencia creíble y adorable. Y esta maravilla, efecto de la Palabra, fue uno de los artículos de la fe de Francisco de Asís. «Sabemos -escribe el Santo- que no puede existir el Cuerpo, si primero no es consagrado por la Palabra» (CtaCle 2). Desde esa fe, sencilla pero profunda, adoraba y decía: «A ninguno de nosotros quepa la menor duda de que ninguno puede salvarse sino por las santas Palabras y la Sangre de nuestro Señor Jesucristo que los sacerdotes pronuncian, proclaman y administran» (2CtaF 34).

Sabemos el impacto que causó en san Francisco el encuentro con la Palabra aquel 24 de febrero de 1208, en la iglesita de la Porciúncula, mientras escuchaba la santa misa. Aquel evangelio-Palabra de Dios, y explicación del sacerdote, escuchado con fe, como dirigido a él personalmente, le transformó, le recreó, le «transustanció». Su vida, en adelante, será hacer biografía ese evangelio; su vocación y misión, ser evangelio viviente; su actitud existencial, la misma del profeta Samuel: «Habla, Señor, que tu siervo escucha» (1 Sam 3,9).

San Francisco es testigo de una experiencia personal y de una situación ambiental histórica; por eso, para comprender los textos que referimos hay que situarlo en un contexto, el de los siglos XII-XIII, y en el clima conciliar y postconciliar del IV Concilio de Letrán (1215). Su fe y su actitud contrastan con las de muchos fieles y clérigos de su tiempo, a los que trató de llegar el Concilio con plurales y oportunas disposiciones doctrinales y disciplinares. No es probable que san Francisco asistiera al Concilio, pero es segurísimo que estaba bien informado de tales disposiciones conciliares sobre la reforma de la Iglesia en general y del tema eucarístico en particular, al que dedica el Concilio nada menos que 70 cánones. Francisco, obediente y sumiso, siempre a los pies de la Iglesia y de la Jerarquía, respondió y se sumó con toda su Orden, incluidas las Clarisas, a la cruzada eucarística y reformadora propuesta por el Concilio lateranense.

Pero Francisco estaba convencido de que las reformas no se hacen ni se consiguen por decreto. Tampoco basta con conocer las lacras, denunciarlas y condenarlas.

Frente a los excesos y ciertas situaciones delicadas que se detectaban en el ambiente eclesial, y más concretamente entre la Jerarquía, en tiempo de Francisco, surgieron cristianos, incluso de buena voluntad, con las mejores intenciones de reformar la Iglesia y esa Jerarquía; pero les pudo la crítica negativa y violenta que les llevó primero al enfrentamiento y finalmente a la excomunión de la Iglesia. No faltaron tampoco quienes intentaban mantener la buena imagen de la Iglesia a fuerza de maquillajes inútiles.

Francisco intuyó que la única forma correcta de reformar la Iglesia y sanear el ambiente era amando esa Iglesia, pecadora, pero santa; obedeciendo y amando su Jerarquía, necesitada también ella de conversión, pero en la que no quería considerar pecado por ver en cada uno de sus miembros al Hijo de Dios (cf. Test 9-10); exponiendo con sencillez y claridad la doctrina conciliar; actuando con espíritu evangélico y coherencia la enseñanza que predicaban.

El estilo de Francisco no era comenzar polemizando, denunciando o acusando a nadie, sino advirtiendo, exhortando y suplicando, dejando el milagro a la gracia: «Yo, el hermano Francisco, pequeñuelo y siervo, os ruego y suplico en la caridad que es Dios, que os sintáis obligados a acoger, poner por obra y guardar con humildad y amor estas palabras y las demás de nuestro Señor Jesucristo» (2CtaF 87-88).

Desde esta postura humilde se dirige a los hermanos de la Orden, y en particular a todos los sacerdotes, para advertirles de ciertos excesos y abusos en su proceder. Les hace saber que él mismo, barriendo las iglesias pobrecillas y abandonadas, ha encontrado por el suelo pisoteados los nombres del Señor y sus palabras escritas, y en mal estado y lugares indecorosos las formas consagradas (cf. CtaCle 5-6). Y con suma delicadeza, sin excluirse él, aun sabiéndose inocente, prorrumpe con lágrimas en los ojos: «¿No nos movemos a compasión y ternura pensando estas cosas? Corrijamos, pues, prontamente estas cosas y otras semejantes, y donde se encuentre colocado y abandonado indebidamente el Cuerpo de nuestro Señor Jesucristo, retírese de allí y póngase y custódiese en sitio precioso. De igual modo los nombres y palabras escritas del Señor, donde se encuentren en lugares no limpios, recójanse y colóquense en sitio decoroso» (CtaCle 10-12).

Cuando Francisco levanta acta de estos episodios y situaciones, existía aún en el clero y pueblo un elevado déficit de fe en la presencia real de Cristo en las especies eucarísticas, y un enorme superávit de ignorancia, como les hace saber el Santo en una carta a todos los clérigos: «Reparemos todos los clérigos en el gran pecado de ignorancia en el que incurren algunos sobre el santísimo Cuerpo y Sangre de nuestro Señor Jesucristo y sobre los santísimos nombres y sus palabras escritas. Sabemos que no puede existir el Cuerpo, si previamente no ha sido consagrado por la palabra» (CtaCle 1-2). Esta convicción profunda la manifiesta Francisco con estas palabras: «Nada, en efecto, tenemos ni vemos corporalmente en este mundo del mismo Altísimo, sino el Cuerpo y Sangre, los nombres y las palabras, por las que hemos sido hechos y redimidos de la muerte a la vida» (CtaCle 3).

[Cf. Santuario (Arenas de San Pedro), n. 122, julio-agosto de 1998, pp. 5-6]



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