sábado, 31 de diciembre de 2016

Año Cristiano Franciscano


DÍA 1 DE ENERO


 SANTA MARÍA, MADRE DE DIOS. La Iglesia celebra con toda solemnidad el misterio de la maternidad divina de la Virgen el día 1 de enero, fecha en que también se conmemora lo que nos recuerda el evangelio de San Lucas: al cumplirse los ocho días del Nacimiento del Niño, lo circuncidaron y le pusieron por nombre Jesús. La fiesta de hoy está destinada a celebrar la parte que tuvo María en el misterio de la salvación y a exaltar la singular dignidad de que goza la madre de Jesús, Dios y hombre. «Francisco -dice San Buenaventura- amaba con indecible afecto a la Madre del Señor Jesús, por ser ella la que ha convertido en hermano nuestro al Señor de la majestad».- Oración: Dios y Señor nuestro, que por la maternidad virginal de María entregaste a los hombres los bienes de la salvación, concédenos experimentar la intercesión de aquella de quien hemos recibido a tu Hijo Jesucristo, el autor de la vida. Él, que vive y reina por los siglos de los siglos. Amén.


JORNADA MUNDIAL DE LA PAZ. El papa Pablo VI quiso que, a partir de 1968, se consagrara este día, el primero del año, a la reflexión y a la oración por la paz, acompañándolas con un Mensaje dirigido ante todo a los jefes de Estado y a los representantes de las naciones. Juan Pablo II y Benedicto XVI han proseguido esta hermosa iniciativa, enviando cada año su mensaje.

SAN JOSÉ MARÍA TOMASI. Nació en Licata (Sicilia) el año 1649 de padres nobles y piadosos. Renunció a sus derechos nobiliarios y patrimoniales y profesó en los Teatinos el año 1666. Ordenado sacerdote, se consagró al esplendor del culto divino y al fomento de las ciencias sagradas, llegando a ser un especialista en liturgia. El papa Clemente XI le dio altos cargos en las Congregaciones romanas y lo creó cardenal. En su vida unió el amor a la ciencia con el amor a la piedad. Murió en Roma el 1 de enero de 1713.

SANTA ZDISLAVA DE LEMBERK. Nació de familia noble hacia el año 1220 en Krizanov (Moravia occidental). A los veinte años se casó con Havel de Jablonné, señor de Lemberk, hombre de confianza de Wenceslao I y colonizador de la Bohemia septentrional; tuvieron cuatro hijos que educaron cristianamente. Se asoció a la obra de la Orden de Predicadores -dominicos- y fundó para ellos dos conventos. Con el espíritu dominicano, además de ser un perfecto modelo de mujer y madre de familia, se dedicó con empeño a la evangelización en el ámbito familiar y social, especialmente en las actividades de caridad para con los pobres y los enfermos. Murió en Lemberk en 1252. La canonizó Juan Pablo II en 1995.

 SAN SEGISMUNDO GORAZDOWSKI. Nació en Sanok (Polonia) en 1845. Entró en el seminario de Lvov; por su salud precaria, se le retrasó la ordenación sacerdotal. Desde el inicio de su ministerio unió su actividad pastoral con la caritativa: renovación de la vida cristiana, catequesis, publicación de artículos y libros, fundación de numerosas obras de beneficencia. Con el fin de gestionar la mayor parte de sus obras de beneficencia pidió colaboración a un grupo de terciarias franciscanas, y a partir de ahí, en 1884, fundó la congregación de las Religiosas de San José, que sigue la Regla de la Tercera Orden de San Francisco y que, en 1922, se agregó a los Capuchinos. Por sus obras mereció ser llamado "sacerdote de los desheredados", "padre de los pobres", "apóstol de la misericordia de Dios". Murió el 1 de enero de 1920, en Lvov (Ucrania). Lo canonizó Benedicto XVI en 2005.

BEATO VALENTÍN PAQUAY. Nació en Tongres (Bélgica) el año 1828. En plena juventud ingresó en la Orden franciscana y, ordenado de sacerdote en Lieja en 1854, los superiores lo destinaron al convento de Hasselt, donde permaneció ya el resto de su vida. Desarrolló una enorme actividad en el campo del apostolado. Predicaba sin descanso. Era muy estimado especialmente en los ambientes populares y en los institutos religiosos por su palabra sencilla y persuasiva. Pero, sobre todo, fue constante su labor en el confesonario, revelando a sus numerosos penitentes el rostro misericordioso de Dios Padre, hasta tal punto que se le comparó con el santo Cura de Ars. Impulsó la práctica de la comunión frecuente y el culto al Sagrado Corazón, así como la devoción a la Virgen sobre todo con la recitación del Santo Rosario. Durante muchos años fue asistente de la Fraternidad Franciscana Seglar de Hasselt, donde murió el 1 de enero de 1905. Juan Pablo II lo beatificó en 2003.

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San Almaquio. Martirizado en Roma el año 391 por oponerse a los espectáculos de los gladiadores.

San Basilio Magno. Su fiesta se celebra el 2 de enero.

San Claro. Abad del monasterio benedictino francés de San Marcelo. Murió en Vienne (Francia) el año 660.

San Eugendo. Abad de un monasterio benedictino del Monte Jura, cerca de Lyón. Murió el año 516.

San Frodoberto. Fundador y primer abad del monasterio de Moutier-la-Celle. Murió en Troyes (Francia) el año 667.

San Fulgencio. De familia ilustre, fue procurador de su territorio. Convertido totalmente al Señor, se hizo monje y lo eligieron obispo de Ruspe (Túnez). Fue perseguido por los arrianos y desterrado por dos veces a la isla de Cerdeña. Murió en Ruspe el año 533.

San Guillermo. Abad del monasterio de San Benigno de Dijon, que llegó a tener 40 monasterios filiales que gobernó con firmeza y prudencia. Murió en Fécamp (Normandía) el año 1031.

San Justino. Obispo de Chieti (Abruzzo, Italia) que murió en el s. IV.

San Odilón. Abad de Cluny, severo consigo mismo, pero manso y misericordioso con los demás y, en tiempo de hambre, bienhechor de los pobres. En el nombre de Dios pacificó pueblos beligerantes. Instituyó la Conmemoración de los fieles difuntos. Murió en Souvigny (Borgoña) el año 1049.

San Vicente María Strambi. Religioso pasionista, obispo de Macerata y Tolentino. Por su fidelidad al papa, frente al emperador Napoleón, fue exiliado. Murió en Roma el año 1824.

Beato Andrés Gómez Sáez. Nació en Bicorp (Valencia) en 1894, ingresó en los Salesianos y emitió los votos religiosos en Carabanchel Alto el año 1914, fue ordenado sacerdote en 1925. Ejerció el sagrado ministerio en Baracaldo, La Coruña y Santander, donde le sorprendió la persecución religiosa de 1936. Se escondió para no ser detenido, pero el 1-I-1936 fue delatado como sacerdote a los milicianos, que lo arrestaron y fue arrojado al acantilado de Santander.

Beato Francisco Mitjá. Nació en Arbucias (Gerona) en 1874. Vistió el hábito mercedario en 1909 y continuó los estudios que había iniciado en el seminario diocesano, pero una enfermedad de los ojos truncó su aspiración al sacerdocio; continuó como hermano cooperador. Pasó casi toda su vida religiosa en Lérida, como profesor auxiliar de teología y de lenguas. Al estallar la persecución religiosa en julio de 1936, se hospedó en sucesivas viviendas y anduvo un tiempo vagando por los montes, refugiándose en masías o en cobijos deshabitados. En torno al 1 de enero de 1937 fue asesinado en el término de Pinós (Lérida); su cadáver se encontró días después. Beatificado el 13-X-2013.
Beato Hugolino. Llevó vida eremítica en Gualdo Cattaneo (Umbría) en el siglo XIV.

Beatos Juan y Renato Lego. Hermanos carnales, sacerdotes, martirizados por la Revolución francesa en Angers el año 1794 por negarse a jurar la constitución civil del clero.

Beato Lojze (Luis) Grozde. Nació en Zgornje Vodale (Eslovenia) el año 1923 de campesinos pobres. Como hijo ilegitimo vivió una infancia difícil. Su padre natural no lo reconoció. Su madre se casó con otro hombre cuando él tenía cuatro años. Se educó con sus abuelos y recibió una educación cristiana. Destacó en los estudios y pronto empezó a escribir poesías. El 1-I-1943, antes de cumplir los 20 años, unos partisanos lo detuvieron, lo torturaron y lo asesinaron en Mirna, acusándolo de anticomunista. De él dijo Benedicto XVI: «Era particularmente devoto de la Eucaristía, que alimentaba su fe inquebrantable, su capacidad de sacrificio por la salvación de las almas y su apostolado por la Acción Católica para llevar a los demás jóvenes a Cristo». Beatificado en 2010.

Beato Mariano Konopinski. Polaco, sacerdote y mártir, inmolado en el campo de concentración de Dachau en 1943.

Beatos Pedro Cortasa y 3 compañeros mártires, Maristas. En 1936, los maristas tenían una escuelita en Cabezón de la Sal con 4 hermanos, y otra en Carrejo (Cantabria) con 3 hermanos. Después de sufrir muchas penalidades, el 30-XII-1936 los 7 hermanos fueron detenidos y al día siguiente conducidos a la cárcel de Santander. El 1 de enero de 1937 sacaron de ella a los hermanos Pedro, Narciso, Colombanus-Paul y Néstor Eugenio, y no se supo más de ellos; es muy probable que les quitaran la vida aquel mismo día. Pedro Cortasa nació en Millá (Lérida) en 1883. Profesó en 1900. Dedicó toda su vida a la educación de los hijos de labradores y de obreros. Pasó muchos años en Cabezón, donde era muy apreciado. Narciso Arribas nació en Santibáñez de Esgueva (Burgos) en 1877. Profesó en 1894. Ejerció la docencia en numerosos colegios, siendo el último el de Cabezón. Por su atención caritativa a las familias humildes lo llamaban “amigo de los pobres”. Colombanus-Paul Oza nació en Lyon (Francia) en 1877. Se formó, profesó y trabajó en Francia hasta que, en 1903, vino a España. Era inteligente, pero, por su carácter tímido y demasiado bueno, le costaba mantener la disciplina en clase. En 1926 lo destinaron a Carrejo como cocinero y encargado de los párvulos. Néstor Eugenio Ortega nació en Arlanzón (Burgos) en 1912. Emitió los primeros votos en 1931. Lo destinaron a Carrejo en 1933 como maestro. Su naturaleza enfermiza no le impedía ser un buen educador, y ser fuerte en el alma y en el ánimo.- Beatificados el 13-X-2013.

PARA TENER EL ESPÍRITU DE ORACIÓN Y DEVOCIÓN

Pensamiento bíblico:

Hermanos: Cuando se cumplió el tiempo, envió Dios a su Hijo, nacido de una mujer, nacido bajo la Ley, para rescatar a los que estaban bajo la Ley, para que recibiéramos el ser hijos por adopción (Ga 4,4-5).

Pensamiento franciscano:

Salve, Señora, santa Reina, santa Madre de Dios, María, que eres virgen hecha Iglesia, y elegida por el santísimo Padre del cielo, consagrada por Él con su santísimo amado Hijo y el Espíritu Santo Paráclito, en la cual estuvo y está toda la plenitud de la gracia y todo bien (SalVM 1-3).

Orar con la Iglesia:

Con el alma llena de alegría por la maternidad divina de la Virgen María, dirijamos al Padre nuestra oración filial y confiada:

- Por la comunidad eclesial: para que, imitando el ejemplo de María, sea dócil en la escucha de la palabra de Dios.

- Por los creyentes, que nos sentimos también hijos de María: para que acojamos a Cristo en el corazón, como ella, y lo comuniquemos a los hermanos con alegría.

- Por todas las naciones: para que reine cada vez más la paz de Cristo, hijo de María y hermano nuestro.

- Por todos los hombres: para que vivamos el año nuevo, que nos regala la bondad del Padre, como tiempo de gracia, en una adhesión activa y filial a su voluntad.

Oración: Acepta, Señor, nuestras súplicas, por intercesión de santa María, la Madre de tu Hijo, que vive y reina por los siglos de los siglos. Amén.

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LA MATERNIDAD DIVINA DE MARÍA
De la homilía de Benedicto XVI el 1-I-08

Al misterio de la maternidad divina de María, la Theotokos, hace referencia el apóstol san Pablo en la carta a los Gálatas. «Al llegar la plenitud de los tiempos -escribe- envió Dios a su Hijo, nacido de mujer, nacido bajo la ley» (Ga 4,4). En pocas palabras se encuentran sintetizados el misterio de la encarnación del Verbo eterno y la maternidad divina de María: el gran privilegio de la Virgen consiste precisamente en ser Madre del Hijo, que es Dios.

El título de Madre de Dios es, juntamente con el de Virgen santa, el más antiguo y constituye el fundamento de todos los demás títulos con los que María ha sido venerada y sigue siendo invocada de generación en generación, tanto en Oriente como en Occidente. Al misterio de su maternidad divina hacen referencia muchos himnos y numerosas oraciones de la tradición cristiana, como por ejemplo una antífona mariana del tiempo navideño, el Alma Redemptoris Mater, con la que oramos así: «Tú, ante el asombro de toda la creación, engendraste a tu Creador, Madre siempre virgen».

Queridos hermanos y hermanas, contemplemos hoy a María, Madre siempre virgen del Hijo unigénito del Padre. Aprendamos de ella a acoger al Niño que por nosotros nació en Belén. Si en el Niño nacido de ella reconocemos al Hijo eterno de Dios y lo acogemos como nuestro único Salvador, podemos ser llamados, y seremos realmente, hijos de Dios: hijos en el Hijo. El Apóstol escribe: «Envió Dios a su Hijo, nacido de mujer, nacido bajo la ley, para rescatar a los que se hallaban bajo la ley, y para que recibiéramos la filiación adoptiva» (Ga 4,4-5).

El evangelista san Lucas repite varias veces que la Virgen meditaba silenciosamente esos acontecimientos extraordinarios en los que Dios la había implicado. Lo hemos escuchado también en el breve pasaje evangélico que la liturgia nos vuelve a proponer hoy. «María conservaba todas estas cosas meditándolas en su corazón» (Lc 2,19). El verbo griego usado, sumbállousa, en su sentido literal significa «poner juntamente», y hace pensar en un gran misterio que es preciso descubrir poco a poco.

El Niño que emite vagidos en el pesebre, aun siendo en apariencia semejante a todos los niños del mundo, al mismo tiempo es totalmente diferente: es el Hijo de Dios, es Dios, verdadero Dios y verdadero hombre. Este misterio -la encarnación del Verbo y la maternidad divina de María- es grande y ciertamente no es fácil de comprender con la sola inteligencia humana.

Sin embargo, en la escuela de María podemos captar con el corazón lo que los ojos y la mente por sí solos no logran percibir ni pueden contener. En efecto, se trata de un don tan grande que sólo con la fe podemos acoger, aun sin comprenderlo todo. Y es precisamente en este camino de fe donde María nos sale al encuentro, nos ayuda y nos guía. Ella es madre porque engendró en la carne a Jesús; y lo es porque se adhirió totalmente a la voluntad del Padre. San Agustín escribe: «Ningún valor hubiera tenido para ella la misma maternidad divina, si no hubiera llevado a Cristo en su corazón, con una suerte mayor que cuando lo concibió en la carne». Y en su corazón María siguió conservando, «poniendo juntamente», los acontecimientos sucesivos de los que fue testigo y protagonista, hasta la muerte en la cruz y la resurrección de su Hijo Jesús.

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LA PALABRA TOMÓ DE MARÍA
NUESTRA CONDICIÓN HUMANA
De las cartas de san Atanasio

La Palabra tendió una mano a los hijos de Abrahán, como afirma el Apóstol, y por eso tenía que parecerse en todo a sus hermanos y asumir un cuerpo semejante al nuestro. Por esta razón, en verdad, María está presente en este misterio, para que de ella la Palabra tome un cuerpo, y, como propio, lo ofrezca por nosotros. La Escritura habla del parto y afirma: Lo envolvió en pañales; se proclaman dichosos los pechos que amamantaron al Señor, y, por el nacimiento de este primogénito, fue ofrecido el sacrificio prescrito. El ángel Gabriel había anunciado esta concepción con palabras muy precisas, cuando dijo a María no simplemente «lo que nacerá en ti» -para que no se creyese que se trataba de un cuerpo introducido desde el exterior-, sino de ti, para que creyésemos que aquel que era engendrado en María procedía realmente de ella.

Las cosas sucedieron de esta forma para que la Palabra, tomando nuestra condición y ofreciéndola en sacrificio, la asumiese completamente, y revistiéndonos después a nosotros de su condición, diese ocasión al Apóstol para afirmar lo siguiente: Esto corruptible tiene que vestirse de incorrupción, y esto mortal tiene que vestirse de inmortalidad.

Estas cosas no son una ficción, como algunos juzgaron; ¡tal postura es inadmisible! Nuestro Salvador fue verdaderamente hombre, y de él ha conseguido la salvación el hombre entero. Porque de ninguna forma es ficticia nuestra salvación ni afecta sólo al cuerpo, sino que la salvación de todo el hombre, es decir, alma y cuerpo, se ha realizado en aquel que es la Palabra.

Por lo tanto, el cuerpo que el Señor asumió de María era un verdadero cuerpo humano, conforme lo atestiguan las Escrituras; verdadero, digo, porque fue un cuerpo igual al nuestro. Pues María es nuestra hermana, ya que todos nosotros hemos nacido de Adán.

Lo que Juan afirma: La Palabra se hizo carne, tiene la misma significación, como se puede concluir de la idéntica forma de expresarse. En san Pablo encontramos escrito: Cristo se hizo por nosotros un maldito. Pues al cuerpo humano, por la unión y comunión con la Palabra, se le ha concedido un inmenso beneficio: de mortal se ha hecho inmortal, de animal se ha hecho espiritual, y de terreno ha penetrado las puertas del cielo.

Por otra parte, la Trinidad, también después de la encarnación de la Palabra en María, siempre sigue siendo la Trinidad, no admitiendo ni aumentos ni disminuciones; siempre es perfecta, y en la Trinidad se reconoce una única Deidad, y así la Iglesia confiesa a un único Dios, Padre de la Palabra.

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FRANCISCO Y CLARA DE ASÍS
CONTEMPLAN EL MISTERIO DE MARÍA
por Michel Hubaut, o.f.m.

En los escritos de Francisco y de Clara no hay indicio alguno de «mariolatría» o de devoción sensiblera. En ellos aparece una contemplación equilibrada y profunda de María, esa mujer que ocupa un lugar único en la historia de la salvación. Francisco expresa lo esencial de su piedad mariana en dos textos admirables por su concisión y densidad espiritual.

El primero es una antífona que él recitaba al principio y al final de cada una de las Horas de su Oficio de la Pasión:

«Santa Virgen María, no ha nacido en el mundo entre las mujeres ninguna semejante a ti, hija y esclava del altísimo Rey sumo y Padre celestial, madre de nuestro santísimo Señor Jesucristo, esposa del Espíritu Santo: ruega por nosotros... ante tu santísimo Hijo amado, Señor y maestro».

La oración de Francisco asocia inmediatamente a la Virgen María a la obra de la salvación realizada por Dios trino. Nunca la contempla sola; siempre la ve en relación con las tres divinas personas. Es la hija elegida del Padre creador, el gran logro de su creación. Dios quiso a María para darle la carne a su Hijo. María es la esclava del plan de amor del Padre. Es, título bastante raro, la esposa del Espíritu Santo, llena de gracia y totalmente disponible a su acción creadora. Y es, sobre todo, la madre del santísimo Señor Jesucristo, el Hijo amado del Padre. Si Clara se siente hondamente conmovida porque «un Señor tan grande y de tal calidad» quiso encarnarse «en el seno de la Virgen», Francisco, por su parte, rebosa de gratitud a la mujer que hizo posible este abajamiento de Dios y en cuyo seno «recibió la carne verdadera de nuestra humanidad y fragilidad».

En María, Dios plantó su tienda entre nosotros. María es el tabernáculo de la Nueva Alianza. María no es un mito ni un ídolo, sino nuestra humanidad que recibe a Cristo en nombre de todos y antes que todos. Ella da nuestra humanidad a Dios y Dios a nuestra humanidad. ¡María es la humanización, la inculturación carnal de Dios! ¡No le da una naturaleza humana ficticia o aparente! Como todo hijo, Cristo recibe de María sus rasgos, sus gestos, sus actitudes, su entonación... María hace de Cristo un hombre. «Naturaliza» a Dios en la condición humana y, al mismo tiempo, diviniza nuestra naturaleza. María es, de hecho, el modelo perfecto de la Iglesia y de todo cristiano, cuya misión consiste en «humanizar» a Dios y en «divinizar» al hombre.

Así, pues, Francisco y Clara contemplan en María ese realismo permanente del misterio de la encarnación. En efecto, si lo separamos de su madre, Jesús corre peligro de perder su humanidad y convertirse en el mito de un rey glorioso sin consistencia ni raíces históricas, o en la mera ideología de un reformador genial sin ascendencia divina. Sin María, dejan de unirse en Cristo Dios y la humanidad. En María, todo está en relación con Cristo y depende de Cristo. Es imposible comprender la misión de la Madre sin contemplar la del Hijo.

Por todas estas razones, Francisco «rodeaba de amor indecible a la Madre de Jesús, por haber hecho hermano nuestro al Señor de la majestad. Le tributaba peculiares alabanzas, le multiplicaba oraciones, le ofrecía afectos, tantos y tales como no puede expresar lengua humana» (2 Cel 198).

El segundo texto, el Saludo a la bienaventurada Virgen María, es, a la vez, un ejemplo de la creación lírica de Francisco en honor de María y una expresión de su veneración filial. Utiliza en él su método preferido, la oración litánica, y casi todas sus imágenes expresan la maternidad de María, es decir, su excepcional intimidad con Dios.




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