sábado, 11 de febrero de 2017

Año Cristiano Franciscano


DÍA 12 DE FEBRERO

 

SANTOS MÁRTIRES DE ABITINA. San Saturnino, presbítero, y sus compañeros sufrieron el martirio el año 304 en Cartago, durante la persecución de Diocleciano. De ellos decía Benedicto XVI el 29-V-05: «En Abitina, pequeña localidad de la actual Túnez, 49 cristianos fueron sorprendidos un domingo mientras, reunidos en la casa de Octavio Félix, celebraban la Eucaristía desafiando así las prohibiciones imperiales. Tras ser arrestados fueron llevados a Cartago para ser interrogados por el procónsul Anulino. Fue significativa, entre otras, la respuesta que un cierto Emérito dio al procónsul que le preguntaba por qué habían transgredido la severa orden del emperador. Respondió: "Sine dominico non possumus"; es decir, sin reunirnos en asamblea el domingo para celebrar la Eucaristía no podemos vivir. Nos faltarían las fuerzas para afrontar las dificultades diarias y no sucumbir. Después de atroces torturas, estos 49 mártires de Abitina fueron asesinados. Así, con la efusión de la sangre, confirmaron su fe. Murieron, pero vencieron; ahora los recordamos en la gloria de Cristo resucitado».




SAN BENITO DE ANIANO. Nació hacia el año 750 de una noble familia visigoda del sur de Francia, y le pusieron de nombre Witiza. Se educó en la corte del rey Pipino el Breve, se integró en el ejército de Carlomagno y, hacia el final de su vida, fue consejero y colaborador religioso de Ludovico Pío. Las experiencias vividas en la guerra contra los longobardos lo llevaron a cambiar el rumbo de su vida. Regresó a Francia e ingresó en el monasterio de Saint-Seine, cerca de Dijon, en el que se entregó a una vida austera y mortificada en extremo, incomprendida por sus hermanos. Se marchó para llevar vida eremítica junto al río Aniano, cerca de Montpellier. Fundó un monasterio para el que adoptó la Regla de San Benito y que fue un éxito, por lo que fundó más, a la vez que otros monasterios adoptaban la misma Regla. Fomentó en los monjes la predicación del Evangelio y la renovación de la liturgia romana. Pasó sus últimos años en el monasterio de Cornelimünster, cerca de la residencia imperial de Aquisgrán, en el que murió el año 821. Tuvo un papel decisivo en la renovación de la vida monástica occidental.

BEATO JOSÉ GASSOL

BEATO JOSÉ GASSOLBEATO JOSÉ GASSOL. Nació en Solivella, provincia de Tarragona (España), en 1915. De niño ingresó en el seminario de Tarragona, en el que destacó por su piedad, humildad y mortificación. Le faltaba un curso para terminar la carrera sacerdotal cuando estalló la guerra civil. Sus padres le preguntaron qué pensaba hacer, y él contestó que estaba decidido a continuar confiado en Dios. El 25-VII-1936 los carabineros expulsaron a los seminaristas. Camino de su pueblo, fue detenido y encarcelado en Lérida, de donde pasó a un buque-prisión de Tarragona. Puesto en libertad, marchó a casa de sus padres. El 12 de febrero de 1937, después de rezar en familia el rosario, un grupo de milicianos le fueron a buscar porque era seminarista. Les siguió sin oponer ningún reparo. Se lo llevaron a la fonda del pueblo, y allí, junto con siete personas más, les obligaron a subir a un camión atados de dos en dos. Llegados al término de Sarral, los fusilaron junto a una zanja abierta de antemano. Tenía 21 años. Beatificado el 13-X-2013.

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San Antonio Cauleas. Nació en Constantinopla y de muy joven ingresó en el monasterio del que llegaría a ser abad. El año 888 fue elegido patriarca de Constantinopla, cuando esta Iglesia estaba viviendo momentos de gran confusión y división por el enfrentamiento entre los partidarios de los anteriores patriarcas, depuestos por el emperador, san Ignacio y Focio. San Antonio trabajó con empeño para consolidar la paz y la unidad de la Iglesia. Murió el año 901.

San Ludano. Era un noble escocés que empleó la herencia paterna en la construcción de un hospital. Luego resolvió visitar las tumbas de los Apóstoles en Roma y los santos lugares de Tierra Santa. De camino, cayó enfermo y murió en Northeim (Alsacia) el año 1202.

San Melecio. De familia armenia, fue primero obispo de Sebaste. Luego se retiró a la vida eremítica, hasta que fue elegido obispo de Antioquía. Sufrió varias veces el exilio por mantener la fe católica definida en el Concilio de Nicea, frente a los arrianos. Presidió el Concilio I de Constantinopla y, durante el mismo, falleció el año 381. San Gregorio de Nisa pronunció su oración fúnebre, y san Juan Crisóstomo y san Gregorio Nacianceno celebraron sus virtudes, su fidelidad a la ortodoxia y su carácter conciliador.

Beata Humbelina. Hermana de san Bernardo. Contrajo matrimonio con un joven de la nobleza lorena y no tardó en convertirse en señora del castillo de Fontaines, en el que ella había nacido. No tuvo descendencia. Fue a visitar a su hermano al monasterio de Claraval, y él no quiso recibirla por el boato y lujo de que iba rodeada. Ella le pidió que la recibiera al menos como a una pecadora, y él accedió. Aquel encuentro cambió el rumbo de su vida. Dejó su anterior vida mundana y, con el permiso de su esposo, ingresó en el monasterio de benedictinas de Jully, cerca de Troyes (Francia), del que fue abadesa y en el que murió el año 1136.

Beatos Tomás Hemmerford, Santiago Fenn, Juan Nutter, Juan Munden y Jorge Haydock. Todos ellos eran sacerdotes católicos ingleses. Tuvieron que marchar al extranjero para cursar los estudios eclesiásticos y recibir la ordenación sacerdotal. Regresaron a su patria para ejercer en la clandestinidad su ministerio sagrado, evangelizar, celebrar la eucaristía y administrar los sacramentos, confortar a los católicos en su fe, atraer a los que habían la habían dejado, etc. Durante la persecución de Isabel I, fueron apresados, acusados de traición y, por su fidelidad al Papa y a la Iglesia, maltratados y condenados a ser ahorcados y luego descuartizados en la plaza londinense de Tyburn. Los ejecutaron el año 1584.



PARA TENER EL ESPÍRITU DE ORACIÓN Y DEVOCIÓN

Pensamiento bíblico:

Dijo Jesús a los judíos: -Os aseguro que, si no coméis la carne del Hijo del hombre y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros. El come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día (Jn 6,52-53).

Pensamiento franciscano:

Dice san Francisco en su Carta a toda la Orden: -Os ruego a todos vosotros, hermanos, besándoos los pies y con la caridad que puedo, que manifestéis toda reverencia y todo honor, tanto cuanto podáis, al santísimo cuerpo y sangre de nuestro Señor Jesucristo, en el cual las cosas que hay en los cielos y en la tierra han sido pacificadas y reconciliadas con el Dios omnipotente (CtaO 12-13).

Orar con la Iglesia:

Oremos confiadamente al Padre, que nos invita a frecuentar la mesa de su Hijo.

-Por todos los cristianos: para que comprendamos que el sacramento del Cuerpo y Sangre del Señor es cumbre y fuente de toda la vida de la Iglesia.

-Por la santa Iglesia: para que, fortalecida con el pan de la vida, camine por el mundo anunciando el Evangelio.

-Por los sacerdotes, ministros del altar: para que celebren la Eucaristía en alabanza de Dios y edificación de su pueblo.

-Por cuantos se saben discípulos de Jesús: para que en la Eucaristía, signo y vínculo de unidad, recompongan la plena comunión de fe y amor.

-Por nosotros: para que, al compartir el pan de la vida eterna, aprendamos a compartir también el pan terreno con quienes lo necesitan.

Oración: Señor, haznos sentir la necesidad de celebrar el sacramento del Cuerpo y Sangre de tu Hijo, y concédenos sus frutos para afrontar la vida de cada día. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.

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EL DOMINGO COMO "PASCUA SEMANAL"
De la homilía de Benedicto XVI en la clausura
del Congreso Eucarístico Italiano (Bari 29-V-05)

Amadísimos hermanos y hermanas:

Este Congreso eucarístico, que hoy se concluye, ha querido volver a presentar el domingo como "Pascua semanal", expresión de la identidad de la comunidad cristiana y centro de su vida y de su misión. El tema elegido, «Sin el domingo no podemos vivir», nos remite al año 304, cuando el emperador Diocleciano prohibió a los cristianos, bajo pena de muerte, poseer las Escrituras, reunirse el domingo para celebrar la Eucaristía y construir lugares para sus asambleas.

En Abitina, pequeña localidad de la actual Túnez, 49 cristianos fueron sorprendidos un domingo mientras, reunidos en la casa de Octavio Félix, celebraban la Eucaristía desafiando así las prohibiciones imperiales. Tras ser arrestados fueron llevados a Cartago para ser interrogados por el procónsul Anulino. Fue significativa, entre otras, la respuesta que un cierto Emérito dio al procónsul que le preguntaba por qué habían transgredido la severa orden del emperador. Respondió: «Sine dominico non possumus»; es decir, sin reunirnos en asamblea el domingo para celebrar la Eucaristía no podemos vivir. Nos faltarían las fuerzas para afrontar las dificultades diarias y no sucumbir. Después de atroces torturas, estos 49 mártires de Abitina fueron asesinados. Así, con la efusión de la sangre, confirmaron su fe. Murieron, pero vencieron; ahora los recordamos en la gloria de Cristo resucitado.

Sobre la experiencia de los mártires de Abitina debemos reflexionar también nosotros, cristianos del siglo XXI. Ni siquiera para nosotros es fácil vivir como cristianos, aunque no existan esas prohibiciones del emperador. Pero, desde un punto de vista espiritual, el mundo en el que vivimos, marcado a menudo por el consumismo desenfrenado, por la indiferencia religiosa y por un secularismo cerrado a la trascendencia, puede parecer un desierto no menos inhóspito que aquel "inmenso y terrible" (Dt 8,15) del que nos ha hablado la primera lectura, tomada del libro del Deuteronomio.

En ese desierto, Dios acudió con el don del maná en ayuda del pueblo hebreo en dificultad, para hacerle comprender que «no sólo de pan vive el hombre, sino que el hombre vive de todo lo que sale de la boca del Señor» (Dt 8,3). En el evangelio de hoy, Jesús nos ha explicado para qué pan Dios quería preparar al pueblo de la nueva alianza mediante el don del maná. Aludiendo a la Eucaristía, ha dicho: «Este es el pan que ha bajado del cielo; no como el de vuestros padres, que lo comieron y murieron: el que come este pan vivirá para siempre» (Jn 6,58). El Hijo de Dios, habiéndose hecho carne, podía convertirse en pan, y así ser alimento para su pueblo, para nosotros, que estamos en camino en este mundo hacia la tierra prometida del cielo.

Necesitamos este pan para afrontar la fatiga y el cansancio del viaje. El domingo, día del Señor, es la ocasión propicia para sacar fuerzas de él, que es el Señor de la vida. Por tanto, el precepto festivo no es un deber impuesto desde afuera, un peso sobre nuestros hombros. Al contrario, participar en la celebración dominical, alimentarse del Pan eucarístico y experimentar la comunión de los hermanos y las hermanas en Cristo, es una necesidad para el cristiano; es una alegría; así el cristiano puede encontrar la energía necesaria para el camino que debemos recorrer cada semana. Por lo demás, no es un camino arbitrario: el camino que Dios nos indica con su palabra va en la dirección inscrita en la esencia misma del hombre. La palabra de Dios y la razón van juntas. Seguir la palabra de Dios, estar con Cristo, significa para el hombre realizarse a sí mismo; perderlo equivale a perderse a sí mismo.

El Señor no nos deja solos en este camino. Está con nosotros; más aún, desea compartir nuestra suerte hasta identificarse con nosotros. En el coloquio que acaba de referirnos el evangelio, dice: «El que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él» (Jn 6,56). ¿Cómo no alegrarse por esa promesa? En la Eucaristía, Cristo está realmente presente entre nosotros. Su presencia no es estática. Es una presencia dinámica, que nos aferra para hacernos suyos, para asimilarnos a él. Cristo nos atrae a sí, nos hace salir de nosotros mismos para hacer de todos nosotros uno con él. De este modo, nos inserta también en la comunidad de los hermanos, y la comunión con el Señor siempre es también comunión con las hermanas y los hermanos.

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LA VERDADERA SABIDURÍA
San Benito de Aniano, Munimenta fidei

Pide incansablemente la sabiduría y tendrás larga vida. La misericordia y la verdad no te abandonarán, pues con la sabiduría te vendrán todos los bienes juntos, es decir, a tu derecha larga vida y a tu izquierda riqueza y gloria. Búscala mediante una lectura asidua, meditando día y noche la ley de Dios, y cuando la hallares serás dichoso, según dice la Escritura: Dichoso el hombre a quien tú educas, Señor, al que enseñas tu ley. Llama con vigilante constancia y se te abrirán las puertas del cielo. Y como quiera que el Verbo de Dios es a la vez la sabiduría divina, ¿quién es tan necio para preguntar si puede ser justificado sin la sabiduría, con cuya escucha se adquiere la fe, que purifica los corazones? El justo vivirá por su fe y la senda de los honrados brilla como la aurora, se va esclareciendo hasta que es de día.

No te engañe el atractivo falaz de quien te adula, diciéndote que el monje no debe entregarse al estudio de la sabiduría, mientras que leemos que en la Iglesia, después de los apóstoles y sus discípulos, eran los monjes los que más resplandecían por su sabiduría, y sabemos que los monjes de nuestros días no desmerecen de sus antepasados. ¿No fue por ventura el monje Ammonio el inflexible maestro de Orígenes? ¿No fue el monje Jerónimo un investigador de la sabiduría hasta el fin de su vida? Y pasando por alto otros monjes, famosos por su insigne sabiduría y estudiosos de la misma hasta la muerte, ¿no fue el papa Gregorio un monje excelente en la sabiduría y vigilantísimo -según lo pide su nombre- hasta la misma vigilia de su tránsito? Indiscutiblemente todos éstos buscan una vida quieta, para aprender en calma la sabiduría; reducían su propia actividad para encontrarla, ofrecían todos sus bienes con tal de poseerla, de acuerdo con lo que el Espíritu dice de la Sabiduría: Vacad, reconoced que yo soy Dios; pues todo el que se encierra en aquel reposo, dice con la Sabiduría siempre en vela: Yo duermo, pero mi corazón vela.

Por tanto, si quieres que Dios te ame, ama tú la sabiduría, pues ella misma dice: Yo amo a los que me aman, y los que madrugan por mí me encuentran. Busca a Dios, para que seas buscado por Dios; busca continuamente su rostro para ser consolado, y después de haberlo conocido serás reconocido por él, porque si alguno lo ignora, Dios también lo ignora, pero quien lo conoce es por él conocido.

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ESPÍRITU Y VIDA DE ORACIÓN DE SAN FRANCISCO (y IX)
por Francisco Javier Toppi, OFMCap

Unidad entre la vida de oración y la vida apostólica

Por este camino de la oración personal, y solamente por él, llegaremos a la vida apostólica, vocación propia y completa de los hermanos menores. No es ya tiempo de restablecer oposición, ni de entablar polémicas entre la vida de oración y la vida activa. El Vaticano II lo excluye explícitamente y nos manda volver a la unidad de la vida apostólica, que viene a ser la síntesis de la oración y de la acción (cf. Perfectae caritatis, 5 y 8).

Con todo, en la práctica permanece el problema de cómo armonizar la oración y la acción, problema ya advertido por Francisco y que él solucionó con su propósito primordial y supremo de imitar a Cristo (cf. LM 12,1).

Siguiendo, pues, el ejemplo de Cristo, Francisco combinó al mismo tiempo la oración continua con el ardor apostólico, haciendo que se reanimaran mutuamente. Revestir, imitar, vivir a Cristo equivale para Francisco a dedicarse sin descanso a la contemplación y a entregar su vida por los hermanos. Esto es lo que nos enseña Francisco. Y el Vaticano II nos dice: «Por tanto, los presbíteros conseguirán la unidad de su vida uniéndose a Cristo en el conocimiento de la voluntad del Padre y en el don de sí mismos por el rebaño que les ha sido confiado... Pero esto no puede lograrse si los sacerdotes mismos no penetran, por la oración, cada vez más íntimamente en el misterio de Cristo» (Presbyterorum Ordinis, 14).

Al Concilio le ha parecido necesario hacer esta afirmación. También a san Francisco le pareció necesario hacerla y se ha de encomendar muy encarecidamente a los hermanos su puesta en práctica, vivificando el ministerio apostólico con el espíritu de oración. A este propósito se podrían aducir muchos testimonios. Así puede consultarse 1 Cel 91; 2 Cel 163-164; LM 7,1 y 9,4; TC 55... Nosotros nos limitaremos a recordar el conocido testimonio de Celano sobre la intimidad de Francisco con Jesús: «Bien lo saben cuantos hermanos convivieron con él: qué a diario, qué de continuo traía en sus labios la conversación sobre Jesús; qué dulce y suave era su diálogo; qué coloquio más tierno y amoroso mantenía. De la abundancia del corazón hablaba su boca, y la fuente de amor iluminado que llenaba todas sus entrañas, bullendo saltaba fuera. ¡Qué intimidades las suyas con Jesús! Jesús en el corazón, Jesús en los labios, Jesús en los oídos, Jesús en los ojos, Jesús en las manos, Jesús presente siempre en todos sus miembros» (1 Cel 115).

Estupendo cántico, expresión fiel del espíritu de san Francisco y modelo de auténtica vida apostólica, que deberíamos entonar en todo momento y en todas partes, con corazón sincero y ánimo alegre. ¡Este es nuestro ideal a realizar!

[Cf. Selecciones de Franciscanismo, vol. III, núm. 7 (1974) 33-34]



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