domingo, 29 de enero de 2017

Año Cristiano Franciscano


DÍA 30 DE ENERO

 

SANTA JACINTA DE MARISCOTTI. Nació en Vignanello, cerca de Viterbo (Italia), en 1585, de familia noble. Sus padres la enviaron a las clarisas, que pronto abandonó. A los 20 años ingresó en el monasterio de las Franciscanas de la Tercera Orden Regular de Viterbo. Tanto en el siglo como en el claustro llevó una vida ligera y disipada hasta que, a los treinta años y a raíz de una grave enfermedad, se convirtió del todo al Señor. A partir de entonces llevó una vida de gran austeridad y penitencia, y se afanó en obras de caridad; fundó cofradías para la adoración de la Eucaristía y para atender a los pobres, enfermos y ancianos. Dios adornó su intensa oración y contemplación con carismas extraordinarios. Murió en Viterbo el 30 de enero de 1640.- Oración: Oh Dios, que nos has dejado en santa Jacinta un ejemplo vivo de mortificación y amor a ti, concédenos, por su intercesión, reconocer nuestros pecados, llorarlos y permanecer en tu amistad. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.




SAN MUCIANO MARÍA WIAUX. Nació en Mellet (Bélgica) en 1841. A los 15 años entró en los Hermanos de las Escuelas Cristianas. Pronto empezó su apostolado catequístico y pedagógico en diferentes lugares. Dificultades de tipo profesional, debidas a su falta de habilidad pedagógica, le pusieron en trance de ser despedido; fue destinado a actividades humildes y oscuras tareas más bien modestas. Pidió a los superiores enseñar el catecismo en la escuela gratuita a los niños de la clase popular por los que sintió predilección. Para todos fue un modelo, un signo de la presencia de Dios y de su bondad. Era hombre de oración asidua ante el Sagrario, y el rezo del Rosario era constante en sus labios. Llevó una vida sin especiales sucesos, pero con total profundidad cristiana. Murió en Malonne (Bélgica) el 30 de enero de 1917.


BEATO COLUMBA MARMIÓN. Nació en Dublín (Irlanda) el año 1858, estudió y se ordenó de sacerdote en Roma, desarrolló su actividad ministerial mayormente en Bélgica. En 1886 ingresó en la abadía benedictina de Maredsous (Bélgica) y en 1899 tomó parte en la fundación de Mont-César (Lovaina), de la que pronto fue prior, y en la que se distinguió como profesor de teología y director espiritual de jóvenes universitarios; además, inició una larga serie de actividades pastorales no sólo en Bélgica sino también en Inglaterra. En 1909 fue elegido abad de Maredsous, cargo en el que ejerció un gran magisterio espiritual dentro y fuera del monasterio, dando ejercicios a toda clase de personas, escribiendo cartas, y publicando luego sus conferencias en libros que lograron una gran difusión y configuraron una corriente de espiritualidad de marcado carácter bíblico y patrístico. Es considerado como una de las grandes figuras de la literatura espiritual del siglo XX. Murió en Maredsous el año 1923 y fue beatificado en el 2000.


BEATA CARMEN GARCÍA MOYON. Nació el año 1888 en Nantes (Francia). A principios del siglo XX, su familia se instaló en Segorbe (Castellón, España). En 1918 ingresó en las Terciarias Capuchinas fundadas por el P. Luis Amigó, pero no renovó los votos, y en 1926 estaba en Torrent (Valencia), donde entró en contacto con los Terciarios Capuchinos. En su convento daba catequesis a los niños, repasaba las ropas sagradas, limpiaba la iglesia; a la vez puso un taller de costura en su casa, donde enseñaba a las jóvenes el arte de coser, zurcir y bordar. Una verdadera catequista, cooperadora parroquial, trabajadora social. En julio de 1936 se desató la guerra civil y la persecución religiosa, la iglesia y el convento de los Terciarios fueron incendiados y derruidos. Carmen pudo continuar discretamente sus actividades hasta que, al anochecer del 30 de enero de 1937, los milicianos la sacaron de su casa por la fuerza y, en el campo, la rociaron con gasolina y le prendieron fuego. Pertenece al grupo de mártires amigonianos beatificados por Juan Pablo II en 2001.

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Santa Aldegunda (o Alda). Fundadora y primera abadesa del monasterio benedictino de Maubeuge, al norte de Francia, en el que murió el año 684.

San Armentario. Obispo de Pavía (Italia), que colocó solemnemente en la basílica de San Pedro in Coelo Aureo los restos de san Agustín, trasladados allí por el rey de los lombardos Luitprando. Murió el año 731.

San Barsimeo. Obispo de Edesa (hoy en Turquía) en el siglo III. Sufrió persecución y tormentos en tiempo del emperador Decio, pero sobrevivió a la persecución y se entregó por completo al gobierno de la diócesis que se le había confiado.

Santa Batilde. De origen anglosajón, fue raptada por los piratas y vendida como esclava en Francia. Clodoveo II, rey de los francos, se desposó con ella. Al quedar viuda, asumió la regencia, practicó la caridad con pobres y desvalidos, fundó monasterios bajo la Regla de San Benito, luchó contra la simonía y la esclavitud. Cuando su hijo Clotario III subió al trono, ella se retiró al monasterio de Chelles, en la diócesis de París, donde vivió en penitencia y humildad hasta su muerte el año 680.

San David Galván. Después de una juventud agitada, ingresó en el seminario de Guadalajara (México) y recibió la ordenación sacerdotal en 1909. Fue un sacerdote cumplidor y celoso, muy amante de los pobres y atento al servicio pastoral de los enfermos. Fue detenido cuando atendía a los heridos de un enfrentamiento entre carrancistas y villistas, y el jefe militar, a quien había impedido seducir y secuestrar a una señorita, lo fusiló en Guadalajara el año 1915.

San Lesmes o Adelelmo. Nació en Francia y siguió la carrera militar. Se convirtió a Dios, peregrinó a Roma e ingresó en la abadía de Chaise-Dieu, de la que fue abad. Cuando Constanza de Borgoña contrajo matrimonio con Alfonso VI de Castilla y León, la acompañó y se hizo cargo del monasterio fundado por el rey en Burgos. Su ejemplo de santidad y su don de consejo influyeron mucho incluso en el rey. Murió el año 1097.

Santa Martina de Roma. Hija de un noble romano, se negó ante el tribunal a ofrecer sacrificios a Apolo, por lo que fue sometida a tormentos y finalmente decapitada en Roma. El año 677, el papa Dono le dedicó una basílica en el Foro romano.

San Matías de Jerusalén. Era judío de raza y fue el octavo obispo de Jerusalén. Presidió unos años la comunidad cristiana de la Ciudad Santa a principios del siglo II. Sufrió mucho por Cristo, pero murió en paz.

San Pablo Ho Hyob. Fue un soldado coreano, arrestado y torturado a casusa de la fe que profesaba, y que estuvo a punto de apostatar al flaquearle las fuerzas; pero, con la gracia de Dios, reaccionó rápidamente y reafirmó con firmeza ante el magistrado su fe en Cristo, por lo que, después de larga prisión, fue destrozado a hachazos, en Seúl el año 1840.

San Teófilo el Joven. Jefe de la escuadra bizantina en Chipre, fue hecho prisionero por los musulmanes, que lo llevaron a presencia de su comandante. Éste no consiguió, ni con regalos ni con amenazas, que renegara de Cristo. Esperando tal vez cobrar un rescate, lo tuvieron cuatro años encarcelado, hasta que, por negarse a participar en el Ramadán musulmán, fue decapitado el año 792.

Santo Tomás Kuông. Sacerdote vietnamita y terciario dominico que, durante la persecución de Tu Duc, fue encarcelado varias veces a causa de su fe. En 1859, siendo ya octogenario, fue arrestado una vez más. Intentaron que pisoteara el crucifijo y que indujera a sus cristianos a apostatar; él, en cambio, los exhortó a permanecer fieles a Cristo, que murió por nosotros. Y mientras se postraba ante la cruz para adorarla, lo decapitaron. Esto sucedía en Tonkín (Vietnam) el año 1860.

Beato Francisco Taylor. Fue un seglar irlandés, casado y padre de familia, que sufrió con paciencia siete años de cruel cárcel por acoger en su casa a sacerdotes y por su fidelidad a la fe católica, durante el reinado de Jacobo I. Agotado por los sufrimientos y la ancianidad, murió en Dublín el año 1621.

Beata María Bolognesi. Fiel laica, mística, que entregó su vida al servicio del prójimo, especialmente de los pobres y enfermos, y soportó grandes sufrimientos físicos y espirituales en profunda unión con la pasión de Cristo. Nació el año 1924 en Bosaro (Rovigo, Italia) en una familia muy pobre. Apenas pudo asistir a la escuela porque tuvo que cuidar a sus hermanos y la huerta familiar. Pasó mucha hambre. De joven sufrió una misteriosa posesión diabólica. Después padeció multitud de enfermedades. Dios la llamó a ser signo de su presencia y la colmó de dones sobrenaturales y de fenómenos místicos. Murió en Rovigo el 30-I-1980. Beatificada el 7-IX-2013.

Beato Sebastián Valfré. Sacerdote piamontés de la Congregación del Oratorio, que estaba bien dotado para el trato con los jóvenes, de los que fue un gran apóstol. Además, se dedicó ampliamente a la predicación y al confesonario. Se prodigó con los más débiles, los pobres, los enfermos, los encarcelados, y con su amistad y su caridad eficiente condujo a muchos a Cristo. Murió en Turín el año 1710.

Beato Segismundo Pisarski. Sacerdote polaco que estuvo ejerciendo el ministerio parroquial en medio de grandes dificultades. Fue detenido por los nazis, que lo sometieron a crueles interrogatorios para que delatara a los contrarios al régimen, cosa que no consiguieron. Tampoco consiguieron que abjurara de la fe cristiana, por lo que acabaron fusilándolo en Gdeszyn (Polonia) el año 1943.


PARA TENER EL ESPÍRITU DE ORACIÓN Y DEVOCIÓN

Pensamiento bíblico:

En tus labios estén las palabras de Dios -dijo el Señor a Josué-; día y noche medita en ellas, cuida de hacer todo lo que ellas dicen; así tu vida tendrá sentido y valor (Jos 1,8).

Pensamiento franciscano:

En su Regla, dice Francisco a sus hermanos: --Guardémonos mucho de la malicia y sutileza de Satanás, que quiere que el hombre no tenga su mente y su corazón dirigidos a Dios. Y, dando vueltas a su alrededor, desea llevarse el corazón so pretexto de alguna merced o ayuda, sofocar en su memoria la palabra y preceptos del Señor, cegar el corazón por medio de los negocios y cuidados del siglo, y habitar él allí (1 R 22,19-20).

Orar con la Iglesia:

Con filial confianza dirijamos nuestra oración al Padre, fuente de la verdad y del bien:

-Para que la Iglesia, fiel al encargo de Jesús, proclame en todas partes la Buena Nueva de la que es portadora.

-Para que los gobiernos no impidan el anuncio de la Palabra a todas las personas.

-Para que los cristianos escuchemos y acojamos con premura la Palabra del Señor, que es espíritu y vida.

-Para que la semilla del Evangelio caída en nuestro corazón, crezca y dé fruto centuplicado.

Oración: Acoge, Padre, las oraciones que con fe y esperanza te hemos dirigido. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.

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EL EVANGELIO, FUENTE DE LA VIDA CONSAGRADA
Del discurso de Benedicto XVI el 2 de febrero de 2008

Queridos hermanos y hermanas:

Al narrar la presentación de Jesús en el templo, el evangelista san Lucas subraya tres veces que María y José actuaron según «la ley del Señor» (cf. Lc 2,22-23.39) y, por lo demás, siempre estaban atentos para escuchar la palabra de Dios. Esta actitud constituye un ejemplo elocuente para vosotros, religiosos y religiosas; y para vosotros, miembros de los institutos seculares y de las otras formas de vida consagrada.

La vida consagrada hunde sus raíces en el Evangelio; en él, como en su regla suprema, se ha inspirado a lo largo de los siglos; y a él está llamada a volver constantemente para mantenerse viva y fecunda, dando fruto para la salvación de las almas.

En los inicios de las diversas expresiones de vida consagrada siempre se encuentra una fuerte inspiración evangélica. Pienso en san Antonio abad, impulsado por la escucha de las palabras de Cristo: «Si quieres ser perfecto, anda, vende lo que tienes y dáselo a los pobres, y tendrás un tesoro en los cielos; luego ven, y sígueme» (Mt 19,21) (cf. Vita Antonii, 2,4). San Antonio las escuchó como palabras que el Señor le dirigía personalmente a él.

A su vez, san Francisco de Asís afirma que fue Dios quien le reveló que debía vivir según la forma del santo Evangelio (Test 14). «Francisco -escribe Tomás de Celano- al oír que los discípulos de Cristo no debían poseer ni oro, ni plata, ni dinero; ni llevar para el camino alforja, ni bolsa, ni pan, ni bastón; ni tener calzado, ni dos túnicas..., al instante, saltando de gozo, lleno del Espíritu Santo, exclamó: Esto es lo que yo quiero, esto es lo que yo busco, esto es lo que en lo más íntimo del corazón anhelo poner en práctica» (1 Cel 22).

«El Espíritu Santo -recuerda la instrucción Caminar desde Cristo- ha iluminado con luz nueva la palabra de Dios a los fundadores y fundadoras. De ella ha brotado todo carisma y de ella quiere ser expresión toda Regla» (n. 24). En efecto, el Espíritu Santo atrae a algunas personas a vivir el Evangelio de modo radical y a traducirlo en un estilo de seguimiento más generoso. Así nace una obra, una familia religiosa que, con su misma presencia, se convierte a su vez en «exégesis» viva de la palabra de Dios.

Así pues, como dice el concilio Vaticano II, el sucederse de los carismas de la vida consagrada puede leerse como un desplegarse de Cristo a lo largo de los siglos, como un Evangelio vivo que se actualiza continuamente con formas nuevas (cf. LG 46). En las obras de las fundadoras y los fundadores se refleja un misterio de Cristo, una palabra suya; se refracta un rayo de la luz que emana de su rostro, esplendor del Padre (cf. VC 16).

Por tanto, en el decurso de los siglos, seguir a Cristo sin componendas, tal como se propone en el Evangelio ha constituido la norma última y suprema de la vida religiosa (cf. PC 2). San Benito, en su Regla, remite a la Escritura como «norma rectísima para la vida del hombre» (n. 73). Santo Domingo «por doquier se manifestaba como un hombre evangélico, en sus palabras y en sus obras» (Libellus, 104), y así quería que fueran también sus frailes predicadores, «hombres evangélicos» (Primeras Constituciones, 31). Santa Clara de Asís pone fuertemente de relieve la experiencia de san Francisco: «La forma de vida de la Orden de las Hermanas pobres -escribe- es ésta: guardar el santo Evangelio de nuestro Señor Jesucristo» (RCl 1,1). San Vicente Pallotti afirma: «La regla fundamental de nuestra mínima Congregación es la vida de nuestro Señor Jesucristo para imitarla con toda la perfección posible» (cf. Obras completas II, 541-546). Y san Luis Orione escribe: «Nuestra primera Regla y vida ha de consistir en observar, con gran humildad y con amor dulcísimo y ardiente a Dios, el santo Evangelio» (Lettere, Roma 1969, II, 278).

Esta riquísima tradición atestigua que la vida consagrada está «profundamente enraizada en los ejemplos y enseñanzas de Cristo el Señor» (VC 1) y se presenta «como un árbol lleno de ramas, que hunde sus raíces en el Evangelio y da frutos copiosos en cada época de la Iglesia» (VC 5). Tiene la misión de recordar que todos los cristianos han sido convocados por la Palabra para vivir de la Palabra y permanecer bajo su señorío.

Por tanto, corresponde en particular a los religiosos y a las religiosas «mantener viva en los bautizados la conciencia de los valores fundamentales del Evangelio» (VC 33). Al hacerlo, su testimonio da a la Iglesia «un precioso impulso hacia una mayor coherencia evangélica» (VC 3); más aún, podríamos decir que es una «elocuente, aunque con frecuencia silenciosa, predicación del Evangelio» (VC 25). Por eso, en mis dos encíclicas, al igual que en otras ocasiones, no he dejado de señalar el ejemplo de santos y beatos pertenecientes a institutos de vida consagrada.

Queridos hermanos y hermanas, alimentad vuestra jornada con la oración, la meditación y la escucha de la palabra de Dios. Vosotros, que tenéis familiaridad con la antigua práctica de la lectio divina, ayudad también a los fieles a valorarla en su vida diaria. Y traducid en testimonio lo que la Palabra indica, dejándoos plasmar por ella que, como semilla caída en terreno bueno, da frutos abundantes.

Así seréis siempre dóciles al Espíritu y creceréis en la unión con Dios, cultivaréis la comunión fraterna entre vosotros y estaréis dispuestos a servir generosamente a los hermanos, sobre todo a los necesitados. Que los hombres vean vuestras buenas obras, fruto de la palabra de Dios que vive en vosotros, y den gloria a vuestro Padre celestial (cf. Mt 5,16).

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UNA VIDA PENITENTE ES PRENDA DE SALVACIÓN
De la Exposición de san Juan Crisóstomo sobre los salmos

En el salmo sexto se nos habla del verdadero fruto de la penitencia, de los beneficios que producen los sollozos. El corazón contrito está libre de torcidas inclinaciones. Imitemos esta vida: y si alguno pretende burlarse de nosotros, aunque sea rey, no nos preocupe perder su amistad. Nada hay más ignominioso en el hombre, por muy encumbrado que se halle, que estar sometido al vicio. De la misma forma, nada más noble que poseer la virtud, aunque se esté privado de libertad en prisiones.

El Señor ha oído la voz de mis sollozos. No dice el salmo: «Ha oído mi voz», simplemente, sino: «La voz de mis sollozos». Amplía mucho más su contenido al mencionar la voz y conjuntamente los sollozos, pues, cuando dice voz, no se refiere a la intensidad del clamor, sino a la disposición interna del alma; y cuando añade sollozos, no se fija tanto en las lágrimas que vierten los ojos, cuanto en el gemido que emerge de lo profundo del corazón.

Dios acoge la oración de quien ha elegido el camino de la penitencia, ganándose, además, el precioso don de conmover a los otros y de disponerles a la penitencia de sus culpas y a abandonar la senda que conduce a la perdición. Todos mis enemigos, confusos, retroceden, súbitamente aterrados. Esta súplica es útil, y diría yo que pudorosa e íntima. Quienes viven en el pecado, si se avergüenzan y retroceden confusos, se verán libres de todo vicio. A la manera que nosotros, encontrándonos casualmente con un hombre que se halla perdido, sin rumbo, por lugares tortuosos y en trance de caer en un precipicio, le libramos porque con voz potente le decimos: «Hombre, ¿a dónde vas?». Hay otro precipicio ante tu vista: los pecadores, para los que tú logras que retrocedan de su mala vida. Otro símil: el caballo encabritado, y no reprimido a tiempo, corre el peligro de morir repentinamente.

Escojamos, hermanos, la senda de una vida penitente, que es prenda de salvación; tomemos antídotos eficaces contra la perversión del corazón. Porque verdadera penitencia no es la que se proclama con los labios, sino la que se consolida con las obras; es verdadera penitencia la que procede del corazón y borra nuestra iniquidad.

Isaías dice: «Lavaos, limpiaos, quitad vuestras fechorías de delante de mi vista». ¿Qué sugiere esta redundancia de palabras? ¿No hubiera bastado con afirmar "quitad vuestras fechorías"? ¿A qué, pues, añadir "de delante de mi vista"? Porque distinta es la mirada de los hombres de la mirada de Dios: El hombre mira las apariencias, pero Dios mira el corazón. No falsifiquéis, pues, el verdadero rostro de la penitencia, quiere decir el profeta, sino haced frutos dignos en obras de arrepentimiento sincero ante mi vista, que escruta los secretos más íntimos de vuestro corazón.

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LA GRACIA DEL TRABAJO 
Y EL ESPÍRITU DE ORACIÓN (2 R 5)
por Optato van Asseldonk, o.f.m.cap.

Dice san Francisco en su Regla: «Los hermanos a quienes el Señor ha dado la gracia de trabajar, trabajen fiel y devotamente, de tal suerte que, desechando la ociosidad, enemiga del alma, no apaguen el espíritu de la santa oración y devoción, al cual las demás cosas temporales deben servir» (2 R 5,12).

Este es un texto clave, tanto por su contenido como por su influencia en la historia de la Orden desde su origen hasta nuestros días, particularmente en toda verdadera reforma o renovación franciscana. Además, siempre ha sido un criterio fundamental de nuestra vida espiritual.

Para Francisco, el trabajo, como cualquier otro bien, es una gracia, o sea, un don, una obra del Señor; y para responder a esa gracia, o sea, para seguirla, debemos trabajar fiel y devotamente. Trabajando así, «en la gracia» y «con la gracia» o en virtud de la misma, se evita la ociosidad y no se apaga el espíritu de la santa oración y devoción. El criterio es sencillo y, en el fondo, transparente y clarísimo: quien sigue la gracia del trabajo, trabajando en gracia e impulsado por ella, necesariamente trabajará fiel y devotamente; en consecuencia, le resultará imposible apagar el espíritu de oración y devoción. En efecto, la gracia, don de Dios, actuación de Dios en nosotros, no puede anular ni impedir el espíritu de oración y devoción. Esto implicaría una verdadera contradicción: la gracia que anula o impide la gracia, la obra de Dios. Pero también hay que aclarar lo contrario: el trabajo, en la medida en que impide o anula el espíritu de oración, no es obra de la gracia, sino de un amor propio o egoísta como, por ejemplo, la vanagloria, el propio provecho, etc. En tal caso, quien actúa en mí, en nosotros... no es la gracia del trabajo sino, como diría Francisco, el espíritu de la carne, nuestro querido «yo».

A veces, los autores y traductores, tras las palabras de Francisco «no apaguen el espíritu» (2 R 5,2), citan el texto de san Pablo en el que el Apóstol habla de «no apagar el Espíritu Santo» (1 Tes 5,19). Y ciertamente el espíritu de oración es obra, inspiración, don del Espíritu Santo que nos hace orar como hay que hacerlo: «Nadie puede decir: Señor Jesús, sino en el Espíritu Santo» (1 Cor 12,3). Está claro igualmente que la gracia del trabajo, lejos de apagar el espíritu de oración, lo «sirve» y refuerza, como don de Dios, de modo que todas las demás cosas: la predicación, el estudio, el trabajo, cualquier obra externa material o espiritual y las mismas oraciones..., estén realmente al servicio y para provecho de ese mismo espíritu de oración y devoción, o consagración-dedicación a Dios y al prójimo.

Con este criterio o principio, partiendo de la gracia del trabajo y del espíritu de oración, o en otras palabras, de una única acción o inspiración de Dios en el trabajo y en la oración, Francisco garantiza la unidad fundamental de la vida activa y de la contemplativa, por cuanto ambas se basan sobre la misma y única acción-gracia de Dios y del Espíritu Santo, el único que dice y hace todo bien en nosotros.

Recordemos, por último, que en este texto de la Regla bulada no se trata de las oraciones o prácticas externas de devoción, sino del espíritu de oración, «al que deben servir las demás cosas temporales» (es decir, las hechas por nosotros en el tiempo y en el espacio o lugar de este mundo, como ejercicios humanos externos) y al que Francisco da la primacía en la vida espiritual. Me parece que es importante hacer una distinción precisa: quien vivifica, quien da vida «espiritual» es el espíritu y no una cierta cantidad de oraciones como tales. Ese espíritu de oración y devoción es el que inspira y anima no sólo toda verdadera oración, sino también todo verdadero trabajo o cualquier otra obra buena, convirtiéndolos en gracia, en obra de Dios y del Espíritu Santo.

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