viernes, 10 de febrero de 2017

Año Cristiano Franciscano

DÍA 11 DE FEBRERO

 

NUESTRA SEÑORA DE LOURDES. En 1858, a partir del 11 de febrero, la Virgen María se apareció hasta dieciocho veces a Bernardita o María Bernarda Soubirous en los Pirineos, cerca de Lourdes (Francia), dentro de la gruta de Massabielle, junto al río Gave, y le dijo: «Yo soy la Inmaculada Concepción», confirmando así el dogma mariano que había declarado solemnemente el papa beato Pío IX cuatro años antes, en 1854. Por medio de santa Bernardita (cf. 16 de abril), humilde jovencita entonces, María Inmaculada llamaba a los pecadores a la conversión, suscitando un gran celo de oración y amor, principalmente como servicio a los enfermos y pobres.- Hoy celebra la Iglesia también la Jornada Mundial del Enfermo.- Oración: Dios de misericordia, remedia con el amparo del cielo nuestro desvalimiento, para que, cuantos celebramos la memoria de la inmaculada Virgen María, Madre de Dios, podamos, por su intercesión, vernos libres de nuestros pecados. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.




JORNADA MUNDIAL DEL ENFERMO. Juan Pablo II, en Carta del 13 de mayo de 1992, decía: «He decidido instituir la Jornada mundial del enfermo, que se celebrará el 11 de febrero de cada año, memoria litúrgica de la Virgen de Lourdes». Añadía que tal Jornada «tiene como objetivo manifiesto sensibilizar al pueblo de Dios y, por consiguiente, a las varias instituciones sanitarias católicas y a la misma sociedad civil, ante la necesidad de asegurar la mejor asistencia posible a los enfermos; ayudar al enfermo a valorar, en el plano humano y sobre todo en el sobrenatural, el sufrimiento; hacer que se comprometan en la pastoral sanitaria de manera especial las diócesis, las comunidades cristianas y las familias religiosas; favorecer el compromiso cada vez más valioso del voluntariado; recordar la importancia de la formación espiritual y moral de los agentes sanitarios; y, por último, hacer que los sacerdotes diocesanos y regulares, así como cuantos viven y trabajan junto a los que sufren, comprendan mejor la importancia de la asistencia religiosa a los enfermos. (...) Y Lourdes, uno de los santuarios marianos más queridos para el pueblo cristiano, es lugar y, a la vez, símbolo de esperanza y de gracia en el sentido de la aceptación y el ofrecimiento del sufrimiento salvífico».



SAN PEDRO DE JESÚS MALDONADO. Nació en Chihuahua (México) en 1892. Era de familia pobre, se educó en los paúles, ingresó en el seminario de Chihuahua y recibió la ordenación sacerdotal en 1918. Fue un sacerdote consciente y celoso, que llevaba adelante la atención pastoral de los fieles con mucha responsabilidad. Ejerció su ministerio en varias parroquias con sencillez y generosidad, hasta que lo desterraron. Marchó a El Paso (Texas) y, en cuanto pudo, volvió a su tierra; administraba los sacramentos, celebraba la eucaristía, de la que era particularmente devoto, daba catecismo, predicaba, etc., con cierta libertad, pero con mucha cautela. El miércoles de ceniza, después de celebrar la misa, lo detuvieron, él conservó consigo un copón del que fue consumiendo las formas consagradas, le dieron un tiro en la cabeza y lo maltrataron; malherido lo trasladaron al hospital civil de su pueblo en el que falleció el 17 de febrero de 1937. Fue canonizado el año 2000.

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San Ardano. Abad del monasterio de Tournus en Borgoña (Francia). Socorrió a sus conciudadanos en tiempo de grave necesidad. Murió el año 1066.

San Castrense. Obispo de Volturno en la provincia de Caserta (Italia), allá por el siglo III o IV.

San Gregorio II, papa. Nació en Roma y recibió una buena formación. Ocupó la cátedra de San Pedro del 715 al 731. Durante su pontificado promovió la evangelización de Alemania, adonde envió a san Bonifacio. Hizo restaurar muchas iglesias y el monasterio de Monte Casino. Tuvo que defender con valentía y firmeza el culto de las imágenes sagradas contra los iconoclastas en los tiempos funestos del emperador bizantino León el Isáurico, que había ordenado la retirada y destrucción de todas las imágenes. Murió en Roma el año 731.

Santos Mártires de Numidia. A principios del siglo IV, durante la persecución del emperador Diocleciano, muchos cristianos fueron apresados en Numidia, al norte de África (Argelia en la actualidad), y, como se negaron a cumplir el mandato imperial de entregar las sagradas Escrituras, fueron cruelmente torturados hasta la muerte.

San Pascual I, papa. Ocupó la cátedra de san Pedro del 817 al 824. Fue primero abad del monasterio de San Esteban el Mayor, junto al Vaticano. Durante su pontificado, además del cuidado de la Iglesia y del bien de los fieles, promovió la evangelización de Dinamarca y de Suecia, se ocupó mucho de las construcciones de Roma y de su decoración, hizo levantar varias basílicas y las adornó con magníficos mosaicos, trasladó los cuerpos de muchos mártires, de las catacumbas a diversas iglesias de Roma, para fomentar su culto.

San Secundino. Obispo en Apulia (Italia) en los siglos V-VI.

San Severino. Nació en Borgoña (Francia) a mediados del siglo V. De joven ingresó en el monasterio de Agaune (hoy Saint-Maurice-en-Valais), del que con el tiempo fue abad. Según una tradición fue a París a visitar al rey Clodoveo, que estaba enfermo, y al regreso murió en Château-Landon ya en el siglo VI.

Santa Sotera. Virgen y mártir. Era miembro de una ilustre y noble familia romana, y antepasada de san Ambrosio, quien se refiere a ella en algunas de sus obras. Arrestada en una persecución, seguramente la de Diocleciano, antepuso su fe a la nobleza de su estirpe y a los honores, y desobedeció la orden de sacrificar a los dioses, por lo que fue sometida a ultrajes y tormentos, y finalmente decapitada en Roma el año 304.

Beata Gaudencia Benavides. Nació en Valdemorilla (León) en 1878. En 1899 comenzó su primera etapa de formación como Hija de la Caridad. Sus principales tareas fueron el cuidado de enfermos y la enseñanza. Marchó a Puerto Rico en 1911, y volvió a España en 1933, con una afección cardíaca y tuberculosis intestinal. Se fue reponiendo, pero sobrevino la persecución religiosa. Fue detenida el 22-IX-1936 y pasó por tres prisiones, siempre en condiciones desastrosas y con malos tratos, que minaron su maltrecha salud. El 24-I-1937, cuando se preveía inminente su muerte, la trasladaron al hospital francés de Madrid. Allí murió el 11 de febrero de 1937. Beatificada como mártir el 13-X-2013.

Beato Tobías Borrás Romeu (de pila, Francisco). Nació el año 1861, contrajo matrimonio y, al quedar viudo, ingresó en la Orden Hospitalaria de San Juan de Dios. Estuvo destinado en varias comunidades y en todas demostró ser un hermano bondadoso, humilde y responsable, esmerado en su atención a los enfermos. Estaba en el manicomio de Ciempozuelos cuando estalló la guerra civil española. Lo detuvieron con toda su comunidad, pero tal vez en atención a sus muchos años lo dejaron en libertad. Lo volvieron a detener y encerrar en Valencia y el 11 de febrero de 1937 lo fusilaron en Vinaroz (Castellón, España).



PARA TENER EL ESPÍRITU DE ORACIÓN Y DEVOCIÓN

Pensamiento bíblico:

Cuando arrestaron a Juan, Jesús se marchó a Galilea a proclamar el Evangelio de Dios; decía: «El tiempo se ha cumplido y el reino de Dios está cerca; convertíos y creed en el Evangelio» (Mc 1,14-15).

Pensamiento franciscano:

Dice san Francisco: -Bienaventurado el siervo que ama tanto a su hermano cuando está enfermo, que no puede recompensarle, como cuando está sano, que puede recompensarle. Bienaventurado el siervo que ama y respeta tanto a su hermano cuando está lejos de él, como cuando está con él, y no dice nada detrás de él, que no pueda decir con caridad delante de él (Adm 24-25).

Orar con la Iglesia:

Al celebrar las maravillas que Dios realizó en santa María, Madre de Dios y Madre nuestra, presentémosle a Él, por intercesión de ella, nuestras humildes súplicas.

-Por la Iglesia: para que acierte a proclamar cada vez con mayor claridad el Evangelio a los enfermos, los débiles, los pequeños, los pobres.

-Por los que tienen autoridad y poder en nuestra sociedad: para que faciliten la venida del reino de Dios prometido a los pobres de espíritu.

-Por los que sufren en su cuerpo o en su espíritu: para que sientan la presencia maternal de María, consuelo de los afligidos.

-Por todos los cristianos: para que alcancemos por mediación de María la plenitud de vida, la salud, la alegría y la paz.

Oración: Dios todopoderoso, que constituiste a María Madre de Jesucristo y Madre nuestra, concédenos experimentar el poder de tan excelsa intercesora. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.

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NUESTRA SEÑORA DE LOURDES
Benedicto XVI, Ángelus del 11 de febrero de 2007
y homilía del 14 de septiembre de 2008 en Lourdes

Queridos hermanos y hermanas:

Hoy la Iglesia recuerda la primera aparición de la Virgen María a santa Bernardita, acaecida el 11 de febrero de 1858 en la gruta de Massabielle, cerca de Lourdes. Se trata de un acontecimiento prodigioso, que ha hecho de aquella localidad, situada en la vertiente francesa de los Pirineos, un centro mundial de peregrinaciones y de intensa espiritualidad mariana. En aquel lugar, desde hace ya casi 150 años, resuena con fuerza la exhortación de la Virgen a la oración y a la penitencia, como un eco permanente de la invitación con la que Jesús inauguró su predicación en Galilea: «El tiempo se ha cumplido y el reino de Dios está cerca; convertíos y creed en el Evangelio» (Mc 1,15).

Además, aquel santuario se ha convertido en meta para numerosos peregrinos enfermos que, poniéndose a la escucha de María santísima, son invitados a aceptar sus sufrimientos y a ofrecerlos por la salvación del mundo, uniéndolos a los de Cristo crucificado. Precisamente por el vínculo existente entre Lourdes y el sufrimiento humano, hace quince años el amado Juan Pablo II decidió que, con ocasión de la fiesta de la Virgen de Lourdes, se celebrara también la Jornada mundial del enfermo.

Bernadette era la primogénita de una familia muy pobre, sin sabiduría ni poder, de salud frágil. María la eligió para transmitir su mensaje de conversión, de oración y penitencia, en total sintonía con la palabra de Jesús: «Porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos, y se las has revelado a la gente sencilla» (Mt 11,25). En su camino espiritual, también los cristianos están llamados a desarrollar la gracia de su Bautismo, a alimentarse de la Eucaristía, a sacar de la oración la fuerza para el testimonio y la solidaridad con todos sus hermanos en la humanidad.

Continuando su catequesis, la "Hermosa Señora" revela su nombre a Bernadette: «Yo soy la Inmaculada Concepción». María le desvela de este modo la gracia extraordinaria que Ella recibió de Dios, la de ser concebida sin pecado, porque «ha mirado la humillación de su esclava» (cf. Lc 1,48). María es la mujer de nuestra tierra que se entregó por completo a Dios y que recibió de Él el privilegio de dar la vida humana a su eterno Hijo. «Aquí está la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra» (Lc 1,38). Ella es la hermosura transfigurada, la imagen de la nueva humanidad. De esta forma, al presentarse en una dependencia total de Dios, María expresa en realidad una actitud de plena libertad, cimentada en el completo reconocimiento de su genuina dignidad. Este privilegio nos concierne también a nosotros, porque nos desvela nuestra propia dignidad de hombres y mujeres, marcados ciertamente por el pecado, pero salvados en la esperanza, una esperanza que nos permite afrontar nuestra vida cotidiana. Es el camino que María abre también al hombre. Ponerse completamente en manos de Dios, es encontrar el camino de la verdadera libertad. Porque, volviéndose hacia Dios, el hombre llega a ser él mismo. Encuentra su vocación original de persona creada a su imagen y semejanza.

Queridos hermanos y hermanas, la vocación primera del santuario de Lourdes es ser un lugar de encuentro con Dios en la oración, y un lugar de servicio fraterno, especialmente por la acogida a los enfermos, a los pobres y a todos los que sufren. En este lugar, María sale a nuestro encuentro como la Madre, siempre disponible a las necesidades de sus hijos. Mediante la luz que brota de su rostro, se trasparenta la misericordia de Dios. Dejemos que su mirada nos acaricie y nos diga que Dios nos ama y nunca nos abandona. María nos recuerda aquí que la oración, intensa y humilde, confiada y perseverante debe tener un puesto central en nuestra vida cristiana. La oración es indispensable para acoger la fuerza de Cristo. «Quien reza no desperdicia su tiempo, aunque todo haga pensar en una situación de emergencia y parezca impulsar sólo a la acción» (Deus caritas est, n. 36). Dejarse absorber por las actividades entraña el riesgo de quitar de la plegaria su especificad cristiana y su verdadera eficacia. En el Rosario, tan querido para Bernadette y los peregrinos en Lourdes, se concentra la profundidad del mensaje evangélico. Nos introduce en la contemplación del rostro de Cristo. De esta oración de los humildes podemos sacar copiosas gracias.

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«LA SEÑORA ME HABLÓ»
De una carta de Sta. Bernardita Soubirous al P. Gondrand

Cierto día fui a la orilla del río Gave a recoger leña con otras dos niñas. En seguida oí como un ruido. Miré a la pradera, pero los árboles no se movían. Alcé entonces la cabeza hacia la gruta y vi a una mujer vestida de blanco, con un cinturón azul celeste y sobre cada uno de sus pies una rosa amarilla, del mismo color que las cuentas de su rosario.

Creyendo engañarme, me restregué los ojos. Metí la mano en el bolsillo para buscar mi rosario. Quise hacer la señal de la cruz, pero fui incapaz de llevar la mano a la frente. Cuando la Señora hizo la señal de la cruz, lo intenté yo también y, aunque me temblaba la mano, conseguí hacerla. Comencé a rezar el rosario, mientras la Señora iba desgranando sus cuentas, aunque sin despegar los labios. Al acabar el rosario, la visión se desvaneció.

Pregunté entonces a las dos niñas si habían visto algo. Ellas lo negaron y me preguntaron si es que tenía que hacerles algún descubrimiento. Les dije que había visto a una mujer vestida de blanco, pero que no sabía de quién se trataba. Les pedí que no lo contaran. Ellas me recomendaron que no volviese más por allí, a lo que me opuse. El domingo volví, pues sentía internamente que me impulsaban...

Aquella Señora no me habló hasta la tercera vez, y me preguntó si querría ir durante quince días. Le dije que sí, y ella añadió que debía avisar a los sacerdotes para que edificaran allí una capilla. Luego me ordenó que bebiera de la fuente. Como no veía ninguna fuente, me fui hacia el río Gave, pero ella me indicó que no hablaba de ese río, y señaló con el dedo la fuente. Me acerqué, y no había más que un poco de agua entre el barro. Metí la mano, y apenas podía sacar nada, por lo que comencé a escarbar y al final pude sacar algo de agua; por tres veces la arrojé y a la cuarta pude beber. Después desapareció la visión y yo me marché.

Volví a ir allá durante quince días. La Señora se me apareció como de costumbre, menos un lunes y un viernes. Siempre me decía que advirtiera a los sacerdotes que debían edificarle una capilla, me mandaba lavarme en la fuente y rogar por la conversión de los pecadores. Le pregunté varias veces quién era, a lo que me respondía con una leve sonrisa. Por fin, levantando los brazos y los ojos al cielo, me dijo:

«Yo soy la Inmaculada Concepción».

En aquellos días me reveló también tres secretos, prohibiéndome absolutamente que los comunicase a nadie, lo que he cumplido fielmente hasta ahora.

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ESPÍRITU Y VIDA DE ORACIÓN DE SAN FRANCISCO (VIII)
por Francisco Javier Toppi, OFMCap

La oración personal

Veamos cómo Francisco enseñaba a orar a sus hermanos, a quienes enviaba por el mundo y, al mismo tiempo, quería que fueran eremitas: «En el nombre del Señor, id de dos en dos en compostura y, sobre todo, en silencio, orando al Señor en vuestros corazones desde la mañana hasta después de tercia. Evitad las palabras ociosas o inútiles, pues, aunque vayáis de camino, vuestro comportamiento debe ser tan digno como cuando estáis en el eremitorio o en la celda. Pues dondequiera que estemos o a dondequiera que vayamos, llevamos nuestra celda con nosotros; nuestra celda, en efecto, es el hermano cuerpo, y nuestra alma es el ermitaño, que habita en ella para orar a Dios y para meditar. Si nuestra alma no goza de la quietud y soledad en su celda, de poco le sirve al religioso habitar en una celda fabricada por mano del hombre» (LP 108; EP 65).

Francisco se revela aquí como maestro, enseñándonos el modo de compaginar el espíritu de oración y la misma oración con la vida itinerante por el mundo. Para ello se apoyaba, sin duda, en su experiencia personal, que le hacía percibir la inhabitación de Dios Uno y Trino en la celda de su cuerpo. En el capítulo 17 de la Regla no bulada escribe: «Mas en la santa caridad que es Dios, ruego a todos los hermanos, tanto los ministros como los otros, que, removido todo impedimento y pospuesta toda preocupación y solicitud, del mejor modo que puedan, hagan servir, amar, honrar y adorar al Señor Dios con corazón limpio y mente pura, que es lo que él busca sobre todas las cosas; y hagámosle siempre allí habitación y morada a aquel que es Señor Dios omnipotente, Padre e Hijo y Espíritu Santo» (1 R 17,26-27).

Y en la Carta a todos los Fieles dice: «Y sobre todos ellos y ellas, mientras hagan tales cosas y perseveren hasta el fin, descansará el espíritu del Señor y hará en ellos habitación y morada. Y serán hijos del Padre celestial, cuyas obras hacen. Y son esposos, hermanos y madres de nuestro Señor Jesucristo» (2CtaF 48-50).

Está pues claro que, en la mente de Francisco, el secreto de la oración personal reside en la inhabitación de la Santísima Trinidad en el alma por medio de la gracia. En esto radica la esencia de la vida cristiana. Francisco enseña que esta vida con Dios, en comunión de vida con el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, constituye la vida de oración auténtica y continua, íntima y operante, la razón misma de la vida y gracia suprema para el religioso, que «basa su consagración en la consagración del bautismo y la debe expresar más plenamente» (Perfectae caritatis, 5).

Imbuido de esta conciencia, según dice san Buenaventura, san Francisco «afirmaba rotundamente que el religioso debe desear, por encima de todas las cosas, la gracia de la oración; y, convencido de que sin la oración nadie puede progresar en el servicio divino, exhortaba a los hermanos, con todos los medios posibles, a que se dedicaran a su ejercicio. Y en cuanto a él se refiere, cabe decir que ora caminase o estuviese sentado, lo mismo en casa que afuera, ya trabajase o descansase, de tal modo estaba entregado a la oración, que parecía consagrar a la misma no sólo su corazón y su cuerpo, sino hasta toda su actividad y todo su tiempo» (LM 10,1).

Francisco llegó a esta oración continua y absorbente -sin olvidar lo que dijimos al principio acerca de la moción del Espíritu Santo- a través de la Sagrada Escritura, mediante la consideración de la presencia de Dios en su alma y en todas las criaturas, y todo ello «a fuerza de mucha oración y meditación» (LP 106). No hay que olvidarlo, Francisco fue constante y tenaz en la «tarea de la oración y meditación». Bien es verdad que ya desde el principio los dones del Espíritu Santo le confirieron la gracia de la oración pasiva; con todo, esto no fue una cosa permanente, ni podía serlo, como es ley común en la teología espiritual. Su primer biógrafo hace alusión a esta lucha cuando, hablando de la prolongada oración que hacía poco después de su conversión en la cueva cercana a Asís, concluye con estas palabras: «Cuando salía fuera, donde su compañero, se encontraba tan agotado por el esfuerzo, que uno era el que entraba y parecía otro el que salía» (1 Cel 6; cf. 2 Cel 37). Puede afirmarse, sin género de dudas, que Francisco sufrió lo que los místicos denominan la noche de los sentidos y del espíritu.

El retiro de la soledad, a donde constantemente se dirigió el Poverello como a un profundo respiro de su corazón, se basa, entre otras cosas, en esta dura ascesis para la oración y la contemplación personal.

Francisco, con su ejemplo y su magisterio, nos ayuda a profundizar y a vivir la oración dominical, nos muestra el camino para la oración mental, nos descubre cuáles son los puntos básicos en la oración: la adoración, la alabanza, la acción de gracias y la compunción, la humillación y el llanto ante el Señor crucificado. Nos enseña a leer la Sagrada Escritura meditada con espíritu de oración, la contemplación sapiencial del Creador en las criaturas, nos instruye en la oración afectiva, característica de la espiritualidad franciscana y método constante de nuestra tradición, que conduce a la oración de simplicidad, de quietud y a la misma contemplación infusa, punto culminante del itinerario espiritual franciscano y, en particular, capuchino.

[Cf. Selecciones de Franciscanismo, vol. III, n. 7 (1974) 31-33]

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