sábado, 28 de enero de 2017

Año Cristiano Franciscano


DÍA 29 DE ENERO

Beato Pablo Daniel Altabella

Beato Pablo Daniel AltabellaBEATO PABLO DANIEL ALTABELLA. Nació en Aguaviva, provincia de Teruel (España), en 1911. Ingresó de niño en el seminario marista y, hecho el noviciado, profesó en 1928. Fue profesor de primaria; un excelente educador y catequista. Durante la persecución religiosa sufrió cárceles y trabajos forzados, donde anunciaba al Señor. Fue detenido en Barcelona cuando intentaba embarcarse para Francia. El 7-X-1936 lo encerraron en la checa de San Elías, de la que pasó a la cárcel Audiencia y luego a la Cárcel Modelo. Puesto en libertad el 3-VII-1938, lo detuvieron de nuevo por realizar actos de apostolado; pasa por el barco-cárcel Argentina y por la cárcel de Montjuic, que convierte en lugares de evangelización, y acaba en el campo de concentración de Ogern (Lérida). En octubre de 1938 se alista con su quinta en el ejército republicano, en sanidad. Allí sigue manifestando en público sus convicciones religiosas, por lo que lo fusilan cerca de Figueras (Gerona) el 29 de enero de 1939. Beatificado el 13-X-2013.



BEATA BOLESLAVA MARÍA LAMENT. Nació en Lowicz (Polonia) en 1862. De joven marchó a Varsovia y empezó a cuidar a los pobres y sin hogar. Al poco de llegar a la capital polaca, ingresó en la Tercera Orden seglar de San Francisco y tomó como confesor y director espiritual al beato Honorato Kozminski, capuchino. Aconsejada por éste, marchó a Bielorrusia, donde fundó, en 1905, la congregación de las Hermanas Misioneras de la Sagrada Familia para trabajar por la unidad de las Iglesias ortodoxa y católica, educar a la juventud y atender a los pobres. Ella y su fundación tuvieron que pasar por circunstancias sociales y políticas muy adversas (Revolución Bolchevique, Segunda Guerra Mundial, etc.) en Rusia, Finlandia, Países Bálticos, Polonia, sin perder nunca el aliento ni dejar su apostolado. Estuvo paralítica los cinco últimos años de su vida. Murió en Bialystok (Polonia) el 29 de enero de 1946, y fue beatificada por Juan Pablo II en Polonia el 5 de junio de 1991.


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San Afraates. Nació y se educó entre los persas. Siguiendo las huellas de los Reyes Magos, peregrinó hasta Belén, donde se convirtió del todo al Señor. Marchó a Edesa y se retiró a una pequeña ermita, en la que llevó vida de anacoreta. Defendió con su predicación y sus escritos la fe católica contra los arrianos en Antioquía de Siria (hoy Turquía), en cuya proximidad murió el año 378.

San Aquilino. Nació en Würzburg (Alemania) de familia noble. En Colonia estudió y se ordenó de sacerdote. Rehusó la propuesta de ser obispo, para dedicarse por completo al ministerio y a la oración. Marchó a París y allí atendió a los enfermos de cólera. En Pavía luchó contra los arrianos y los cátaros, que lo asesinaron en Milán el año 1015.

San Constancio. Fue obispo de Perugia (Italia), no lejos de Asís, y sufrió el martirio cerca de Foligno, durante la persecución de Antonino Pío, en el siglo III.

San Gildas el Sabio. Natural de Gran Bretaña y nacido de familia noble, recibió una excelente educación y se ordenó de sacerdote hacia el 518. Predicó en las regiones septentrionales, hasta que, a petición de santa Brígida, marchó a Irlanda, donde reformó muchos monasterios. Volvió a su patria y se retiró a la vida eremítica en la isla de Houat. Fundó el monasterio de Rhuys, pero volvió a Houat y allí murió el año 570.

Santos Papías y Mauro. Son dos soldados romanos que, viendo la entereza de los mártires, se convirtieron al cristianismo, por lo que fueron arrestados y flagelados hasta la muerte, en el siglo III. Sus cuerpos fueron enterrados en el Cementerio Mayor, de la vía Nomentana, en Roma.

Santos Sarbelio y Bebaya. Sarbelio era sacerdote y Bebaya era hermana suya. Los dos fueron martirizados hacia el año 250 en Edesa (hoy Turquía).

San Sulpicio Severo. Fue obispo de Bourges, en Aquitania, y senador de las Galias. San Gregorio de Tours lo alabó por su sabiduría, su celo pastoral y su diligencia en restaurar la disciplina. Murió en su sede episcopal el año 591.

San Valerio de Tréveris. Segundo obispo de Tréveris (Alemania), a finales del siglo III.

San Valero, obispo de Zaragoza. Véase el día 22 de enero, día en que se recuerda su fallecimiento.

Beato Bronislao B. Markiewicz. Sacerdote polaco que ejerció el ministerio parroquial y se especializó en el apostolado con los jóvenes. En 1885 marchó a Italia, ingresó en los salesianos e hizo la profesión en manos de san Juan Bosco. Regresó a Polonia en 1892, volvió al servicio parroquial y al cuidado de la juventud pobre y huérfana, para cuya atención fundó dos congregaciones religiosas bajo el nombre de San Miguel Arcángel, una masculina y otra femenina, basadas en la espiritualidad de san Juan Bosco. Murió el año 1912 y fue beatificado en el 2005.

Beata Villana delle Botti. Nació en Florencia en 1332 y murió allí mismo en 1361. Quiso ser religiosa, pero su padre se opuso, y tuvo que casarse. En el matrimonio dejó su vida de piedad, hasta que se convirtió, dejó la vida mundana y, con permiso de su marido, ingresó en la Orden Tercera de Santo Domingo. Destacó por su asidua meditación de la pasión de Cristo, su austeridad de vida y su cuidado de los pobres, para los que llegó a mendigar por las calles.



PARA TENER EL ESPÍRITU DE ORACIÓN Y DEVOCIÓN

Pensamiento bíblico:

Dijo Jesús a sus discípulos: --No sois vosotros los que me habéis elegido, soy yo quien os he elegido y os he destinado para que vayáis y deis fruto, y vuestro fruto dure. De modo que lo que pidáis al Padre en mi nombre os lo dé. Esto os mando: que os améis unos a otros (Jn 15,16-17).

Pensamiento franciscano:

San Francisco decía y repetía a sus hermanos: «Tanto sabe el hombre cuanto obra; y tanto sabe orar un religioso, cuanto practica». Cómo si dijera: Al buen árbol no se le conoce sino por sus frutos (LP 105).

Orar con la Iglesia:

En el nombre de Jesús, que intercede siempre en nuestro favor, elevemos a Dios Padre nuestra oración:

-Para que la Iglesia anuncie con sencillez y entereza la palabra de Dios en todas las situaciones, por difíciles que sean.

-Para que los religiosos y las religiosas sean en la Iglesia y en el mundo testigos de la paz y del amor de Cristo.

-Para que la escucha del Evangelio nos haga a todos fermento de renovación humana y cristiana.

-Para que las comunidades cristianas y las familias sean tierra fértil en la que puedan germinar y crecer las vocaciones a la vida consagrada.

-Para que los creyentes, como María, estemos abiertos a la acción del Espíritu Santo.

Oración: Ponemos ante ti, Señor, nuestras súplicas; atiéndelas por tu inmensa bondad. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.

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MENSAJE PARA LA PRIMERA JORNADA
DE LA VIDA CONSAGRADA (2-II-1997)
del Santo Padre Juan Pablo II (6-I-1997)

Estimados hermanos en el episcopado, queridas personas consagradas:

1. La celebración de la Jornada de la vida consagrada, que tendrá lugar por primera vez el próximo 2 de febrero, quiere ayudar a toda la Iglesia a valorar cada vez más el testimonio de quienes han elegido seguir a Cristo de cerca mediante la práctica de los consejos evangélicos y, al mismo tiempo, quiere ser para las personas consagradas una ocasión propicia para renovar los propósitos y reavivar los sentimientos que deben inspirar su entrega al Señor.

La misión de la vida consagrada en el presente y en el futuro de la Iglesia, en el umbral del tercer milenio, no se refiere sólo a quienes han recibido este especial carisma, sino a toda la comunidad cristiana. En la exhortación apostólica post-sinodal Vita consecrata, publicada el pasado año, escribía: «En realidad, la vida consagrada está en el corazón mismo de la Iglesia como elemento decisivo para su misión, ya que "indica la naturaleza íntima de la vocación cristiana" y la aspiración de toda la Iglesia Esposa hacia la unión con el único Esposo» (n. 3). A las personas consagradas, pues, quisiera repetir la invitación a mirar el futuro con esperanza, contando con la fidelidad de Dios y el poder de su gracia, capaz de obrar siempre nuevas maravillas: «¡Vosotros no solamente tenéis una historia gloriosa para recordar y contar, sino una gran historia que construir! Poned los ojos en el futuro, hacia el que el Espíritu os impulsa para seguir haciendo con vosotros grandes cosas» (ib., 110).

Los motivos de la jornada de la vida consagrada

2. La finalidad de dicha jornada es por tanto triple: en primer lugar, responde a la íntima necesidad de alabar más solemnemente al Señor y darle gracias por el gran don de la vida consagrada que enriquece y alegra a la comunidad cristiana con la multiplicidad de sus carismas y con los edificantes frutos de tantas vidas consagradas totalmente a la causa del Reino. Nunca debemos olvidar que la vida consagrada, antes de ser empeño del hombre, es don que viene de lo Alto, iniciativa del Padre, «que atrae a sí una criatura suya con un amor especial para una misión especial» (ib., 17). Esta mirada de predilección llega profundamente al corazón de la persona llamada, que se siente impulsada por el Espíritu Santo a seguir tras las huellas de Cristo, en una forma de particular seguimiento, mediante la asunción de los consejos evangélicos de castidad, pobreza y obediencia. Estupendo don.

«¿Qué sería del mundo si no existieran los religiosos?», se preguntaba justamente santa Teresa (Libro de la vida, c. 32,11). He aquí una pregunta que nos lleva a dar incesantes gracias al Señor, que con este singular don del Espíritu continúa animando y sosteniendo a la Iglesia en su comprometido camino en el mundo.

3. En segundo lugar, esta Jornada tiene como finalidad promover en todo el pueblo de Dios el conocimiento y la estima de la vida consagrada.

Como ha subrayado el Concilio (LG 44) y yo mismo he tenido ocasión de repetir en la citada exhortación apostólica, la vida consagrada «imita más de cerca y hace presente continuamente en la Iglesia la forma de vida que Jesús, supremo consagrado y misionero del Padre para su Reino, abrazó y propuso a los discípulos que le seguían» (n. 22). Esta es, por tanto, especial y viva memoria de su ser de Hijo que hace del Padre su único Amor -he aquí su virginidad-, que encuentra en Él su exclusiva riqueza -he aquí su pobreza- y tiene en la voluntad del Padre el «alimento» del cual se nutre (cf. Jn 4,34) -he aquí su obediencia.

Esta forma de vida abrazada por Cristo y actuada particularmente por las personas consagradas, es de gran importancia para la Iglesia, llamada en cada uno de sus miembros a vivir la misma tensión hacia el Todo de Dios, siguiendo a Cristo con la luz y con la fuerza del Espíritu Santo.

La vida de especial consagración, en sus múltiples expresiones, está así al servicio de la consagración bautismal de todos los fieles. Al contemplar el don de la vida consagrada, la Iglesia contempla su íntima vocación de pertenecer sólo a su Señor, deseosa de ser a sus ojos «sin mancha ni arruga ni cosa parecida, sino santa e inmaculada» (Ef 5,27).

Se comprende así, pues, la oportunidad de una adecuada Jornada que ayude a que la doctrina sobre la vida consagrada sea más amplia y profundamente meditada y asimilada por todos los miembros del pueblo de Dios.

4. El tercer motivo se refiere directamente a las personas consagradas, invitadas a celebrar juntas y solemnemente las maravillas que el Señor ha realizado en ellas, para descubrir con más límpida mirada de fe los rayos de la divina belleza derramados por el Espíritu en su género de vida y para hacer más viva la conciencia de su insustituible misión en la Iglesia y en el mundo.

En un mundo con frecuencia agitado y distraído, la celebración de esta Jornada anual ayudará también a las personas consagradas, comprometidas a veces en trabajos sofocantes, a volver a las fuentes de su vocación, a hacer un balance de su vida y a renovar el compromiso de su consagración. Podrán así testimoniar con alegría a los hombres y a las mujeres de nuestro tiempo, en las diversas situaciones, que el Señor es el Amor capaz de colmar el corazón de la persona humana.

Existe realmente una gran necesidad de que la vida consagrada se muestre cada vez más «llena de alegría y de Espíritu Santo», se lance con brío por los caminos de la misión, se acredite por la fuerza del testimonio vivido, ya que «el hombre contemporáneo escucha más a gusto a los testigos que a los maestros, o si escucha a los maestros lo hace porque son testigos» (EN n. 41).

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QUIEN CONSERVA LOS MANDAMIENTOS DE DIOS
EN LA MEMORIA Y LOS OBSERVA EN LA VIDA,
ÉSE AMA A DIOS
Del "Sermón sobre el amor de Dios" de san Elredo

¡Oh Señor Jesús, qué gran suavidad en el amarte, cuánta tranquilidad en la suavidad, y cuánta seguridad en la tranquilidad! No yerra la elección del que te ama, pues nada hay mejor que tú; ni la esperanza falla, pues nada se ama con mayor provecho. No hay miedo a excederse en la medida, pues la medida de amarte es amarte sin medida. No cabe el temor a la muerte debeladora de la mundana amistad, pues la vida no muere. En amarte no hay lugar a la ofensa, que no existe si no se desea más que el amor. No se insinúa suspicacia alguna, pues juzgas según el testimonio de tu propia conciencia. Aquí mora la suavidad, pues se excluye el temor. Aquí reina la tranquilidad, pues se mantiene a raya la ira. Aquí se goza de seguridad, pues se desprecia el mundo.

Al oír esto, alma mía, has de ser como un cacharro inútil, de modo que desconfiando de ti misma y poniendo toda tu confianza en Dios, no sepas vivir para ti misma, sino para el que por ti murió y resucitó. ¡Quién me diera embriagarme con esta copa de salvación, sentir este sopor invadiendo mi alma, adormilarme con este suavísimo letargo, para que amando al Señor mi Dios con todo mi corazón, con toda mi alma, con todo mi ser, nunca busque mi interés sino el de Jesucristo! ¡Amando al prójimo como a mí mismo, no busque mi provecho, sino el provecho del otro! ¡Oh Verbo plenificante, devorado por la justicia, Verbo de caridad, Verbo de la perfección consumada, Verbo de la dulzura! ¡Oh Verbo plenificante, al que nada puede faltarle! ¡Oh Verbo, compendio de la ley entera y de los profetas!

Quién sea el feliz poseedor de un tal amor, lo declara abiertamente la Verdad cuando dice: El que sabe mis pensamientos y los guarda, ése me ama. Así pues, quien conserva los mandamientos de Dios en la memoria y los observa en la vida; quien los lleva en la boca y los pone por obra; quien los acoge escuchando y los observa operando; o quien los observa operando y los observa perseverando, ése ama a Dios. El amor hay que demostrarlo en las obras, para que el nombre no esté desposeído de contenido.

Conviene saber que el amor de Dios no se valora atendiendo a los sentimientos momentáneos, sino más bien por la calidad estable de la propia voluntad. Pues el hombre debe sintonizar su voluntad con la voluntad de Dios, de suerte que cuanto la voluntad divina ordenare lo acepte de buen grado la voluntad humana. Así no se registrarán ni diversidad ni contraposición de opiniones, no se preguntará por qué esto o aquello, sino que la razón última de actuar es el convencimiento de que así lo quiere Dios. Esto es amar a Dios de verdad. Pues la misma voluntad se ha identificado con el amor. Y lo mismo da decir buenas o malas voluntades que buenos o malos amores.

De aquí que esta voluntad habrá que cualificarla de acuerdo con un doble criterio: la acción y la pasión. Esto es, si soporta pacientemente lo que Dios mandare o permitiere y cumple con fervor cuanto le ordenare. Cualquier voluntad en sintonía con la voluntad de Dios soporta pacientemente lo que Dios mandare y ejecuta fervorosamente lo que le ordenare. De éste se puede afirmar que ama a Dios con todas sus fuerzas.

Pero como quiera, Señor Dios, que nadie por sus propias fuerzas o por sus méritos y sin tu gracia, es capaz de sintonizar con tu voluntad o de amarte, nos vemos precisados a implorar el auxilio de tu gracia con una intensa y continuada insistencia.

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SAN FRANCISCO, MAESTRO 
DE ORACIÓN Y CONTEMPLACIÓN
por Optato van Asseldonk, o.f.m.cap.

Ciertamente, a Francisco no le habría gustado este título. Para él, Jesucristo es el único «Maestro» y, por consiguiente, sólo a Él le corresponde tal apelativo. Además, la palabra «contemplación» no aparece en los escritos del Santo, y la expresión «oración» y «orar» se repite en ellos 32 veces, número más bien exiguo si lo comparamos, por ejemplo, con las 74 veces que figura «amor-caridad, amar», o, más aún, las casi 200 que encontramos «obrar, obras, operación, hacer».

No quiero dar excesiva importancia a una estadística tan simple como esta, y me basta una palabra del Santo para hacerme reflexionar y mucho: «Decía el bienaventurado Francisco: "Tanto sabe el hombre, cuanto obra; y tanto sabe orar un religioso, cuanto practica". Como si dijera: "Al buen árbol no se le conoce sino por sus frutos"» (LP 105c). Por consiguiente, lo que nos resulta cierto es la importancia de la verdadera oración en la doctrina de Francisco, verdadera oración que se descubre en los frutos de una vida buena y santa.

Celano escribe de Francisco: Totus non tam orans quam oratio factus, «hecho todo él ya no sólo orante, sino oración» (2 Cel 95). Aquí me gustaría traducir esa famosa expresión de la siguiente manera: toda su oración fue su misma vida; o bien: su vida misma fue su oración. Pero me temo que con ello, en lugar de exponer el texto, le estaría imponiendo tal vez mi pensamiento.

Francisco en efecto, no dejó a sus hermanos normas cuantitativas sobre la oración, si exceptuamos el Oficio divino, ni un horario para las oraciones, fuera de la Regla para los eremitorios. Ni siquiera les dio nunca indicaciones respecto al tiempo y duración de la «meditación». Es cierto que, siguiendo la norma evangélica (Lc 18,1), dice algunas veces que debemos orar siempre; pero, ¿quién habrá que piense que ha de tomar esa palabra al pie de la letra, en su sentido material? En cambio, Francisco establece en la Regla no bulada: «Los siervos de Dios deben perseverar siempre en la oración o en alguna obra buena» (1 R 7,12). Según el contexto, lo que el Santo quiere es que sus hermanos nunca estén ociosos, pues «la ociosidad es enemiga del alma» (v. 11).

Respecto a la calidad de la oración, por el contrario, sí nos dejó Francisco normas decisivas y muy precisas, mostrándose como un verdadero maestro de oración, aunque muy consciente de su condición de siervo y ministro del único Maestro y de su Espíritu, en conformidad con aquella palabra tan profunda y sentida: «Dice el Apóstol: Nadie puede decir: Señor Jesús, sino en el Espíritu Santo (1 Cor 12,3)» (Adm 8,1). Verdaderamente es el Espíritu Santo quien inspira, dice y hace en nosotros y en los demás todo bien, incluso la oración, si no ésta sobre todo.

Analizaremos algunos textos de Francisco.


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